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Fecha: 20021214

Título: Elias es el profeta que lleva a la verdad

Original en audio: 33 min. 45 seg.


Vamos a mirar en la primera lectura. ¿Qué es eso que se anunciaba? ¿Cómo es ese misterio de Elías que tenía que volver? ¿Y a qué tenía que volver? ¿Quién era Elías? Un profeta.

Y dice el libro Eclesiástico: “Un profeta como un fuego" Eclesiástico 48,1, ardiente por el amor a Dios, un hombre capaz de mantenerse fiel, aunque todo el mundo le diera la espalda a Dios”.

Y en ese sentido, Elías es un gran testimonio para nosotros, y sea esta la primera enseñanza de hoy. Porque hoy necesitamos cristianos capaces de mantenerse firmes, aunque todo el mundo le dé la espalda al Señor. Y así fue Elías. En tiempo de Elías el poder político, el poder económico y el poder religioso se aliaron de tal manera que le dieron la espalda a Dios.

Se instauró un sacerdocio sacrílego para darle culto a un dios falso. Y profetas mentirosos, sostenidos por un rey cobarde, le dieron la espalda a Dios; pero Elías permaneció firme. Elías es el profeta de la fidelidad, y es el profeta del amor quemante, el amor ardiente. Y esas dos son las dos primeras enseñanzas para hoy.

Primero, una fidelidad capaz de mantenerse, aunque todo el mundo le dé la espalda a Dios; y segundo, necesitamos un amor ardiente, un amor con fuego. ¡Atención, Elías se mantuvo firme!

Este lugar donde nos encontramos, y ustedes lo saben muy bien, tiene un apostolado que va en contravía; ustedes que laboran aquí defendiendo la vida están en contravía, porque el mundo corre a pasos desesperados hacia la muerte.

El que quiere defender la vida va en contravía, y el que quiera defender la vida tiene que ser como Elías: necesita mantenerse firme, aunque todo el mundo le dé la espalda a Dios, y aunque todos nieguen los preceptos del Señor.

Y así toca en la familia también. Ustedes que han ayudado a salvar muchas vidas, ustedes saben que a veces en una familia sólo hay una persona para defender a un bebé que no puede hablar; una sola persona.

Y toda la familia, a veces es el papá de la implicada, y la mamá de la implicada, y los hermanos, y el novio, o el que sea, todo el mundo en contra; sólo hay una persona, y esa persona tiene que ser como Elías.

Pero Elías nos muestra algo: uno no se puede sostener sin un amor muy grande; uno no se puede sostener. La fuerza que tiene el corazón humano es la fuerza del amor; el único motor que mueve al ser humano es el amor, y el que está mal de amor, está mal de motor.

Se necesita un amor muy grande para ir en contravía, no es simplemente un asunto de ser tercos, es un asunto de ser amorosos; es el amor; es un amor ardiente a la gloria de Dios; es un amor ardiente al Dios de la vida; es un amor fervoroso, y ardiente a aquellos que todavía no pueden hablar; eso es lo que puede sostenernos para ir en contravía.

Sigamos leyendo a ver qué más nos enseña la Palabra hoy. Dice aquí “Qué terrible eres Elías” Eclesiástico 48,4, porque Elías se puso en contravía, pero él no estaba solo. Aunque nadie le ayudaba en esta tierra, Dios estuvo con él, y Dios le dio poder a su palabra. La palabra del que se pone de parte de Dios, tiene la fuerza de Dios. Tercera enseñanza.

Muchas veces nos vamos a quedar solos, pero no estamos solos. El que se pone de parte de Dios, pone a Dios de su parte; ¿y por qué dice La Biblia: “Qué terrible eres Elías”? Eclesiástico 48,4. Porque Elías con su sola palabra castigó, como con un látigo, a todo ese pueblo de Israel.

Resulta que el rey que existía en esa época, el rey Ajab, un cobarde, un tonto manejado por la esposa que era una arpía, llamada Jezábel. Ese rey manejado por su perversa esposa, creía que era dueño de la vida, y que podía hacer lo que quisiera, y que no había quién detuviera sus pretensiones, ni quién frenara sus caprichos.

Entonces dijo Elías: “Pues, vive Dios, que mientras yo no lo ordene, no vuelve a llover en esta tierra” 1 Reyes 17,1, y les cortó la lluvia con la palabra, con una palabra, con una sola profecía cortó la lluvia tres años, y seis meses duró sin llover; desde luego, eso derriba cualquier pretensión humana, porque el hambre y la debilidad entraron de lleno en ese pueblo.

