V025003a
Fecha: 19991210
Título: Si hubieras atendido a mis mandatos.
Original en audio: 8 min.47 seg.
Una de las características del Evangelio desde el punto de vista de la liturgia, y concretamente de la Santa Misa, es que el Evangelio, en la mayor parte de las lecturas de los días, es una respuesta, como un cumplimiento de los que aparece en el texto de la primera lectura, que en casi todos los casos es de Isaías, sobre todo en estas dos primeras semanas de Adviento.
Es decir, que en Adviento la lectura que lleva la voz cantante es la primera. La primera es la que va contando las esperanzas del pueblo y las promesas de Dios, y el evangelio no va cantando, sino que va contando cómo se han cumplido esas promesas en Nuestro Señor Jesucristo. Los ejemplos son muchos. Casi cada día que hemos tenido de Adviento es un ejemplo.
En la primera semana, por dar algunos casos, por ejemplo el miércoles de la semana pasada, decía Isaías: "Preparará el Señor de los ejércitos un festín de manjares suculentos" Isaías 25,6, y el evangelio era la multiplicación de los panes.
O el jueves de aquella semana, decía Isaías: "Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la roca perpetua" Isaías 26,4, y luego en el evangelio decía Jesús: "El que escucha estas palabras y las pone en práctica se parece al que edificó sobre roca" San Mateo 7,24.
De manera que Jesús va apareciendo como el cumplimiento de las esperanzas del pueblo y de las promesas de Dios.
Creo que ese principio se cumple también en esta semana. Dice aquí, en el lunes de esta semana, Isaías: "Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, se despegarán los ojos del ciego, saltará como un ciervo el cojo" Isaías 35,3-6, y el evangelio lo que nos cuenta es la curación de aquel paralítico.
Es decir, que en Adviento la Iglesia evidentemente lo que quiere es que nosotros veamos cómo en Jesús se cumple todo lo que estaba anunciado, esperado, profetizado.
La lectura de hoy, viernes de la segunda semana, en realidad sigue el mismo esquema, sólo que esta vez no se trata de un anuncio gozoso, sino más bien de una lamentación. Lo que ha dicho Isaías es una especie de queja por la rebeldía del pueblo: "Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río" Isaías 48,18, es un caso hipotético.
"Si me hubieras hecho caso", o como dice aquel otro salmo: "Ojalá me escuchase mi pueblo, y siguiese Israel por mi camino" Salmo 81,14, y por eso el Salmo 95: "Ojalá escuchéis hoy esa voz, no endurezcáis el corazón" Salmo 95,7-8. Es un tema, pues, más o menos frecuente en el Antiguo Testamento.
Y lo que tenemos aquí es que esas rebeldías que se producían contra Dios también tienen su crecimiento, es decir, así como en el Antiguo Testamento hubo bienes pequeños que sirvieron de anuncio para bienes mayores, así también hubo males que no fueron los peores, pero que estaban anunciando males peores.
La historia va creciendo en dos sentidos, y las dos cosas tendrán su cumplimiento en Jesucristo: el bien máximo que es la gracia, y el bien pésimo que es el desprecio y el odio a Dios.
Jesús en el cumplimiento del Antiguo Testamento entonces, no sólo en el sentido de que Él es el que sana, Él que multiplica los panes o Él es la plenitud de la Alianza; no sólo en ese sentido, sino también en el sentido de que Jesús, por decirlo de algún modo, despierta, suscita, desenmascara la rebeldía del mundo.
De modo que ante Jesús aparece completamente clara la desobediencia de los hombres. Esta es una de las dimensiones de la revelación que trae Nuestro Señor Jesucristo.
Jesucristo es el que revela plenamente a Dios, el que muestra plenamente a Dios, y por eso en Jesucristo se cumple toda promesa buena, pero ante Jesucristo se desenmascara toda la mentira, todo afecto desordenado, todo odio inicuo, toda traición y toda cobardía.
De modo que el Adviento nos está recordando que Jesús es el cumplimiento de todas nuestras esperanzas, pero también es el juicio y el juez de todos nuestros actos. En Jesús todos nuestros buenos deseos tienen una respuesta, pero en Jesús todos nuestros deseos buenos o malos tienen su juicio.
El que viene, Ése que estamos esperando y que le da el nombre al Adviento porque viene, no es una especie de Papá Noel que viene con sus dulces a repartir a todo el mundo; el que viene no trae solamente regalitos, abrazos, sonrisas, dulces; el que viene, viene a quebrantar el cetro del príncipe de esta mundo.
Viene a desenmascarar al que es mentiroso desde el principio; viene a mostrar con toda claridad las raíces de la desobediencia humana; viene como juez; viene Jesús a nuestra vida a cumplir la esperanza de los que esperan en Él, y a quebrantar la falsa esperanza de los que pusieron su ilusión, su vida en sus propias fuerzas, en sus propios pensamientos, en sus propios dioses.
Desde luego, este anuncio de rebeldía es también un anuncio del dolor del Hijo de Dios. Ese rechazo, aunque conocido con anterioridad, no por eso es menos doloroso, sino al contrario, es causa de mayor sufrimiento.
Jesús se duele ante Jerusalén y llora: "Jerusalén, que matas a tus profetas" San Mateo 23,37. "Si hubieras conocido el tiempo de mi visita, si hubieras atendido lo que estaba sucediendo".
Jesús rompe su corazón. Así como aquella mujer para ungir a Cristo tuvo que romper el frasco de perfume valioso, así también el Cuerpo de Jesucristo y el Corazón de Jesucristo, recipientes preciosos del perfume más valioso, esos recipientes tuvieron que ser rotos, y así quebrantados han derramado sobre el mundo su perfume, y por eso nosotros tenemos el olor maravilloso de la redención de Cristo.