V17d001a
Fecha: 19971217
Título: Nuestra humanidad salpicada en el largo Nombre de Jesus
Original en audio: 8 min. 30 seg.
Para el pueblo judío la genealogía era como la carta de presentación de una persona.
Hoy, cuando las personas quieren presentarse, ofrecen, por ejemplo, una tarjeta, y en esa tarjetica dicen el resumen de sus estudios, el título que tienen, o el cargo que ocupan: se trata de un profesor, se trata de un ingeniero, se trata de un técnico, o de un abogado. Una tarjeta dice lo que la persona es, o por lo menos dice cómo quiere ser conocida.
Los judíos no se definían ni se presentaban por aquello que la persona había hecho, sino por lo que había hecho a la persona; no por lo que ella había conseguido, sino por quién había hecho posible que ella existiera; es decir, su origen, su familia.
Algo de eso existe en occidente cuando uno tiene no sólo un nombre, sino un apellido. El apellido indica la procedencia, pero de una manera muy neutra, muy externa; diríamos que sin raíz.
En cambio, el nombre completo de una persona para los judíos, y en general para los orientales, es el nombre de su origen. Así como yo tendría que decir Nelson Medina, y este apellido ya indica mi papá, la genealogía de una persona son los apellidos de ella, son la familia de ella, son el nombre de ella.
Es decir, que este evangelio lo que nos ha presentado, es el larguísimo Nombre de Jesús; es un evangelio del Nombre de Jesús.
Cuando Jesús en alguna ocasión se encuentra con Pedro, le llama Simón Barjonás o Barjoná. La expresión "bar" significa hijo. Simón, hijo de Jonás: este era como una partecita del nombre de Pedro.
Pues habría que decir, que Jesús en esta tierra, el Verbo de Dios en esta tierra, pide este largo nombre: Jesús, Barjosé, Barjacob, Barmatán, Bareleazar, Bareliud, Baraquim, y seguir subiendo por esta genealogía, seguir subiendo por esta escalera, hasta poder decir lo que dice el Evangelista Mateo en el versículo primero: "Jesucristo Bardavid, Barabraham" San Mateo 1,1.
Esta es una primera reflexión sobre este evangelio. Es el evangelio del Nombre de Jesús; es la larga presentación del Nombre de Jesús.
Pero lo más conmovedor para nosotros, es que Jesús es un nombre que no tuvo solamente el Nombre de Dios cuando se encarnó. Jeshua, como se dice en hebreo, era un nombre relativamente común. Es el mismo nombre Josué. Josué es Jeshua.
Jesús tenía un nombre entre otros nombres, que no una historia como la de nosotros, una historia de un nombre que está salpicado de humanidad. En esta secuencia que va desde Abraham hasta José, no sólo está una serie de nombres, está una serie de vidas, de historias, de pecados también. Por ejemplo, "Judá engendró de Tamar, a Farés" San Mateo 1,3; eso es un incesto.
En el Nombre de Jesús está salpicada nuestra humanidad. Por eso hay que decir, que el Nombre de Jesús está llagado. Así como el Cuerpo de Jesús en la Cruz lleva las marcas de nuestros pecados, el larguísimo Nombre de Jesús lleva las marcas de nuestra humanidad; hiere a nosotros, sabe a nosotros. La Carne de Jesús está marcada por nosotros, y el Nombre de Jesús está marcado por nosotros.
Y por eso, esta presentación del Nombre de Cristo es también una declaración de la humillación de Dios, del abajamiento, del anidamiento de Dios. Porque este Dios, que tiene un nombre incomunicable, ha querido sin embargo comulgar con nuestros nombres.
Este Dios, que tiene una naturaleza infinita, ha querido asumir y comulgar con la nuestra. Este Dios, que es de pureza, se ha salpicado de nosotros, se ha untado de nosotros.
Pero lo maravilloso de este intercambio, como lo iremos meditando en las siguientes ferias del Adviento, es que cuando Dios se salpicó de nosotros, cuando Dios se untó de nosotros, en realidad no se manchó Él, sino que nos limpió a nosotros.
Así como las llagas de Cristo no son tanto un daño para Él cuanto una salud para nosotros, así también todas las manchas que nuestra historia le ha salpicado al Nombre de Dios, aunque parezca imposible de creer, no son un daño para Dios, sino una manifestación de su misericordia.
Es verdad que se abaja, pero también es verdad que nos levanta. Es verdad que se mancha, pero también es verdad que nos limpia. Es verdad que queda herido, pero también es verdad que nosotros quedamos redimidos.
En este Nombre de Jesucristo, tan lleno de nuestras historias, vamos a sumergir lo que nosotros somos.
Son hombres y son mujeres tan parecidos a nosotros, en sus luchas, en sus caídas, en sus pecados, en sus providencias, en las providencias que Dios tuvo con ellos.
Son tan parecidos a nosotros, es tan parecido este Jesús a nosotros, que nosotros, movidos por esta genealogía, vemos "descargar en Él nuestras preocupaciones" 1 Pedro 5,7, como nos invita el Apóstol San Pedro.
¡Descansar en Él nuestra historia herida, descansar en Él nuestra historia manchada, y saber que Él, de la gracia de sus Llagas, dará gloria a Dios también con lo que nosotros somos!