Suma Conversación 024

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Predicación original en video o audio

La Biblia como camino al conocimiento de Dios

¿Es la Biblia un libro que habla sobre Dios? Ésa es la pregunta que ocupa nuestro capítulo veinticuatro en esta SUMA Conversación, una pregunta que resulta más interesante de lo que uno piensa a primera vista.

Porque, ciertamente, la Biblia no nos describe a Dios. La Biblia no toma el camino de los tratados de teología. Por ejemplo, el modo de la Biblia no es el de la Suma Teológica. En la Suma, Santo Tomás empieza por preguntarse por la existencia, y luego, qué podemos saber sobre Dios, y después, en qué sentido Dios es Uno en tres Personas: hay un procedimiento sistemático. La Biblia no es eso. La Biblia es narración, la Biblia es testimonio.

Pero, por otro lado, definitivamente nuestra teología tiene que tener su raíz y tiene que tener su alma en la Biblia. Entonces, la pregunta cabe. ¿Se puede aprender de Dios a partir de la Biblia? –Por supuesto que sí.

Sin embargo, Dios no nos ofrece su presencia o una descripción de su Persona como nosotros tal vez desearíamos si estamos familiarizados con las ciencias. En una descripción científica lo que aparecen son propiedades estables, medibles que, a la vez, permiten hacer predicciones. Ése no es el modo como Dios se nos presenta en la Escritura.

La Biblia está llena de símbolos, de narraciones, está llena del testimonio de personas que tuvieron su propia historia, que tuvieron su propio camino. Y el camino de esas personas fue siempre tortuoso. No estamos hablando aquí de unos iluminados, inmaculados. Estamos hablando de gente que lo mismo que nosotros, ha tenido que pasar por crisis, preguntas, tentaciones y pecados.

Entonces, ¿cómo acercarse a la Biblia? No es un asunto simplemente de buscar los versículos. No se trata de encontrar cuál es el versículo que dice que Dios es Uno en tres Personas o que la Persona del Hijo es distinta de la Persona del Espíritu Santo. Lo que nosotros buscamos en la Escritura, más bien, son aquellas afirmaciones que nos van contando cómo Dios ha creado a un pueblo y lo ha creado al salvarlo, y cómo en esa historia, en ese camino, camino de liberación, camino de salvación, el pueblo va aprendiendo a conocerse y va aprendiendo a conocer a Dios.

No es algo entonces tan sencillo como tomar una memoria –como la que tengo aquí en mis manos, lo que llamamos una memoria USB– y examinarla, estudiarla y llegar a conclusiones.

Yo no tengo así a Dios frente a mí. La manera como llegamos a conocer a Dios es a través de un camino, a través de un recorrido. Mas, en ese camino, el conocimiento se vuelve muchas veces diálogo, a veces confrontación, a menudo denuncia, pero también esperanza y consuelo. ¡Es otro modo de conocer! Para hacer las cosas más complicadas, ninguno de nosotros tiene un perfecto conocimiento de sí mismo. Luego, en ese camino también nos vamos aprendiendo a reconocer.

Nuestra percepción del querer y de la voluntad de Dios es fragmentaria. Nuestros oídos no están sanos al principio. Nuestro corazón no está sano al principio. Nuestra capacidad de responder y de obedecer a Dios no es la mejor al principio.

Entonces, fíjate todo lo que va sucediendo a un mismo tiempo: el conocimiento de uno mismo, el conocimiento de Dios, el labrar un lenguaje. Porque, el lenguaje tampoco está dado. Nosotros no tenemos un lenguaje ascético y perfecto, un lenguaje que sea perfectamente apropiado. El lenguaje también toca construirlo.

Así, la mirada, el lenguaje, la escucha, la obediencia, la apertura a la verdad, todo eso va creciendo y va confluyendo a un mismo tiempo. Ese proceso simultáneo de apertura a la verdad, de forjar un lenguaje, de aceptar las propias responsabilidades, de descubrir a un Dios compasivo, de descubrirse uno mismo pecador, todo eso va sucediendo al tiempo.

