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Fecha: 20020329

Título: Jesucristo frente a los poderes de este mundo

Original en audio: 36 min. 3 seg.


En estas lecturas hemos visto a Nuestro Señor Jesucristo cerca de la gente importante de aquel tiempo. Jesús no estuvo cerca de los importantes, podemos decir, por lo menos de los que son tenidos por importantes a los ojos del mundo.

Los relatos del evangelio nos presentan a Cristo más bien rodeado de la gente que no cuenta, del pueblo más pobre, humilde y enfermo. Los que solían estar cerca de Cristo, eran los leprosos, las prostitutas, los publicanos, la basura de aquel tiempo.

En el momento de su Pasión, sin embargo, Jesús está cerca de gente muy importante a los ojos del mundo. Se trata, ni más ni menos, que del sumo sacerdote de los judíos, y se trata del procurador romano. Si atendemos al evangelio de Lucas que se proclama en otro año distinto, pues también del rey Herodes.

Y por eso, hoy quiero compartirles una meditación sobre ese encuentro de Jesús, que es el Rey, que es nuestro Rey, que es el Señor de los Señores. Cuando se encuentra a Jesús, que es el Señor de los señores, con los señores de este mundo, con la gente importante de este mundo, ¿qué pasa? Esa es la pregunta que nos hacemos hoy.

Y el evangelio según San Juan nos ayuda a responder esa pregunta. ¿Cómo es Jesús frente a los poderes de este mundo? Y la respuesta que vamos a encontrar, es que Jesús no toma una actitud, ni de miedo, ni de adulación, ni de negociación. Lo que Jesús hace frente a los poderes de este mundo, es lo mismo que ha hecho siempre, y eso es evangelizar.

Vamos a mirarlo en los textos mismos que hemos escuchado, porque este ejemplo de Jesucristo nos enseña la grandeza de su Ministerio, la grandeza de su Corazón, la grandeza de su Palabra, y amigos míos, hoy más que nunca, hay que enamorarse de la grandeza de Jesucristo, para no dejar que ningún ídolo se adueñe de nuestro corazón.

La Primera Carta de Juan, que tiene tanta poesía, que tiene tanta elocuencia, de un modo casi brusco, nada poético, termina diciendo: "Hijos, cuidado con los ídolos" 1 San Juan 5,21. Pues siguiendo esa advertencia, amemos la grandeza de Jesucristo, y seremos libres de toda idolatría.

Jesús está cerca de la máxima autoridad judía y cerca de la máxima autoridad romana en aquella región. Pilato representaba al gran rey de ese tiempo, rey político, rey económico, que se consideraba señor de vidas y haciendas. Aún más, se consideraba prácticamente un dios. Porque los emperadores romanos, llamados los Césares, se consideraban dioses.

Pilato es como el representante de ese dios que vive en Roma, y mientras tanto, el sumo sacerdote, que era Caifás, es representante de ese Dios que habló por medio de Moisés, el Dios de la Ley. Jesucristo es representante, es presencia y sacramento del Dios que es Padre.

¿Qué va a pasar cuando se encuentren estos tres hombres, cada uno a su manera representando la divinidad? Eso es lo que nos va a ayudar a resolver el evangelio de Juan.

Nos dice el Evangelista: "Apresaron a Jesús y lo llevaron ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año" San Juan 18,12-13. Anás era el suegro de Caifás; propiamente el sumo sacerdote era Caifás. Pero Anás había sido sumo sacerdote.

Para los que son expertos en la Biblia, habrán notado que ahí hay un error. Efectivamente, el sumo sacerdote era un cargo vitalicio. Se supone que se era sumo sacerdote para toda la vida. Pero no es error del Evangelista.

Es un error de la gente de esa época, que conscientes de todo el poderío que tenía el sumo sacerdote, porque era el gran negociador frente al Imperio Romano, entonces habían hecho del sumo sacerdocio un cargo que se rotaban entre varias familias.

