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Fecha: 20041221
Título: Descubrir los distintos sabores que trae la alegria de la Navidad
Original en audio: 31 min. 14 seg.
Podemos tomar como hilo que une las dos lecturas de hoy, a la alegría. Es tan bella, tan poética la expresión de la alegría en ese texto del Cantar de los Cantares, es una invitación a gozarse porque está cerca, porque se aproxima el amado.
Y se muestran los distintos aspectos o los distintos sabores de la alegría de esperar al que ya está cerca.
La alegría no es de un solo sabor, hay alegrías de varios sabores, hay alegría de varios colores también.
Saber que ya viene, pero que no ha llegado, crea una deliciosa expectativa, ese es un sabor de alegría; saber que llama, escuchar su voz, es otro aspecto de la alegría; ver lo que pide, y encontrar la manera de complacerle, es otro modo de alegría; saber que podemos agradarle, saber que somos de su agrado, es otro aspecto de la alegría.
Todos estos aspectos o sabores o colores de la alegría tienen que ver con el amor, que ha sido como nuestro tema central de reflexión hoy.
La alegría acontece precisamente porque el amado viene. "Mi amado, -así le llama-, es una gacela, es como un cervatillo" Cantar de los Cantares 2,8.
Descubrir los sabores de la alegría es, por eso, descubrir la potencia, la fuerza del amor. Y así termina el Cantar de los Cantares: "El que quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable" Cantar de los Cantares 8,7. Hay que descubrir las dimensiones, colores y sabores de la alegría, para descubrir la potencia del amor.
Nosotros somos unos soñadores, yo los miro con un cariño que no se pueden imaginar, porque el Espíritu de Dios les ha puesto el anhelo de la santidad, que parece como la locura de las locuras en este mundo, y sin embargo, esa especie de locura encuentra su fuerza en la medida en que experimentamos amor.
Las señales de amor que vamos recibiendo nos hacen creer que esa locura es posible. Es muy importante entonces darle atención a estos aspectos de la alegría. El Cantar de los Cantares los describe como una relación entre una mujer y un hombre; nosotros valoramos esa poesía, pero también queremos aplicarlo a nuestra manera de ser amados y de amar a Dios.
Saber que Él viene, hay que sentir ese gozo, Él viene. Jesús dijo una vez a los discípulos: "Dichosos vuestros ojos porque ven, vuestros oídos porque oyen" San Lucas 10,24, y dijo: "Porque muchos profetas y reyes quisieron ver lo que veis, y oír lo que oís, no lo vieron y no lo oyeron" San Lucas 10,24.
Sentir la alegría de Jesús que viene, viene, Él viene, de una manera nueva. Es interesante ver que en el Apocalipsis Jesús se llama a sí mimo "el que viene" Apocalipsis 1,7, Él es el Adviento, y mientras estemos en esta tierra somos predicadores de un Cristo que es Adviento; Él es el Adviento.
¿Qué significa alegrarnos de que Cristo viene? Pues que viene nuestro auxilio, que viene nuestro alimento, que viene nuestra luz; Él vendrá y me rescatará.
Hay una cosa tan bonita en el texto de la samaritana; la samaritana tenía una vida muy complicada, una vida muy triste; pero ella tenía un pedacito de Adviento en su corazón.
Fíjate lo que ella le dice a Jesús: "Sí, pues, no sabemos si hay que adorar en este monte o hay que adorar en Jerusalén; sabemos que cuando Él venga nos lo aclarará todo" San Juan 4,25. Esa es una frase que también nosotros podemos decir.
Hoy hemos hablado de ignorancia, hemos hablado de dudas, hemos hablado de miedos, de resentimientos; todo eso es lo que hoy le presentamos al Señor y le decimos: "Cuando tú vengas, Jesús, todo se va a aclarar".
O como les pasó a los discípulos allá en la Última Cena, ustedes se acuerdan, que entonces le dicen: "Ahora sí nos hablas claramente, ahora sí te entendemos" San Juan 16,29, cuando ya Jesús estaba en las últimas palabras, como en su testamento. "Ahora sí te entendemos" San Juan 16,29.
Jesús viene, las dudas se van a disipar; Jesús viene, los odios se van a a acabar; Jesús puede sanara mi resentimiento, Jesús puede sanar mi indecisión, Jesús puede vencer sobre mi pecado; Jesús viene, hay que alegrarse de eso, de que Él viene.
La samaritana tenía un pedacito de Adviento en el corazón. La parte que a mí más me gusta de ese pasaje tan tierno es cuando ella precisamente le dice eso a Jesús: "Cuando venga el Mesías" San Juan 4,25, y le dice Jesús: "Soy yo" San Juan 4,26.
El Adviento se le volvió todo, se le volvió presencia, se le volvió Navidad ahí. "Soy yo" San Juan 4,26. Si ella no hubiera tenido hambre, no se hubiera alegrado del alimento; si ella no hubiera tenido anhelo, no se hubiera alegrado del encuentro. Tener hambre es buen síntoma y es ya un motivo de alegría.
"Feliz el que tiene hambre" San Lucas 6,21; San Mateo 5,6, nos dice Jesús, ¿no? "Ese será saciado" San Lucas 6,21; San Mateo 5,6.
Ojo, feliz hoy el que tiene hambre, aunque sólo mañana será saciado; hay que saber alegrarse ya del hambre, hay que saber alegrarse del Adviento. Hay que saber alegrarse, por ejemplo, cuando uno siente arrepentimiento del pecado. Cuando sentimos arrepentimiento del pecado ya tenemos de alguna manera a Jesús en nosotros.
¿Quién nos puede conceder detestar al pecado si no es Dios? Ese es un sabor de la alegría y hay que disfrutarlo, hay que tener un pedacito de Adviento en nosotros y decir como la samaritana: "Cuando Jesús venga todo quedará claro". Luego, saber que el Amado llega, que llama, oír la voz de Jesús.
Recordemos que algunos discípulos de Juan fueron a preguntarle al Señor: "¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?" San Mateo 11,3; San Lucas 7,19.
La amada de esta lectura está como metida en su casa, que además es una casa que tiene reja, o que tiene verja: "Se ha parado detrás de mi tapia, atisba por las ventanas, observa por las rejas" Cantar de los Cantares 2,9.
Esta es una casa tapiada y enrejada, como somos nosotros, que también estamos asustados por la gente que nos ha decepcionado, estamos asustados por la gente que nos ha confundido, por la gente que nos ha traicionado; tenemos muchos miedos, muchos sustos, y por eso tenemos rejas y tapias, y por eso a uno le cuesta trabajo abrir el corazón y llegar a confiar en alguien.
Y uno se puede imaginar ese juego de miradas, ¿no? Dice la amada: "Mirad, se ha parado detrás de mi tapia" Cantar de los Cantares 2,9. No es difícil imaginarse a esta joven que quiere ser amada pero que no quiere ser lastimada, como es el alma humana, ¿no? Quiere recibir amor y no quiere volver a recibir dolor o traición.
Entonces ella se asoma por su ventanita y ve que él se asoma por la reja, ese cruce de miradas es otra alegría, ese cruce de miradas, por ejemplo, sucede en la capilla cuando uno a veces viene al sagrario y uno mira y tiene, por un instante, la sensación de que Él lo está mirando a uno.
Es una sensación tan impresionante, sentir el cruce de miradas, es el lenguaje del amor. Se entiende muy bien en el caso de la pareja, pero no sólo en el caso de la pareja, sucede siempre que encontramos amor, también con los amigos, también con papá y mamá. Ese cruce de miradas es el momento de la visita.
Esta se proteje detrás de la ventana, y el otro se asoma detrás de la reja; detrás de la ventana ella mira, detrás de la reja él mira, y en un momento se encuentran esas miradas.
Ese es el momento en el que encuentro alguien que quiere venir a mí, no para utilizarme, no para destruirme, no para humillarme, no para juzgarme, sino éste es otro que trae el siguiente lenguaje: " Yo no he venido para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve" San Juan 12,47.
Con ese lenguaje me habla el Amado, y esa es como la llave de la puerta; cuando Él dice eso, entonces yo entiendo: "A Éste, a Éste sí le puedo abrir. Tal vez soy una persona tímida, ta vez soy una persona asustadiza, porque sé que el ser humano hace daño, pero Éste ha sabido tocar mi corazón, Éste tiene la llave para mi puerta".
Mi amado me habla así: "¡Levántate, hermosa mía, ven a mí! El invierno ha pasado" Cantar de los Cantares 2,10-11. ¿Entonces por qué estaba ella encerrada en la casa? Por el invierno.
"Se ven flores en los campos" Cantar de los Cantares 2,12, ¿por qué estaba ella encerrada en la casa? Porque no encontraba alegría. "Se acerca el tiempo de la poda" Cantar de los Cantares 2,12, ¿por qué estaba ella encerrada en la casa? Porque no encontraba fecundidad.
Como el invierno ha pasado, el peligro está lejos, y esto lo sentimos cuando nos encontramos con Cristo. Si hay una cosa impresionante en esta tierra es recibir la confesión de una persona que lleva mucho rato sin confesarse.
Yo creo que es de las cosas más bellas que le pueden suceder a un sacerdote: oír una buena confesión de una persona, sobre todo cuando estaba mucho tiempo alejada del Señor. Y la parte más bella, sobre todo si las circunstancias lo permiten, es el final del sacramento: la paz. Muchas veces esa paz se da con un abrazo.
Eso es impresionante para uno, yo creo que uno tendría que ser de bronce para no sentir nada, cuando la persona te abraza: "Gracias", un gracias que sale de las entrañas; "gracias".
En ese abrazo no están buscando tanto a este ser humano, sino que han encontrado Uno que no hace daño: "He encontrado Uno que me puede defender, he encontrado una Belleza en la que puedo confiar, he encontrado a Alguien que puede hacer fecunda mi vida". ¡Eso es encontrar al Amado! Él me habla y me dice eso.
Pero hay una cosa muy hermosa aquí, y es que ella está esperando que él entre, y él está esperando que ella salga. Ustedes, como son poetas, seguramente se dieron cuenta de ese detalle. Fíjate: "Mirad, se ha parado detrás de mi tapia" Cantar de los Cantares 2,9.
Ella está dentro de la casa esperando a que él entre, pero él desde afuera le habla, ¿y qué le dice? "Levántate, ven a mí" Cantar de los Cantares 2,10; él la invita a ella a que salga.
Las dos cosas son interesantes: invitar a Jesús a que entre, porque Él dijo que "si alguno le abría la puerta, entraría y cenaría con nosotros" Apocalipsis 3,20. Pero también es bello que Él nos invite a salir: "Sal de tu caparazón, ya no lo necesitas; yo te protegeré".
Así le dijo Dios a Santa Catalina, porque Santa Catalina de Siena vivía como en una celda, bueno, vivía literalmente en una celda, y el Señor me concedió este año conocer esa celda allá en Siena. Ella vivía allá encerrada en una celda, haciendo vida de ermitaña, pura oración y pura penitencia.
Pero Dios la invitó a salir, como en el Cantar de los Cantares, le dijo: "Catalina, amada, hermosa, levántate, sal". Pero ella sintió miedo porque ella, resguardada allá en su piecita, como la monja en su monasterio, se sentía protegida.
Y lo que le dice Dios es: "Yo seré tu monasterio, es que yo te voy a defender"; sal, significa: "Es que yo te defiendo; yo entiendo que tú te quieras proteger, pero ya no necesitas esa protección, porque yo seré tu protector". Por eso la invita a que salga. Pero sobre todo la invita a que salga porque la casa de ella es muy pequeña y la casa de él es muy grande.
La casa de ella, aunque ella procuró arreglarla lo mejor posible, es pobre; en cambio, la casa de él mira todo lo que tiene: "Hay flores en los campos, es tiempo de la poda, hay frutos en la higuera, hay cantos de tórtolas y de aves" Cantar de los Cantares 2,12-13.
La casa de Él es inmensa; "Ven a mi casa" Cantar de los Cantares 2,10; Cantar de los Cantares 2,13, dice él.
"Entonces ya no tienes que resguardarte en tu miedo, ya no tienes que protegerte tanto; yo te voy a proteger, y tú vas a vivir en mi casa, y mi casa es grande, y en mi casa hay cosecha, en mi casa hay flores y perfumes, en mi casa hay tórtolas y cantos". Esa es otra dimensión de la alegría.
Pero luego viene otra parte, que si se quiere es más profunda: "Déjame ver tu figura, -dice él, déjame oír tu voz-" Cantar de los Cantares 2,14, dice él. Hasta ahora sólo se habían cruzado las miradas, y el dice: "Quiero verte, quiero oirte" Cantar de los Cantares 2,14.
Para quienes saben de amor, para quienes han tenido la experiencia de enamorarse, yo sé que esto significa demasiado: "Le intereso a alguien, alguien quiere conocerme, alguien quiere saber de mí".
Eso es maravilloso, es una alegría maravillosa. Porque es muy poco ser bello, o mejor, este lenguaje está más en clave femenina, aunque el alma humana es siempre femenina; es poco ser bella si no hay para quién ser bella. "Alguien se interesa en mí". Esa es otra alegría: "Alguien quiere saber de mí, alguien quiere conocerme".
Pero es una alegría que también va acompañada con un temor, con un cierto nerviosismo. Esto lo ve uno cuando invitan a una jovencita, por ejemplo, a salir. Es la primera cita, es el primer baile, es la primera fiesta, y entonces ella duda y piensa mil veces, y se cambia ochenta vestidos, y mira si le quedan bien estos zapatos, y si el cabello es de una manera y de otra.
Muchas veces los hombres nos impacientamos ante ese tipo de vanidades femeninas. Pero la Biblia muestra que hay también como un sentido espiritual en todo eso, es el deseo de agradar: "Tiene interés en mí, ¿pero como podré yo agradarle? Esta también es una alegría espiritual.
Cuando nos sentimos llamados por Jesús, nos sentimos iluminados por Jesús; y cuando nos sentimos iluminados por Él, entonces ahí sí descubrimos todo el mugre que llevamos.
Ustedes recuerdan la pesca milagrosa, ¿no? Cómo Jesús hace ese tremendo milagro, y cuando la barca casi se hundía, también se hundió Pedro, cayó postrado delante de Jesús y le dijo: "Apártate, yo soy un pecador" San Lucas 5,8.
La luz del poder de Jesucristo, la luz del amor de cristo, tanto iluminó a Pedro, que Pedro se sintió desnudo, se sintió desnudo y desnudo se sintió sucio, y por eso cayó ante Él. Es la experiencia que vive aquí la amada: "Déjame ver tu figura, déjame oír tu voz" Cantar de los Cantares 2,14.
¿El perfume que me quiero echar será que le gusta a él? ¿Este vestido será muy audaz? ¿Será muy conservador? ¿Le gustará este color? ¿Le gustará...? Esa es la gran pregunta; pero no es una pregunta que seque el alma, es una pregunta que le da vida, la persona se siente llena de vida, la muchacha se siente llena de vida.
Y vive esas carreritas de cambiarse el vestido, y ponerse otros zapatos, y otra hebilla, y otro anillo, "¿y cómo quedo mejor?" Todo ese correr lo vive con alegría: "Él se interesa en mí".
En la historia de los santos también encontramos esto, a Pedro le pasó cuando lo de la barca, pero hay muchos otros que les ha pasado eso, que Jesús nos diga: "-Oye, tú", "-¿yo?"
Bueno, la canción aquella del "Pescador de Hombres" lo dice de una manera tan hermosa, ¿no?: "Has dicho mi nombre"; pero creer que Jesús ha dicho nuestro nombre no es tan fácil: "¿A mí? Creo que hay una confusión".
Al profeta Amós le pasó eso, ¿no? Amós era un campesino, un cultivador de higos, y le dice Dios: "-Bueno, nos vamos a profetizar", "-¿Yo?" Yo creo que ese mismo sentimiento lo ha tenido alguna gente por aquí: "¿Por qué yo? Podría ser otra persona, ¿por qué yo? ¿Qué tengo yo?"
"¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío?", dice allá la poesía, ¿no? "Qué tengo yo? ¿Por qué yo? Pero en esa pregunta hay gozo: "¿Y qué tal que sí? ¿Qué tal que Jesús quiera llamarme a mí?" Uno tiene que hacer las dos preguntas: "Bueno, ¿pero por qué yo? Y haz la otra pregunta: "¿Por qué yo no? ¿Por qué tendría que ser otra persona?"
Yo personalmente me he sentido llamado algunas veces, llamado a la vocación dominicana, a la vocación sacerdotal, llamado a la predicación, y parece que Dios me llamara a ayudar a que nacieran algunas cosas en la Iglesia. últimamente he optado por ya no alegar, ya yo trato de no protestar para no correr el riesgo de volverme protestante, ya yo no alego, pero yo sí alegaba antes.
Bueno, el Señor sabe que yo alegaba con razones, y la razón era que yo sabía que eso traía dificultades, y yo sabía la poca virtud que había y que hay en mi alma, y yo sabía todas las calumnias y problemas, porque uno algo conoce de eso. O sea que esta experiencia la conocemos, cuando el Señor nos dice: "Mira, es que quiero verte a ti".
Cuando a uno le dicen: "Quiero verte a ti", uno se acuerda de todos los lunares, verrugas, gordos, deformidades, todas las imperfecciones que uno tiene; "quiero verte a ti, quiero oírte a ti", ahí es cuando a uno no le sale la voz, pero se siente alegría: "El Señor me ama, el Señor me llama, podría llamar a otra persona, ¿pero por qué no me va a llamar a mí?"
Y el cuarto y último sabor de la alegría es cuando Él muestra que le agrada el corazón. Dice el amado: "Tu voz es dulce" Cantar de los Cantares 2,14, ¿cómo le puede gustar algo mío a Dios? "Tu voz es dulce, tu figura es hermosa" Cantar de los Cantares 2,14.
En ese momento ocurre una sanación de la autoestima. El Señor nos sana, le gusto a Dios, a Dios le gusta mi voz, le gusta oírme, Él echaba de menos mi voz cuando yo no iba a la iglesia, Él echaba de menos mi canto, aunque yo no supiera cantar; Él echaba de menos mi oración, aunque soy un pecador; Él me echaba de menos y me estaba esperando, y le gusta cuando hablo, le gusta cuando oro y le gusta cuando canto.
Sentir que le agradamos a Dios. ¿Qué haremos, amigos, ¿qué haremos? ¿Cómo podremos orar para que en la Iglesia se prediquen las cosas con más hermosura, con más belleza? ¿Saben de qué estamos hablando? Estamos hablando de vivir en la gracia de Dios, de eso estamos hablando.
Pero estos temas se predican, me perdonan que lo diga así, y si es un juicio injusto, en parte, pero se predican de una manera tan aburrida.
Cuando yo era niño, me sentía tan aburrido de la religión, que ahora no me explico cómo llegué a ser religioso; me aburría tanto la religión, pero tanto, tanto. Mire, mi problema con la religión era el mismo que tuvo un niño que fue más avispado y más espontáneo y más libre que yo.
Ese niño, cuando tenía nueve años, le dijo a la mamá: "Mamá, yo no vuelvo a Misa", la mamá le preguntó por qué, el niño dijo: "Porque el padre siempre dice lo mismo: que nos portemos bien. Ese niño resumió un problema gravísimo de la Iglesia Católica: el padre siempre dice lo mismo: que nos portemos bien.
El Evangelio es mucho más que repetir: "Pórtense bien, pero pórtense bien; ojo, portarse bien; ojo, ¿qué paso? Portarse bien; dejen de portarse mal, pórtense bien". El Evangelio es mucho más que esa campanita: "A ver, portarse, portarse bien allá; allá usted se me porta bien, y aquí, no se me descuide, portarse bien". Oiga, esas son todas las predicaciones: portarse bien, portarse bien.
Mira, tenemos que aprender a predicar, tenemos que aprender a evangelizar, mira cómo lo dice la Biblia: "Tu voz es dulce, tu figura es hermosa" Cantar de los Cantares 2,14. ¡Tú le agradas a Dios!
Vestido de la Sangre de Cristo, ungido con el Espíritu, tú tienes el vestido y el perfume de la fiesta. El vestido es la Sangre del Señor; el perfume es la unción del Espíritu. Ya estamos perfumados y bien vestidos para el banquete. Yo le agrado a Dios.
Entonces el tema de vivir en la gracia de Dios no es solamente: "A ver, portarse bien, portarse bien, ¡es una cantaleta! Tenemos que pasar de una Iglesia a veces cantaletuda, a una Iglesia que sepa ser poetisa, que sepa enamorar.
"Tu voz es dulce" Cantar de los Cantares 2,14, ¿cómo puede decirme eso Dios? ¿Cómo le puede gustar a Dios mi voz? Y le gusta, a Dios le gusta oír eso, ¿y cuál es la voz más dulce? Este no es un asunto de entrenamiento musical o artístico.
Se puede describir de la siguiente manera: una mamá tenía problemas con sus hijos, que parecían competir a ver quién era más ingrato que otro. Y había especialmente uno o una que era muy duro, muy, muy duro, que no hacía sino juzgarla y condenarla a ella. Los otros, no eran modelos de hijos pero algunas veces tenían palabras amables.
El día de la madre, aquella tarjetica: "Gracias, mamá, por todo lo que me has dado"; "te quiero mucho, mamá", cosas de esas. Este hijo, en cambio, parecía absolutamente empecinado en su dureza. Pero un día algo pasó en la vida de ese hijo, y ese hijo se acerca a la mamá, tal vez en Navidad, y le da un abrazo, un beso en la mejilla y le dice: "Nunca te lo he dicho, mamá, pero te quiero muchísimo y me haces mucha falta".
La voz tal vez es ronca, tal vez es una voz sin entrenamiento pero es la voz más dulce que esa mamá se podrá llevar al sepulcro. El día que por fin ese hijo desagradecido, ese hijo duro le dijo: "¿Sabes? Te quiero mucho, te agradezco mucho, te necesito".
La voz esa ronca, la voz esa maltrecha, es la voz de todos nosotros que hemos sido pésimos hijos; pero el día en que nosotros, por ejemplo, confesándonos le decimos a Dios: "Sabes qué, Dios mío? Te quiero, no te lo he dicho mucho, pero te amo, te necesito muchísimo y quiero servirte el resto de la vida que tú me des".
Eso es dulcísimo a los oídos de Dios; y Dios dijo: "Hay más fiesta en el cielo por una de esas voces, que por noventa y nueve voces que nunca tiene de qué arrepentirse".
Amigos, estas son las alegrías, estos son algunos de los sabores de la alegría. La alegría tiene sabor, la alegría tiene muchos sabores. Es un banquete de alegría el que nos ofrece la Navidad.
Todo nos llega con Jesús, y en el Pan del Cielo que también ahora vamos a comulgar; ahí está la vida para nosotros, y ahí está la alegría para nosotros y el mundo entero.
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