diciembre 19, 2009

Celebrar navidad, en medio de tantas incertidumbres

Se ha dicho que el siglo XIX transpiraba el optimismo propio de la Modernidad. El término “progreso” era visto como la ley saludable, feliz e inevitable en cada área de la existencia. La evolución de las especies de Darwin se supone que prometía una especie de mejoramiento continuo que debía tener su demostración en las avanzadas formas de vida que vemos en el planeta–empezando por nosotros mismos, los seres humanos. La revolución industrial prometía encontrar soluciones cada vez más perfectas a los desafíos que pudieran arrojarse a la especie humana. La consigna del “más y mejor” parecía poder obtenerse de la naturaleza, vista como cantera inagotable, y del ingenio humano, visto como el rey natural de un mundo donde la razón era “diosa.”

Tal ebriedad de optimismo pronto se estrelló con límites inéditos, rudos, desalentadores al extremo. Dos guerras mundiales, décadas de guerra fría, un planeta asfixiado en sus deshechos industriales, agotamiento de recursos energéticos, calentamiento global muy probablemente causado o agravado por la actividad humana, una crisis financiera que mantuvo en ascuas los mercados del mundo por meses interminables… la lista que el siglo XX dejó en herencia no da para sonrisas de triunfo sino, según se mire, para exámenes de conciencia y seria preocupación en todos los que queremos sentirnos viajeros responsables de esta nave espacial que se llama la Tierra–el único lugar amigable para la especie humana en todos los trillones de kilómetros cúbicos que nos rodean. No sólo no sabemos sino que podemos vivir en otro sitio.

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