Y para que el poder no saliera de esas pocas familias, hacían lo que se suele hacer, casarse entre ellos. Esta es la razón por la que Anás y Caifás estaban emparentados. Anás era un poco mayor, y ya había sido sumo sacerdote.

Caifás era sumo sacerdote ese año, pero el verdadero poder detrás del trono, el que seguía tejiendo los hilos de la política y moviendo como títeres a los demás, es Anás.

Y Anás siente que le ha llegado su hora; siente que es el momento de tomarle cuentas a ese revoltoso, a ese hombre que anda por ahí alborotando gente y poniendo en peligro todo el edificio religioso, que ellos con tanta diplomacia y política han logrado levantar.

Anás siente que ha llegado su turno, y por tanto, empieza a preguntarle, acribilla a preguntas a Jesucristo. Interrogó a Jesús acerca de los discípulos y la doctrina.

Esperaba Anás, que conocía todos esos intríngulis de la Ley y todos esos detalles de la Ley de Moisés, que iba a coger a preguntas a Jesús y lo iba a dejar convicto, culpable frente a los demás miembros del Sanedrín.

Pero la respuesta de Jesucristo, que no tiene una gota de adulador ni de miedoso, es clara: "He hablado abiertamente al mundo. He enseñado en la Sinagoga y en el Templo. No he dicho nada a escondidas. Pregunta a mis seguidores" San Juan 18,20-21, es la respuesta que le da Jesucristo.

"Pregunta a mis seguidores" San Juan 18,21. Mientras que Anás, en ese diálogo con Jesucristo, toma el papel de la autoridad, tanta autoridad que uno de los suyos le da una bofetada a Cristo, autoridad por el poder, autoridad por la fuerza, Jesucristo toma el poder de la autoridad por la enseñanza.

Jesús está tan convencido del poder de su enseñanza, que puede decirle a Anás: "Véte donde mis discípulos" San Juan 18,21. ¡Qué maravilloso Maestro es Éste, que está convencido que sus discípulos pueden dar razón de Él!

Jesús mismo había dicho en una ocasión: "Cuando un discípulo termine su formación, será como su Maestro" San Lucas 6,40. Y Jesús está convencido, que de tal manera, con tal poder, con tal unción, ha llegado a los corazones de los discípulos, que ellos pueden dar razón de quién es Él.

De modo que si Anás va con las herramientas de su interpretación de la Ley de Moisés, o va con las herramientas del poder de la fuerza bruta, Jesucristo va por dentro con la convicción del que es verdadero Maestro y que sabe, que su unción, su enseñanza ungida, ha llegado hasta el fondo de los discípulos.

Anás es la representación de la fuerza, esa pezuña, esa garra que está puesta sobre el cuello de Israel, y que mantiene así, sojuzgado al pueblo: terrorismo de estado, podríamos llamar eso.

Jesucristo, en cambio, es la manifestación de Aquel que tiene los corazones, de Aquel que llega a lo profundo de las conciencias, de Aquel que es Rey y Señor de las almas.

"Tú tienes autoridad, Anás, porque tienes espada, porque tienes una lengua aduladora, porque tienes capacidad de tejer hilos políticos. Yo tengo autoridad", -dice Cristo-, "porque tengo los corazones, porque tengo la Palabra, porque tengo la unción". Ese es el enfrentamiento entre Anás y Jesucristo: "Pregunta a mis discípulos" San Juan 18,21.

Pero hay algo más sutil aquí. ¿Anás hubiera podido decir lo mismo? ¿Podría haber dicho Anás: "Pregunta a mis discípulos" San Juan 18,21. Claro que no. Porque el que es intrigante y el que sólo sabe tejer con los hilos de la política y de esa diplomacia de salón, ése no sólo es mentiroso, sino que cría mentirosos.

El que se hace con el poder a base de astucia, de pezuña, de garra y de fuerza, ése no puede decir: "Pregúntale a mis discípulos" San Juan 18,21, porque los discípulos no van a estar de acuerdo con lo que les manda Anás.

