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Fecha: 19981217

Título: La Humanidad de Cristo es real tanto en su Cuerpo como en su Alma

Original en audio: 28 min. 26 seg.


Jesús, en el evangelio según San Mateo, aparece trenzado, podemos decir, entretejido con la historia, en primer lugar, del pueblo de Israel, y luego, con la historia de la humanidad. El misterio que vamos a meditar en Navidad es, sobre todo, el misterio del Verbo hecho carne. En ese Bebé, nosotros reconocemos a Dios hecho hombre.

Pero si el Verbo se hizo carne, no significa solamente que tuvo un cuerpo; no es solamente la biología, la anatomía o la fisiología las que tienen que admirarse del misterio de la encarnación; que Dios se hizo hombre, no significa solamente que hay unos tejidos, un cuerpo, una realidad biológica a la que podemos llamar el Hijo de Dios.

Esa Carne no es solamente un cuerpo, es lo que estoy diciendo; esa Carne es la condición, es la realidad humana. Dice la Carta a los Filipenses, según la traducción de la Liturgia de las Horas: “Y así, pasando por uno de tantos” Carta a los Filpenses 2,7.

El Verbo se hizo carne significa que es como nosotros, que es semejante a nosotros. En un primer intento, Dios, -vamos a llamar a eso un intento-, Dios quiso que el hombre fuera semejante a Él; como eso fracasó en Adán, ahora, en Cristo, viene otro intento, entonces, ahora es Dios que se hace semejante al hombre.

Si no fue posible que el hombre se hiciera semejante a Dios, entonces Dios se hace semejante al hombre; ahora se hace semejante para restaurar y para realizar el plan original; es decir, para que el hombre finalmente sea como su Hacedor.

Lo que quiero decir, entonces, es que Cristo no solamente asumió un cuerpo, sino que se entretejió en una historia; tiene una familia, tiene un pasado, tiene una cultura, tiene un pueblo, tiene un lugar, tiene un tiempo, aprende una lengua, se forma en medio de sus hermanos.

No podemos extasiarnos ante Jesús bebé, si no nos maravillamos de que Dios haya querido estar formado, recibir una forma, crecer. Cuando se afirma que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, me da la impresión de que verdadero hombre lo interpretamos solamente en términos de que su Cuerpo era un cuerpo real, pero se nos olvida que su Alma era una alma real.

Nosotros creemos en la encarnación del Verbo en términos de su Cuerpo; pero, somos, me parece, casi heréticos, me refiero al común de los cristianos, en creer la realidad del Alma de Cristo, y por consiguiente, la realidad de que esa Alma, para ser alma humana, se formó.

Por eso, nosotros nos imaginamos una especie de bebito, pero con alma ya hecha, educada, formada; entonces, es como un adulto que viviera dentro de un bebé; creer en la realidad de la infancia de Jesucristo, creer en la realidad de su alma que se fue formando, es algo a lo que no estamos acostumbrados, y voy a probar que no estamos acostumbrados.

Cuando se le dice, por ejemplo, a una persona que "Jesús aprendió a orar", hay algo como que se rechaza en ese pensamiento: "No, ¿pero cómo iba aprender a orar?" "Jesús aprendió a rechazar el mal", uno siente que ese es un pensamiento peligroso; "Jesús fue tentado"; bueno, a eso estamos más acostumbrados por el pasaje del evangelio.

"Jesús descubrió su camino", nos hace dudar un poco esa expresión; todo aquello que suponga un verdadero crecimiento en el Alma de Cristo, nos deja dudosos, porque, repito, no estamos acostumbrados a pensar en la realidad del Alma de Cristo.

Sí estamos y sí creemos que su Cuerpo fue un cuerpo como el nuestro; es decir, con los mismos huesos, tejidos, sangre, nervios, etc. Pero, "Jesús descubrió su camino", "Jesús encontró la voluntad de Dios", estas expresiones nos despistan un poco, nos desorientan un poco.

