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Fecha: 19971211
Título: Juan el Bautista es como la conciencia de la humanidad.
Original en audio: 15 min. 56 seg.
Ya sabemos que Juan Bautista es uno de los compañeros de camino en el Adviento, un hombre con la mirada puesta en el futuro y con solo una esperanza y una alegría en el corazón: Jesucristo. Esta es la única alegría de Juan.
Vamos a escuchar de nuevo esa palabra, ese elogio que hace Jesús del Bautista, "Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él" San Mateo 11,11.
¿Qué querrá decir eso? Hijo de hombre o nacido de mujer son expresiones semíticas para indicar lo que puede dar la naturaleza humana por sus propias fuerzas; "no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista" San Mateo 11,11, quiere decir entonces que lo más grande que se puede esperar de la carne, lo máximo que puede dar nuestra naturaleza se llama Juan el Bautista.
Lo más grande de nuestra naturaleza es como decir lo más alto de nosotros. Nos parecemos a un niño que estuviera mirando al papá y levanta las manos para que lo carguen, lo más alto del niño que estuviera mirando al papá y levanta las manos para que lo carguen, lo más alto del niño que son esas manos extendidas. Juan el Bautista es eso, es como la humanidad extendiendo sus manos hacia Dios.
Juan el Bautista es como una súplica de gracia; Juan el Bautista es una oración en piel de camello, es una oración, un rugido, un grito en medio del desierto; Juan el Bautista es la súplica medio iracunda, medio decepcionada, medio esperanzada, medio alegre de la humanidad, de nuestra humanidad, que sin Dios queda así, a medias.
En Juan Bautista todo quedó a medias, porque sólo podía completarse con Jesucristo; entonces es alegre, pero con una alegría a medias, y es bravo, pero con una ira a medias, y es Profeta y más que Profeta, dice Jesucristo.
Pero la profecía se queda a medias hasta que no llegue su cumplimiento. Juan el Bautista es lo más grande que puede dar la naturaleza humana, Juan el Bautista es el hijo más perfecto que puede salir de la raza humana, "pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él" San Mateo 11,11.
Entonces esto es importante porque, ¿qué le hacía falta a Juan para saber qué es el Reino de los Cielos? Es como decir que lo más alto de ese niño son sus manos, pero todavía esas manos se quedan cortas. ¿Qué le hacía falta a Juan? Porque mire, de Juan el Bautista no vimos que haya habido pecado alguno.
¿Qué le hacia falta a Juan? Era un hombre de oración, era un hombre que cumplía la voluntad de Dios, un hombre recto, honrado, orante, y sin embargo, "el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él" San Mateo 11,11.
Yo creo que Juan el Bautista aquí es como una especie de imagen, digamos; Juan el Bautista es como una imagen de nuestros esfuerzos por ser mejores; ese grito de justicia de Juan el Bautista es como la necesidad de que las cosas sean al derecho, son el deber ser que uno siente, que también dentro de uno como en ese desierto del Jordán, ruge. El deber ser, yo debería ser.
Entonces podemos hacer esta comparación: Juan el Bautista es a la humanidad como nuestra conciencia, nuestro deber ser, es a lo que nosotros somos, como quien dice, en un lenguaje más sencillo, cada uno de nosotros tiene un Juan el Bautista, cada uno tiene un "deber ser", tiene una conciencia que le dice: "Esta comunidad debería funcionar de otro modo", "yo como religioso tendría que vivir de otro modo", "yo como bautizado no estoy dando la talla, yo debería perdonar más, yo debería amar más", hasta allí llega el ser humano.
Juan el Bautista es "el deber ser", es un deber ser hecho persona, lo que debería ser, es como la conciencia de la humanidad entera; esa fue la labor noble y alta que le encomendó Dios a Juan el Bautista, que se convirtiera en la conciencia de Israel, en la conciencia de la humanidad entera.
Pero el salvador no es Juan el Bautista, ni la salvación nuestra está en nuestra conciencia, sin Juan el Bautista, el Precursor, no viene Cristo.
Pero el Salvador no es Juan, sino Cristo. Sin la conciencia uno no descubre a Dios, "pero Dios es mayor que nuestra conciencia" 1 Juan 3,20, dice la Carta de Juan.
Sin la Ley de Moisés no se prepara el camino, pero lo que nos salva no es esa Ley, sino la gracia que vendría por Cristo, y por eso: "El más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él" San Mateo 11,11.
¿Qué significará el más pequeño en el Reino de los Cielos? Pues debe querer decir, aquél en el que apenas ha empezado a reinar Dios, y Dios empieza a reinar cuando reina su gracia, cuando llega Él a reinar.
En la República de Colombia sucedió una cosa que a nosotros se nos olvida mucho. Cuando la revolución aquella del 20 de julio de 1810. Nosotros hoy celebramos el grito de independencia, ¡paja! ¡mentira!, ¿cuál grito? Pues gritos sí, ¿pero cuál independencia?
Y no se crea que voy hablar aquí que nosotros siempre hemos sido dependientes que de Gran Bretaña, que de Francia, que de Estados Unidos, no; lo que quiero decir es, que aquellos criollos no estaban pidiendo independencia, ¡mentira! ¡paja! Si vemos los libros de historia ya no dicen eso, los criollos no estaban pidiendo independencia, estaban pidiendo que el rey viniera a gobernar aquí a la Nueva Granada.
El 20 de julio de 1810 fue todo, menos un grito de independencia; al contrario, fue un grito de dependencia, fue un grito al reconocimiento a la majestad real, la majestad de España.
