Suma Conversación 025
Predicación original en video o audio
Presencia del Misterio Trinitario en la Biblia
¡Bienvenidos! Éste es el capítulo número veinticinco de nuestra SUMA Conversación, y con él estamos culminando el volumen quinto de esta serie. Este quinto volumen ha querido asomarse, o quiere asomarse al testimonio bíblico sobre Dios Uno y Dios Trino.
Por consiguiente, hemos tenido que recorrer un poco cuál era la situación de la Biblia en la Edad Media. Al fin y al cabo, nuestro maestro, el que nos está guiando en estos caminos, es Santo Tomás de Aquino. Y hay tantos prejuicios sobre la Edad Media, que siempre resulta necesario “gastar” algún tiempo aclarando esa parte del camino.
Pero, después hemos comentado también sobre la Biblia misma. En nuestro capítulo anterior, hablábamos de cómo la Biblia tiene una historia fascinante y compleja, una historia bella y fecunda. Las cosas no están claras al principio. Estamos ante un pueblo, el pueblo que Dios se ha creado, el pueblo que llamará por primera vez “Padre” a ese Creador.
Sin embargo, se trata de un pueblo que no se conoce a sí mismo, que tampoco conoce a este Dios, que no tiene un lenguaje preciso y un pueblo que está sujeto a tentación, a equivocación y a pecado. Un pueblo que tiene una autoridad, es decir, tiene autoridades constituidas en sus distintas fases, pero que también tiene las voces de los Profetas guiados por el Espíritu Santo y también tiene el sentir de la fe, también tiene una trayectoria que por supuesto va cambiando, porque se va volviendo referencia lo que antes no existía.
Así, por ejemplo, el tiempo del destierro estuvo completamente por fuera de la mirada de Samuel, el profeta, o de Sansón, el juez. Pero, una vez que sucede el destierro, lo que Dios mostró de Sí mismo en ese destierro, se convierte también en referencia, en criterio de revelación para el mismo pueblo de Dios.
Y lo último que comentábamos es que al hablar de la Trinidad siempre existe la tendencia a decir: “Son complicaciones filosóficas, son complicaciones metafísicas que en realidad están oscureciendo la sencillez del mensaje bíblico”. No obstante, veíamos que el mensaje bíblico mismo trae una enorme carga de pregunta cuando nosotros tomamos en serio los versículos que nos hablan, por poner el caso, de la divinidad de Cristo, o de la divinidad del Espíritu.
Eso es precisamente lo que deseamos examinar con algún detalle en este momento, porque ése es el tipo de versículos que sirvieron a Tomás de Aquino, a los discípulos de Tomás y también a los detractores o enemigos de Tomás, para discutir sobre estas materias. Es bueno familiarizarnos con esos textos, porque los vamos a necesitar en una elaboración un poco más sistemática en nuestros siguientes capítulos.
Cuando se busca sobre el Misterio Trinitario en la Biblia, yo creo que hay una cosa que se debe dejar muy clara, y es que en el Antiguo Testamento no aparece un testimonio definitivo sobre este Misterio insondable, sobre este Misterio íntimo de la naturaleza de Dios. Lo que se encuentra en el Antiguo Testamento son más bien prefiguraciones, diríamos que, barruntos, sugerencias, figuras.
Pasando el tiempo, los creyentes ya en el Nuevo Testamento, leen con ojos nuevos al Antiguo Testamento. Pero, ahora lo llaman Antiguo, porque ha llegado un Nuevo Testamento, porque ha llegado una Nueva Alianza, entonces la Alianza realizada con* Moisés parece antigua. Por supuesto, ésta no era la manera como miraban las Escrituras los judíos de aquel tiempo. Creo que algunos judíos también de nuestra época puedan sentirse incluso incómodos o lastimados con el sólo término Antiguo Testamento, porque para ellos ésas son las Escrituras, ésa es la Escritura que sigue vigente.