En el fondo parece que creyéramos, parece que sintiéramos que el cuerpo era real, pero la humanidad era aparente, y el desastre que esto trae es que entonces, ya ese Cristo, cuya humanidad es aparente, aunque su Cuerpo sea real, ya no es el mediador entre Dios y nosotros.

¿Y sabe, por qué se nota que no es el mediador? Porque cuando se quiere poner a ese Cristo de humanidad aparente, aunque tenga Cuerpo real; cuando se quiere poner a ese Cristo como modelo, entonces surge una expresión: “¡Ah, es que Él era Dios!”, como suponiendo que la divinidad de Cristo era como una especie de gasolina adicional que Él tenía.

Entonces, ¿cómo pudo resistir a la tentación? "Es que Él era Dios"; ¡es un desastre, una expresión de esas, un desastre! Porque, ¿qué sigue de ahí? “Yo, que no soy Dios, no estoy obligado a tener el comportamiento de Cristo”.

En el fondo, es un modelo para mí, un modelo que es distinto de mí; es como poner a competir un computador con una máquina de escribir; entonces, nosotros somos los de la máquina de escribir y Él es el computador que tiene turbo.

Entonces, uno dice: “¡Claro, a Él todo le sale bien! Pues Él tiene computador, y yo estoy en máquina de escribir". A mí me parece que la Cristología en ese sentido, casi digo que está toda por hacer; por lo menos debe estar escrita en muchas partes, pero en el pueblo cristiano está por construir entera la Cristología.

Mientras haya gente que todavía piense: “Es que Cristo podía lo que podía, porque Él era Dios, y yo no soy Dios; yo no soy ningún santo”; mientras haya ese pensamiento, quiere decir que estamos todavía con la idea de que la humanidad de Cristo era aparente, aunque admitimos que su Cuerpo era real.

Entonces, realmente lo que nosotros creemos es como un Cuerpo formado de María, y que ese Cuerpo fue como habitado por una fuerza infinita, superior a la de nosotros, que es la Divinidad; y entonces, por eso, ese Cuerpo resistía; por eso, ese Cuerpo hacía milagros; por eso, tenía poder; pero ese es ese Cuerpo, ese no soy yo. Eso es negar el misterio de la encarnación.

Frente a esa visión, lo que nos presenta el evangelio de San Mateo en este día, es un Jesús que está trenzado, que está entretejido, que está mezclado, que está untado de la humanidad; Jesús no se untó de pecado, pero sí se untó de humanidad. Son dos cosas distintas.

En esta lista muchos nombres nos resultan extraños, unos pocos conocidos, pero hay otros, que aunque no son muy conocidos, están en la Biblia y nos hablan qué tipo de familia era la de Jesús.

“Judá engendró, de Tamar, a Farés” San Mateo 1,3. Y este engendrar, ¿cómo sucedió? Pues en un incesto, pero en los antepasados de Jesús tenemos un incesto. Esa es la familia de Jesús.

El evangelista, para que sepamos que estamos leyendo bien, y que no nos hemos equivocado, luego añade otro: “David, de la mujer de Urías engendró a Salomón” San Mateo 1,6. En los antepasados de Jesús hay un adulterio, con mentira y asesinato a bordo.

“Salomón engendró a Roboán” San Mateo 1,7, príncipe de la altanería y de la soberbia; hombre superficial e imprudente; esos son los antepasados de Jesús. Entonces, observemos que la perspectiva del evangelio es que la humanidad de la que Cristo viene y el pueblo del que Jesucristo sale, es como nuestra humanidad, es como nuestro pueblo.

Y por consiguiente, la humanidad de Jesucristo es real; no sólo es real su Cuerpo, es real su humanidad, o si lo queremos decir un poco más filosóficamente, aún a riesgo de causar alguna confusión, “el Alma de Cristo es real”.

Entonces, no tengamos miedo de decir que Cristo aprendió a rezar, Jesús aprendió a orar, Jesús aprendió a buscar la voluntad de Dios. Pero, entonces, se le vuelve a uno una especie de nudo en la cabeza, porque uno dice: “Bueno, admitamos lo que dice este padrecito” “¿cómo podía Jesús buscar la voluntad de Dios y al mismo tiempo ser Dios?”