¡Es tan profunda, es tan majestuosa la actitud de Cristo! Es como si Cristo le dijera: "A mis discípulos se les puede preguntar. ¿Se puede preguntar también a los tuyos? ¿Se puede preguntar a tus discípulos, Anás? ¿Le podemos preguntar a tus discípulos?"

Pero antes de que eso suceda, uno de esos discípulos, un lacayo, un adulador, queriendo ganar puntos frente a Anás, va y le da una bofetada a Jesucristo.

Entonces Jesucristo le pregunta al discípulo: "Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado. Pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?" San Juan 18,23. ¿Y qué dice el evangelio? ¿Hubo respuesta? No hubo respuesta.

Jesús le dice a Anás: "Tú pregunta a mis discípulos" San Juan 18,21, y uno de ellos, los de Anás, en ese momento le da una cachetada a Cristo, y entonces Cristo le pregunta al discípulo de Anás.

Es decir, entendamos, hermanos, este lenguaje. Jesús es el que estaba siendo juzgado, pero termina siendo Jesús el que juzga a Anás: "Si tú quieres saber lo que yo soy, pregunta a los míos; que yo soy Maestro, que yo tengo unción, que yo tengo Palabra, que yo sé tocar los corazones. Si tú quieres conocerme, pregunta a los míos. Ahora yo quiero conocerte, y voy a preguntarle a los tuyos".

Y "los tuyos", representados en ese insolente que le dio la bofetada, ésos no tenían nada que decir.

O sea, que lo que Jesús le está diciendo a Anás es: "Mira cuál es tu autoridad, mira a qué Dios estás representando, que no podemos preguntarle a tu gente, porque tú sabes bien que tu gente no piensa como tú. Tú los utilizas a ellos, y ellos te utilizan a ti, negociador, intrigante, mentiroso".

Mas todas esas palabras no las dijo Cristo. Todas esas palabras quedaron ahí, implícitas, pero tan claras, que el interrogatorio se acabó. Anás no hizo una pregunta más. ¿Qué hizo? Lo mandó donde su yerno. Lo mandó atado donde Caifás.

Y quién sabe con qué instrucciones lo mandó, porque si uno sigue leyendo con atención, mire lo que dice aquí: "Anás envió a Cristo atado a Caifás, el sumo sacerdote" San Juan 18,24.

Luego viene la negación de Pedro, y después se lee: "Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio" San Juan 18,28. ¿Ustedes qué deducen de ahí? Porque la Palabra de Dios hay que leerla también con inteligencia. ¿Qué deducimos de ahí? Que Anás se dio cuenta de que no había caso en interrogar a Cristo.

No le hizo más preguntas él, y seguramente, o mandó razón, o Caifás supo con quién se estaba metiendo.

A Caifás, aunque era llamado sumo sacerdote, -una cosa medio ficticia, porque eso era intrigas de esos sacerdotes-, le llegó Cristo, ahí lo tuvo en la casa un rato, y luego apenas pudo, se deshizo de Él, mandándolo al pretorio donde Pilato.

Esa es la autoridad de Caifás; no la autoridad de un testigo, sino la autoridad de un funcionario. Ese no es un testigo de Dios; ese no es un profeta que conoce el Corazón de Dios.

Ese es un funcionario que está aprovechándose de las cosas de Dios, para mantener sus privilegios de clase, para mantener su ritmo de vida. ¡Ese es el tipo de gente que mandó crucificar a Cristo!

Ya podemos sacar una conclusión. ¿Cómo es el enfrentamiento entre Jesús y los sumos sacerdotes? Quedó claro: Lo iban a juzgar a Él, y resultó Él juzgándolos.

"¿A mí me vienen a preguntar? Pues sepan que mi autoridad es la autoridad del Maestro, es la autoridad del que llega a los corazones y los transforma.

¡Señores! ¡Anás! ¡Caifás! ¿Ustedes tienen esa autoridad? No la tienen, porque sus discípulos no pueden responder lo que yo pregunto; porque en realidad, ellos están aprovechándose de ustedes, así como ustedes se aprovechan de ellos".

