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Fecha: 20101217
Título: El plan de Dios se cumple a pesar de los pecados mas graves.
Original en audio: 25 min. 56 seg.
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Sabemos bien, que nos encontramos en el tiempo de adviento. El adviento tiene dos partes, una parte es hasta el 16 de diciembre y otra parte los últimos días, del 17 al 24.
Desde el primer domingo de adviento hasta el 16 de diciembre, la Iglesia nos enseña, de distintas maneras, la virtud de la esperanza, especialmente con los escritos del profeta Isaías y luego mostrando como todas las promesas se cumplen en Cristo.
Las lecturas nos enseñan a esperar, esperar no es sencillamente resistir, aguardar, ni mucho menos resignarse, esperar es tener la convicción de que lo mejor está en el futuro y lo mejor está en las manos de Dios, no es un simple acto de resistencia, repito, es un acto de confianza y por eso, la espera cristiana es al mismo tiempo alegre y activa, alegre porque tenemos certeza de la victoria de Dios, activa porque ese Dios ya está obrando en nosotros.
Entonces, en la primera parte del adviento, recuperamos esa enseñanza básica sobre la esperanza, y este es un mensaje muy poderoso y muy necesario para nuestro mundo, y por eso el papa Benedicto, varias veces ha hablado del mensaje de la esperanza, que la Iglesia puede ofrecer a este mundo, porque si hay una enfermedad que tiene nuestro mundo es que carece de esperanza, síntoma de esa enfermedad es que muchas personas no encuentran un significado, un sentido para su vida, no encuentran tampoco una razón para buscar el futuro, y por consiguiente, entran en desesperanza y luego en desesperación, hasta el punto de atentar contra su propia vida.
El número de suicidios en todas partes del mundo, es una señal preocupante que indica que para muchas personas el futuro no es digno de espera, no hay razones para aguardar un futuro, esta no es una enfermedad que aqueje únicamente a las naciones pobres, porque alguien podría pensar que es la pobreza la que hace que el panorama futuro se vea oscuro, pero no es así, naciones muy desarrolladas, con muchas comodidades y con una gran riqueza, tienen la misma enfermedad que las demás, también se sienten carentes de un futuro, se sienten huérfanos de alegría, por eso el adviento tiene un mensaje permanente y esa es la gran importancia de la primera parte del adviento, la que terminamos el día de ayer 16 de diciembre.
A partir del 17 de diciembre el panorama cambia, estos últimos días, prácticamente una semana antes de la Navidad, la atención se concentra en el nacimiento de Jesucristo, ya no es la esperanza en sus sentido general como quien aguarda salvación de Dios o como quien tiene la certeza de que Dios va intervenir en la propia vida.
Estos últimos días ya tienen un sabor muy especifico, ya de lo que se trata es de recordar y de agradecer todo aquello que la providencia de Dios dispuso en el nacimiento de Jesucristo, por eso, quienes tenemos la alegría de participar de la santa Misa durante estos días, pues podemos seguir paso a paso las condiciones, la historia, el relato de familia, que es el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, como hoy es 17 de diciembre, precisamente hoy empieza ese relato, y empieza precisamente recordando cual es la familia de Jesús en esta tierra, de cual árbol, de cual rama viene este Jesús, fruto precioso de salvación, cuya llegada vamos a celebrar en Navidad.
Y esa es la explicación de las lecturas que tenemos hoy, la primera lectura tomada del Génesis nos recuerda al gran patriarca Jacob bendiciendo a sus hijos, fueron doce en total y en todas esas bendiciones, que no las oímos todas, hay una que se destaca, la bendición que Jacob le da a su hijo Judá. Judá es el nombre de uno de los hijos de Jacob y este Judá, que en tiempos de su padre Jacob no tiene un papel tan preponderante, a lo largo de los siglos va adquirir una gran importancia, porque resulta que cuando se distribuyeron las tribus de Israel, que tomaron sus nombres de los hijos de Jacob, dos de esas tribus se establecieron hacia el sur y las otras diez tribus hacia el norte.
