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Fecha: 19951216
Título: Dos grandes profetas: Elias y Juan el Bautista
Original en audio: 17 min. 40 seg.
Este breve evangelio relaciona en las palabras de Jesús la promesa del retorno de Elías con la presencia de Juan Bautista. ¿Qué tienen en común este Elías y este Juan? ¿Qué autoriza a Nuestro Señor para afirmar: "Elías ya ha venido"? Mateo 17,12.
Sobre aquello de que no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo, pues se sigue de lo anterior; si admitimos que este Juan Bautista es Elías, el final de la vida de Juan, pues es lo que dice Jesús: "No lo reconocieron, y lo trataron a su antojo" San Mateo 17,12.
Pero el punto es ¿qué tienen ellos en común? Y luego, ¿por qué se esperaba primero a Elías? Y luego, ¿por qué Jesús dice que el final de su propia vida será como el final de esta vida de Juan?
Son esos como los puntos de meditación a los que nos remite el evangelio de hoy. ¿Qué característica principal tiene Elías? Pues es un profeta grande en prodigios, como lo ha expresado la lectura del libro Eclesiástico, pero no es ese tamaño de los prodigios lo que lo hace semejante a Juan.
El Eclesiástico nos ha dicho: “Hizo bajar tres veces fuego del cielo, cortó el sustento de pan, los diezmó” Eclesiástico 48,9-11, cosas semejantes no hemos oído de Juan Bautista.
Elías dijo y mandó en profecías que los cielos se cerrasen, y de acuerdo con lo que nos dice el Antiguo Testamento, así sucedió: tres años y seis meses estuvieron cerrados los cielos.
Juan Bautista no hizo algo semejante, ni tampoco lo del fuego del cielo; Elías fue arrebatado en un carro de fuego, mientras que Juan murió mártir ante la gente, fue decapitado y su cuerpo lo recogieron los discípulos y lo enterraron.
Esto significa que el vínculo entre Elías y Juan es más profundo, no se trata de la repetición de los mismos hechos, sino se trata fundamentalmente de la manera de creer y de la manera de amar.
Elías fue profeta en el reino del norte, perseguido fundamentalmente por Jezabel, esposa del rey, pero quien realmente tenía el poder y el mando en ese reino del norte en Israel. Ya hacía tiempo se había consumado la división entre el reino del norte, Israel, y el reino del sur, Judá; Israel con su capital, Samaría; Judá, con su capital, Jerusalén.
Pues bien, empezando por Samaría y luego por casi casi todos los pueblos y aldeas, a instigación de Jezabel, que era una mujer pagana y además de pagana intrigante, cruel y caprichosa, a instigación de Jezabel, su esposo el rey, ha permitido que se repartan y que se multipliquen los santuarios paganos por todo lo largo y ancho del territorio.
No contenta con esto, esta mujer perversa siente que es un estorbo para sus propósitos todo aquello que recuerde la antigua fe en Yahvé, y se dedica a perseguir a los sacerdotes de Yahvé y a todos aquellos que tengan fe en ese Dios.
De manera que Elías va a ser perseguido precisamente por su fe, y en un momento dado Elías va a ser el último baluarte, algo así como el último creyente en el Dios que lo sacó de Egipto. Elías se convierte en la memoria viva de la fe del pueblo; Elías se convierte en ese momento en el último y más radical testigo de la fe, hasta el punto de desfallecer por la persecución de que es objeto, hasta el punto de tener que huir.
Por esta razón Elías va a ser un hombre de soledad, porque de hecho está solo en su fe; Elías es un hombre de soledad, un hombre de desierto, un hombre con el corazón quemado y traspasado, y sin embargo, un hombre que no sabe dar de ese corazón y de su boca sino la Palabra de Dios, suceda lo que suceda.
Estos rasgos profundos son precisamente los que se repiten en el caso de Juan. Juan también tendrá una impresionante soledad; su vivir en el desierto no se equipara sin más con el desierto que buscaron, por ejemplo, los primeros monjes; su vivir en el desierto no es en sí mismo una búsqueda contemplativa, una especie de: "No me estorben para mirar a mi Dios".
La vida en el desierto de Juan el Bautista es una doble profecía, indica, por una parte, la soledad en la que están los verdaderos creyentes, y por otra parte, indica el camino que de nuevo tiene que recorrer Israel. Ya había dicho el profeta Oseas, hablando figuradamente del pueblo de Dios, como de una dama, como de una mujer: “Yo la llevaré el desierto” Oseas 2,14-16.
Dios tiene que conducir de nuevo a su pueblo al desierto, así como al salir de Egipto el pueblo encontró desierto, pero en esa tierra desierta aprendió a confiar sólo en Dios, así nos dice también con su vida y con su actuar Juan el Bautista.
Su partida hacia el desierto y su soledad a las orillas del Jordán, no es solamente esta vez un indicativo de la soledad del creyente, sino también una guía del itinerario que tendrá que emprender el pueblo.
Y en ese conducir al pueblo de Dios hacia la verdadera fe en estrecha relación con la alianza, precisamente en eso, se parecen Elías y Juan Bautista.
No se equivocaban los escribas al decir que Elías tendría que volver, porque en su estudio de las Escrituras y las tradiciones, esos hombres no podían negar que el pueblo estaba mal preparado, y su falta de preparación la podemos leer en clave de lo que la Iglesia ha llamado después "las virtudes teologales".
