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Fecha: 19971210

Título: Alabar a Dios en los momentos dificiles

Original en audio: 25 min. 34 seg.


Hermanos:

Pienso que todos conocemos aquella frase inmortal de San Agustín "Nos hiciste Señor para ti; nuestro corazón esta inquieto hasta que descanse en ti".

El ser humano lleva dentro de sí un infinito, y ese infinito que viene como marca de fábrica, que viene como sello de fuego en su vida, fue puesto por Dios como una señal, como un cordelito para irlo trayendo. El que siga las leyes de ese infinito se encuentra con Dios.

Y este infinito está puesto tan en el centro del corazón, que no hay actividad humana, no hay sentimiento humano, no hay pensamiento humano que de alguna forma no tenga que ver con Él.

¿Qué filósofo hay que pueda asegurar: "Ahora comprendo las causas últimas de todo"? ¿Qué artista, verdadero artista, hay que diga: "Ahora he logrado una obra perfecta y jamás se hará nada mejor que lo mío"?

Lo mismo podríamos preguntarles a los literatos, a los ingenieros, a los compositores, a los escultores, a cualquier actividad humana le podríamos repetir esta misma pregunta: "¿Has alcanzado el infinito? Y tendría necesariamente que decir que no, incluso en lo más externo, como es la actividad física.

Y no sabemos todavía cual es la máxima velocidad que puede alcanzar el ser humano. Porque esas marcas mundiales continuamente se están mejorando, en velocidad, en resistencia, en altura, etcétera.

Bueno, este es el primer pensamiento, llevamos el infinito dentro. Y ese infinito no lo vamos a sacar por nada. Como está puesto ahí por el Creador, como esta inscrito en nosotros mismos, ese no se va salir de ahí. Podemos embotar nuestro entendimiento, podemos distraernos, por lo menos por largo tiempo podremos distraernos.

Uno puede distraerse, endulzándose en sus estudios, o en los placeres, o conociendo y conociendo cosas.

Una amiga enfermera, trabaja de una manera desesperada, trabaja como si fuera viciosa del trabajo, ¿con qué fin? Ahorrar dinero, ¿para qué? Para que cuando lleguen las vacaciones viajar, conocer, recorrer, ver, traer muchas fotos, mucho cansancio.

Y una buena dormida, y a trabajar otra vez como una desesperada; esa es la vida de ella, trabajar para poder descansar y luego descansar para poder trabajar; ella, pues, ocupa su tiempo en eso.

Otros se dedican a sus estudios, o a su arte, o a su buena vida, o en el peor de los casos a la televisión. Uno puede distraerse, uno puede distraer el hambre, uno sí puede distraer el hambre con las criaturas, pero esa hambre de infinito no se sacia sino es con el Creador; con las solas criaturas se distrae el hambre.

Ahí pasa como cuando la persona supremamente pobre no tiene qué comer, casi no tiene qué comer, entonces un poco de agua o de agua-sal para engañar el estómago. Hay muchas personas que yo creo que llevan mucho tiempo engañando su hambre de Dios.

Y por eso, es tarea del predicador decir a la persona: “Ya no engañes mas el estómago, ya no te digas más mentiras; mira que has estado distrayendo tu hambre, pero no la has saciado”.

Entonces la persona empieza a caer en la cuenta y descubre que efectivamente no puede decir más mentiras, y aquí viene otro problema: ¿cómo saciar ese infinito? Sobre todo, porque con cualquiera de nuestras facultades o esfuerzos nos quedamos cortos, no se puede competir con un gigante, ¿cómo unirme a Dios, si lo que Él sabe es infinitamente mayor? ¿Si lo que Él puede, lo que Él es, es infinitamente mayor?

Ahí quedaríamos como en las mismas, pero aquí es donde nos ayuda la Sagrada Escritura: nos enseña un camino, como un decreto para unirse con Dios, ¿qué tal eso? Es de máxima importancia entonces esta predicación.