Ese es un problema muy grave para resolver; pero el evangelio dice una cosa más grave que la que yo dije, porque ahí dice, en el capítulo segundo de Lucas, que "Jesús crecía en gracia" San Lucas 2,40, como quien dice, hoy era más santo que ayer, pero menos que mañana.

¿Cómo puede crecer en santidad? ¡Dios es inmutable! Entonces empieza uno a enredarse un poco, y yo creo, que precisamente para no enredarse fue que la gente, mucha gente, decidió que la humanidad de Cristo era una apariencia, porque ahí sí no hay enredos.

La humanidad de Cristo es una apariencia, como quien dice, ese bebecito ya sabía, Él ya sabía todo, ya se la sabía todas. Pero no podía matar de un ataque a los papás, ¿entonces qué hacía? Hombre, Él disimulaba un poco, ¿por qué? Por darnos ejemplo, Él así nos daba ejemplo.

"-Que el demonio le dice que todos los pueblos de la tierra van a ser suyos", "-hombre, esa no era tentación para Él, porque Él era Dios. Porque Él dijo: “Hombre, donde yo aquí me deje tentar, yo no le doy ejemplo a los que vienen”. Esa no era tentación para Él. Pero, entonces, Él daba ejemplo".

Pero usted sabe que dar ejemplo en esas condiciones es casi una simulación. Usualmente, a los niños les fascina, les atrae muchísimo el dulce. Usualmente, a los que somos adultos no tanto, aunque quedan por ahí algunos con esos rezagos de infancia, pero normalmente a los adultos ya no tanto.

A muchos de nosotros no nos atrae, pues, alguna vez un dulce, pero no tanto. Entonces, si yo por ejemplo me siento al lado de un niño y le digo: “Mira, debes aprender a moderar tus deseos, a moderar tus apetitos; vamos hacer este ejercicio. Vamos a traer aquí este delicioso bizcocho, y tú haces tus tareas y yo hago mi trabajo".

"Y vamos a estar los dos en esta mesa, y aquí queda el bizcochito, pero ninguno de los dos se lo va a comer para que aprendamos a dominar nuestras pasiones, nuestros deseos. Hombre, el sufrimiento del niño va a ser diez, o doce mil veces peor, más grave que lo que a mí me podría dar; yo puedo estar toda la tarde con el bizcocho ahí, simplemente, no me atrae.

De pronto, en algún momento, pues me parecería rico un pedacito, o lo que fuera, pero no me atrae demasiado. En cambio, el niño sí va a estar toda la tarde sufriendo, le va a dar gastritis; para el niño sí es un problema.

Entonces, mucha gente se imagina las tentaciones de Jesús así, como si fuera ese bizcocho, y nosotros seríamos ese niño a quien sí le atraen las cosas, mientras que a Jesús no le atraían. Entonces, Jesús se sentó con nosotros y dijo: “¿Ves cómo es fácil vencer la tentación del bizcocho?”

Uno sentiría que le están haciendo trampa, diría: “No, hay que guardar las proporciones”. Las tentaciones de Jesús fueron tentaciones reales. Les voy a contar sólo una porque el tema no es ese.

Cuando el demonio le dice, por ejemplo, que le va a dar todos los pueblos de la tierra, esa era una tentación real para Cristo, ¿y ¿por qué? ¿Cómo así? ¡Pues claro! Jesús era un hombre bueno, un hombre inteligente, con una capacidad de liderazgo fantástica.

Jesús veía como posible para sí mismo, que si Él tenía todos los reinos de la tierra, Él iba a organizar todos los gobiernos para el bien; ¿te das cuenta de que sí era una tentación para Cristo? Jesucristo, desde luego que a Él no le interesaba ser déspota, no, no le interesaba eso, pero Él sí quería gobernar, porque Él sí quería que se cumplieran las leyes, y que se hiciera justicia.