Las tribus que se fueron hacia el norte, luego se separaron, ellas conformaron lo que se llamó el reino de Israel, ese reino de Israel se apartó del camino de Dios y finalmente fueron destruidos por otra nación, por los Asirios, Asiria con capital Nínive fue el brazo de hierro que aplastó a diez tribus de Israel, de las cuales nunca se volvió a saber nada, por eso dicen algunos historiadores que de los grandes enigmas que tiene la historia de la humanidad es que sucedió con esas diez tribus, diez, de las doce, diez, esa sería la tribu de Rubén, la tribu de Neftalí, la tribu de Isacar, todas esas tribus desaparecieron, fueron absorbidas, fueron pulverizadas por la invasión de los asirios, esto sucedió en el siglo VIII a. C.
Entonces quedó únicamente el reino del sur y el reino del Sur es donde estaban las otras dos tribus y esas íi sobrevivieron más tiempo, la tribu de Judá y la tribu de Benjamín, pero así como Benjamín era el último de los hijos de Jacob así también la tribu de Benjamín era la más pequeña y también ella, podemos decir, se disolvió se desintegró, desapareció y prácticamente la única tribu que quedó fue la tribu de Judá.
Esta tribu de Judá es la que da el nombre al pueblo judío, los judíos son los descedientes de Judá, así que se puede decir que de los doce hijos de Jacob, prácticamente el único que se convierte en heredero de la promesa, en depositario de la promesa de la salvación de Dios, es Judá y esa bendición de Judá es la que hemos recordado en la primera lectura de hoy.
Según el relato del Génesis Jacob le dijo a Judá: “a ti te alabaran tus hermanos pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos” ( Génesis 49, 8) pero luego viene una parte que es bastante misteriosa, dice: “no se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando dentro de sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado y le rindan homenaje los pueblos” (Génesis 49, 10 ) estas palabras están en el primer libro de la Biblia, el primero, el libro del Génesis, y ya en ese libro, Jacob está anunciando un reinado perpetuo para Judá y está dibujando, como entre esbozos y sombras, está dibujando la figura de uno que ha de venir, aquel a quien está reservado, que recibirá el homenaje de los pueblos, si Judá como persona recibe el homenaje de sus hermanos, es decir, los demás hijos de Jacob.
Este otro personaje, que no se dice que nombre tiene, va a recibir el homenaje, no solamente de las demás tribus de Israel sino que va a recibir el homenaje de todos los pueblos de la tierra, se ve que hay aquí una promesa mesiánica que ya desde los orígenes, desde los comienzos de la historia de la salvación, mira hacia este Jesús cuyo cetro no va a caer, este Jesús que va a recibir el homenaje de todos los pueblos, esa fue la primera lectura.
Y luego viene el evangelio y en el evangelio lo que tenemos es la familia de Cristo, como si uno de nosotros, se pusiera a recordar quienes son los papás, los abuelos, los bisabuelos, los tatarabuelos, recordando lo que se llama el árbol genealógico.
El evangelista Mateo, nos presenta el árbol de Cristo, de donde viene Cristo, (San Mateo 1, 1-17) no es una lista perfecta, los hebreos no tenían notarías y no podemos suponer que cada uno de estos nombres es exacto y está recordado en algún archivo o en algún papel, antiguas tradiciones orales les sirvieron al evangelista Mateo para compilar este recuento de la historia de Cristo, que tiene sobre todo un interés catequético, es decir, aquí no se trata de presentar los datos históricos, por simple gusto de pronunciar nombres extraños, hay una catequesis en estos nombres, en estas cifras.
