Suma Conversación 009
Predicación original en video o audio
Sobre la conversación de verdad en Santo Tomás
Éste es el capitulo noveno sobre nuestra Suma Conversación. Queremos aproximarnos al pensamiento y obra de Santo Tomás de Aquino y en especial, su obra más conocida, su obra cumbre, la Suma Teológica.
Durante estos últimos capítulos hemos venido comentando sobre la verdad y yo creo que hay que dar una razón de este énfasis. Sucede que en nuestro tiempo la verdad no es exactamente lo que la gente espera de la religión, quiero decir, hay muchas personas que gustan de la religión o que detestan la religión; pero no suele plantearse la religión en términos de si es o no es verdad y detrás de esta mentalidad están las corrientes filosóficas como las ya mencionadas.
Si una persona está matriculada en el neopositivismo, jamás esperará verdad de la religión. La religión para esa persona puede ser una fábula o una mentira, un discurso para manipular multitudes, o en el mejor de los casos, una especie de inspiración como la que uno puede tomar del cuento de La Bella Durmiente o cualquiera de esos otros cuentos de hadas. Es decir, una postura filosófica como el neopositivismo, descarta la verdad de la religión y por consiguiente, hace del discurso religioso simplemente un modelo de narración imaginativa.
Un resultado semejante se obtiene si uno sigue la filosofía de Kant, según veíamos en el capítulo correspondiente. Para Kant la realidad tal como es, resulta inaccesible. Las cosas en sí mismas son inaccesibles, lo único que debe interesarnos es que tenemos una manera de conocer y lo que debemos conocer, en primer lugar, es cómo conocemos. Esta clase de conocimiento que es el más transcendental, es en realidad lo único importante y a partir de él es necesario descartar lo que se solía llamar metafísica y descartar toda discusión sobre temas como la existencia de Dios, la existencia del alma o una fundamentación de la moral en la realidad.
Las consecuencias del pensamiento kantiano son muchísimas y todas ellas funestas para la fe cristiana. En efecto, si no hay manera de conectar el bien moral con la verdad y con lo real, quiere decir que finalmente el bien depende de otras cosas, como el gusto o tal vez el consenso o la votación de la mayoría. Y uno rápidamente es consciente de que esa clase de factores, esa clase de decisiones están sujetas a todas las presiones de la publicidad, por ejemplo, o tantos mecanismos de manipulación de masas que hoy existen.
Los medios de comunicación, el manejo de la opinión pública, llegan a producir un impacto real en las personas. Y si de esos medios y si de la publicidad y si de la retórica va a depender el comportamiento de los seres humanos, pues uno se da cuenta que no puede existir una religión que verdaderamente toque la vida.
Lo que quiero decir es que en la perspectiva de Kant, la religión necesariamente queda recluida en el ámbito de lo privado, una vez más, como una especie de ensoñación, como una especie de fábula. Eso es todo lo que queda en la religión, porque el orden social, el orden público tiene que redimirse y tiene que delimitarse a través de otros caminos. Será entonces una ética civil, será entonces el consenso, el acuerdo entre las personas; pero como esas personas a su vez pueden ser manipuladas de muchas maneras, ya sabemos qué se puede esperar en términos éticos.
Tomás de Aquino es un universo muy diferente. Tomás de Aquino toma el problema de la verdad con una seriedad que raya en la devoción, es decir, si uno no supiera que Tomás adora con todas sus fuerzas el misterio de Cristo, el misterio de Dios, uno creería que él es un adorador de la verdad. Tanta es la seriedad con la que él toma este tema. En la Suma Teológica le da un espacio considerable y tiene también entre sus escritos, entre las llamadas “cuestiones disputadas” tiene una bastante extensa, con 16 secciones, dedicadas completamente al asunto de la verdad.
