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Fecha: 19951219
Título: La Palabra de Dios
Original en audio: 18 min. 45 seg.
Queridos Hermanos:
Para obtener mayor provecho espiritual de esta celebración conviene que no sólo escuchemos la Palabra de Dios sino que de alguna manera, meditándola en nuestro corazón, recibamos de ella el fruto que Dios quiere.
Porque no es el alimento que llega a la boca el que alimenta; el alimento alimenta sólo cuando habiendo recorrido el aparato digestivo, ha dejado sus carbohidratos y sus proteínas y ha dejado su virtud y su nutrición para servicio del organismo que ha comido.
Como preparación a la Navidad, la Iglesia nos ofrece en este día el texto del anuncio del nacimiento de Juan Bautista, en buena parte para que lo tengamos fresco en la memoria cuando vayamos a escuchar el anuncio del nacimiento Jesús.
Estos dos anuncios están en un mismo evangelio, en el evangelio según San Lucas y tienen más de un parecido: en ambos interviene un Ángel; es más, el mismo Ángel, Gabriel.
En ambos se trata de un nacimiento inesperado, porque Zacarías e Isabel ya eran de edad avanzada y estériles, y porque María y José habían resuelto ser vírgenes para Dios.
Se trata de nacimientos inesperados, pero la diferencia es que, en el caso de Zacarías, la oferta de Dios se encuentra con la incredulidad, mientras que en el caso de María la oferta de Dios se encuentra con una fe capaz de obedecer y de participar activamente en el plan de salvación.
Pero quiero decir una palabra sobre el texto del anuncio que acabamos de escuchar, este anuncio que Gabriel le hace Zacarías. ¿Por qué Zacarías se sorprendió tanto? Porque Zacarías era sacerdote; no estará mal que recordemos que los sacerdotes de la Antigua Alianza pertenecían a la tribu de Leví y, como las demás tribus, ellos tenían sus familias.
No estará mal que recordemos que la disciplina del celibato en la Iglesia viene, desde luego, después de Jesús; de manera que todos esos sacerdotes del Antiguo Testamento eran sacerdotes casados, aún mas, los hijos varones de los sacerdotes pertenecían también a familias sacerdotales y de hecho eran también sacerdotes.
Pero lo maravilloso empieza en esto: en que los sacerdotes tenían sacrificios que ofrecían todas las mañanas, sacrificios para todas las tardes; había sacrificios mensuales por la luna nueva y había sacrificios anuales; sobre todo había un sacrificio, había una ofrenda solemnísima que es de la que se nos esta hablando hoy: esa ofrenda solemnísima se daba una sola vez al año.
Si nosotros repasamos estos libros primeros del Antiguo Testamento, lo que llamamos el Pentateuco, allá se nos cuenta que había una ceremonia en la cual el sumo sacerdote entraba en lo que se llamaba el Santo de los Santos, porque el templo de los judíos tampoco era como esta iglesia; por ejemplo, en esta iglesia uno entra y hay un solo recinto más o menos diferenciado pero un solo recinto.
El Templo de Jerusalén era muy distinto. Existía primero el atrio de los extranjeros o atrio de las naciones por allá bien lejos; había que pasar ese atrio y entrar un poco para llegar hasta el atrio de las mujeres; si se dice de las mujeres quiere decir que hasta ahí podían llegar las mujeres, no quiere decir que estuvieran sólo mujeres ahí.
Luego se avanzaba un poco más y venía el atrio de Israel o el atrio de los hombres y hasta ahí podían avanzar los hombres, los judíos; y luego venía un recinto que era propio de los sacerdotes, y dentro de ese un lugar santo, que era donde se hacía la ofrenda y dentro de ese un cuartico que se llamaba el Santo de los Santos, en el cual nadie entraba nunca sino sólo el sumo sacerdote una vez al año.
Ahí había una especie de patena, una especie de platico de oro y en esa patena el sacerdote, de acuerdo con la ley del Levítico, debía ofrecer unas gotas de sangre una sola vez al año implorando perdón para los pecados.
El primer sumo sacerdote fue instituido por Moisés: Aarón, cuando empezaron todos estos rituales. Pero después de él ese sumo sacerdocio tenia que ser vitalicio, sin embargo en el tiempo de Jesús había un desorden que es muy largo de explicar en este momento.
De manera que habían determinado la costumbre que hemos escuchado en el santo Evangelio, es decir, que por sorteo se determinaba quién iba a ser el sumo sacerdote y había grupos, de acuerdo con las distintas familias y tribus, había grupos de sacerdotes; como todos los de la tribu eran sacerdotes, entonces de acuerdo con su parentesco más cercano formaban círculos, por ejemplo, Zacarías, dice aquí que pertenecía al turno de Habías.
Siendo tantos los turnos y los sacerdotes, ¿cuántas veces en la vida podía un sacerdote entrar al Santo de los Santos? Con toda probabilidad una sola vez en su vida, y había sacerdotes en la época de Jesús que morían sin haber entrado nunca a ofrecer ese sacrificio.