Observemos como Mateo tomando estas tradiciones que reciben nos presenta los antepasados de Cristo en cuarenta y dos generaciones, tres grupos de catorce, y el numero catorce es un número importante de acuerdo con el significado que tienen los números en la Biblia, catorce es dos veces siete, y el número siete es el numero de la perfección, el número de la plenitud, así por ejemplo en el Apocalipsis se habla de los siete espíritus de Dios, mencionando de ese modo seres purísimos, altísimos, pero también como la plenitud de la presencia divina.
Ese número siete indica aquello que es completo, como los siete días de la semana, ese número siete está también en los siete dones del Mesías, según la profecía de Isaías, y de ahí vienen los siete dones del Espíritu Santo, que nosotros siempre recordamos en Pentecostés, el número siete es el numero de la perfección.
Entonces, Mateo cuando habla de catorce está indicando como una perfección reduplicada, o dicho de otra manera nos está diciendo que desde Abraham hasta David, desde David hasta el destierro de Babilonia y desde el destierro de Babilonia hasta Jesús, hay una perfección que se está desenvolviendo, hay algo que está sucediendo perfectamente, que está llegando a su plenitud, es decir, Mateo nos presenta la llegada de Jesucristo como el resultado de un plan divino, un plan que no quita automáticamente las imperfecciones humanas, un plan que no reemplaza la libertad humana, más bien, un plan que es perfecto, porque sabe acomodarse a nuestras imperfecciones, de hecho, en la lista de los antepasados de Cristo, aparecen una gran cantidad de imperfecciones.
Recordemos algunas, cuando se habla de que Judá engendró de Tamar a Farés, resulta que Tamar era media hermana de Judá, o sea que se trata de un caso de incesto, y cuando se habla de que Booz engendró de Ruth a Obed, esta mujer Ruth era una pagana, ella era moabita, es decir, que se trata de una contravención a la ley que Dios había dado por medio de Josué y de Moisés, que no debían unirse en matrimonio con paganos, pues aquí se ve que Booz se unió a una mujer pagana, Ruth y de ahí salió Obed y resulta que Obed es el abuelito del rey David (Ruth 4: 17, 22)
Entonces ahí encontramos otra imperfección, no contentos con eso, David dice, de la mujer de Urías engendró a Salomón, no era su esposa, fue una mujer que él hasta cierto punto raptó y aunque el hijo que engendró con ella cuando la raptó o cuando la obligó a unirse a él, no fue Salomón, pues Salomón de todas maneras es hijo de ese deseo violento y apasionado de David, que le llevó a cometer un homicidio y adulterio, y esta es la familia de Cristo, en la familia de Cristo encontramos incesto, encontramos desobediencia a la ley de Dios, encontramos homicidio, adulterio, y mira lo que aparece antes, Salomón engendró de Rahab a Booz y cual era Rahab es la prostituta más famosa de Jericó, de modo es que esta es la vida humana con todas sus imperfecciones, esta es la vida humana con toda sus miserias.
Y lo que nos está diciendo Mateo, es que a través de estas miserias, a través de estas desobediencias, a través de estos pecados, Dios no deja de actuar, Dios es el reduplicativamente perfecto, Dios es tan perfecto que puede asumir en la perfección de sus planes las imperfecciones y las miserias nuestras, y este es un gran mensaje para nosotros, porque a veces creemos que Dios no va a obrar o que Dios ha dejado de obrar simplemente porque el ser humano es egoísta, violento, lujurioso, envidioso, mentiroso y cuando nosotros pensamos así, es como si pensáramos que nuestros pecados son más fuertes que Dios, pero Mateo nos está recordando en esta catequesis de la genealogía, Mateo nos está recordando que Dios también a través de todas esas porquerías nuestras, está haciendo crecer la flor preciosa y pura, la perla maravillosa de su santidad.
A Dios no lo detienen nuestras imperfecciones, Dios, el plan de Dios no se frena por nuestros pecados.