De esa forma terminó la historia con los sumos sacerdotes, y entonces lo mandaron a la siguiente estación en ese proceso doloroso. Lo mandaron donde Pilato. Aquí vamos a ver qué pasó, a ver ahora qué sucede donde Pilato.

Resulta que Anás y Caifás, que eran llamados sumos sacerdotes, -y digamos que en términos legales lo eran-, representaban al Dios de Moisés. Llega Pilato, el procurador romano, que es el representante del gran Imperio de todos los tiempos. Ahora llega Pilato, que es el embajador romano, Pilato, que representa al César, y el César se supone que es como un ser divino.

Los romanos se sentían orgullosos, especialmente de su justicia y de su derecho, la justicia romana, el derecho romano. Todavía hoy, cuando alguien va a estudiar abogacía, le toca estudiar derecho romano un semestre, un año, lo que sea de derecho romano.

Ellos son los que saben del derecho, y allá, a donde esa gente que sabe del derecho y sabe de la justicia, allá envían a este alborotador, a este hombre extraño, que se llama Jesús de Nazareth.

No nos perdamos ese enfrentamiento. ¿Qué va a suceder entre Jesús y Pilato? ¿Pilato, que representa a los dioses paganos y al emperador divinizado, Pilato, que representa al imperio que idealiza la justicia, y Jesús de Nazareth, que viene con unos mensajes de misericordia, de perdón y de fidelidad de Dios?

Vamos a ver qué pasó en ese encuentro. Pilato empezó muy bien. Pilato empieza muy bien sentado en su silla: "¿De qué acusan a este hombre?" San Juan 18,29.

Es un juez que está ejerciendo su oficio: "Vamos a abogar. Aquí hay un caso; llegó el acusado. A ver, ¿de qué se acusa a este hombre? Soy el funcionario que va a hacer justicia; pertenezco al Imperio Romano. El Imperio Romano es recto, justo. Aquí llega un acusado".

Pilato empezó divinamente. "¿De qué acusan a este hombre?" San Juan 18,29. Y empiezan a embolatarlo, como decimos en este país: "Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído" San Juan 18,30.

¿Usted qué opina de eso? Como quien dice: "Usted no está aquí para que haga justicia. Usted está aquí para que diga lo que nosotros le hemos dicho".

Esa es la corrupción de la justicia en el siglo primero, en el siglo quince, en el siglo veinte y en el siglo veintiuno. La corrupción de la justicia es: "Usted no tiene que juzgar. Usted tiene que declarar lo que nosotros le digamos".

Es lo mismo que sucede todavía hoy con los jueces corruptos, exactamente lo mismo: "Usted tiene que decir, que este señor es culpable. Usted tiene que decir, que este señor es inocente".

Pilato todavía se sostiene en su orgullo romano: "¡Ah! Luego no me van a dejar hacer mi oficio. Pues entonces llévenselo y júzguenlo ustedes según su ley. Si yo no puedo juzgar y ya está condenado, llévenselo ustedes" San Juan 18,31.

Y ellos revelan su corazón: "No estamos autorizados para dar muerte a nadie" San Juan 18,31. En ese momento Pilato se da cuenta de que el asunto es serio: "¡Es que esto aquí es con muerte!"

Dar muerte, es dar muerte, ¿por qué? ¿Por qué hay que matar a una persona? ¿Por qué autorizaba el Imperio Romano que se matara a una persona? Había una serie de delitos que traían la muerte. Pero uno que era muy obvio en esa región donde estaban, es el delito de rebelión contra el Imperio.

Es decir, toda persona que se declaraba rey, toda persona que declaraba la independencia de esa tierra de Judea con respecto al Imperio, automáticamente merecía la pena de muerte, y además, pena de cruz. La cruz era el tormento que el Imperio Romano infligía a aquellos que se declaraban rebeldes al Imperio.