Mal preparado en su fe, lleno de confusión y lleno de divisiones, oscurecido por la ignorancia, vapuleado por los insultos y por la altanería del Imperio Romano, mal preparado estaba este pueblo porque estaba hundido en la desesperanza, deprimido, incapaz de poner toda su confianza en Dios, en cierto modo, frustrado de ser lo que era. Pero sobre todo mal preparado en su amor.
Este es un pueblo que no cumple el primero de los mandamientos, y lo primero que le ha pedido Dios se ha quedado sin cumplir: “Amarás a Dios sobre todas las cosas” San Mateo 22,37, es una manera de leer la impreparación que tenía este pueblo.
Pues bien, los escribas en sus análisis y en sus conversaciones y en sus discursos, no podían negar que un pueblo así de impreparado era incapaz de recibir salvación, y por eso se necesitaba de nuevo un torbellino de fuego, un alguien que levantara esa esperanza, que iluminara e hiciera arder esa fe, que infundiera de nuevo amor a Dios en los corazones, y por eso y por tradiciones extra bíblicas, estos escribas decían: "Se necesita Elías".
Nosotros seríamos más precisos, porque no se trata evidentemente de una reencarnación. Si hoy fuéramos a decir una profecía semejante, diríamos: "Hombre, aquí se necesita un Elías que ponga a arder esta gente, que levante su corazón, que los ponga a creer en Dios y que los obligue a decidirse", que es la otra y última característica que quiero destacar como común entre Juan y Elías.
Elías allá en el Monte Carmelo puso al pueblo a decidirse entre los dioses falsos y el Dios verdadero; así también los escribas se dan cuenta de que se necesita un Elías que ponga la gente a arder por Dios, a amar a Dios y que los obligue a decidirse, a que el corazón no esté dividido, a que los padres y los hijos puedan tener un solo corazón hacia Dios.
Jesús, sin embargo, se da cuenta de las condiciones, de las consecuencias que esta radicalidad ha traído para el nuevo Elías, para Juan, esta radicalidad que empezó causando un moviendo popular ciertamente notable, termina en la soledad de una mazmorra y en una absurda ejecución cuya historia bien conocemos: el banquete de Herodes, la danza, la petición torpe de esta niña y el nuevo Elías decapitado.
Pues bien, si aquél que anunciaba la llegada del amor, si aquel que anunciaba la visita de Dios ha ido tratado así, ¿cómo será tratado el visitante? Entenderemos mejor, me parece, estas palabras últimas de Jesús si las relacionamos con la parábola aquella de los viñadores homicidas, al final el dueño de la viña dice: “A mi hijo lo respetarán” San Mateo 21,37.
Pero Jesús que es el Hijo y el que está diciendo la parábola, dice: “Mas a éste lo mataron diciendo: Quedémonos con la herencia” San Mateo 21,38.
Jesús, pues, tiene conciencia de que el pueblo efectivamente ha sido preparado; Elías, es decir, Juan, ha cumplido su misión, ha invitado al pueblo a levantar su fe, esperanza y amor; ha querido que ellos se decidan por Dios.
Efectivamente, pero esto no ha ocasionado ni va a ocasionar automáticamente una conversión de todos, porque esa conversión tendrá que pasar por el Corazón roto de Cristo, y por eso lo que Cristo no logra en su vida, sólo lo logra cuando es levantado en la Cruz, sólo entonces puede decir: “ ahora sí atraigo a todos hacia mí” San Juan 12,32.
Juan el Bautista ha querido preparar el camino del Salvador. Que su fervor mueva nuestras vidas, que también nosotros nos resolvamos por Dios, que también nosotros nos decidamos por Él. En este caso debo hablar del amor como de una opción profunda, madura porque lo que no se puede ser es mal cristiano; el buen cristiano está bajo el poder de la bendición de Dios, el buen creyente está bajo el poder de su Providencia y ése pasará por pruebas y pasará por la cruz, pero resucitará.
Pero aquél que tiene su corazón dividido, aquél que cojea de ambos pies, como solía decir Elías, no sabe en qué momento se queda sin lo uno y sin lo otro, y esto es especialmente dramático para nosotros los religiosos.
Porque fácilmente podemos quedarnos sin las alegrías que nos hubiera podido dar honestamente el mundo, que sé yo, un hogar, un cierto patrimonio, una autonomía en nuestros proyectos, en nuestras empresas; fácilmente podemos quedarnos sin esas alegrías honestas y sin las sublimes alegrías que Dios ha prometido para quienes lo dejamos todo.
De acuerdo con aquello que le dijo a Pedro: "Cien veces más en esta vida y la vida eterna" San Mateo 19,29. De manera que todos han de resolverse por Cristo, recibir al Niño del Pesebre, cuya memoria recordaremos con la Iglesia en unos pocos días; recibir al Niño es para dejarlo crecer en nosotros.
Dejar que Cristo nazca es para que reine en nosotros, porque si a veces nos duele que a este Niño se le haya cerrado la entrada en algunoss hogares, más duele que después de haberlo dejado entrar y con sólo unos días de crecido: "Bueno, ahora tú vete y muérete en la calle". Eso, desde luego, tiene una crueldad si se quiere peor.
De manera que resolvámonos por el Amor, tomemos en nuestro corazón la decisión de Dios, pero es todo Dios, porque el que tiene a Dios a medias, normalmente se queda sólo con las exigencias, esa es la tristeza, y sólo se queda con los derechos que Dios le niega, y entonces empieza a formarse en el corazón una especia de amargura contra el Altísimo. Todo Dios y sólo Dios.
Que Juan el Bautista, que este nuevo Elías, lo repita en nosotros.
Amén.