Por su contenido se nos va a contar cómo unirse con Dios, cómo unirse con Él, porque si uno dijera: "Voy a ser tan bueno como Él", eso no se puede; "voy a aprender desde mañana, voy a estudiar tempranito hasta que sepa, y un día voy a saber lo que sabe Dios", eso tampoco sirve.

¿Cómo podemos nosotros unirnos a Dios? Hay más de un camino, aquí vamos a comentar uno que tiene que ver con la lectura de Isaías, una palara tan sencilla que uno dice: “¿Cómo es que no se me había ocurrido la palabra "admiración?"”

La admiración, admirar a Dios, nos une a Él, algo tan sencillo. Cuando uno se pone a correr para alcanzarlo, cuanto más corre, más, más lejos lo ve; pero cuando uno admira la carrera de Él, entonces uno va con Él.

Admirar a ese gigante, admirar a ese vencedor, admirar a ese artista. Hay una comparación que puede servir. Resulta que le preguntaban a la esposa de un gran científico, este era realmente un genio, un hombre de una profundidad, de unas teorías, de unos estudios, de una sabiduría en su campo, maravillosa.

Y le preguntaban a la esposa de ese científico: "¿Usted sí entiende todas esas teorías de su esposo?" -¿Teorías de mecánica cuántica y no se cuántas cosas-, "¿usted sí entiende eso?" Y ella dijo: “Yo de esas teorías no entiendo, pero yo sì entiendo al que las entiende”; algo parecido hay que hacer con Dios.

Nosotros tenemos que hacer el papel de la esposa, de la esposa de Dios que sabe admirar sus obras, que sabe alabarlas. Decía un pensador: "La admiración no necesita preguntar, con admirar comprende".

"¿A quién podréis compararme que me asemeje?" Isaías 40,25. Si uno se pone a comparar lo que uno sabe con lo que sabe Dios, lo siente lejos; pero si uno se pone a admirar todo lo que Dios sabe, lo siente cerca. ¿Sí me explico por dónde va la cosa?

Si uno se pone a comparar lo que Dios puede y lo que yo puedo, lo siento lejos; pero si uno se pone a admirar todo lo que Dios puede, lo siente muy cerca; si uno se pone a pensar todo lo que Dios perdona y lo poquito que uno puede perdonar, lo siente muy lejos; pero si uno se pone a admirar que cosa tan bella es el perdón de Dios, lo siente muy cerca.

Comparar es una escalera, admirar es un ascensor; hay que saber admirar las obras de Dios.

Es como un ascensor, admirar las obras de la naturaleza, las obras de gracia, admirar su presencia en nuestros corazones, admirar es un verbo que nos pone del mismo lado de Dios, es como un salto infinito.

Admirar, alabar, y todo lo que nazca de ahí esa es la clave, admirar las obras de Dios.

Entre los Ángeles, hubo unos que se quisieron comparar y sacaron una conclusión, que había que rebelarse contra Dios y no servirlo, estos son los Ángeles caídos; y hubo otros que dijeron “no, nosotros vamos a admirar las obras de Dios", y estos son los Ángeles santos.

O sea que la admiración nos pone del equipo de los buenos, nos pone del equipo de los Ángeles, nos pone del lado de los santos.

“Alzad los ojos a lo alto y mirad ¿Quién creó aquello?” Isaías 40,26. ¿Ustedes se imaginan que alguna vez se logrará producir en un laboratorio una estrella? Yo creo que tal vez no.

Hoy saben los científicos que el proceso nuclear que provoca la fusión nuclear, ¿se ha logrado producir en esta tierra? Sí, por unas centésimas de segundo es posible que logremos, es posible que la ciencia logre de aquí a unas décadas, tener en la tierra el mismo motor que aquí, en las estrellas.

Tener fusión nuclear es un motor sumamente limpio, al contrario de la fisión nuclear, es decir, la degradación de elementos radiactivos. La fusión nuclear es la de los reactores nucleares y la de las bombas nucleares, y eso produce una cantidad de residuos tóxicos que son un problema para los países que tienen esos reactores de fusión nuclear.