Y Él sí quería que se organizaran los recursos de esta tierra a favor de los más pobres, porque Él venía de los más pobres; Jesús sí quería que se organizara el mundo. Entonces, ¿Jesús por qué rechaza esa propuesta del demonio? La rechaza por tres razones.

En primer lugar, porque el demonio le ofrece todos los reinos del mundo con una condición, que reconozca que esos reinos son de él, y eso es un homenaje a Satanás, y eso no lo iba hacer Cristo.

Segundo, el demonio le dice: “Yo te los entregaré” San Lucas 4,6; Jesús no necesitaba recibir del espíritu maligno nada, por eso lo rechaza.

Tercero, y más importante, Jesús rechaza la oferta del demonio por una razón, porque lo que Él había descubierto como voluntad de su Papá era otra cosa, y Él quería hacer la voluntad de su Padre Dios.

Pero la tentación de todos los reinos es real, era una tentación real para Cristo. Es decir, es algo que tenía sentido dentro de los anhelos del Alma de Cristo, y lo mismo se puede decir de ese "tírate del templo" San Lucas 4,9.

Jesús sabía que las realidades que nos encontramos en esta tierra, las realidades materiales que vemos en esta tierra, no son solamente como las vemos; es decir, Jesús sabía que más allá de lo que ven nuestros ojos hay muchas otras cosas, hay muchos otros poderes.

Y Jesús sabía que esos poderes, muchas veces, son importantes para las personas, en el sentido de que las personas se convencen con algunos de esos poderes. De manera que ese tirarse del pináculo del templo y ser sostenido por ángeles y bajar suavemente hasta la tierra, podía servir para que mucha gente se maravillara y creyera. Era algo real.

Las cosas que le propuso el demonio a Jesucristo, eran cosas reales para lo que el alma de Cristo estaba sintiendo; Jesús quería convencer a la gente, Jesús quería llevar a la gente a otro estado, a otra convicción, a otra manera de ser.

Pero un momento, ¿es eso lo que quiere la Palabra de Dios, ese espectáculo? ¿Es esa una verdadera convicción, el simplemente causar espanto en la gente? ¿Eso es convertir sus corazones? No. Por eso Jesús rechaza esa tentación, y por lo otro que hemos dicho, por la voluntad del Padre.

O sea que las tentaciones que aparecen en la Escritura, son tentaciones reales para una persona como era Cristo. Es que las tentaciones son para cada personalidad, para cada psicología; una cosa que puede ser una gran tentación para una persona, para otra, no es una gran tentación.

Hay gente que se desvive por el dinero, hay otra gente que no. Poner a alguien, que no le interesa la plata, a administrar dinero, no es ponerlo en una gran tentación. O sea que las tentaciones de Cristo, ese pasaje es clave, nos describen los rasgos del Alma de Cristo, los rasgos esenciales.

Ahí, si sabemos meditar y si sabemos leer, aparecen rasgos de cómo era el Alma de Cristo, por ejemplo, hay personas que dicen: -“Bueno, ¿y Jesucristo por qué no fue tentado en su carne? ¿Por qué no aparecen las tentaciones? Por ejemplo, una mujer, enamorarse, o algo directamente erótico, ¿por qué no aparece ahí? Hombre, cada alma tiene su propia estructura.

Y en el momento en el que se encontraba Cristo después del bautismo, no era su estilo, no era su principal preocupación. No era. Eso, lo erótico, que puede ser supremamente tentador para muchas personas, no es precisamente lo que iba a tener fuerza en el corazón de Él. No tiene por qué extrañarnos.

Entonces, ese pasaje de las tentaciones es fundamental para reconocer la realidad del alma y de la humanidad de Jesucristo; y tenemos que aprender a leerlo como una pista; hay que meditarlo como una pista.

¿Cómo era el Alma de mi Señor Jesús? ¿Cómo era Él? Es decir, ¿cuáles eran sus preocupaciones? ¿Cuál era su estilo? Podemos decir que las propuestas que hace el demonio, cada una de ellas, es una propuesta para pecar, obviamente. Eso es lo que hace el demonio.