De manera que Zacarías, como la mayoría de sus hermanos y parientes de sangre y de sacerdocio, anhelaba ese momento; lo anhelaba para pedir perdón por los pecados de Israel, pero lo anhelaba también para preguntarle a Dios algo.
Porque en la mentalidad del Israelita la esterilidad es una maldición, el israelita sabe que los hijos son una gran bendición, y por eso ser estéril, morir sin hijos es una maldición, es un castigo de Dios.
Entonces Zacarías en el fondo de su alma anhelaba poder entrar al Santo de los Santos que era cono el lugar más especial, como el lugar más sacro en esta tierra para pedir perdón por Israel, pero también quería preguntarle a Dios, de alguna manera quería estar cara a cara a Dios y preguntarle: "¿Por qué yo soy estéril?" "¿Qué pecado hay en mí, Señor?
Él iba a pedir perdón por los pecados de Israel, pero también iba a preguntarle a Dios: "¿Qué pecado hay en mí?" Porque fíjate lo que nos ha dicho el Santo Evangelio: "Los dos, Zacarías e Isabel, eran justos ante Dios y caminaban sin faltas según los mandamientos y leyes del Señor" San Lucas 1,6.
Y Zacarías sabía eso, no era ningún improvisado, él conocía bien la Ley de Moisés, él sabía bien guardar los preceptos y los guardaba. Isabel no era ninguna improvisada, pertenecía a la familia de Aarón, conocía bien la ley de Moisés y ambos eran obedientes y justos; entonces Zacarías llevaba en su alma esa herida.
Si queremos ahondar y especular un poco más, él llevaba en su corazón una inquietud: "Señor, ¿no será que estás siendo tú injusto conmigo? ¿No será que es injusticia Tuya, Señor, que yo te haya servido bien durante toda mi vida, que yo te haya cuidado, que haya guardado tu ley durante toda mi vida y que sin embargo seamos estériles?" Quizá en el corazón de Zacarías había una pizca de resentimiento contra Dios.
Y echaron la suerte, el momento que todo sacerdote podría esperar; si hay algo que se le pueda parecer en la Iglesia Católica a ese momento no lo busquemos en los lugares, porque el sacerdote dentro de la Iglesia Católica celebra la Santa Misa, sumo sacrificio, en la iglesia o en tantos sitios de acuerdo con las disposiciones eclesiásticas.
Pero sí podemos decir que para nosotros los sacerdotes eso sería equivalente, por ejemplo, a una entrevista personal con el Papa; sacerdotes somos por misericordia de Dios o presbíteros, si queremos ser mas precisos, pero el hecho de que yo sea presbítero no me concede la entrada a eso.
Entonces imagínate que se fueran a sortear entre los quinientos o más sacerdotes de Bogotá quién tiene la oportunidad de hablar media hora con el Papa. Uno sabe que el Santo Padre es el Obispo de Roma, pero es un momento tan especial como de encuentro con Dios, por querer hacer una comparación, no van más allá mis palabras.
Algo parecido debían sentir estos sacerdotes. Entonces se declaró solemnemente: "Este año corresponde al turno de Habías; esto sucedió cinco o seisaños antes de nuestra era, y pasan los sacerdotes del turno de Habías y echan la suerte: Zacarías, ¡preciso!, el momento que él había estado esperando durante toda su vida; poder encontrarse con Dios para orarle como ningún mortal.
Y entró Zacarías en el templo. ¿Y qué sucede? Que Dios también estaba esperando ese momento, no era sólo Zacarías el que esperaba esa oración, Dios esperaba la oración de Zacarías y Dios, gozoso, envió a uno de sus arcángeles, a Gabriel, a que le diera respuesta a su petición, y le dijo: "No temas Zacarías, tu ruego ha sido escuchado, tu mujer te dará un hijo" San Lucas 1,13.
Fíjate lo que Zacarías le iba a preguntar a Dios. "Tu mujer te va a dar un hijo y le pondrás por nombre Juan" San Lucas 1,13, y no es cualquier hijo; se trata de aquel que, con el Espíritu y el poder de Elías, va a convertir al pueblo porque ya se acerca el Mesías, ¡qué anuncio tan grande!
Pero, oh tristeza, Zacarías estaba demasiado metido dentro sus propios sentimientos, en su propios pensamientos y cuando Dios le trajo esa respuesta tan grande, este no fue capaz de creerla; era demasiado para él, y apenas atinó a decir: "¿y yo cómo voy a estar seguro?" San Lucas 1,18.
Que es la misma respuesta que nosotros le damos a Dios cuando Él tiene las propuestas realmente grandes para nuestra vida. Dios dice: "-Voy a enviarte mi Espíritu, voy a hacer de ti un santo", "-¿un santo de mí? Santa la madre Teresa de Calcuta, santo San Francisco, santo San Juan De Dios, pero ¿un santo de mí? "Yo cómo voy a estar seguro de eso?"
