V22d006a
Fecha: 20101222
Título: Debemos entregar los dones que hemos recibido de Dios en el servicio a El.
Original en audio: 4 min. 7 seg.
¡Veintidós de diciembre, un día marcado por la alegría en las lecturas de la Misa!
Encontramos hoy dos mujeres y dos cánticos. En el capitulo primero del Primer libro de Samuel está una mujer llamada Ana, la mamá del gran profeta Samuel, de este profeta hace el siguiente elogio la Escritura: "Ninguna de sus palabras cayó" 1 Samuel 3,19, es decir, "ninguna dejó de cumplirse".
En el evangelio, también del capítulo primero pero esta vez de San Lucas, tenemos a otra mujer, maestra en el Adviento, María Santísima, Ella proclama la grandeza del Señor con ocasión de su visita a la prima Isabel.
Es que Isabel ha saludado a María, la ha saludado como Madre del Señor y ha dicho: “¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?” San Lucas 1,43, y la respuesta de María remite todo a Dios. María entona su cántico de alabanza, el que llamamos comúnmente Magníficat, por la primera palabra que tiene ese cántico en la traducción en latín: "Magníficat, anima mea Dominum", “engrandece mi alma mi alma al Señor”, “proclama mi alma la grandeza del Señor”.
Ana y María son entonces nuestras maestras de alabanza en este día; Ana, porque la esterilidad ha sido vencida; María, porque la virginidad es fecunda; Ana, porque su oprobio ha sido quitado; María, porque la bendición ha sido recibida.
Hay algo muy hermoso en el caso de Ana, ella glorifica al Señor por ese hijo que le ha concedido, pero también entrega ese hijo al servicio de Dios. Esto es algo que llama la atención, porque a primera vista uno diría: "Pero si tanto deseaba tener un hijo, ¿por qué ahora lo entrega?" En realidad Ana nos está dando una gran lección sobre lo que significa el don de la maternidad y también sobre lo que debemos hacer nosotros con los dones que recibimos del Señor.
La grandeza de un don no está en acapararlo, los bienes que nosotros recibimos del Señor, ya se trate de una cualidad que tenemos o de los bienes materiales incluso, eso que recibimos del Señor, encuentra su plenitud de sentido únicamente cuando lo entregamos. Es como una sonrisa, tener una sonrisa bella de nada sirve si no la das, tener una inteligencia portentosa de nada sirve si no la pones al servicio de tus hermanos.
Tener una gran fortuna de nada sirve ni siquiera para resguardar tu cadáver, somos administradores, lo que hemos recibido hemos de entregarlo. Así hizo Ana, y por supuesto, así hizo de manera superlativa la Santísima Virgen María: Ella recibió al autor de la vida y lo entregó. El momento de su entrega fue la Cruz.
Así, desde el principio el gozo de la Navidad mira a ese don excelso: el don de la Cruz.