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Fecha: 19961224

Título: “Dios ha visitado a su pueblo”

Original en audio: 17 min. 36 seg.


Nos hallamos en la víspera misma de la celebración gozosa del nacimiento de Cristo.

Y así como sucede a veces, que cuando hay un acontecimiento social, por ejemplo, hay que invitar a una orquesta, o a unos músicos, a que canten para que nos enseñen a alegrarnos, así también la Iglesia, en la víspera del nacimiento de Cristo, invita a Zacarías a que cante, para que su cántico, y su gozo nos enseñe a gozarnos y a cantar la Divina Misericordia que nos trajo a Cristo.

Porque uno sabe que el nacimiento de Cristo es algo muy grande, uno sabe que ahí hay escondido, ahí dentro hay algo que es muy bello, uno sabe que ahí se ha mostrado el poder salvador de Dios.

Pero es difícil poner eso en palabras, y por eso, porque nuestras palabras a veces no saben cómo pronunciar este misterio, la Iglesia para celebrarlo, se apoya en las palabras de los profetas, de los sabios, de los santos.

Y hoy especialmente, en estas palabras de Zacarías que acabamos de proclamar: “Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque ha visitado, y redimido a su pueblo” San Lucas 1,68; esas palabras las dice un mudo que acaba de curarse de su mudez.

Zacarías, cuando recibió el anuncio del ángel Gabriel, preguntó “¿Cómo voy a estar seguro de eso que me dices, que voy a ser padre, si me esposa es estéril, y ambos somos de edad avanzada?” San Lucas 1,18.

Zacarías siente desconfianza, no alcanza a creer; el arcángel le responde “Mis palabras se van a cumplir a su tiempo, pero tú te vas a quedar mudo, porque no has creído” San Lucas 1,20.

Y así, fíjate cómo cuando uno no tiene palabras para decir el misterio de Dios, en parte también es porque falta como esa luz de fe que pueda servir para pronunciar esas palabras. Sí, Zacarías estaba mudo porque no tuvo fe en las palabras del arcángel.

Hay, lamentablemente, muchos cristianos que son mudos, porque no saben contar lo que Dios ha hecho en sus vidas, porque no logran creerle, porque no pueden verlo, pero el centro de nuestra reflexión no está ahí.

Zacarías ha quedado mudo, es cierto, pero la noticia del día de hoy no es la mudez de Zacarías, sino que su lengua, desatada por la alegría, se abre para empezar a hablar de nuevo.

Cuando venimos a esta tierra no sabemos hablar, sabemos llorar, sabemos gemir, sabemos quejarnos, pero no podemos hablar. Cuando Dios volvió mudo a Zacarías, en cierto modo, lo devolvió a esa primera etapa del bebé que no puede hablar, que sólo puede gemir, que intenta expresarse.

Dios devolvió a Zacarías a ese momento inicial de mudez, para que ahora pudiera de nuevo empezar a hablar, y las primeras palabras de este hombre que vuelve a empezar a hablar, son para bendecir a Dios.

“Bendito sea el Señor Dios de Israel” San Lucas 1,68. Y si se miran así las cosas, ¡qué buena mudez esa!, fue como una purificación de la palabra. Cuando Isaías, que estaba en el Templo, nos lo cuenta el capítulo seis de este profeta, un día se dio cuenta de la gloria de Dios, la pudo percibir.

Y dijo “Ay de mí, soy hombre de labios impuros, en un pueblo de labios impuros” Isaías 6,5. Un ángel con un ascua encendida se acerca, y le toca la boca, y esos labios quemados, y purificados de Isaías, ya pueden profetizar.

Yo creo que todos nosotros necesitamos algo como esa ascua encendida que recibió Isaías, o como esa mudez que recibió Zacarías. ¿A usted no le parece maravilloso que Dios, por ejemplo, le volviera mudo por nueve meses, como a Zacarías, o por un instante, como a Isaías?

¿Que Dios pudiera quemarle la boca, de modo que usted pudiera empezar de nuevo, pero esta vez a decir sólo las palabras de Dios? ¿No sería maravilloso para nosotros que Dios pudiera con ese fuego del ángel, o con esa extraña mudez de Zacarías, pudiera purificarnos el corazón, y limpiarnos la boca para poder empezar?