Y en ese crecimiento complejo, la Biblia nos va dando señales, toma puntos específicos, puntos fundamentales. En esos puntos quedan testimonios, testimonios escritos a su vez en palabras que tendrán que hacer su propio recorrido hasta llegar a nosotros. Palabras del hebreo antiguo que tendrán que ser acrisoladas por la experiencia de ese pueblo, tendrán seguramente que ser traducidas al griego, al latín, a otros idiomas.

Y de acuerdo con el eco que esas palabras van produciendo, su significado se va esclareciendo en algunas ocasiones, o a veces no. ¡Que nadie se escandalice, pero es que es así! Hay muchas cosas de la Escritura que no terminamos de estar seguros sobre qué pueden significar.

Por mencionar un ejemplo que no es quizás demasiado trascendente, acuérdate del caso del “echar a suertes” [véase Jueces 20,9]. Tanto en el Antiguo Testamento, en la Torá, en la Ley, se habla de los “Purím” [véase Ester 9,29], y parece que eso tenía que ver con un ornamento; era parte de un ornamento sacerdotal. Pero, también parece que tenía que ver con una manera muy primitiva de escrutar la voluntad de Dios, lo que estaba relacionado con “echar a suertes”. Sin embargo, no estamos seguros. No hay manera de volvernos a ese tiempo; no tenemos otros testimonios. Es decir, una buena parte del conocimiento bíblico está en la frontera con la bruma de los tiempos.

Esto no significa que cualquier cosa se pueda decir. ¡No! Pero, estoy tratando simplemente de expresar, de describir un poco la tremenda complejidad de vida, lenguaje, testimonio, escucha, obediencia, rebeldía, redención, conversión, una historia que ocupa miles y miles de personas a través de miles de años, y que van dejando sus palabras, palabras que luego rebotan, resuenan, se esclarecen, se oscurecen en los vericuetos de la historia humana hasta llegar a ciertas formulaciones ya bastante estables: es lo que llamamos el Canon de la Biblia.

Entonces, en buena parte, la Biblia es una expresión de una vida, una vida enormemente compleja, una vida en la que estaban sucediendo cosas que no tienen paralelo en otras vidas, en otros pueblos, en otras historias. Y esa vida es la que a nosotros nos interesa.

Finalmente, llega ese testimonio escriturístico, y por último, con ese testimonio la comunidad descubre un principio de fidelidad. Pero, fíjate en esa relación tan increíblemente bella y tan increíblemente compleja. Porque, la Palabra de Dios va construyendo esta comunidad y la comunidad también va aprendiendo a discernir y a depurar qué es y qué no es Palabra de Dios: es que hubo verdaderos profetas, pero hubo también falsos profetas.

Por tanto, la comunidad tiene que juzgar de esa Palabra. Pero, la comunidad también es un sustantivo demasiado abstracto, demasiado genérico. ¿Cómo se da eso? No es un proceso de votación. A veces se nos quiere presentar el proceso de elaboración de la Biblia como si hubiera sido un proceso democrático. Se nos habla de la comunidad de Marcos, la comunidad de Lucas, y se dice: “En la comunidad lucana –o sea, la de Lucas– tales expresiones se usaron, no se usaron”. Mas, ¿qué es la comunidad lucana? ¿Se reunían? ¿Hacían estudios de texto y luego levantaban la mano y votaban por las distintas versiones?

Hay otro elemento de complejidad, entonces, y ese otro elemento es la jerarquía. El pueblo de Dios desde el principio, es un pueblo que tiene una jerarquía, jerarquía patriarcal en el caso de Abraham, Isaac y Jacob. Utilizo la palabra “patriarca” de una manera neutra, no en el sentido despectivo de la teología feminista, donde “patriarcal” quiere decir, “injusto contra la mujer”. Yo utilizo aquí la palabra de un modo muy neutro y muy general.