Y es por eso, por lo que también nosotros queremos darle peso a este tema. Porque entendemos que la religión no puede ser simplemente un discurso inspirador. Tampoco puede ser, ni más faltaba, un mecanismo de manipulación. Tenemos que preguntarnos si en estos temas, si en cosas como en la existencia de Dios, como la existencia del bien, como la eternidad del mismo Dios y la inmortalidad del alma, si esa clase de cosas se pueden o no se pueden definir. Si en eso se puede tener certeza o si la única certeza que uno puede tener es la que le dé el banco contándole a uno cuánto dinero tiene.
Las únicas certezas que hay en esta vida son las certezas sociales, es decir, los acuerdos entre personas y las certezas científicas y las certezas de los gustos. ¿Esto es lo que realmente quiero? ¿Esas son las únicas certezas? ¿Tenemos que, por decirlo así, resignarnos a que sólo existe la certeza social, la certeza científica y la certeza del gusto? ¿Ahí debe terminar la historia cuando hablamos de la verdad?
Tomás tiene un enfoque diferente. Él cree que sí podemos hablar de verdad y podemos hablar de mentira y aquí yo quiero anotar la situación paradójica, porque suele decirse que la Edad Media era un tiempo oscurantista y uno asocia la palabra oscurantista con el ocaso de la razón, el eclipse de la razón.
Oscurantista también debe significar que la persona es intolerante, cerrada al diálogo, incapaz de entrar en una discusión; pero lo que vemos en Tomás de Aquino es exactamente lo opuesto. Yo quisiera saber cuántos de los actuales apóstoles de la tolerancia y del diálogo han escrito algo tan extenso y tan profundo sobre la verdad, como lo que hace Tomás de Aquino.
Y esta preocupación por la verdad sucede en un contexto de discusión, en un contexto en el que hay posturas diversas y en el que por consiguiente es posible también decir cosas opuestas, contradictorias, desafiantes. Ya en otra ocasión, en esta serie, mencionábamos como es de interesante que varios de los títulos, varias de las obras de Tomás tienen explícitamente la palabra contra, por ejemplo existe La suma contra gentiles.
Pero lo interesante aquí es que el que escribe de esa manera está presentando argumentos, no está diciendo, según la caricatura que hay de la Edad Media – ¡Vamos a arrasar con ellos, vamos a destruirlos, vamos a matarlos! – Lo que dice es –Sentémonos a argumentar; presenta tus razones y yo presento mis razones.
Y una obra como La cuestión disputada sobre la verdad es en realidad el fruto de extensos, muy prolongados diálogos, a veces sostenidos en persona y a veces diálogos con personas, con autores de otras épocas. Porque como veremos en nuestro siguiente programa, el diálogo, en el caso de Tomás de Aquino, no se limita a la gente que era su contemporánea.
Tomás dialoga con Platón con Aristóteles, con San Mateo, con Juan Damasceno, con Bernardo, con Agustín; dialoga con personas de otras religiones, con el judío Maimónides, con el musulmán Averroes. Tomás dialoga con cristianos y con paganos, con judíos y con musulmanes. Una vez más tengo que preguntar ¿dónde está el oscurantismo?
Vayamos al enfoque que Tomás le da al tema de la verdad; pero para hablar de ese enfoque necesitamos una noción, que Tomás en realidad toma del filósofo Aristóteles, es la noción de forma. La forma no es la figura, diríamos que la figura es uno de los aspectos de la forma.
Vamos a hablar de la forma desde el punto de vista de la filosofía de Aristóteles y de la filosofía de Tomás. En este punto Aristóteles y Tomás coinciden, yo diría plenamente, no es así en todos los casos, pero en éste sí.
Yo creo que para comprender lo que Tomás quiere decir con la palabra forma, necesitamos otras palabras de nuestro universo de lenguaje, por ejemplo la palabra estructura o la palabra configuración o la palabra funcionamiento incluso la palabra disposición. Estas palabras del español relativamente reciente nos ayudan a acercarnos al concepto filosófico de forma. Así se dice también en latín. Morphé en griego.