Eso fue lo que Dios le hizo a este hombre. No nos quedemos mirando su mudez, lo que Dios hizo fue darle la oportunidad de volver a empezar. No nos quedemos mirando el aspecto de castigo que tenía este silencio forzoso.

Más que castigarlo, Dios le estaba dando la oportunidad de que volviera a empezar, porque con esta voz de Juan Bautista, y con esa palabra que es Cristo, todo vuelve a empezar. Si uno piensa así las cosas, uno ve que ese silencio tiene un valor purificatorio.

Ese silencio es un purificatorio, eso se llama un purgatorio, la palabra purgatorio viene precisamente del acto de limpiar, de purificar; o sea que lo que le hizo Dios a Zacarías, según se lo anunció el arcángel Gabriel, fue meterlo al purgatorio.

Durante nueve meses, Zacarías estuvo en purgatorio, y su silencio forzado, su no poder entender, su no poder hablar, saberse humillado, ese silencio no era simplemente un castigo, ni una prueba, era un purgatorio.

Dios le concedió a Zacarías vivir el purgatorio en esta tierra, de modo que su boca y su corazón purificados pudieran cantar ahí sí las alabanzas de Dios, y por eso este cántico de Zacarías tiene sabor de cielo.

Porque es el cántico del que sale del purgatorio, y entra en la gloria, y contempla las maravillas de Dios, pues eso que le hizo Dios a Zacarías, eso tiene que hacerlo, también con cada uno de nosotros.

Si una persona no ha pasado por el purgatorio, de nada valen pesebres, novenas, y villancicos, y festones, y regalos; sólo aquel que ha pasado por ese silencio, sólo aquel que ha pasado por ese fuego, sólo aquel que ha pasado por ese purgatorio, llega a comprender la dulzura de este pan, la belleza de esta fiesta, la grandeza de esta humillación.

“Bendito sea el Señor Dios de Israel, -dice Zacarías-, porque ha visitado y redimido a su pueblo” San Lucas 1,68. Esa misma expresión, o una semejante, se oye cuando Cristo hace milagros en el Evangelio.

Ante uno de ellos decía a la multitud: “Dios visitó a su pueblo” (véase ). Yo quisiera que como un último elemento de reflexión, tomáramos ese verbo, “Dios ha visitado a su pueblo”, después de que Israel volvió de la cautividad, o mejor dicho, Judá.

Después de que Judá volvió de la cautividad de Babilonia y se estableció en su tierra, volvió a su tierra, pero no volvió al reinado. La independencia nacional que fue perdida con el destierro de Babilonia, ya no la volvieron a recuperar los judíos, sino hasta hace muy poco, hasta el siglo XX, 1940 y tantos.

Independencia nacional no tuvieron, fueron desterrados, y volvieron a su tierra, pero no volvieron al reinado, fueron al destierro y volvieron, pero cuando volvieron, no volvieron como se habían ido, volvieron disminuidos.

Disminuidos en sus reyes, en sus sabios, disminuidos en sus profetas. Un pasaje dramático de esta etapa oscura del pueblo de Dios, sucede cuando allá en el libro de los Macabeos, leemos lo sucedido con ocasión de la persecución de Antíoco Epífanes.

Las piedras que habían servido para el altar del Templo, habían sido utilizadas para sacrificios paganos, y los judíos logran, con grandes esfuerzos, recuperar el Templo y recuperar el altar.

Pero ellos saben que no pueden ofrecer los sacrificios sobre esas piedras profanadas donde se ofrecieron sacrificios a los dioses y a los ídolos griegos, entonces se encuentran ante una encrucijada.

Y dicen: “¿Qué hacemos con este altar?” No se pueden destruir estas piedras, porque fue el altar de Dios, pero tampoco se pueden ofrecer sacrificios en ella, porque es un altar profanado" 1 Macabeos 4,44.

Se llevaron esas piedras para un rincón, nos cuenta el libro de los Macabeos, y dijeron: “Esperemos a que llegue un profeta, a que nos cuente qué se puede hacer con estas piedras” 1 Macabeos 4,47. Fíjate cómo la idea de redención está ausente ahí, en ese pasaje del libro de los Macabeos.