Así que hay una autoridad patriarcal. Hay una autoridad de Moisés, hay una autoridad en los Jueces, hay una autoridad en los Reyes, hay autoridad, sobre todo, en los Profetas. Luego, ese discernimiento de la comunidad, ese descubrir la Palabra de Dios, tiene mucho que ver con esa Palabra de los Profetas.

Pero, los Profetas también tienen que acreditarse. Por un lado tienen que acreditarse por su fidelidad a los términos de la Alianza, y por otro lado tienen que acreditarse porque sus palabras se cumplen. Estos son los dos criterios que da el libro del Deuteronomio.

¡La Biblia! ¡Qué grandiosa y qué hermosa complejidad! La Biblia, una palabra que al mismo tiempo va formando una comunidad, pero que también es resguardada y protegida en su interpretación por esa comunidad. Porque, si yo tomo, si yo selecciono simplemente un texto bíblico, yo puedo hacer con ese texto lo que yo quiera. ¡Hay textos bíblicos para todo!

Entonces, la recta interpretación del texto, finalmente, queda en manos de la comunidad. Pero, esa comunidad a su vez tiene una autoridad. Está el sentir de la comunidad, está la autoridad legítima de la comunidad, está el texto que se recibe, y está la historia de ese texto.

De ahí que la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II, nos hable de ese trípode, que, fíjate, intenta condensar esto que yo estoy queriendo expresar. Y por supuesto que lo dice mejor que yo. En la Constitución Dei Verbum, se habla de un trípode: Magisterio, Escritura, Tradición.

Cuando se habla de Magisterio, se habla de la autoridad legítimamente constituida, porque el pueblo de Dios siempre ha tenido esa estructura jerárquica, precisamente para defenderse de los muchos enemigos, de las muchas desviaciones, de las muchas interpretaciones fáciles, irresponsables o francamente desviadas. Entonces, está el magisterio.

Está luego la Palabra, la Escritura, que en sí misma recoge esta enorme complejidad, con todos sus problemas lingüísticos, de traducción y de interpretación.

Después, está lo que llamamos Tradición, que no es un depósito, simplemente, como decir, tales o cuales libros, sino tradición que significa el proceso continuo de entrega de esa riqueza de la fe. Y esa entrega no es sencillamente la entrega de unos papeles o de unos pergaminos, no es la entrega de un libro, ¡es la entrega de una vida! Y eso se refleja en la Liturgia, se refleja en la vida de los santos, se refleja en los estilos de evangelización, se refleja en las corrientes de espiritualidad, se refleja en la vida cotidiana de tantos hombres y mujeres de fe. Todo lo anterior, en un sentido amplio, incluye la tradición.

Y está, por supuesto, el sentir de los fieles. ¡Eso es creer! Creer es integrarse en esa maravillosa riqueza donde se encuentra la corriente vital que llamamos tradición, donde se encuentra ese tesoro que tiene que ser interpretado, pero que a su vez es norma, columna y referencia de la fe –estoy hablando de la Escritura- y donde está el Magisterio, que no puede hacer tampoco lo que quiera, sino que en cuanto a jerarquía legítimamente constituida, tiene que acoger esa Palabra, dejarse interpelar por esa Palabra, exponer esa Palabra de acuerdo con el camino que se ha recorrido y de acuerdo con la voz, de acuerdo con la fuerza y la gracia del Espíritu Santo. ¡Eso es creer!

Entonces, cuando nosotros buscamos lo que nos dice la Escritura sobre Dios, no es un asunto de Sola Escritura como quería de un modo tan simplista, tan ingenuo y tan irresponsable, Lutero. ¡No es eso! Cuando buscamos a Dios, necesitamos, claro, versículos, necesitamos textos –y los vamos a ver en un momento–, pero necesitamos sobre todo saber que hay que integrarse en ese camino.