Cuando le dicen muerte, Pilato le pregunta a Jesús: "¿Eres tú el Rey de los judíos?" San Juan 18,33. Inmediatamente, -es lógico-, Pilato piensa: "Estoy ante un caso de rebelión. Es un culpable; hay que ver el caso de rebelión aquí". Hasta ese instante, podemos decir que Pilato ha obrado como un buen funcionario.

"¿Eres tú el rey de los judíos?" San Juan 18,33. Pero aquí viene el primer enfrentamiento entre Jesús y Pilato. Vamos a ver qué sucede. Le dice Jesús: "¿Eso lo preguntas por tu cuenta, o te lo han dicho otros?" San Juan 18,34.

Hasta ahí llegó Pilato. ¡Pobre Pilato! Hasta ahí llegó con esa pregunta: "¿Te lo han dicho otros, o lo dices tú?" San Juan 18,34. "¿Tu función está por encima de tu corazón? ¿O tu razón, tu vida y tu destino están por encima de tu función?" Esa es la pregunta de Cristo.

¡Qué pregunta para repetirla hoy a todos los profesionales, para repetirla hoy a todos los funcionarios, y por qué no, a todos los sacerdotes! "¿Quién eres tú independientemente de tu función? ¿Quién eres tú?"

"Pilato, ¿estamos aquí ante una obra de teatro y tú te pones máscara de juez, y yo me pongo máscara de condenado o de acusado? ¿O por qué no hablamos de lo que tú eres y de lo que yo soy?" Esa es la pregunta de Cristo.

"¿Eso lo dices tú por tu cuenta, o estamos aquí simplemente siguiendo los pasos de un ritual preestablecido?" Pilato se queda sorprendido una vez más.

Notemos cuál es la actitud de Cristo. Cristo hubiera podido tomar una actitud más o menos en estos términos: "Bueno, la situación está ahogada. La situación está terrible, pero si yo me gano al viejito éste, al panzoncito éste, Pilato, si yo me gano a este Pilato, no me va a pasar nada. Salvé el pellejo, no hubo problema, nada de nervios".

Pero Jesús no llega con la actitud de: "Tengo que ganarme a Pilato", en términos de: "Tengo que evitar lo que me puede suceder a mí". Jesús llega con la actitud, -y eso es lo maravilloso del evangelio de Juan-, de un evangelizador.

A Anás, ya vimos que lo confrontó: "¿Usted tiene discípulos, hermano, o no los tiene? ¿Usted puede creer en su gente, o no puede creer en su gente?"

Es que es impresionante. ¡Cristo es impresionante, hermanos! ¡Es impresionante! ¡Es único! Está humillado hasta el fondo, lo tienen acusado, lo tienen contra el piso, y Él allá, humillado contra el piso, es el juez de todos. ¡Eso es lo grande!

Y aquí le pregunta a Pilato: "¿Va primero su función, o va primero usted? ¿Estamos en una obra de teatro? ¿Tenemos que cumplir con unos pasos, decir que se cumplió la ley y ya se deshizo de mí? ¿O qué vamos a hacer?"

Respuesta de Pilato: "¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí" San Juan 18,35. Es decir, no comprometió lo que él era; no comprometió su corazón. "¡No! Yo no me meto en eso. Simplemente sé que hay un caso, y tengo que resolver ese caso".

"¿Qué es lo que has hecho?" San Juan 18,35. "¿Qué es lo que has hecho? A ver, diga cuál es su maldad". Y Cristo lo vuelve a desconcertar. Se suele traducir: "Mi Reino no es de este mundo" San Juan 18,36.

Una traducción mejor es: "No es el mundo el que me ha hecho Rey". "Si mi Reino fuera de este mundo, -si el mundo me hubiera hecho Rey-, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos" San Juan 18,36.

Yo creo que el pobre Pilato en ese momento, la cabeza se le volvió una licuadora. Mire lo que dice Cristo: "Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos" San Juan 18,36.

Y Pilato iba con la idea de que Cristo era el Rey de los judíos: "¡Ah! Entonces sus servidores no son los judíos. Luego usted no es el Rey de los judíos, o sí es el Rey de los judíos, pero hay unos servidores que le van a evitar que usted caiga en manos de los judíos".