Luego, ya con la situación del pacificador Morillo, pues ya las cosas cambian, pero en principio no era un grito de independencia, sino una proclamación de que ese rey de España era el rey y que tenía que venirse para acá.
"No queremos que nos gobiernen virreyes, queremos que nos gobierne el rey, para que el rey le ponga el orden acá". Porque la gente tenía conciencia de que las leyes de Indias estaban muy bien hechas, pero no se cumplían, o como decía el refrán: "Se acataban, pero no se cumplían".
Entonces, ¿cuándo empieza a reinar, o qué querían esos criollos? Que reinara el rey de España, ¿y qué significaba que reinara? Que no estuviera lejos, que viniera a reinar aquí. Pues lo mismo pasa con Dios. Dios es el Rey, sí, ¿pero cuándo empieza Dios a reinar? Cuando Él mismo viene a reinar, y Él mismo viene cuando se da, cuando se comunica, y esto sólo sucede por la gracia y por el Espíritu Santo.
Que Dios empiece a reinar, que Dios comience a reinar, pero que ya sea Él. El que viene, vale más que toda la ley, todos los profetas, todas la penitencias, todas las denuncias todos los Juanes el Bautista, todos los propósitos, todos los "debería ser".
Mire, todo eso es el mismo lenguaje: lo que debería ser, los propósitos que uno se hace, la penitencia como arrepentimiento del mal realizado, la Ley de Moisés, la voz de la conciencia, los profetas, Juan el Bautista, todo eso padece violencia, todo eso es violento, porque la naturaleza humana sigue estando en contra vía, porque la naturaleza humana quiere volver al paraíso, y Dios quiere llevarlo a la Cruz y ahí hay contradicción, ahí hay violencia.
¿Cuándo se acaba esa violencia? Cuando es Dios el que viene, cuando es Dios mismo el que reina dentro de uno, en ese momento ya uno busca la cruz, así como se oye; es decir, se acaba la violencia.
Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan, hasta Juan está esa violencia, ¿qué es la violencia que uno siente dentro de uno? "La conciencia me dice una cosa, pero yo tampoco puedo ser bobo, ¿yo por qué me voy a dejar?" Y, "la razón me dice una cosa, "¿pero por qué?" Y así sucesivamente.
Esa es la violencia que padece el Reino, es un reinado a contrapelo, un reinado en contra vía. Cuando ya viene Dios a reinar, es decir, cuando ya Dios se vierte, cuando ya Dios se derrama en el corazón por la acción del Espíritu Santo, cuando ya por la gracia inhabita en el alma, ahí sí la situación es distinta, ahí sí Dios reina y así sea un poquito que suceda de eso, ese poquito, que es el más pequeño en el Reino de los Cielos, es más grande que todos los Juanes el Bautista.
Vale más un poquito de ese Espíritu Santo que llegue, de esa gracia que se vierta, vale más un poquito de eso, que todos los propósitos, que todas las penitencias, que todos los acuerdos humanos, que todos los Juanes el Bautista, que toda la Ley de Moisés.
Así que podemos decir que este evangelio, en parte, es un elogio a Juan, pero sobre todo es una alabanza a la gracia y al Espíritu Santo; es una alabanza al estilo de Dios, al modo de Dios reinar en los corazones.
Y como cada uno tiene dentro de sí un Juan el Bautista, como cada uno tiene dentro de sí una voz que protesta, que ruge, como en cada corazón hay un desierto y en ese desierto hay un Juan que está diciendo: "Mal ya está el hacha para cortar el árbol".
Como en cada corazón hay un Juan, a cada Juan hay que darle su Cristo, a cada Juan, a esa voz hay que darle una palabra; a ese profeta hay que darle la gracia, y a ese corazón hay que darle un Dios que venga a reinar ahí cerquita; que ya no reine desde lejos, que reine cerquita, que venga Él mismo a dar esa ley interior, esa ley nueva que es la ley del Espíritu Santo.
Yo creo que un poquito que uno descubra del Espíritu Santo vale más que toda la ley y los profetas; un poquito que uno sepa, pero sepa, del verbo saber, bueno, sabiduría viene de sabor.
Un poquito que uno sepa a Espíritu, un poquito que uno sepa del Espíritu, un poquito que uno saboree del Espíritu Santo, yo me atrevo a decir, que vale más a todo esfuerzo, a todo propósito, si esa gracia llega a nosotros.
Cómo nos viene de bien esta lectura para anhelar a Jesús, para implorar de Jesús, para rogarle a Jesús que venga, que se nos cansan las manos levantadas, que Juan el Bautista ya está afónico; que a Juan lo pueden encarcelar, en cambio el Espíritu no tiene barreras, no tienen cárceles.
En el Nuevo Testamento son famosos dos encarcelados, Juan el Bautista y Pablo, el Apóstol. Cuando encarcelaron a Juan se acabó la predicación de Juan, cuando encarcelaron a Pablo no se acabó la predicación de Pablo; ahí hay una imagen.
Juan el Bautista, aunque sea lo más grande que da la naturaleza humana, puede ser encarcelado, puede ser silenciado. El poder del Espíritu, el poder de la Palabra, dice San Pablo, no tiene cadenas.
Que Dios nos dé un poco de esa Palabra, una gota de ese Espíritu, así seamos los mas pequeños en el Reino de los Cielos, seremos más que todo lo que hemos hecho antes, que todos los propósitos, que todas las conciencias, incluso que el mismo Juan Bautista.