Por eso, el teólogo piensa la fe desde dentro de la casa de la fe que es la Iglesia. La fe nunca es un dato que yo tengo, como esta memoria en mi mano. Yo no puedo agarrar la Palabra de Dios, así, y tenerla en mi mano: “Ahora, aquí está la Palabra”. ¡Así no funciona! Yo no agarro la Palabra de ese modo. Yo no sostengo la memoria USB de la misma manera que sostengo la Palabra, porque es Ella la que me sostiene a mí.

No soy yo quien agarro la Palabra; es la Palabra la que me agarra. No soy yo quien: “Ahora comprendo a Dios”, sino, más bien, es el misterio de Dios el que me desborda. No soy yo el que puedo decir: “Dios tiene que ser esto”, sino, más bien, es Dios el que me dice: “Mira, esto es lo que tú has de ser”. No soy yo quien mete a Dios en mis planes, soy yo quien descubro cuál es mi lugar en Sus planes.

Esta conciencia de la grandeza, de la hermosura y de la santidad de Dios, está sumamente presente en Santo Tomás de Aquino. Por eso vemos que Santo Tomás nos habla con tanta humildad sobre lo que significa ese sólo término: Dios. Y por eso dice en su obra cumbre, la Suma Teológica: “De Dios, más sabemos lo que no es, que lo que sí es”.

Y luego, cuando volvamos a los textos de la Suma, vamos a ver que en realidad las afirmaciones que se hacen sobre Dios, son afirmaciones en cierto modo negativas: no negativas en disminuir el misterio divino o disminuir a Dios, sino negativas en el sentido de afirmar qué es lo que no puede decirse de Dios.

Parece un juego de palabras. De la Biblia aprendemos cómo afirmar qué es lo que no puede decirse de Dios. Pero, lo que sí es Dios, de algún modo permanece más allá de toda palabra. Nosotros, lo que hacemos, hasta cierto punto, es rodear el maravilloso misterio, darnos cuenta de cuáles son sus afirmaciones, sus líneas centrales; es decir, lo que no se puede perder. No se puede perder el hecho de que Dios existe. Pero, de ahí en adelante, lo que nosotros decimos de Dios es como un proceso de descartar. Ya lo vamos a ver en próximos capítulos del siguiente volumen de esta serie de la Suma Conversación.

Por ejemplo, cuando decimos que Dios es simple, la simplicidad de Dios lo que quiere decir es, que Dios no tiene partes. Eso es lo que quiere decir, y así sucesivamente. A medida que vamos hablando de la unidad de Dios, por poner el caso, pues, la unidad de Dios quiere decir que Dios no es múltiple, no hay varios dioses.

Entonces, cada afirmación que hacemos sobre Dios, en realidad lo que nos está contando es que Dios no puede ser un cuerpo, Dios no puede ser material, Dios no puede ser varios dioses. Pero, todas esas afirmaciones, aunque sean difíciles de exponer de una forma racional, lo único que hacen es rodear el misterio.

No obstante, el misterio mismo de Dios es más grande que todo, y la teología en realidad tiene que ser una escuela para la adoración, una escuela para la espiritualidad, en el mejor sentido de la palabra; no una espiritualidad que pelea con la intelectualidad. ¡No! No se trata de eso.

No se trata de oponer aquí la emoción y la razón. ¡No se trata de eso! No se trata de oponer imaginación y formalización. No se trata de oponer el creer y el entender. Esas oposiciones no son en nada cercanas a lo que nos propone y nos ofrece Santo Tomás de Aquino. Más bien, con toda nuestra emoción y con toda nuestra capacidad racional, con toda nuestra inteligencia y con lo mejor de nuestra fe, llegamos hasta un umbral maravilloso, como un umbral de luz, que nos invita a entregarnos por completo a la grandeza y a la santidad de Dios, y a proclamar por supuesto Su gloria a todas las naciones.