Ya Pilato no sabía qué decir. Ya en ese momento pensó: "Bueno, por lo pronto queda claro que este Señor no está liderando ninguna rebelión contra Roma", que era lo único por lo que él podía dictaminar la cruz.

Él podía sentenciar pena de cruz, si el condenado se había declarado en rebelión contra Roma. Ese era el castigo para los no romanos que se rebelaban contra Roma, la cruz.

Y con la respuesta que le da Cristo, -que el mundo no lo ha hecho Rey, y que además, Él no quiere caer, o no haya tenido que caer en manos de los judíos-, queda Pilato respondido. Con esa respuesta ya le queda clara a Pilato una cosa: "Evidentemente, este Señor no está en rebeldía contra el Imperio Romano. ¿Y ahora qué hago?"

"¿Con que tú eres el Rey?" San Juan 18,37. Ese "con que", o "así que", indica un cambio en el tono de Pilato.

Ya Pilato se da cuenta: "¡Ah! Es que este asunto no es de resolverlo. Yo pensé que era un problema serio, mas estamos es ante un loquito. Es que me trajeron aquí un loquito que se cree Rey, pero que no es Rey de este mundo y que...¡Ah, es un loquito lo que me trajeron!"

Pilato cambia el tono en ese momento. "¿Con que tú eres...? ¡Sí! ¡Tú eres Rey! ¡Cierto! ¡Hartos reinos tienes!" Le responden esto: "Soy Rey. Yo nací, vine al mundo para ser testigo de la verdad" San Juan 18,37.

¡Eso sí está complicado! Esa Palabra está complicada para Pilato, y le agrega esta frase: "Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" San Juan 18,37.

Ustedes se dan cuenta, quién es Jesucristo y cómo está tratando Cristo a Pilato? "Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" San Juan 18,37.

Ya Pilato dijo: "Bueno, me deshice de este problema. Aquí me trajeron fue un pordiosero, medio loco, que se cree Rey. A ver, dónde está su Reino? Y si tiene por allá caballos y doncellas, vaya. ¡Vaya, mijo! ¡Vaya tranquilo!" Ya él dijo: "Me deshice de Él".

Pero le dice Cristo: "Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" San Juan 18,37. "Se supone que yo soy el acusado; se supone que tú eres el juez. ¿Me estás escuchando? Tú, que tienes que dictaminar justicia, tú, que tienes que buscar la verdad para ser justo, ¿me estás escuchando?"

"Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" San Juan 18,37. Todo, no únicamente el judío. Mi problema no lo resuelvas con un problema político; mi problema no lo resuelvas con una conveniencia, con estos viejos sumos sacerdotes. Mi problema es más hondo; tiene que ver contigo y con tu corazón".

"Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" San Juan 18,37. "¿Me estás escuchando, Pilato? ¿Me estás escuchando?" ¿Y Pilato qué hace ante eso? Pilato toma una posición práctica.

El que va a administrar justicia, toma una posición práctica. "¿Y qué es la verdad?" San Juan 18,38, dijo, y se fue. No quiso oír a Cristo.

He aquí un juez que no le interesa la verdad. ¿Podrá ser juez? Un juez que no quiere esclarecer un caso, ¿puede ser juez? Un juez que no quiere llegar hasta la verdad de las cosas, ¿puede ser juez? No puede ser juez.

Cristo, con su Palabra, Cristo, con su maravillosa Palabra, en realidad ha juzgado a Pilato. Antes, se supone que Anás y Caifás iban a juzgar a Cristo, y es Cristo el que denuncia la mentira de ellos.

Ahora se supone que Pilato va a juzgar a Jesús, y aquí vemos a Jesús desenmascarando: "¿Tú eres el gran juez del gran Imperio? ¿El gran Imperio de Roma, que se ufana de su derecho y de su justicia, no escucha? ¿Así quieres encontrar la verdad sin escuchar? ¿Esa es tu manera de ser juez? ¿Esa es tu manera de ser verdadero?"