Pero, dentro de esa Escritura se anunciaba una Nueva Alianza. Lo encontramos en los textos, por ejemplo, de un Jeremías (véase Jeremías 31,31-34) o de un Ezequiel. Y esa Nueva Alianza es la que nosotros, los cristianos, afirmamos que ya ha sucedido en la Persona bendita y adorable de Nuestro Señor Jesucristo. Así, pues, nosotros, cristianos, cuando volvemos los ojos a las Escrituras santas del judaísmo, entonces reconocemos esa Alianza como preparatoria para una Nueva Alianza, y reconocemos en muchas de las figuras del Antiguo Testamento, preparación, prefiguración, anticipación de lo que luego se iba a encontrar en el Nuevo Testamento.
Ha habido algunas personas, algunos autores incluso muy notables, que han querido encontrar el rastro de la Trinidad en algunos pasajes. Por ejemplo, vemos que al principio, en el Génesis, se utiliza una forma plural cuando la Creación: “Al principio Dios creó los cielos y la tierra” (véase Génesis 1,1). Y luego se habla del Espíritu de Dios, que, “aleteaba sobre las aguas” (véase Génesis 1,2). Entonces, ya ahí parece que hay una distinción entre Dios y el Espíritu de Dios.
Cuando la creación del ser humano, el texto bíblico dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (véase Génesis 1,26), y se utiliza una forma plural en el verbo. Sobre esto hay muchas discusiones. Algunos afirman: “¡Hombre, ese plural simplemente es lo que se llama un plural mayestático!” Es una fórmula un poco reduplicativa que han utilizado nobles y reyes en distintas épocas de la historia, y es un modo de indicar el singular pero con cierta majestad. El rey, refiriéndose a sí mismo y a su proceso de deliberación sobre un determinado punto, dice: “Bueno, hemos decidido…”, y “hemos decidido” es, él solo, pero utiliza esa forma plural. Eso es lo que se llama plural mayestático.
Lo que uno ve es que apoyarse en ese tipo de argumento para decir: “Ya ahí estaba la Trinidad”, no solamente es insuficiente como argumento, sino que engendra confusión. Porque, si yo voy a tomar el verbo, “hagamos”, en su sentido fuerte de una persona plural, persona en el sentido gramatical, persona gramatical plural, pues, eso estaría indicando que son varios los que están actuando a la vez. Y ése no es el sentido del Misterio Trinitario.
El Misterio Trinitario no es que varios trabajan al tiempo. No son varios haciendo lo mismo, como varios obreros haciendo una carretera o como varios pintores trabajando sobre un mismo lienzo. Ése no es el sentido de la Trinidad. Así que ese tipo de textos del Antiguo Testamento, yo creo que tenemos que dejarlos un poco de lado. Es posible con ojos cristianos ver en esas expresiones alguna sugerencia.
La cosa puede ser más interesante si nos vamos al Libro de los Proverbios, donde se presenta la Sabiduría de Dios. En ese Libro de los Proverbios se menciona cómo Dios creó la Sabiduría al principio de sus obras, y eso, por supuesto, tiene una fuerza muy grande, porque lo que se dice de la Sabiduría se parece mucho a lo que nosotros afirmamos sobre Jesucristo.
Pero, fíjate que también aquí, es un testimonio un poco ambiguo, porque, como podemos buscar en el texto bíblico mismo –aquí tengo manera de acceder a ese texto– lo que encontramos es que esa Sabiduría ha sido creada. Dice el versículo veintidós: “El Señor me dio la vida como primicia de sus obras” (véase Proverbios 8,22). Entonces, ahí aparece esta Sabiduría como una obra de Dios.
Ése no es el Misterio Trinitario. El Hijo no es una obra del Padre. De hecho, fíjate que en el Credo Niceno-Constantinopolitano, lo que decimos es: “Engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”. Y aquí en Proverbios dice: “El Señor me dio la vida como primicia de sus obras” (véase Proverbios 8,22), y luego: “Fui establecida desde la eternidad, desde antes que existiera el mundo” (véase Proverbios 8,23).