El mensaje de Elías, ¿cuál era? “Con que tú crees que tú eres dueño de la vida, ¿no? Pues, entonces, yo voy hablar con el Dueño de la vida a ver qué piensa Él”; “¿con que tu crees que puedes hacer lo que tú quieras? Entonces, déjame yo habló con el que es Señor y Rey Majestuoso, a ver Él qué piensa”

Lo que hizo Elías fue recordarle a ese rey tonto, gobernado por una esposa perversa, “tú puedes tener el poder, pero tú no eres el más poderoso”. Y estos son los profetas que necesitamos hoy.

Porque en las cámaras legislativas, especialmente en las cámaras legislativas, movidos como títeres por un poderoso movimiento, por una poderosa corriente en contra de la vida; en todas las cámaras legislativas de América Latina y de otros países, movidos por unos hilos criminales que tienen sus intereses políticos y económicos en todas partes, quieren disponer de la vida, como si fuera una moneda más.

En todas partes la estrategia es la misma: equiparar los derechos de las parejas homosexuales a las parejas heterosexuales; despenalizar el aborto; los intentos son los mismos en todos los países, ¿es una coincidencia? ¡Claro que no!

Detrás de ese movimiento que tiene que ver con todas esas cámaras legislativas en Colombia, en México, en Argentina y en todas partes, detrás de eso están las fuerzas oscuras de la muerte que ven cuánto dinero se puede sacar de ahí.

Y esos legisladores se consideran, como Ajab o como Jezabel, los dueños de la vida; y por eso, necesitamos gente como Elías, gente que esté cerca de Dios, gente que escuche la voz de Dios, y gente que pueda y sepa proclamar la gloria de Dios.

Necesitamos gente como Elías que esté cerca de Dios, cerca de la boca de Dios, y que sepa leer este momento terrible, y que sepa mostrarle a esos legisladores que no son dueños de la vida.

Porque eso fue lo que mostró Elías, eso fue lo que Elías le mostró a Ajab y a Jezabel: “¿Con que tú lo manejas todo?” Vamos a ver qué haces tú si Dios te quita el agua; ¿con qué tú lo manejas todo? Vamos a ver cómo vas a manejar eso".

¡Qué triste que el ser humano sea tan terco, qué triste que el ser humano sea tan obstinado, y que a veces sólo aprenda a golpes! Pero no nos quejemos mucho, porque les apuesto a que todos nosotros, muchas veces, hemos aprendido lecciones importantes a golpes.

Y parece que así es el ser humano; y por eso, necesitamos gente como este Elías que recuerde quién es el Dueño, que recuerde quién es el Señor. Llevamos, entonces, tres enseñanzas. Primera, la fidelidad. El cristiano tiene que acostumbrarse a ir en contravía, y no debe extrañarse de ir en contravía.

Segundo, para ir en contravía necesita muchísimo amor; porque eso no basta que yo tengo convicciones, yo tengo principios, no; se necesita amor, y un amor que venga de lo alto. Si no está robustecido por el amor de Dios, no se meta a estos cuentos, porque lo vuelven trizas.

Y en tercer lugar, necesitamos gente que tenga el oído pegado a la boca de Dios, que esté unido al Corazón de Dios para que pueda obrar como Elías, y pueda recordarle a los poderes de esta tierra que no son dueños absolutos de la vida humana, porque quieren coger la familia y hacer lo que quieran con la familia.

Quieren tomar a los bebés y hacer lo que quieran con los bebés; que si es un embrión, entonces, lo podemos matar, volverlo cremita para sanarle la enfermedad de no se qué, a no sé quién; hacemos crema de bebé para sanarle la enfermedad a no sé quién.

¿Los que proponen esas leyes se dejarían volver crema para solucionarle la enfermedad a otra persona? ¡Qué degeneración de la raza humana! Llevamos tres enseñanzas.

Vamos con la cuarta. Dice el libro Eclesiástico “Un torbellino te arrebató a la altura, tropeles de fuego hacia el cielo” Eclesiástico 48,9. El final de la vida de Elías fue un poco misteriosa; fue un final misterioso, realmente; no sabemos bien qué sucedió ahí.