Y sin embargo nosotros, como Zacarías, le tenemos nuestro memorial de agravios a Dios y le tenemos un papelito donde le anotamos las quejas: "-¿Por qué mi hijo se enfermó?" "-¿Por qué mi niña no pasó en la universidad?" "-¿Por qué soy de tan mala suerte?" "-¿Por qué a mí no me sale trabajo?"
Todos tenemos una listica y uno llega con su memorial de quejitas contra Dios y Él tiene una palabra grande de salvación, y de amor; y uno lo único que dice es: "Bueno, ¿y yo cómo me voy a asegurar de eso?" "¿Sí será?"
Es tan humano este evangelio, estamos tan retratados nosotros en este evangelio, "¿y yo cómo voy a estar seguro de eso? Y Gabriel le dice: "Pues vas a estar seguro, porque Dios lo va a cumplir" San Lucas 1,20, y Dios lo hizo, y el hijo que nació de ahí se llamó Juan, el Precursor del Mesías.
Una última enseñanza podemos sacar de este texto tan profundo, tan significativo, tan humano y es esta: Zacarías e Isabel eran estériles y eran de edad avanzada; de acuerdo con la interpretación de los Padres de la Iglesia en ésta hay un símbolo muy hermoso: Zacarías e Isabel son como una imagen del mundo desgastado, del mundo cansado, que ya no da más de sí mismo, del mundo del Antiguo Testamento, que precisamente se ve tan antiguo en el rostro ajado de Zacarías, en el rostro arrugado de Isabel.
¿Y qué se nos está diciendo? Que en el ocaso de estas vidas, Dios trae el anuncio de un día nuevo, el día de Jesucristo; que en el ocaso de estas vidas, cuando ya las fuerzas humanas parecen acabarse, cuando ya parece no haber más esperanza, ahí Dios tiene siempre una palabra nueva.
Y de aquí tendremos que sacar una enseñanza nosotros. Siendo joven, en el tiempo en que el Señor se dignó, por su bondad, llamarme a la vocación religiosa y sacerdotal, conocí a una señora que en aquella época tenia setenta y ocho años, y esta señora decía: "Los mejores años de mi vida han sido estos últimos tres, desde que cumplió setenta y cinco".
¿Qué le había pasado? Ella, a esa edad, por insinuación de unos parientes, sobretodo de unos hijos, ingresó a un grupo muy bueno de oración, tuve yo la fortuna de estar ahí, y decía ella: "A mis setenta y cinco años he venido a descubrir que Dios verdaderamente ama y que Dios verdaderamente me ha amado; setenta y cinco años sin que yo me diera cuenta y sin que jamás le diera las gracias, y la alabanza, y la gloria como Él se merece."
Dios es capaz de traerle juventud a una vida incluso en esos años; y como este era un grupo de ese estilo que a unos les gusta y a otros no, de esos grupos carismáticos con aplausos y ruido, pues había que ver a esta señora a sus setenta y cinco años aprendiendo a aplaudir, para darle la gloria a Dios, y decía ella: "Mi único deseo es que estos últimos días de mi vida sean totalmente, absolutamente para la gloria de Jesucristo."
Prueba de que Dios, así como estaba esperando a Zacarías en el Santo de los Santos, Dios sigue esperando y nos sigue aguardando a muchos de nosotros y aquí hay más de uno que sabe que Dios ha leído este evangelio precisamente para que lo escuche y para que sepa usted que tiene esperanza.
Pero una segunda consecuencia de esta enseñanza es que el mundo entero está cansado, el mundo entero esta envejecido y se están cumpliendo las palabras de Isaías cuando decía: "Los jóvenes se fatigan, se cansan" Isaías 40,30.
Yo trabajo con juventud, tengo la fortuna, la dicha de trabajar con juventud en grupos juveniles y también en un colegio que tiene mi comunidad religiosa y allá yo veo, para tristeza mía, para que yo vea que se está cumpliendo este evangelio, que el mundo esta cansado, que en los rostros de muchos jóvenes hay desesperanza, cansancio, hastío, pocos años de edad y muchos pecados; mucho aburrimiento.
En fin, en medio de este mundo que parece tan sabio, que parece fastidiado de todo, la única palabra nueva, hermosa, grande, es la palabra que Dios nos ofrece por medio de su Evangelio. Y nadie tenga miedo. Ese "no temas, Zacarías" San Lucas 1,13, también nos lo dice Dios ahora, que el mundo nunca estuvo tan enfermo, que nunca estuvo tan grave.
Pues convirtámonos a Dios, abramos nuestro corazón a Él y sepamos, tengamos la certeza, de que en medio de esa vejez del mundo, Dios puede suscitar nuevos precursores, nuevas voces que nos canten, como se ha cantado en esta noche cánticos de alabanza al Niño Dios, por quien se renuevan todas las cosas.
A Él honor honor y poder, por los siglos de los siglos.
Amén.