Tengo en mis manos este objeto, es un sencillo instrumento que se supone que se utiliza para dar masajes, es decir, esto ayuda a que los músculos se relajen. Las piezas de color blancuzco están hechas de un material vegetal durísimo que se llama tagua, existe aquí en Colombia y estas otras piezas que unen las piezas blancas, estas otras piezas oscuras, son piezas de una madera bastante resistente.
Entonces tenemos cuatro piezas de tagua unidas por tres pedazos de madera, por tres pequeñas varas de madera, es decir, que este sencillo instrumento está hecho de siete cosas, cuando uno pregunta de qué está hecho algo, eso es lo que Aristóteles llama la materia. Materia que en griego se dice hylé. Y cuando uno examina que esto está hecho por ejemplo de estas cuatro piezas blancas y estos tres palos de madera entonces uno dice esa es la materia. Y la materia es lo que he enumerado, la tagua y la madera, esa es la materia de esto.
Pero sucede que yo podría utilizar estos mismos materiales para otras cosas. Podría organizarlos de otra manera. En ese caso tendría la misma materia, pero en una distinta forma. La materia va a seguir siendo la misma, las mismas cuatro piezas blancas o blancuzcas, los mismos tres palos. Pero yo podría cambiar la disposición, la estructura, la configuración. Lo más importante, para darse cuenta en este momento, es que la estructura no es otra materia, no es otro elemento material.
La estructura organiza la materia, la forma organiza la materia; pero no es materia. Entonces si yo, por ejemplo, dispusiera estos elementos, no formando esta especie de pirámide que tengo en mi mano, si no los dispusiera formando una especie de estrella, que quedara plana como la palma de mi mano, con las distintas piezas blancas puestas sobre un mismo plano, tendría la misma materia pero con otra forma. Yo no le he agregado al cambiarle la forma, yo no lo he agregado una nueva materia, simplemente he cambiado la disposición de los elementos, he cambiado su estructura, he cambiado su configuración.
Cuando conocemos, en nuestro entendimiento no queda la materia. Por decirlo gráficamente, estas piezas de tagua no quedan –uno siempre asocia el entendimiento con el cerebro, ¿no?– estas piezas de tagua no quedan aquí metidas en mi cabeza, no es la materia lo que queda en mí, pero algo queda en mí. Ese algo que queda en mí es la forma. Entonces el conocimiento está ligado a la forma, más que a la materia; de hecho, mi entendimiento puede jugar con la forma sin tocar la materia.
Yo me puedo imaginar, por ejemplo, si pongo esta especie de pirámide, la pongo boca arriba como decimos, yo me puedo imaginar que yo podría agregar otras pirámides de estas, una junto a otra y hacer una especie de escultura alargada. No la he hecho, sin embargo, esa escultura ya tiene alguna forma de existencia, alguna manera de existencia. ¿Cuál es la existencia que tiene eso que todavía no está pero que yo ya lo entiendo? Y seguramente si tú estás siguiendo esta explicación también estás entendiendo, y aunque no mires el video también estás entendiendo, porque no es tan difícil imaginarse una pirámide boca arriba junto a otras pirámides boca arriba conectadas por pequeños trozos de madera.
Entonces se ve que el entendimiento funciona básicamente con la forma y que la forma no es materia. Esas dos cosas nos quedan perfectamente claras. Hay algo más que tiene que quedarnos claro y es que cuando nosotros pensamos en la forma no estamos pensando únicamente de un modo estático y esto se ve muy bien en un motor.
Supongamos que yo veo las piezas de un motor, el motor de un carro, de un coche, miro las piezas y veo cómo están dispuestas. Eso todavía no me permite entender exactamente qué es lo que está sucediendo, pero que cuando se enciende el carro y empiezan a moverse esas piezas, entonces entiendo cuál es el propósito de ese carro, entiendo por qué fue diseñado así, entiendo qué utilidad puede prestar, es decir, llego a conocer el carro.