De acuerdo con los libros de los Reyes, que son los que cuentan esta historia, un carro de fuego se lo llevó; incluso hay gente que dice: “¡Claro, los ovnis!” “¡Los extraterrestres!” Yo no creo que haya necesidad de afirmar eso; yo no creo que la Biblia dé para afirmar eso, pero el hecho es que el final de la vida de Elías es un poco misterioso; se lo llevó un carro de fuego.

Lo que a nosotros nos interesa, no es hacer una película de ciencia ficción sobre el carro de fuego, sino esto otro: “Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a los padres con los hijos y para restablecer a las tribus de Israel” Eclesiástico 48,10.

Esa frase atrae poderosamente mi atención, porque antes nos dijeron que Elías era un profeta terrible; y ahora, nos dicen que este profeta terrible tiene que estar reservado, o está reservado para antes de que estalle la ira, y para reconciliar a los padres con los hijos. ¡Una cosa misteriosa!

¿Por qué este profeta terrible, este profeta que pudo cerrar el cielo tres años y seis meses? ¿Por qué él es el que va a impedir que la ira estalle? ¿Por qué? ¿Y por qué él es el que va a reconciliar a los padres con los hijos? Si nosotros miramos qué fue lo que hizo Elías, podemos entender por qué nos dice la Palabra de Dios eso.

Resulta que hay otra cualidad que tuvo Elías, y que también es muy necesaria hoy; estos tiempos son como para Elías.

Elías, alguna vez reunió al pueblo, esa anécdota es muy famosa, junto al monte Carmelo; y entonces, les dijo: “¿Hasta cuándo van a seguir cojeando de los dos pies? Si Yahvé es Dios, sigan a Yahvé; y si Baal es dios, sigan a Baal” 1 Reyes 18,21.

Es decir que Elías no solamente es el profeta de la fidelidad, y no solamente es el profeta del amor encendido a Dios, y no solamente es el profeta cercano a los designios de Dios, y por eso tiene poder.

Elías es el profeta de la confrontación, es el profeta de la verdad, es el profeta que lleva a la gente a ser verdadera; lleva a la gente a la verdad, porque el mundo está plagado de mentiras; Elías es el profeta que lleva a la verdad.

Porque nos dicen muchas mentiras, muchas, y por eso necesitamos de la verdad. Cuando aparece la verdad y cuando se disuelve la mentira, el pecado retrocede; cuando aparece la verdad y retrocede la mentira, la reconciliación se hace posible.

La reconciliación de los padres con los hijos y de los hijos con los padres, es la reconciliación en una misma, en una sola y misma alianza, la alianza con Dios. No es posible tener familias unidas, si no se unen en Dios; sólo en Dios la familia alcanza unidad; sólo en Él.

La reconciliación de los padres con los hijos no es una simple terapia de familia, no es simplemente, "tratemos de entendernos"; lo que la familia necesita hoy no es solamente, "hablemos, dialoguemos"; la familia necesita hablar y dialogar, desde luego, pero necesita hablar y dialogar en Dios y con Dios.

Sólo en la verdad de Dios, padres e hijos pueden llegar a abrazarse, a reconciliarse, y a reconocerse, porque nos dice la carta de Santiago, y ese texto no muere: “De Dios viene toda paternidad en el cielo y en la tierra” Santiago 1,17.

El hecho de que haya papás y haya hijos, no es un invento del estado colombiano, ni del senado, ni de la cámara, ni de la adjudicatura; si hay papás y si hay hijos es por Dios; es Dios el que ha inventado el misterio de la paternidad, y Él es el Papá y de Él procede toda paternidad.

No es posible descubrir el misterio de la fecundidad, el misterio de dar vida; y no es posible volverse hacia el papá, hacia la mamá, y descubrir ahí la huella de Dios que me dio la vida; eso no es posible sin Dios.

La familia no puede reconciliarse, la familia no puede abrazarse, la familia no puede reconstruirse sin Dios. Y por eso, Elías es el profeta que lleva al hombre, a la mujer, al niño, a la niña, al adulto, al anciano, lo lleva a su verdad, y le ayuda a reconocer a Dios. Cuando reconocemos a Dios, entonces, podemos abrazarnos. La familia tiene su unidad en Dios.

Hermanos, dice aquí: “Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle” Eclesiástico 48,10.

Y dice uno: “Bueno, pero si este profeta era un profeta que hacía esas cosas como cerrar el cielo, si era un profeta tan vigoroso, si era un profeta tan fuerte, ¿cómo así que para aplacar la ira?” ¡Pues, claro! Está muy bien dicho, desde luego que está perfectamente dicho.