Así, la teología se vuelve mística, se vuelve consigna misionera, se vuelve fuerza de evangelización: es lo que consiguió Tomás de Aquino para su quehacer como teólogo.

Quisiera hacer una última anotación en lo que tiene que ver con la Trinidad. Cuando nosotros hablamos del Misterio Trinitario, es tan frecuente tener la sensación de que el lenguaje nos está complicando. Yo he oído varias veces esta expresión: “Dios es sencillo y Dios es para los sencillos. Todas esas teologías, toda esa filosofía, todos esos términos metafísicos, lo que hacen es alejar a Dios”.

¿Cómo se responde a esa objeción desde un punto de vista bíblico? ¿Cómo se responde? Yo doy mi respuesta en tres puntos. Primero; acuérdate lo que ya dijimos. El dato bíblico, por supuesto que nos alimenta, nos dirige, nos exhorta, nos corrige, nos alienta. Pero, el dato bíblico también abre preguntas. Y una de las primeras preguntas que tuvieron que abordar los cristianos es tan sencilla como ésta: ¿Ese Cristo es Dios? ¿Es Dios como el Padre? ¿Es eterno? ¿Es desde siempre como el Padre?

Y digas que sí o digas que no, van a surgir otras preguntas. Si dices que no, entonces: ¿Por qué perdona pecados? Si dices que sí, entonces: ¿Por qué hace oración Cristo? ¡Es complejo!, ¿cierto? Pero, la complicación no surge de que yo, como teólogo, quiero complicarte la vida a ti que eres un fiel cristiano. ¡No! La complicación no surge de mis palabras o de mi mente. La complicación brota de la Palabra.

Y el Espíritu Santo: ¿El Espíritu Santo es Dios o no es Dios? Así de sencillo: ¿Está o no está la verdad de la divinidad del Espíritu? ¿O eso no importa? Hay gente que dice que eso no importa. Pero, eso es lo que ellos dicen. A mí me parece que saber quién es Dios es de absoluta y máxima importancia para un creyente.

Luego, la primera parte de la respuesta es: “Mira, nosotros no estamos complicando las cosas por deporte o por gusto. Es que la Palabra misma, si quieres asumirla en toda su verdad y en todo su poder, despierta en ti una cantidad de preguntas y no las puedes eludir. ¡Ahí están!”.

La segunda parte de mi respuesta es el ejemplo del diamante. Si a mí me dan un precioso diamante tallado, yo puedo apreciar su belleza. Yo creo que se puede hablar de la fe como un diamante luminoso, bellísimo. Pero alguien tiene que verificar, alguien tiene que vigilar que ese diamante verdaderamente sea el diamante original y no sea una réplica barata, no sea una impostura.

Entonces, para recibir un diamante no se necesita ser un experto en gemas. Pero, para discernir si el diamante es o no es, tengo que llamar a un experto. Por eso la Iglesia necesita que muchos se formen en reconocer el diamante, lo que requiere un esfuerzo y requiere filosofía; no por deporte, no por gusto, sino porque si no tienes las herramientas, no puedes elaborar los conceptos y los argumentos de la mejor forma.

En tercer lugar, necesitas de esa elaboración, porque tú no eres el primero que cree. Tú necesitas conectarte con los que han creído, con los que han preguntado, con los que han hecho un camino en la fe. Y ellos seguramente tuvieron que utilizar esta clase de recursos, esta clase de preguntas.

Por lo tanto, hay que sacudirse la pereza, hay que preparar la mente, y con humildad, con oración, pero también con lo mejor de nuestra inteligencia, buscar qué podemos decir con verdad sobre el misterio de Dios en la base de la Sagrada Escritura.

Algo sobre los orígenes del misterio de Dios, Uno y Trino, vamos a comentar en nuestro siguiente capítulo con la gracia de Dios.