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El 31 de mayo nuestra Iglesia Católica celebra la Fiesta de la Visitación, es decir una memoria litúrgica de aquella visita que hizo Nuestra Señora, la Virgen María a su pariente Isabel, esto nos lo cuenta el capítulo primero del Evangelio según San Lucas, quien nos dice que María al recibir el mensaje del ángel, escuchó que le decía: “ También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes” (Lc 1,36); Isabel era no solamente era una estéril, sino una mujer de edad avanzada y María va a visitar a su prima Isabel sin duda con una intención de compartir la alegría, pero también con una intención de servicio, de estar cerca, de ser disponible frente a las posibles necesidades que aquella mujer, ya mayor, podía tener durante su embarazo.
Así que, tal vez el primer mensaje que nos da esta hermosa Fiesta de la Visitación, es el mensaje del servicio. No hemos recibido el amor de Dios, no hemos recibido a Cristo en nuestro ser para esconderlo o para aferrarnos de manera egoísta a ese tesoro; hemos recibido a Cristo para compartirlo, hemos recibido a Cristo para darlo; Cristo no quiere quedarse inactivo, no quiere quedarse pasivo, reposando simplemente en el baúl de nuestros recuerdos; Cristo es fuerza de transformación, de vida, de cambio y por eso María que ha recibido la palabra de salvación, que como dice San Agustín: “ha concebido primero en su corazón por la fe, y luego en su vientre”; llevando a Cristo en su vientre y en su corazón va a visitar a Isabel. Primer mensaje, el servicio como camino natural del cristiano, precisamente porque ha recibido a Cristo.
Otro aspecto muy bello de esta fiesta es la alegría, es uno de los énfasis que hace el evangelista San Lucas, la alegría. “¡Alégrate!, llena de gracia” (Lc 1,28); ese es el saludo que le da el ángel, de hecho ese el saludo común en la lengua griega de aquella época “jaire”; así como entre los hebreos el saludo común es “shalom” que quiere decir “paz”, es un deseo de paz. Ya se trate de un saludo en arameo, en hebreo o en griego, el saludo de Dios a nuestra historia es siempre paz, salud y alegría. El Papa Francisco ha dicho: “la carta de identidad del cristiano es la alegría”, porque nosotros que hemos sido seriamente amados no podemos tener otra respuesta en nuestro corazón, si no es la alegría; porque hemos sido seriamente amados, precisamente por eso creemos y proclamamos la alegría. Así que ese es el segundo mensaje, el servicio y la alegría.
Un tercer aspecto, me lo hizo ver mi hermano menor Saulo, quien tiene una opción provida muy clara, él firma como psicólogo provida, y en su muro de Facebook y en muchos lugares proclama esa convicción profunda que tiene, ¡que Dios lo bendiga! y que todos aprendamos de las personas que tienen esa opción, por supuesto es también mi opción. Pues bien, él me hizo ver algo muy interesante que tiene que ver con la fiesta de hoy, después de la Virgen María, la primera persona que reconoció a Jesucristo fue un niño no nacido, en el pasaje de la visitación vemos como el que salta de alegría, el que está gozoso es Juan Bautista, y él estaba el vientre de Isabel (cf. Lc 1,44); fue un niño no nacido, un feto el primero que reconoció a Jesucristo. Vivimos en tiempos en los que los candidatos presidenciales, los alcaldes y alcaldesas dicen estupideces sobre la vida humana, por ejemplo: “que un niño que no ha nacido no tiene derechos constitucionales”, ¡que tragedia, que dolor que ese lenguaje se utilice!; o gente que dice que lo que es concebido, que lo que está en el vientre de una mujer no pertenece a la especie humana, Frente a estas tonterías que hacen tanto daño, que son veneno puro, que agradable recordar que el primero que reconoció a Jesucristo fue un feto, un niño no nacido. Si el mundo no reconoce la dignidad de los que no han nacido, ciertamente la Biblia si que sabe darnos una gran lección. ¡Bendito sea Dios!.