Lo que sucede es que a nadie le gusta que lo confronten, que le desarmen sus mentiras; pero, es preferible que a uno le desarmen las mentiras, a tener que vivir las consecuencias de los actos perversos o malvados.

Yo voy a decir algo que es muy doloroso. Cuando se va a cometer un crimen, por ejemplo, un aborto, siempre hay muchos argumentos; siempre se dan muchas razones: "-No,… no estoy maduro". -¿No estás maduro para dar vida, pero ya estás maduro para matar? "-Soy muy pobre, y no hay una ayuda posible". "-¿Para…? ".

Hay una cantidad de argumentos que se dan; pero son argumentos que cuando pasan los años, y la persona los repasa, ¿qué hace? Llora. Era mentira. Y usted le puede preguntar, y yo sé que esto es muy doloroso decirlo aquí, pero tengo que decirlo, porque me toca ser en parte un Elías chiquito; hay que decirlo.

Después de veinte años, de quince años, de doce años del aborto, -hágame el favor de escribirme en este papel, lo que usted decía, y dígame, ¿de esos veinticinco, treinta, u ochenta argumentos que usted decía en esa época, dígame, cuál vale la pena hoy? Y la persona dice: -“Ninguno de esos; yo hoy le daría una patada a todas esas mentiras, y preferiría tener a mi niño". Entonces, era mentira.

Y una persona que se dice esas mentiras y que se las cree, si uno la confronta, seguramente, se siente incómoda, pero aquí es donde está el misterio grande de la lectura de hoy: es preferible, un Elías que te confronte y desnude tus mentiras, a cometer el pecado. Preferible.

Y esa es la labor profética que tiene que hacer una obra como esta fundación, eso es lo difícil. Bueno, entre tantas cosas, lo difícil del apostolado que se realiza aquí, necesita una gran ternura, pero también un gran vigor, porque nos estamos enfrentando con las fuerzas de la muerte y el poder de la mentira.

Y por eso necesitamos desnudar mentiras; aquí se necesita mucho cariño, se necesita mucha ternura para recibir a la persona que viene confundida, destrozada, deprimida, asustada; pero también se necesita mucho vigor, porque esa persona viene aquí, pero viene cargada de mentiras: mentira, su fantasía; mentiras que el demonio, o mentira que la familia, o lo amigos, o las amigas, le han dicho.

Yo siempre repito: no llame a esos, amigos; no diga que son amigos, ni diga que son amigas. Diga: “Un enemigo me dijo esto, una enemiga me dijo esto”. Porque la persona que quiere arruinarle la vida a usted, no es su amigo, no es su amiga. Diga más bien: “Una enemiga me aconsejó esto”. No la llame amiga, porque es una enemiga, la que quiere destruir tu vida.

Entonces, mira el misterio de la lectura de hoy: Elías era terrible, pero mejor recibir el látigo de Elías que el desastre, la tragedia del pecado cometido; preferible el látigo de Elías, preferible el dolor de Elías, preferible sentir uno que le desnudan las mentiras, y sentir que es un payaso, y sentir que es un incoherente, preferible sentir eso, y no tener que decir después: “Me engañaron, ¿y ahora qué hago?"

O sea que nos salieron otras dos enseñanzas: la familia sólo se reúne y sólo se reconstruye en Dios. Yo estoy muy de acuerdo con todas la terapias de pareja, con todas las terapias de familia, con toda la ayuda psicológica, ¡bendito sea Dios que esas ayudas existen! Pero, por favor, no nos engañemos; eso no es suficiente para reconstruir a la familia en Dios.

Sin Dios no es posible. Porque toda paternidad viene de Dios, y porque sólo Dios puede mostrarme hasta el fondo el misterio de dar vida. Y la otra enseñanza que sale de esto último: es preferible que me regañen, preferible que me corrijan, preferible que me den látigo como Elías; preferible eso, antes que caer en el desastre, ¡botarme al abismo!

¡Y eso es tan cierto! Y si uno habla con la persona que ha caído en un problema muy grave de adicción, o de aborto, de lo que sea, y le dice: “Oiga, ¿usted qué piensa en este momento de lo sucedido? La persona dice: “Que si alguien me hubiera abierto los ojos, si alguien me hubiera abierto los ojos…”

Por eso necesitamos a Elías para que nos abra los ojos, así nos duelan, así nos ardan, así nos fastidien; necesitamos a Elías que nos confronte, que es preferible que a uno le abran los ojos así sea para llorar de rabia, a que lo dejen con los ojos cerrados para después llorar de pena.