Pero Pilato no oyó nada de esto, porque ya se había dado vuelta, y ya estaba caminando por otro lado. Se fue a resolverlo de otra manera. Fíjate cómo Pilato va asumiendo distintas posturas. La primera postura es: "Bueno, yo soy aquí el administrador de la justicia. A ver, traiga a ver: ¿Cuál es el caso? ¿De qué está acusado? ¿Cuál es el problema?"

Segundo paso: "¡Ah! Es que es un asunto religioso-judío. ¡No! ¡Vayan! ¡Júzguenlo ustedes! Tercer paso: "Resulta que es que el hombre tiene conflictos como mentales, como psiquiátricos. Entonces es un loquito. ¡Listo! Resolvemos esto".

"¡No! Es que pregunta por la verdad". "¡Ah! ¡La verdad! ¡Pero quién sabe qué será la verdad! ¡En fin! No importa la verdad!" Pilato va teniendo un proceso. Jesús va teniendo un proceso, pero Pilato va teniendo un proceso también.

La historia no termina ahí. Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos. Entonces dijo: "Estoy aquí ante el caso de un pordiosero, medio filósofo y medio loco". Esa fue la idea de Pilato: "Está aquí un indigente, loco, alborotador. Bueno, pero al fin y al cabo, ¿qué? Eso no es de arreglarlo con Él. Eso lo arreglo yo y me quito este problema de los judíos".

Entonces se fue allá a seguir haciendo política. Se fue donde los judíos y dijo: "Oiga, y ese Señor, ése no tiene culpa, hombre. ¡Déjenlo! El tipo no tiene nada, no hizo nada, el caso no es grave". Y se le ocurrió: "Mire, como en la Pascua dejan libre a uno, pues quedo bien con todo el mundo. ¡Ya! Liberé al loco ése, y resuelto: Sigo en mi puesto, sigo en mi vida".

Pero una vez que uno se encuentra con Cristo, uno ya no sigue como estaba. Llega donde los judíos: "Ese es un loquito. Realmente, dejen así.

¡Qué tanto problema! ¡Qué tanto escándalo! ¡Dejen así! Liberémoslo para la Pascua, y nos tomamos por ahí unas cervecitas", -o lo que se tomara en esa época-, "y dejemos así". Mas ya no aceptaron los otros: "A ése no; suéltanos a Barrabás" San Juan 18,40.

Se le complica a Pilato la vida: "Suéltanos a Barrabás" San Juan 18,40. Y empiezan a aclamar: "¡Viva el Rey de los judíos!" San Juan 19,3.

Cristo le acababa de decir: "Mis servidores no me hubieran dejado caer en manos de los judíos" San Juan 18,36. Pilato va tomando conciencia: "Este Señor no es lo que yo pensaba".

Es impresionante, amigos, ver cómo Jesús ante los ojos de Pilatos se va engrandeciendo. ¡Es tan lindo! Porque cuando Jesús llegó donde Pilato, lo traían maniatado, lo traían como cualquier prisionero. Pero ante Pilato, a base de su Palabra, con la fuerza de su Palabra, Cristo va creciendo, y Pilato va sintiendo: "Aquí hay un misterio, aquí hay algo grande".

Sin embargo, todos sabemos en qué termina la historia. Veamos el último encuentro entre Pilato y Jesús. "¿Qué hacemos?" Pilato dijo: "No quieren que Éste, sino que Barrabás. A ver, dénle unos palos a ese Señor".

Porque él creía: "Después de que lo vean maltrecho, van a pensar lo que piensa cualquier persona que observe un loquito que lo agarran a piedra: ¡Hombre! Ya no le den más. ¡Déjenlo así!"

Pero Pilatos estaba juzgando mal. Él, que era el administrador de la justicia, estaba juzgando mal. Les sacó a Cristo con corona de espinas, vuelto una sola llaga, humillado, y les dice: "Ahí está el Hombre" San Juan 19,5. Y los otros, sedientos de sangre: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!" San Juan 19,6.