Tal vez ese, “ser establecido”, podría relacionarse con lo que nosotros decimos del Verbo que fue engendrado. Pero, definitivamente, “ser establecido”, es más propio de las obras que específicamente de una filiación. Uno no diría que el papá estableció a su hijo. El papá, o el padre de familia, establece un principio, o establece una casa, o establece un modo de obrar.
Así que, repito, con ojos cristianos uno puede leer estos textos, y al oír hablar de la Sabiduría, uno puede relacionar eso, lo que allí se dice, con el Hijo Eterno de Dios. Pero, no es una asociación que resulte forzosa ni que resulte clara; con un problema adicional: Cuando se habla de la Sabiduría, de la que uno podría decir “Bueno, la Sabiduría de Dios es como la Palabra de Dios” y puesto que el Evangelio de Juan nos dice que: “La Palabra se hizo Carne” (véase San Juan 1,14) y Ése es el Hijo, entonces la Sabiduría tiene que ser el Hijo.
Pero, lo que encontramos también en la Escritura, es que se nos habla de la Sabiduría como un Espíritu. Hay en Dios un Espíritu sutil, incoercible, perfecto (véase Sabiduría 7,22-23). Este elogio de la Sabiduría habla de la Sabiduría, no en términos de una palabra, sino más bien en términos de un Espíritu. Y de hecho, hubo una secta herética en los primeros siglos de la Iglesia, siglo segundo o tercero, que fueron los ebionitas, tenían una raigambre bastante judía, tenían su propia manera de interpretar la vida de Jesucristo y para ellos resulta que la Sabiduría de Dios es el Espíritu Santo.
Fíjate que nosotros, cristianos, solemos asociar la Sabiduría de Dios con el Hijo. De ahí que, por ejemplo, la inmensa Catedral de Constantinopla era llamada Santa Sofía, Hagia Sophia, porque resulta que “Hagia” o “Santa”, es el adjetivo que se aplica a Sofía. Pero, Sofía no es una mujer. Sofía es la Sabiduría de Dios. Entonces, la inmensa Basílica, Catedral, allá en Constantinopla, es un homenaje a la Sabiduría de Dios, que es el Hijo; es decir, esa iglesia está dedicada a Cristo, Sabiduría de Dios.
Y San Pablo hace la asociación explícita de Cristo como Sabiduría, Redención. Pero, ése es San Pablo. Si yo me voy al Libro de la Sabiduría en el Antiguo Testamento, pues, me encuentro con expresiones que son ambiguas. Porque, por un lado, la Sabiduría parece asociarse mucho con “palabra” en el sentido del uso de la inteligencia, pero por otro lado, se dice expresamente que la Sabiduría es un Espíritu.
Entonces, si la Sabiduría es un Espíritu, los ebionitas pensaron que esa Sabiduría era el Espíritu Santo y por eso tenían una teología muy distinta. Para ellos, Cristo no era eterno como el Padre, y por consiguiente, Cristo no era la Sabiduría de Dios, sino Cristo era un Siervo de Dios.
Eso indica que en el Antiguo Testamento no hay un testimonio concluyente sobre estos temas. Hay algunas imágenes que luego leídas en cierto contexto, dejan asomar la riqueza de un misterio maravilloso, un misterio sublime en Dios mismo. Y ese misterio sublime de Dios, esa riqueza interior de Dios, es la que luego nosotros confesamos en la Trinidad. Pero, en las Escrituras del Antiguo Testamento no podemos esperar mucho más. Figuras con alguna ambigüedad, figuras que sobre todo nos invitan a reconocer el misterio de esa riqueza interior de Dios.
Las cosas cambian por completo cuando llegamos al Nuevo Testamento, porque en el origen de todas las discusiones sobre la Trinidad, está el tema de la divinidad de Jesucristo. Precisamente, cuando se afirma que el Padre envió a su Hijo y se afirma que este Hijo es Dios, ahí está el problema trinitario, problema en el sentido teológico, por supuesto. Ahí está el tema de la Trinidad.