Pero el hecho de que le haya propuesto eso, indica qué tipo de Alma tenía Jesús, indica cuál era la manera de ser de Jesús, por ejemplo, insisto, eso de todos los reinos de la tierra, nos enseña algo sobre Jesús.

Nos enseña que Jesús, seguramente, tenía en su corazón un anhelo inmenso de que todos los pueblos fueran bien gobernados; que todas las naciones, que todos los reinos tuvieran sus recursos justos, y en favor de todos.

Seguramente, Jesús tenía anhelos así, preocupaciones así, dolor por los más necesitados; si uno sabe leer, si uno sabe meditar este pasaje de las tentaciones, encuentra muchísimas cosas sobre quién era Jesús.

“Haz que estas piedras se conviertan en pan” San Lucas 4,3, ahí debe haber algo muy profundo, algo en lo que no entraremos hoy, pero ahí debe haber algo muy profundo. Eso no era simplemente un asunto de hambre. No.

Son estas piedras, para el hambre de Cristo bastaba un peñasco, bastaba con que una piedrecita se hubiera convertido en pan. Si el problema fuera solamente calmar el hambre, pues bastaba con que una de esas piedras se hubiera convertido en pan. Pero es, estos peñasco.

¿Por qué eso? Ahí debe haber un secreto que está en la Escritura, y está para que nosotros lo desenterremos, para que nosotros, con la ayuda del Espíritu Santo, descubramos qué es lo que hay ahí.

Bueno, el sentido general de la palabra del día de hoy es claro: Jesús está entretejido en la historia humana, y en medio de esa historia, solidario con esa historia; pero al mismo tiempo, nuevo dentro de esa historia. Jesús es verdadero Dios y es verdadero hombre.

Nos queda por resolver el pequeño problema de: si era Dios, ¿cómo aprendió a orar? ¿Si era Dios, ¿por qué tuvo que buscar la voluntad de Dios? Esos problemas, que no nos van a quedar completamente resueltos ahora, nos enseñan algo.

Decir que Jesús es Dios no es algo tan sencillo como pensar: "Esto es Dios, y esto se cumple en Jesús, luego Jesús es Dios”. Ese razonamiento, esa deducción no es correcta. Esto es Dios, se da en Jesús, Jesús es Dios. O lo contrario: esto es Dios, y Jesús es Dios, esto se tuvo que haber dado en Jesús.

Si nosotros razonamos de esa manera, en el fondo, estamos pensando que nosotros sabemos qué es Dios, o quién es Dios, que lo sabemos completamente y que de ahí podemos deducir cómo tenía que obrar Jesús.

Lo que estoy diciendo es esto: nosotros no podemos tomar la afirmación de la Divinidad de Jesucristo de una manera tan simplista, como decir: “Nosotros sabemos qué es Dios, o quién es Dios, y, por lo tanto, sabemos cómo tenía que actuar Jesús”.

En cierto modo, la Escritura procede al contrario: conoce a Jesús, y así sabrás quién es Dios, y así sabrás cómo obra Dios. Jesús es la revelación plena de Dios, y por consiguiente, en el conocimiento de Jesús sabemos cómo es Dios.

Dios no lo podemos, solamente, deducir de nuestra mente y luego aplicarle eso a Jesucristo. Si obramos así, caeremos, necesariamente, en la humanidad aparente de Jesucristo. Lo que hay que pensar es: Jesús da señales de que el Dios de la Alianza, está presente de un modo irrepetible, intenso, en cierto sentido, incomunicable en Él”.

Y que a través de esta revelación de Jesucristo, podemos descubrir la plena revelación de quién es ese Dios, que nos venía hablando desde la Antigua Alianza. Este sería tema para una meditación más extensa.

Que Dios, hoy, nos permita adorar la humillación del Verbo, y nos permita reconocer a Nuestro Salvador.