Hay otra enseñanza muy importante, en ese recorrido que hace san Mateo, aparecen tres momentos: Abraham, David, Babilonia, Jesús, por la manera como está escrito este texto, parece perfectamente claro que Mateo quiere dejarnos bien grabados esos nombres, Abraham que por supuesto es la raíz de todo el pueblo de Dios, y luego están los otros nombres, David que es como un punto alto, porque David era la referencia de lo que significa un rey.
El reinado de David fue lo más próximo al reinado de Dios que conocieron los israelitas, del tiempo del reinado de David viene el Salmo 147 que canta con alegría “ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina” el reinado de David es la expresión de ese momento cumbre, en el cual el pueblo pudo experimentar que los enemigos estaban a raya y que Dios estaba derramando la abundancia de sus bienes, es decir, lo de fuera está controlado y lo de dentro está colmado de bendición, de dulzura y de belleza.
David es un punto muy alto, pero catorce generaciones después tenemos un punto muy bajo, y el punto muy bajo se llama Babilonia, Babilonia es como el sabor de la muerte, quien quiera conocer a que sabe la muerte no tiene que matarse, no tiene que suicidarse, el sabor de la muerte se encuentra en la Biblia en el libro de las Lamentaciones, este libro, describe de manera detallada, a veces escandalosa, los extremos de hambre, persecución, tortura, desesperanza, es decir, el cáliz mismo de la muerte está ahí.
Entonces fíjate, esto es como una línea quebrada, aquí está Abraham, subimos hasta David, bajamos hasta Babilonia, hay como una dialéctica en esto, David es lo más alto, Babilonia lo más bajo, y entre esos dos extremos, como participando de ambos se encuentra Jesucristo, Jesucristo que fue llamado hijo de David, una expresión que significa verdadero heredero del gran rey, y Jesucristo que también tuvo que decir cuando llegó la hora de su pasión, “esta es la hora de las tinieblas” (San Lucas 22,53) es decir, que Jesucristo, en su manera de ser rey y Mesías, tiene a David y tiene a Babilonia.
Jesucristo tiene el esplendor del reinado; pero también la oscuridad y el dolor de la humillación más profunda, todo el espanto de Babilonia está en las llagas de Cristo, y toda la gloria de David está en la resurrección de Cristo.
Jesucristo resume a David y a Babilonia, Jesucristo resume lo más alto y bello que se pueda imaginar, lo mas abyecto y triste que se pueda temer en la vida de Cristo, y especialmente en la pasión de Cristo, habrán de condensarse los momentos más altos, más hermosos de la historia del pueblo de Dios; pero también en el habrá de encontrarse la traición mas inicua, el dolor más terrible y el sabor mismo de la muerte.
Ese fue el sabor que Cristo pidió al Padre que se apartara de sus labios “si es posible aparta de mí este cáliz” (San Lucas 22, 42) dice Jesús, indicando con ello que sabía cuál era ese sabor de muerte que venía y que El tendría que probar.
Entonces ya vemos lo que está haciendo Mateo, Mateo nos está introduciendo la figura del Mesías, dándonos las coordenadas básicas y hoy solo nos quedamos con esas dos que ya he mencionado, primera, que Jesucristo es la demostración de que el plan de Dios es tan perfecto que incluso a través de nuestras imperfecciones se realiza, y segunda, que Jesucristo es el alfa y la omega, el primero y el último, aquel que condensa, reúne y supera a David y a Babilonia, lo más alto y lo más bajo, lo más glorioso y lo más espantoso.
Con este mensaje nuestros ojos y nuestro corazón se van preparando para que entendamos cual es el niño del pesebre, no es otro niño, aunque también otro niño, es el niño que lleva a David y a Babilonia, es el niño que conoce lo sublime y lo espantoso, es el niño que puede abrazar toda nuestra realidad humana y que puede llevarla según el plan de Dios, a ese niño desde ya lo saludamos, con amor y con agradecimiento, a ese niño ya lo alabamos, lo bendecimos y lo adoramos y le decimos bienvenido a nuestro valle, tú que tenías que venir. Amén