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Fecha: 19971224

Título: La paz solo es posible cuando es el fruto de la victoria de Dios

Original en Audio: 6 min. 19 seg


Cuando David alcanzó la paz como fruto de sus victorias, de sus triunfos bélicos, esa paz se convirtió en ocasión de pecado. No se nos debe olvidar el comienzo del famoso pasaje.

Dice allá la Escritura que David había logrado paz en las fronteras, y por el tiempo en que los generales salen a combate, dice la Escritura: "David, como ya no tenía contra quién combatir, se paseaba por la azotea" 2 Samuel 11,2, cuando el episodio aquel de Betsabé, que desembocó en homicidio, adulterio y otras cuantas desgracias.

Por el tiempo en que los generales salen a combate, en que los reyes salen a combate, David ya no tenía con quién combatir, o eso creía él, porque en realidad le faltaba el principal de los adversarios, le faltaba vencerse a sí mismo.

Y por consiguiente, él, que sabía estrategias para vencer las fieras; él, que conocía estrategias para vencer a los filisteos; él, que sabía negociar con todo el mundo, que era astuto y sagaz, porque ah sagaz ese David, lograr por ejemplo, en algún momento, luchar con los filisteos mismos.

Hizo un ejército en alguna ocasión y luchó con ellos; era un hombre increíblemente astuto para la política y para la guerra. Conocía cómo vencer a los enemigos visibles, pero desconocía ese arte divino para vencerse completamente a sí mismo, y, sobre todo, para vencer al Príncipe de la tinieblas.

De manera que por la época en que los reyes salen a combate, cuando el tiempo todavía era de guerra, David creyó que ya era tiempo de paz, y como no se había vencido a sí mismo, como no tenía su corazón realmente sujeto y rendido ante Dios, entonces se dejó tentar y vinieron las desgracias, el homicidio, el adulterio, etc.

Comento esto,porque precisamente la Iglesia nos ofrece hoy aquel texto del Segundo libro de Samuel sobre la promesa a la casa de David. Y es interesante ver cómo empieza diciendo: "Cuando el rey David se estableció en su palacio y el Señor le dio la paz con todos sus enemigos que le rodeaban, el rey dijo: Esta vez fue el Señor el que me dio la paz" 2 Samuel 7,1-2.

Y por eso, cuando Natán le hace la profecía de la descendencia en el trono, lo que hace es un recuento de cómo en realidad todas las victorias son de Dios; cuando todas las victorias son de Dios, cuando es Dios el que da la paz, esa paz es fecunda y es estable.

"Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fuera jefe de mi pueblo, Israel. Estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, daré un puesto a Israel mi pueblo" 2 Samuel 7,8-10. Con lo cual vemos que la paz, esa paz que luego cantarán los ángeles en la campiña de Belén, esa paz sólo es posible cuando es el fruto de la victoria de Dios.

Y también aprendimos que la victoria de Dios no es sólo con aquellos enemigos que yo veo, con lo que a mí me incomoda; hay también que saber entrar en batalla con lo que a mí me acomoda, lo que a mí me cae bien, lo que empata bien conmigo. También con eso, a veces, hay que saber entrar en batalla.

Así como a David le parecían enemigos los filisteos y le parecían enemigas las fieras, pero no caía en cuenta de que llevaba un enemigo en sus propias pasiones, así también nosotros necesitamos la sabiduría de lo alto, para reconocer a los verdaderos enemigos y para luego tener la victoria sobre ellos.

El que no reconoce a su enemigo, pues estácomo con los ojos vendados y será presa fácil. Necesitamos una luz nueva, necesitamos una gran sabiduría. Tal vez nos hemos equivocado mucho en lo que son los enemigos.

A mí me parece que esos pasajes de David nos están haciendo ver que los verdaderos enemigos no son las otras personas; los verdadero enemigos suelen ser más sutiles, suelen estar escondidos en la carne de uno, en las mañas de uno, y, sobre todo, suelen estar agazapados, como esa serpiente allá en el Paraíso.

Son enemigos agazapados, enemigos astutos, más astutos que el astuto David con toda su seguridad, más astutos que mi astucia, más inteligentes que mi inteligencia.

Que el Señor en esta Navidad nos regale ese discernimiento: reconocer al verdadero enemigo, recibir victoria sobre él, y ahí sí, tener paz profunda, paz alegre, paz fecunda.