Necesitamos a Elías. “Dichoso quien te vea antes de morir, y más dichoso tu que vives” Eclesiástico 48,11, termina diciendo el libro Eclesiástico. Necesitamos a Elías, necesitamos aprender de esa fidelidad, aprender de ese amor, necesitamos aprender de esa capacidad de llevarnos a la verdad.

Si Elías estuviera hoy aquí, nos diría: “¡No te digas mentiras!” La gran frase de Elías podría ser: “¡No te engañes más y no engañes más!”. Lo que yo quiero pedirles a ustedes es que clamemos, pidamos el Espíritu Santo, ¿para qué? Para que nos hable, porque a todos los que estamos aquí, nos engañaron y vivimos engañados.

Engañados de una cantidad de mentiras y falsedades del mundo, por ejemplo, uno entre tantos engaños es que si una persona comete una falta como esta del aborto, ¡ah, es problema de ella! No, señor, todos somos culpables y todos somos responsables.

El mundo anónimo, individualista, egoísta, consumista, adorador del dinero y del placer, ese mundo que todos hemos ayudado a construir, es el mundo que se vuelve en contra de los más chiquiticos, y esa es una mentira. Y hay mucha gente que cree que es inocente, porque como no ha ahorcado con sus manos a un bebé, sienten que son inocentes. No, señores. Cómplices somos todos.

Y por eso todos tenemos que comprometernos con el vigor y con el espíritu de Elías; y esta es la segunda parte hasta ahora; la primera es: “Dejémonos sanar por Dios” Pero la segunda es: “Tenemos que comprometernos”

Por favor, ni una mentira más a nuestro hogar, no te dejes engañar, no engañes, y no te dejes engañar; vamos a salir de aquí robustecidos con el espíritu de Elías, el que fue prometido como aurora de los tiempos nuevos; y eso fue lo que hizo Juan Bautista, y por eso el evangelio de hoy.

Vamos a salir de aquí sanados, ungidos, poseídos por el Espíritu que llenó a Elías, porque yo les voy a decir una cosa: “Esta Eucaristía, que tiene una especial intención de sanación, no es una lacrimoterapia”; esto no es únicamente, "reunámonos, lloremos todos, porque somos unos desgraciados; abracémonos y salgamos de aquí". No, esto no es la terapia por la vía de la lástima. ¡No!

Aquí vamos a llorar, seguramente; pero, créeme que en esas lágrimas tiene que haber, ya tiene que haber en este momento un compromiso vigoroso: "Ni una mentira más en mi casa, ni una mentira más en mi vida; ni un ídolo más en mi casa, ni un engaño más en mi vida". De aquí salimos robustecidos, de aquí salimos fortalecidos, mis hermanos, de aquí salimos ungidos por Dios.

Termino con una historia cortica de los cristianos no católicos. En un parqueadero de unos almacenes por los Estados Unidos,-allá son muy amigos de las calcomanias que les ponen en los guardabarros, en los parachoques a los carros-, y ahí había un carro que tenía un aviso grande, casi llenaba medio parachoques, defensa del carro; decía: “Forgiven”, “Perdonado”. ¡Qué lindo, me gustó. “Perdonado”

Este señor, el dueño de ese carro, así le hacía propaganda a Jesucristo; no está mala la idea; está bonita; "perdonado", "forgiven". Una persona que seguramente cometió muchos errores, como todos los hemos cometido, pero él, ¿cómo sale a la calle? Sale con un letrero que dice: “Perdonado”. "Caí, sí, y me levantó"; "yo caí, Él me levantó. ¡Qué lindo!

Y así es como vamos a salir de aquí. El que quiera, que mande hacer unas calcomanías de esas, o que ponga un letrero de estos, o en todo caso, que lo lleves en tu frente, en tu corazón, en tu sonrisa. Acuérdate, acuérdate: '"Yo caí, Él me perdonó; yo caí, Él me levantó, y me levantó".

¿Para qué me levantó? Como soldado en pie de batalla para defender su causa, para resguardar su gloria, para no dejarme engañar, para no dejarme caer, y para no dejar que otros caigan.

Yo caí, Él me levantó. ¡Él me levantó!

A Él el honor, a Él la gloria por los siglos.

Amén.