Esto quiere decir que en aquellos seres que tienen una existencia temporal, el tiempo es parte de la comprensión del objeto. Así por ejemplo para llegar a conocer lo que es un árbol, seguramente necesito no sólo ver la semilla, sino necesito ver la plantita y necesito ver que crece y necesito ver que tiene unos tiempos en que se llena de flores y otros tiempos en que se llena de frutos y todo eso pertenece al desarrollo temporal.
Cuando los seres tienen una condición temporal, entonces el tiempo es parte de la comprensión de ese ser, y por eso, entre las palabras que tienen algo que decir sobre la forma, hemos agregado la palabra funcionamiento, es decir, el despliegue de la actividad, el actuar, el entrar en funcionamiento, el llegar a hacer algo, es parte de lo que uno necesita para entender qué es lo que está sucediendo.
Yo creo que un caso extremo es un computador. Si yo tengo un computador apagado, muy poco puedo entender de él, pero a medida que suceden todos esos movimientos, que unos son mecánicos y muchísimos son de campos eléctricos y electromagnéticos, entonces empiezo a entender para qué sirve el computador, por qué fue diseñado así, que utilidad presta, qué riesgos trae, etcétera.
En el caso de los seres vivos entonces, cuando nosotros hablamos de forma, tenemos que referirnos no sólo a la figura que tiene en un momento dado como si fuera un muñeco de cera, sino que tenemos que referirnos al despliegue de la vida y la actividad que tiene, es decir, la forma en el caso de los seres vivos corresponde a lo que nosotros usualmente llamamos la vida de ese gato o de ese árbol o de esa persona.
Esto quiere decir que la comprensión, el conocimiento de los seres vivos, implica que nosotros recibamos, en nuestro entendimiento, una forma que habla de vida. Esa forma toma un nombre especial en la filosofía de Santo Tomás, es el ánima, en latín, alma. Es decir, alma es el nombre que tiene la forma cuando nosotros hablamos de seres vivos y es aquí donde entra la concepción tomista de verdad.
Para Santo Tomás la verdad finalmente es la recepción de esa forma en nuestro entendimiento y por eso él dice que hay tres lugares para la verdad.
En primer lugar es la mente de Dios, porque las cosas no existirían, en modo alguno si no existiera la creación, es decir, en el acto creador, aquello que parecería simplemente o podría ser simplemente pensado, empieza a existir en la realidad o como diría Tomás, a existir actualmente, en actualidad, en acto. Lo cual quiere decir que el diseño, el funcionamiento y la estructura, en primer lugar pertenecen a la mente de Dios y este es el primer lugar de la verdad.
El segundo lugar, por supuesto, son las cosas mismas, en la forma que tienen.
Y en tercer lugar es nuestro entendimiento y de aquí se ve que entonces la verdad supone a la vez el encuentro con las cosas y también una participación en la potencia divina que conoce.
Para Santo Tomás, el conocimiento no es únicamente el resultado de las cosas sobre nosotros, sino que implica la recepción de esa forma en nosotros por una participación que nosotros tenemos de la capacidad del conocimiento divino.
En términos de filosofía esto supone al mismo tiempo Aristóteles y Platón. Aristóteles, por supuesto, enfatiza esta parte del conocimiento que empieza por los sentidos y Platón enfatiza en que nuestra capacidad de conocer es una participación de una luz más alta.
Dice Tomás varias veces en su artículo sobre la verdad, “tu luz Señor nos hace ver la luz”, es decir, porque nosotros tenemos una participación en la capacidad divina del conocer, podemos recibir esa forma que se encuentra en las cosas y cuando recibimos apropiadamente esa forma entonces encontramos verdad y por eso puede haber verdad en nosotros.
Es un pensamiento profundo y si lo miramos bien, grandemente optimista, porque no nos deja en el terreno de la pura conjetura ni de la pura subjetividad, sino que nos invita a desplegar nuestra capacidad de inquirir, nuestra capacidad de preguntar, nuestra capacidad de avanzar en el ser de las cosas, sabiendo que en ese conocimiento estamos teniendo una participación de lo que Dios es y hace.
Estuvo contigo Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores.