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Fecha: 20041220

Título: Acerca de las senales de Dios

Original en audio: 34 min. 10 seg.


De tantas cosas bellas, profundas, útiles, que podemos meditar ante los textos de hoy, yo quisiera detenerme en la palabra señal.

Dios, por boca del Profeta Isaías, le dice al rey Acaz: "Pide una señal" Isaías 7,11. El Ángel Gabriel, hablando de parte de Dios, le da una señal a la Virgen María: "Ahí tienes a tu pariente Isabel.

A pesar de su vejez, ha concebido un hijo" San Lucas 1,36. ¡Señal! ¡Una señal en la primera lectura! ¡Una señal en el evangelio!

Yo creo, que si comprendemos bien lo que significan las señales que Dios da, podemos también apreciar mejor en qué consiste la fe.

La fe no es plena luz, pero la fe tampoco es oscuridad. Si la fe fuera completa oscuridad, entonces sería una pura apuesta: "Yo supongo que...; hago de cuenta que...". La fe no obra en la oscuridad, a pesar de que hay oscuridad y hay momentos oscuros de los que nos han hablado los Santos.

La fe no acontece en la pura oscuridad. Nos enseña el Apóstol San Pablo, que "cuando Dios habla, merece la obediencia de la fe" Carta a los Romanos 16,26, y con esto nos está indicando que la fe nuestra es fundamentalmente una respuesta.

Si la fe sucediera en la completa oscuridad, quiere decir que la fe tendría que salir de mí. Pero, la fe no sucede en la completa oscuridad, sino que en medio de la oscuridad de este mundo, hay algo que me llega y yo respondo con la fe.

La fe es una respuesta. ¿Respuesta a qué? A una señal. Lo que Dios me da es una señal. La respuesta a esa señal es la fe. La fe, entonces, no sucede en la oscuridad.

Sin embargo, la fe tampoco sucede en la plena luz. Observemos que la Santa Virgen hace una pregunta: "¿Cómo será eso?" San Lucas 1,34. Además, notemos que "María se extraña del saludo que recibe del Ángel" San Lucas 1,29.

¿Esto qué indica? Esto indica que hay una distancia infinita entre lo que Dios quiere proponer y lo que nosotros estaríamos dispuestos a comprender, a aceptar y a obedecer. Por este motivo, descubrimos que la fe tampoco sucede en la perfecta claridad. Si la fe sucediera en la perfecta y completa claridad, no tendría ningún mérito y uno nunca necesitaría explicaciones.

La fe no sucede, ni en la completa oscuridad ni en la completa claridad. La fe se mueve, acontece en el terreno de la penumbra, en el claroscuro. Y vivir en la fe, es vivir en una penumbra. Las cosas no son completamente claras, pero tampoco son completamente oscuras. Y por la misma razón, vivir en la fe, no es ni tan sencillo ni es imposible.

Si la fe fuera en la completa oscuridad, sería imposible. Si la fe fuera en la completa claridad, sería sencillísima. La vida en la fe no es ni sencilla ni imposible. No sucede en la claridad ni en la oscuridad, sino en la penumbra.

Este es el primer punto que deseo que nos quede claro. Caminar en la fe, peregrinar en la fe, es siempre estar en una especie de penumbra. Y mientras estamos en esta vida, -nos dice San Pablo-, "apenas vemos como en un espejo, vemos como borroso" 1 Corintios 13,12.

Así es en la vida de todos los cristianos. Pero, especialmente, así es cuando se quiere empezar una obra en la Iglesia. Todo cristiano que quiere tomar en serio su bautismo, tendrá que afrontar caminar en la penumbra. Mas, nunca es esto tan cierto como cuando se quiere iniciar una nueva labor.

Si nosotros miramos un poco la vida de los Fundadores, descubrimos que tenían ciertas cosas claras, pero montañas de cosas que no entendían y que no eran en absoluto obvias.

Sólo en el desarrollo de los acontecimientos, y sólo mirando señales, leyendo señales, -Jesús las llamaba "signos de los tiempos" San Mateo 16,3, leyendo los signos de los tiempos, guiándose por señales, avanzaron. Así pudieron hacer un camino que de alguna manera simplifica, -aunque nunca resuelve totalmente-, el camino de otros.

Entonces, fue más difícil para San Francisco de Asís que para los franciscanos, más difícil para Santo Domingo que para los dominicos, y más difícil para Jesús que para los jesuitas. Evidentemente, el camino del Fundador requiere más penumbra, porque hay más preguntas que están sin resolver.

Esto indica, no que sea imposible, sino que cuando estamos abriendo camino, dependemos más del cada día, dependemos más de la Providencia.

Cuando se inició, por ejemplo, esta senda, cuando empezó este peregrinar de lo que hoy se llama el Movimiento Sanctus, ustedes no podían saber con quién se iban a encontrar. ¿Quién les iba a ayudar? ¿Qué clase de retiros? ¿Qué clase de lecturas?

Y así también hay muchas preguntas que hoy podemos hacer y que no están resueltas hoy. Las preguntas de ayer, no estaban resueltas ayer. Algunas están resueltas hoy. Y las preguntas de hoy, no están resueltas hoy. Algunas estarán resueltas mañana.

Esto también nos indica, que caminar en la fe es caminar en la indigencia. Como dice la traducción usual del Padrenuestro, es "el pan de cada día".

En el libro del Éxodo se le advierte a los hebreos, que, "no se puede guardar el maná para el día siguiente" Exodo 16,19. Esto es como depender a diario del alimento. ¿Ustedes se imaginan lo que era éso? ¿Estar en el desierto, ver que uno se acabó el alimento y otra vez no hay nada? "¡Mañana llegará! ¡El milagro tendrá que repetirse mañana!"

Si queremos realmente abrir un camino de servicio en la Iglesia, necesitamos esa clase de espiritualidad. "¡El milagro se repetirá mañana! ¡Mañana llegará otra respuesta! ¡Mañana también Dios seguirá siendo Dios! ¡Mañana Dios seguirá amando! ¡Mañana Dios seguirá vivo, fuerte, generoso, compasivo! ¡Mañana me podré volver a fiar de Dios!"

Este es el segundo punto de la enseñanza de hoy. Todos los caminos requieren de fe y de penumbra. Pero, cuando estamos abriendo un camino nuevo, necesitamos ejercitar aún más esa fe, y ese ejercicio se convierte en una confianza redoblada en la Providencia y en el uso de esa convicción: "¡Mañana Dios seguirá siendo Dios!"

Yo estaré más débil o más enfermo, más tentado, más ignorante o más confundido, o de pronto estaré mejor. Mas, lo importante no es eso. Lo importante es, "mañana Dios seguirá siendo Dios". Así se avanza un día más, y otro día, y otro día.

Cuando uno empieza a mirar de para atrás, empieza a leer lo que Dios ha ido escribiendo. Es como si a uno le dieran un telegrama diario, y ese telegrama cada día sólo tuviera una letra. Entonces, le llega a uno la letra "d", luego la letra " i", después la letra "o", y luego la letra "s".

"¡Ah! ¡Dios!". Así, letra por letra, se va construyendo algo hasta que uno lee la frase completa: "¡Dios en verdad me ama!"

Uno lee hacia atrás y dice: "¡Sí! ¡Es cierto! ¡Dios en verdad me ama!" Cuando leo lo que ha acontecido en mi vida, encuentro que hay un hilo, que hay una lógica, que hay una historia, y por tanto, reconozco el paso del Señor.

Sin embargo, cuando ya reconozco lo que Él ha hecho, todavía no entiendo lo que está haciendo. De manera que el telegrama sigue, la secuencia sigue, las señales siguen.

Llevamos esos dos puntos. En primer lugar, la fe es como una especie de penumbra, y en segundo lugar, fundar es depender aún más de Dios, con una convicción que es, "mañana Dios seguirá siendo Dios".

Pasemos al tercer punto. ¿Y qué hacemos para leer estas señales? A veces uno se siente inseguro. Eso le pasó a Acaz. Él no se sentía capaz de leer señales. Estaba asustado, confundido.

Además, tenía demasiado claro el tamaño de los enemigos. Oprimido por el norte por los asirios, y oprimido por el sur por Egipto, dos gigantones enemigos, este pobre Acaz no sabía qué hacer.

Pues bien; la confusión es la receta maravillosa para no leer nada, para no entender nada. Confundido, asustado, Acaz no quiere una señal: "No la pido, no quiero tentar al Señor" Isaías 7,12. ¿Por qué Acaz dice eso? Porque su corazón está demasiado débil, porque su corazón está demasiado asustado.

El miedo, la confusión, son recetas extraordinariamente eficaces para no leer las señales que Dios nos da. Pero, es interesante que Dios le diga: "Pide una señal" Isaías 7,11. Esto no es obvio. ¿Será que Dios también nos dice a nosotros éso? ¿Será que es lícito pedirle señales a Dios?

Aparentemente, es más meritorio no pedir ninguna señal: "Yo, simplemente, te seguiré". Eso suena como más meritorio: "No te voy a pedir ninguna señal".

Mas, hagámonos esta pregunta. El que no pide ninguna señal, ¿con qué criterio va a caminar? El que no pide ninguna indicación, el que no pide ninguna dirección, ¿a quién va a seguir realmente? Pues, va a seguir su propio criterio, su propio capricho, o su propio miedo.

De modo que el primer criterio para leer señales, es acostumbrarnos a que sí podemos, y aún más, debemos pedirle señales a Dios. ¡Sí podemos y sí debemos!

Quiero contarles tres razones por las que podemos y debemos pedirle señales a Dios. La primera ya la dijimos. El que no pide señales, ¿a quién va a seguir? "-¡Ah! Yo seguiré mi conciencia". "-Bueno, pues es que tu conciencia también es señal". "-Yo seguiré lo que me manda la Iglesia". "-La voz de mi Iglesia es también señal".

Luego, señales siempre necesitamos. Porque, el que no acepta las señales de Dios, quiere decir que pretende seguir su propio capricho, su propio estilo o sus propias razones.

La primera razón, entonces, es sí debo y sí puedo pedir señales, porque no quiero ser guiado por mi capricho, porque no quiero ser guiado por mis pasiones o por los intereses de otras personas que me estén manipulando. ¡Sí puedo y sí debo pedir señales!

La segunda razón es ésta: Reconocer que necesito indicaciones o direcciones, es un acto de humildad. Cuando estoy en una ciudad a la que creo que conozco bien, me mandan unas indicaciones de cómo llegar al lugar de la convivencia y yo boto las indicaciones, ¿qué estoy diciendo? "Soy capaz de llegar yo".

Pero, sucede que no me resultó tan sencillo. ¿Qué aprendo de éso? Aprendo que necesito aprender más.

Pedir señales y aceptar señales, es un acto de humildad y es un acto de sensatez. "Yo, Señor, yo no soy Dios. No lo sé todo, no lo comprendo todo. En muchas cosas me confundo. Necesito tu ayuda". Pedir señales es una manera de pedir ayuda. Realmente, si lo miramos bien, quien pide señales, lo que está pidiendo es guía, sabiduría.

Pedir señales es lo mismo que aparece tantas veces en los Salmos: "¡Muéstrame el camino! ¡Muéstrame el camino, guíame, Señor!" Salmo 25,4-5. En los Salmos encontramos muchas veces expresiones como éstas.

El tercer motivo o razón por el que es bueno pedirle señales a Dios, es porque nosotros queremos que sea Él quien guíe. Hay muchas personas, hay muchas fuerzas y hay muchas tendencias y espíritus que quieren guiarnos.

Cuando nosotros le pedimos a Dios, Dios responde. Esta es una petición. Pedir una señal es una petición. Jesús dijo: "El que pide, recibe" San Mateo 7,7. Si yo le estoy haciendo una petición a Dios, Dios me escucha. Además, en la misma Biblia hay una garantía de que este género de petición le gusta a Dios.

Nos dice la Carta de Santiago: "Si alguno está falto de sabiduría, que la pida a Dios" Santiago 1,5. Y ahí, el Apóstol Santiago no está hablando de si alguno está falto de comprender cómo funcionan los motores a reacción, o qué estructura tiene el Código Penal en Inglaterra.

No se trata de si alguno está falto de conocimiento; es si alguno está falto de sabiduría. Y en la Biblia la palabra sabiduría siempre se refiere al saber vivir. Es decir, la misma Biblia nos está avalando con promesa, que si alguno necesita guía, la pida a Dios, y Dios la concede.

Asimismo, es lo más natural del mundo. Si yo le pido a Dios que me ayude y que me guíe, ¿cómo podría Dios negarse a éso? Como dice San Pablo: "El que nos dio a su propio Hijo, precisamente para que fuéramos salvos, ¿cómo nos va a negar el auxilio que nos conduzca hacia la voz del Buen Pastor, hacia el regazo de Nuestro Amigo y Señor, hacia la Sangre que nos redime?" Carta a los Romanos 8,32.

¿Cómo podría negar Dios éso? De manera que sí tenemos derecho y deber de pedir señales. Este era el tercer punto.

Ahora pasemos al cuarto punto. ¿Por qué tienen mala fama las señales? Tienen mala fama, porque uno pretende imponerle señales a Dios. Entonces, vamos a ver qué clase de señales son las que uno puede pedirle a Él.

Porque, en la Biblia hay de todo. Ustedes recuerdan el caso de Gedeón, que estaba descorazonado y le dijo a Dios que quería una señal. Pidió una señal como caprichosa. Él era una especie de campesino, una especie de Pastor, y obviamente, utilizaba el cuero de las ovejas.

Gedeón dijo: "Voy a poner en la noche este cuero lanudo aquí. Y ahora le voy a pedir a Dios, que si verdaderamente el mensaje que me trajo ese Ángel es de Él, entonces que mañana haya rocío en todo, menos en el pedazo de cuero" Jueces 6,36-38, y así sucedió. Al otro día todo estaba húmedo por el rocío, menos el cuero.

Pero, él, como si fuera un científico escéptico, agregó: "¡Un momento! Para la siguiente noche, señal contraria. Ahora sólo debe haber rocío en el cuero y que todo lo demás esté seco" Jueces 6,39-40. ¡Y maravilla de maravillas! Al otro día, rocío en el cuero y todo lo demás seco. Por tanto, él dijo: "¡Está la señal! Me puedo fiar de ese Ángel".

Uno podría pedir esa clase de señales actualizadas al siglo veintiuno. Uno podría decir, por ejemplo, en Bogotá: "Bueno, si yo debo ir a esa vigilia, que pase la ruta noventa de transmilenio en los próximos tres minutos.

Si no pasa en los próximos tres minutos, quiere decir que Dios no desea que yo vaya a esa vigilia, sino que más bien me dedique a tomar ron con unos amigos". ¡Claro! Cuánto mayor es el gusto por el ron, menor será el número de minutos que yo le ponga de margen a Dios.

Esa clase de señales, aunque alguna vez aparezcan en la Biblia como está el caso de Gedeón, no es lo que debemos pedir. Es claro que nosotros, -dicho en orden-, podemos y debemos pedir señales.

No obstante, eso no significa que podamos pedir cualquier señal. Porque, muchas de esas señales están más gobernadas por nuestra propia concupiscencia, gusto o conveniencia, parecido al ejemplo del ron que acabo de dar. Y Dios no tiene por qué complacerme en eso.

¿Cómo le puedo pedir una señal a Dios? ¿Qué clase de señales le puedo pedir a Dios? En esa pregunta estamos. Esto tiene varias respuestas. Algunos Santos, simplemente dejan la pregunta abierta: "¡Señor, muéstranos! ¡Muéstrame! ¡Tú me mostrarás cómo!"

Por ejemplo, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, vemos que cuando ya Lucas estaba trabajando y evangelizando con San Pablo, algunas veces escribe el mismo Lucas: "El Espíritu Santo nos impidió entrar en tal parte. El Espíritu Santo no quiso que entráramos en tal parte, sino que fuimos para tal otra parte" Hechos de los Apóstoles 16,6-8.

También en los Hechos de los Apóstoles aparece esa otra expresión: "El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido que..." Hechos de los Apóstoles 15,28.

Luego, ¿cuáles pueden ser señales finalmente? Algunos Santos dejan la pregunta abierta: "Dios me mostrará". "Dios quiere que yo sea religiosa", es una pregunta que alguien se puede hacer. Dejo la pregunta abierta. Es posible que sí, es posible que no. Dios dará señales. Esa es una manera de preguntar.

Efectivamente, Dios da muchas veces señales. El mérito que tiene esa manera de obrar, es que le damos completa libertad a Dios; como que le dejamos las manos totalmente desatadas: "Tú me mostrarás si eso es así o no es así".

Y más o menos, lo que queda implícito tácitamente, es: "Si todas las puertas se cierran, pues quiere decir que no era por ahí". Más o menos, es el criterio que se utiliza; es una manera de buscar señales.

Otra manera es ésta. Cuando dentro de un proceso hay un paso que es especialmente difícil, que incluso parece improbable o casi imposible, y uno dice: "Si eso se da, quiere decir que verdaderamente Dios lo quiere", esa es una especie de señal.

Por ejemplo, para una determinada obra o actividad, se necesita la autorización del Obispo y solamente del Obispo. El Obispo tiene la agenda ocupadísima y no da citas a nadie. Parece muy difícil tener la entrevista con él y parece muy difícil que el Obispo, entonces, pueda dar ese permiso. O sea que parece muy complicado que se logre.

A veces se utiliza como señal éso. Cuando algo que parece extremadamente improbable, pero que se sabe que es necesario para un buen fin, se da, entonces uno dice: "¡Uy! ¡Sí! Todo indica que Dios realmente quiere que esto se realice". Esa es otra manera de pedir señales.

Otro tipo de señales tiene que ver con la actitud interior. Nuestra amiga, Santa Catalina de Siena, habla del caso de los sueños, o incluso visiones que tienen algunas personas. Por ejemplo, yo sueño que me fui del Movimiento Católico Sanctus.

Me fui, y en ese momento, cuando yo me despedí del último integrante de Sanctus y dejé eso atrás, me llegó una noticia: "Se ganó la lotería". Entonces, digo: "¡Esto es maravilloso!" Disfruté de ese sueño y me gocé.

¿Cómo hago para discernir esa clase de sueños? Santa Catalina sostiene: "Mira, cuando las cosas son de Dios, dejan una serie de frutos. Dejan una paz duradera, dejan humildad en el corazón, dejan fecundidad, traen un fruto, traen un bien para otras personas".

Normalmente, cuando son engaños del enemigo, engaños de nuestra naturaleza humana, no dejan esa clase de paz. Entonces, yo me despierto pensando: "¡Uy! Ya no tengo ninguna de las responsabilidades que tenía en Sanctus". Eso me puede hacer feliz por un instante. Mas, después pasa el tiempo y yo digo: "Realmente, he sido un cobarde".

Lo que viene de Dios deja una sensación de paz que se afianza en el corazón, que se va como confirmando día a día, dejando una sensación de humildad. No hay vanidad en la persona, no hay retaliación, no hay venganza, no hay desquite.

La persona más bien siente como un recogimiento, una actitud de humilde gratitud y a la vez va descubriendo, que ese camino por el que se orientó, o por el que lo orientó esa determinada visión o sueño, se va convirtiendo en un camino de fecundidad.

Esa es otra manera de buscar señales. Cultivemos en nosotros esas virtudes. Cultivemos en nosotros ese paladar. ¿Cuál paladar? El paladar de la paz. Disfrutemos lo que significa la paz de una buena conciencia, y descubramos lo que es mantener la conciencia en paz, saber lo que es la paz interior, la paz espiritual.

Es muy importante, porque, usualmente, cuando uno trata de hacer locuras, o cuando el enemigo trata de inducirlo a uno a hacer tonterías, la paz se pierde y uno tiene que estarse como justificando.

Es más o menos lo que le suele suceder a la persona cuando hay una separación, una pareja que se divide, se separa. Casi siempre los primeros días o semanas son agotadores. ¿Y sabe por qué? Porque la persona está como resolviendo el juicio continuamente en su cabeza, y está sintiendo: "¡No! ¡No! Pero, es que él sí se merecía éso.

¿Y si yo hubiera hecho esto otro? Pero, es que él sí se lo merecía. Sin embargo, ¿y si yo hubiera luchado un poco? ¡Pero, es que sí se lo merecía!"

Y tiene la persona que estarse como repitiendo, con la consecuencia de que muchas veces, -no hablo de siempre-, no alcanza la paz. ¿Por qué no la alcanza? Porque tiene que estarse repitiendo y convenciendo.

¡Mala seña! ¡Por ahí no es! Por lo general, cuando las cosas son de Dios, la persona no tiene que estar haciendo ese ejercicio mental, como sugestionándose, como convenciéndose, sino simplemente siente como un regalo, el camino que Dios le ha mostrado. Esto es muy interesante.

La persona crece en la paz, y como crece en la paz, crece también en la alegría. Siente humildad y siente agradecimiento. ¡Humildad y agradecimiento!

Cuando uno siente que las cosas las ha conquistado: "¡Por fin lo logré!", mala seña. En las cosas espirituales, mala seña. He conocido un par de casos de hombres que se han ordenado, porque se habían puesto la meta: "Yo me ordeno sacerdote, porque me ordeno sacerdote".

¡Mala seña! Es la conquista de una voluntad humana. Probablemente, incluso, esas ordenaciones sean inválidas. ¡Es gravísimo!

La persona se lo propuso como una conquista: "Ya me ordené, ya soy sacerdote". ¿Con qué corazón? ¿Habrá humildad ahí? ¿Habrá agradecimiento? ¿Habrá sencillez de corazón? Muchas veces lo que hay en ese caso, es que la persona ha tratado de demostrarle a otros. Un sacerdocio logrado en esas condiciones, si no es inválido, va a ser muy difícil que sea fecundo.

Por tanto, hay una serie de sentimientos, -son más que sentimientos, pero llamémoslo sentimientos-, interiores, que nos orientan mucho, como eso de la paz, la humildad, el agradecimiento. ¡Júntele a ello la misericordia y la fecundidad!

Es muy complicado, que si una persona está en buena conciencia, le pide a Dios que le muestre el camino, está abierta al querer del Señor y además cultiva la paz, la humildad, el agradecimiento, la misericordia y la fecundidad, es muy difícil que así sea engañada.

Todavía podría suceder, pero es muy improbable que ocurra. ¿Por qué? Porque, precisamente, esa persona está poniendo todo de su parte para recibir las señales que Dios quiera dar.

Una última palabra sobre esto de las señales que nosotros podemos pedir. Antes de las señales que podemos pedir, asegurémonos de estar recibiendo las señales que Dios quiere dar.

Es verdad que uno puede pedir señales, como lo que dijimos en la dificilísima entrevista con el Obispo. Uno puede pedir esa clase de señales. Pero, ese camino, por mucho que sea, es resbaloso.

Más interesante que las señales que nosotros queramos pedir, son las señales que Dios nos quiere dar. ¿Y cómo nos las suele dar? Pues, a través de su Palabra, a través de nuestros legítimos pastores.

Si yo veo que la voz del Papa, que la voz de mi Obispo, que la voz de mi Superior, -en el caso de una Comunidad Religiosa-, es clara en una determinada dirección, es muy difícil que yo esté buscando legítimamente la voluntad de Dios en una dirección opuesta.

Es dificultoso que eso sea así. Porque, puede haber casos, obviamente. Mas, por regla general, no es fácil que yo pueda encontrar la voluntad del Señor contradiciendo a las mismas personas que Dios me ha dado, para que de alguna forma me guíen.

De modo que a través de la Palabra, a través de la voz de la conciencia, a través de estar atentos, Jesús más que decir: "Pidan señales de los tiempos", dijo: "Lean las señales de los tiempos" San Mateo 16,3. Como expresando: "¡Mire, es que ya el mensaje está!"

A veces uno le puede pedir: "¡Señor, ayúdame a ver!", -sobre todo ese tipo de oración-, "¡Señor, que yo vea!" Porque, las señales, normalmente, ya están. Y cuando uno empieza a encontrar las señales que ya estaban, uno dice: "Me demoré demasiado en descubrir el agua tibia". Es que, eran cosas que siempre estaban ahí, cosas que en realidad eran obvias.

Por lo general, los obstáculos están es en nosotros: caprichos que tenemos, apegos que tenemos, miedos que tenemos. En la medida en que somos liberados de miedos, de caprichos, de apegos, en que buscamos y rogamos al Señor que nos muestre su querer, permanecemos en su gracia.

Suplicamos el don del Espíritu, nos dejamos y hacemos acompañar por nuestro Ángel Custodio, cultivamos la paz en el alma, una buena conciencia, la humildad, el agradecimiento, la misericordia, la fecundidad, estamos muy bien provistos, realmente, para ir encontrando la voluntad del Señor.

De esa manera vamos también encontrando lo que va a ser nuestra plenitud. Porque, hay una cosa que es cierta, y es que sólo seremos plenos con la plenitud de Dios.

No alcanzaremos, no seremos personas realizadas, plenas, sino en el plan de Dios, en el camino de Dios. A la derecha o a la izquierda, no lo vamos a encontrar.

Sólo ahí, en el camino de Él, ahí estará nuestra plenitud, nuestra alegría. ¡Sólo ahí estará nuestro gozo!