¡Ahí! Porque, resulta que el Padre envió al Hijo; por tanto, parecen distintos. El Padre evidentemente es Dios y resulta que el Hijo lo confesamos como Dios. Entonces, ¿cómo es esto? ¿Son dos Dioses? Por eso, aunque es más propio de un curso de cristología o de un curso de pneumatología, es necesario que aquí hagamos aunque sea solamente un inventario de tantos textos que nos hablan sobre la divinidad del Hijo y sobre la divinidad del Espíritu.
Por supuesto, éste fue tema de controversia a raíz de las enseñanzas de Arrio, de Nestorio, de los monofisitas; es decir, siglos enteros de reflexión, de discusión, de polémica, que fueron dando origen a unas fórmulas, a unas categorías, a unos términos muy precisos.
Ya San Agustín a comienzos del siglo quinto, decía que en ningún otro tratado de la teología era tan fácil equivocarse como en el Tratado de la Trinidad, porque el vocabulario sobre el misterio íntimo de Dios, el misterio inmanente de Dios, ese vocabulario ha tenido que ser elaborado con una gran precisión, con una gran finura.
Pero, todo empieza en la proclamación, en el reconocimiento de la divinidad de Jesucristo, y yo creo que aquí conviene mirar algunos textos. Fíjate que hay una serie de textos en los cuales Jesucristo reclama prerrogativas divinas, y pienso que éstos no se pueden quitar. Mira, por ejemplo esto: en el Sermón de la Montaña, en varias ocasiones, Jesucristo toma lo que la gente había escuchado y añade esta frase: “Pero, yo os digo…” (véase San Mateo 5,22), y entonces da su propia enseñanza.
Está claro que ese mandamiento, el mandamiento que venía de Moisés, no venía de Moisés sino de Dios. Era Palabra de Dios, vinculante, no simplemente con autoridad humana, sino con autoridad divina. Y esa Palabra, Cristo la interpreta; más aún, la refina y en algunos momentos la cambia cuando dice: “Pero, yo os digo…” (véase San Mateo 5,22). ¿Qué quiere decir esa expresión? ¿Quién puede hablar así?
Ahora, observa lo siguiente: “No todo el que me diga, Señor, Señor…” (véase San Mateo 7,21). Esto lo encontramos en el capítulo séptimo de San Mateo, también en el Sermón de la Montaña. Pero, resulta que la expresión, “Señor”, especialmente en la Traducción de los Setenta, “Kyrios”, es para referirse a Dios. Cristo se la aplica a sí mismo, y otros se lo aplican también a Él.
En alguna ocasión dice Cristo en el Evangelio según San Juan a sus Apóstoles: “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien” (véase San Juan 13,13). ¿Cómo es que Cristo recibe que lo llamen Señor?
Ahora, mira esto. Cristo utiliza, para referirse a Dios, un término de increíble confianza: lo llama “Abbá” (véase San Marcos 14,36); una traducción cercana es, “Papá”, o incluso, “Papito”. No es un modo de minimizar a Dios ni de volver a Dios solamente una caja, un cajón de ternuras. Es sobre todo indicar una proximidad sin límite. Y por eso también en el Evangelio de Juan encontramos que le dicen a Cristo: “No te condenamos por nada que hayas hecho, sino porque siendo un Hombre te haces igual a Dios” (véase San Juan 10,33; 5,18).
Observa este otro dato. En más de una ocasión Jesús perdona pecados para escándalo de la gente que estaba ahí. Jesús declara perdonados los pecados, por ejemplo, de la mujer que en aquel banquete llora y con su llanto moja los pies de Cristo: “Sus muchos pecados están perdonados” (véase San Lucas 7,47). Cuando bajan aquel paralítico, lo primero que hace Cristo es declarar el perdón de esos pecados: “Yo te perdono” (véase San Marcos 2,5 y San Lucas 5,20). Y por eso la gente que estaba alrededor con toda justicia se pregunta: “Pero, ¿Éste quién es para perdonar pecados?” (véase San Marcos 2,7). Esas son prerrogativas divinas.