Ellos no saben qué hacer con unas piedras que han sido profanadas, porque tampoco se sabe qué hacer con una vida humana después de que ha llegado al pecado, después de que el pecado nos ha manchado, nos ha ensuciado, seguimos siendo imágenes de Dios, pero imágenes sucias.

¿Qué hacer con una imagen sucia? Si esa imagen no la puedo botar, si es sucia no la puedo venerar, ¿qué hacer? "Esperemos a un profeta, esperemos una profecía" 1 Macabeos 4,47, así tiene que hablar el pueblo de Dios, porque no tenían profetas.

Si usted revisa, por ejemplo, en una Biblia, la cronología y cuando vivieron los profetas, usted se da cuenta de que los profetas se fueron acabando a medida que nos vamos acercando a la era cristiana.

De modo tal, que los dos o tres últimos siglos, prácticamente no conocen profeta alguno; se había acabado la profecía. Dios estaba en silencio. El imperio romano avanzaba, y Dios se callaba.

Los centuriones, y las legiones romanas entran en Jerusalén, y Dios en silencio; el águila imperial de los romanos se levanta y atraviesa Jerusalén, y Dios en silencio. Muchos judíos tienen prácticamente que venderse como esclavos, y Dios en silencio.

La ignorancia, la deserción, la tibieza se adueñan de todos los judíos, y Dios en silencio; es que Zacarías estuvo mudo por nueve meses, el tiempo de la gestación de Juan Bautista, pero ese silencio de Zacarías, es también como un recordatorio del terrible y doloroso silencio de Dios.

Que no fue de nueve meses, sino de muchísimos años, de siglos enteros. Es que Dios estaba callado. Dios no hablaba. Hacía mucho tiempo no se manifestaba, no sabíamos de Él, estábamos humillados, y veíamos simplemente avanzar a un imperio pagano.

Y ver que los derechos, las promesas, que todo lo que había sido la Palabra de Dios se estaba perdiendo. Hay que decir todo esto, para comprender la grandeza de las palabras que dice Zacarías: “Bendito el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo” San Lucas 1,68.

Cuando Zacarías habla y dice “Dios ha visitado a su pueblo” San Lucas 1,68. Era Dios mismo quien volvía hablar, no fue sólo la mudez de Zacarías la que se sanó, fue la mudez de Dios la que se quebrantó.

Es que Dios llevaba demasiado tiempo en silencio, y de pronto ahora, por una piedad, por una entrañable misericordia suya, vuelve a pronunciar una palabra, y es una palabra de salvación.

¿Qué debemos hacer nosotros hoy? Tres cosas. Primera: como no debemos dejar pasar la Navidad así, es necesario llamar a un cantor, hay que llamar a una orquesta, hay que llamar a Zacarías para que nos cante ese cántico, y para que abra así nuestros ojos y oídos a la grandeza del misterio.

La noche de Navidad hay que pasarla en la oración, en la contemplación de estas palabras que nos cuentan qué es lo que está sucediendo; porque sin estas, y semejantes palabras, no habrá Navidad para nosotros.

Primer punto, entonces, hay que apoyarse en las palabras de Zacarías. Segundo punto: hay que pedirle a Dios la gracia del purgatorio en esta tierra, la gracia de ser purificados, así sea por la mudez, por el fuego, por el silencio, por el llanto, por la humillación, o por el ridículo.

Hay que pedirle a Dios la gracia del purgatorio en esta tierra por nueve meses, o por algunos años, no lo sabemos; de modo tal, que podamos cantar sus alabanzas a boca llena como Zacarías,

Y en tercer lugar, hemos de recibir a este Cristo Niño, que también acompañado de cánticos, llega; hemos de recibir a este Cristo Niño, como la visita, la definitiva visita de Dios. Después de que Dios mismo entra en el Templo, después de que Él mismo visita su creación, después de que Él mismo redime a su pueblo, ya no esperamos nada más. Esta es la visita decisiva, esta es la presencia definitiva de Dios.

Acojamos esta visita a corazón lleno, y como si se tratara de la bendición de una casa, de un apartamento, abramos todas las puertas para que Jesús en este nacimiento, en esta Navidad pueda visitar realmente todo nuestro ser, comunicar toda su redención y todos los regalos de su gracia, a todas las áreas de nuestra vida.

Así lo realice Él, por la misma misericordia que le trajo a esta tierra.

Amén.