"Crucifícalo" significa, "se rebela contra Roma", y Pilato sabía: "No se rebela contra Roma. ¿Qué hago?" Pilato les dijo: "Pues llévenselo y crucifíquenlo ustedes" San Juan 19,6.

Pero los judíos estaban muy claros. Sabían que si ellos crucificaban por su propia cuenta, estaban desafiando a la autoridad romana. No podían crucificar por su cuenta: "Es que tienes que dictaminar tú que sea crucificado" San Juan 19,7.

Ante eso, Pilato ya no sabe qué hacer por ninguna parte. Va donde Cristo y dice: "¿De dónde es usted?" San Juan 19,9. "A ver; que no es de este mundo. ¿De dónde eres tú?" Jesús no le responde.

Entonces Pilato saca su último argumento: "Mire, yo soy el que manda aquí. ¿De acuerdo? Aquí el que manda soy yo; el dueño de este asunto soy yo. ¿Me entendió? Yo soy el que manda, yo. A usted lo puedo mandar crucificar, o lo puedo mandar soltar. Ayúdeme a resolver este problema" San Juan 19,10. Es lo último que le dice a Cristo.

¿Ustedes creen que Cristo estaba amedrentado, que se le iba a postrar a Pilato y le iba a decir: "¡Ah! Sí, ayúdame"? ¡No! Lo que le dice Cristo es: "Tú no tienes autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto" San Juan 19,11. Eso tiene una profundidad filosófica que no nos imaginamos, hermanos.

"Tú no tienes autoridad sobre mí" San Juan 19,11. "¿Qué te hace suponer, Pilato, que tú puedes disponer de la vida humana, si tú no eres el dueño de la vida humana?"

Y termina diciéndole, que para mí es la frase más profunda y más fuerte de Cristo en este pasaje: "Por eso, el que me entregó a ti, tiene un poder, tiene un pecado peor que el tuyo" San Juan 19,11.

"¡Un pecado peor que el tuyo! O sea que sí eres pecador, Pilato". Lo habían llevado allá para que Pilato lo juzgara, y es Cristo el que dictamina la situación de Pilato: "Pilato, eres un pecador, porque tú no escuchas, porque tú no buscas la verdad, porque no te interesa la justicia, porque estás salvando tu puesto y tu oficio".

¿Y qué hace Pilato ante eso? Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban. O sea que sí le llegó la Palabra de Cristo. Los judíos gritaban: "Si sueltas a Ése, no eres amigo del César" San Juan 19,12.

Pilato ya se da cuenta: "Es un inocente; está diciendo la verdad. No está loco. Me ha dicho lo que nadie me ha dicho, pero yo no puedo dejar que hablen mal de mí. Entonces llévenselo y mátenlo". Y se lo llevaron y lo mataron.

Aparentemente un fracaso de Cristo. Pero cuando uno medita así, -gracias a Dios hoy hemos tenido tiempo y la paciencia de ustedes para hacer esta reflexión así despacito-, cuando uno medita en esto, mis hermanos, uno se da cuenta de que nunca Cristo hizo una predicación tan profunda, tan profética, una predicación tan majestuosa, tan grande, una santidad tan grande que brilla en Él, que en cada palabra cómo es Él el que aparece como el inocente y cómo es Él el que denuncia la culpa de los que se supone iban a juzgarlo a Él.

Este es, mis hermanos, el resultado del encuentro entre Jesús y las sumas autoridades de los judíos y la suma autoridad del pueblo romano. Este es el Señor Nuestro.

Este es Jesús, que sin adulación, con valentía, sin crueldad, sin otra fuerza que la inocencia de su vida y la verdad de sus Palabras, juzga al mundo, juzga el Imperio Romano, juzga el sumo sacerdocio, manifiesta la gloria de Dios.

Ese es Jesucristo, a quien estamos celebrando hoy, y a quien amamos con todo nuestro corazón.

Amén.