Un punto que examina el Papa Benedicto en su obra “Jesús de Nazareth”, es la Ley del Sábado. De nuevo estamos ante algo que ha sido instituido por Dios. El Sábado es de institución divina. El Profeta Isaías y otros profetas, hablan de la necesidad de guardar el Sábado porque eso viene de Dios. Y hay promesas muy positivas para los que guarden el Sábado y también hay amenazas para los que no guarden el Sábado. Eso viene de Dios, y dice Cristo: “El Hijo del Hombre es Señor del Sábado” (véase San Mateo 12,8). ¿Cómo se puede ser Señor de una institución que viene de Dios?
Incluso hay sugerencias de la divinidad de Cristo muy claras en otros pasajes –por supuesto, la lista que he hecho no es exhaustiva– como es el caso de la expresión, “Yo soy”. “Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (véase San Juan 8,28), dice el Evangelio de Juan. ¿Qué sentido tiene esa frase? Uno se queda esperando: “Sabréis que yo soy… el vencedor, que yo soy… el poderoso, que yo soy… el ganador”, ¡qué sé yo! Pero, la frase termina ahí: “Sabréis que Yo Soy” (véase San Juan 8,28).
Esa expresión no tendría ningún significado, pero ninguno, a menos que uno recuerde que el Nombre que Dios se da a Sí mismo en el Éxodo, en el encuentro con Moisés, es precisamente: “Yo Soy”. Le vas a decir al pueblo: “Yo Soy me envía” (véase Éxodo 3,14) ¡Dios es el que Es!
Santo Tomás de Aquino, entre otras cosas, toma este pasaje del capítulo tercero del Éxodo como una especie de definición de Dios: Dios es el que Es, y eso lo interpreta, lo lee Santo Tomás desde todo un análisis metafísico del verbo ser.
Además, la expresión “Yo Soy”, tiene una connotación demasiado particular en San Juan. Por ejemplo, cuando van a prenderlo en el Huerto de los Olivos, los enemigos de Cristo lo cercan y pregunta Cristo: “¿A quién buscáis?” (véase San Juan 18,4). Ellos responden: “A Jesús de Nazareth” (véase San Juan 18,5). Y cuando Cristo dice: “Yo Soy” (véase San Juan 18,6), el Evangelista comenta que estos soldados que venían a agarrar a Cristo, se caen. Son derrotados con esa sola palabra. ¿Qué significado tiene eso? ¿Por qué se cuenta eso?
El caminar de Cristo sobre las aguas: cuando Cristo camina sobre las aguas, no es simplemente un milagro más; es que el único que domina las aguas, el único que pone un freno a las aguas como cuenta el Libro de Job, el Único es Dios. Sólo Dios es el que separa las aguas y crea un espacio posible a la vida, a la vida en tierra firme, tierra que Dios luego le entrega al hombre.
Entonces, el caminar sobre las aguas (véase San Mateo 14,25), el dominar la tempestad (véase San Marcos 4,39), no son simplemente milagros que habría que poner en una lista con otros. Son milagros que hablan de un Misterio de Divinidad.
Y otro tanto podríamos contar en pasajes del Espíritu Santo. Cuando San Pablo dice que, “Nosotros somos templos del Espíritu” (véase 1 Corintios 3,16; 6,19), está completamente prohibido un templo que sea para que habite un Ángel, eso no tiene sentido en la mentalidad judía. Templo sólo es templo para Dios.
Además, ese Espíritu es el que nos hace hijos de Dios (véase Romanos 8,14-15). ¿Cómo puede el Espíritu realizar una obra de divinización en nosotros sin ser el mismo Espíritu, Dios? Además, ese Espíritu Santo es el Espíritu que si uno rechaza, asegura su condenación, según dice Cristo en cuanto a la blasfemia del Espíritu Santo, blasfemia contra el Espíritu (véase San Mateo 12,31-32).
Son éstas las bases bíblicas, son éstos los fundamentos que llevan finalmente a la comunidad cristiana a tener que hacerse preguntas sobre cómo es Dios y sobre quién es Dios, preguntas que por supuesto no abordamos en este momento, pero que nos van a interesar en la medida que el mismo Dios nos permita escrutarlas para los próximos capítulos.