Entonces, la fusión nuclear es un procedimiento limpio que funciona, no con elementos pesados como los elementos radiactivos, sino con elementos medianos como Hidrógeno, Helio.

Fusión nuclear, tal vez algún día logremos tener fusión nuclear en algún laboratorio, pero los procesos que se dan en los miles de millones de explosiones y de reacciones de una estrella, ¿se lograrán? ¿Podemos construir nosotros una galaxia? Creo que hay que renunciar a esa posibilidad, no podemos construirla, pero sí podemos admirarla.

Entonces, si vamos a comparar nuestras manos de constructores con las manos de Dios, eso nos queda muy lejos, pero admirar es como subirse a los brazos del constructor y desde ahí mirar lo que está haciendo.

Admirar es como subirse a los hombros, es como el niño que visita las obras del papá, el camino de la admiración es un camino de sencillez y de santidad, es el camino, entre otras cosas, es el camino de Santa Teresa del Niño Jesús, y por ese descubrimiento se nos fue en ascensor, mientras que muchos de nosotros estamos pagando peajes y escaleras.

Santa Teresita se nos fue en ascensor, porque se subió al bus de la admiración y el que entra en la “admiración” tiene que hacer un mínimo de esfuerzo, es que hasta por comodidad uno debía de entrar en el bus de la admiración.

La admiración tiene un poder tan grande, que yo no me explico por qué no se predica más de la admiración. Se predica tanto de la necesidad de adquirir las virtudes, que poco a poco las personas van sintiendo: "¡Uuf!, todo lo que me va a tocar hacer, todo lo que tendré que corregir, todo lo que tendré que esforzarme", pero bueno, a ver, empezaremos a ver otra escalera.

El bus de la “admiración” es mucho más sencillo, porque el grave problema de la escalera es que en la escalera yo puedo dudar más fácilmente.

En esa metodología de la escalera hay momentos en que yo puedo sentir: "¿Será que esto sí tendrá sentido? ¿O será que estoy aquí solo? ¿Se verá así que seré como el payaso del absurdo aquí esforzándome?"

"¿En qué? ¿y esto para quién? ¿Para servirle a qué? Uno se siente solo; en cambio, por el bus, por el ascensor de la admiración es imposible sentirse solo, porque uno está continuamente como mirando, como continuamente vacío de a quién, a quién ama.

Fíjate que en la escalera Dios que es perfecto y suma perfección, está allá, al final, ¿y quién le ayuda en todo el camino? Está allá, al final está Dios, "¡ah! bueno está allá, muy bien, pero mientras tanto, a mí me toca hacer todo el esfuerzo"; en cambio, en el bus de la admiración, las cosas son sencillas.

Este descubrimiento lo han hecho, como tantos otros, lo han hecho primero los protestantes que nosotros los católicos, por eso ellos le hacen tanta propaganda a la alabanza, la alabanza, el poder de la alabanza.

Una vez, fui a visitar a un enfermo, veinte años o cosa parecida llevaba enfermo, pero lo grave no es que estuviera enfermo, hoy de una cosa y mañana de otra, ¡qué caso tan triste ese! Este hombre estaba condenado a no tener buena salud, se le dañaba; una cosa medio se le arreglaba y a la otra lo operaban; le daban un remedio, efecto secundario....

Pero lo más grave no era eso, lo más grave era que a medida que pasaba el tiempo, el hombre se sentía cada vez más amargado, más deprimido.

Yo creo este testimonio más hermoso que les puedo compartir de esto de la admiración. Y me presentan a mí a este caballero, y voy, pues, a la casa de él y precisamente estaba recuperándose de otra operación.

Y cansado de todas las cosas: cansado de la vida, cansado de estar enfermo, y desde luego, el que está cansado cansa, cansando a las otras personas, insoportable para esa familia, de manera que el enfermo de todo el cuerpo, y la familia enferma del alma, de toda la amargura; ese señor sudaba amargura.

Me presento yo, que gracias a Dios estoy en buena salud, y empieza este señor a contarme todas las tristezas de su enfermedad, y yo dentro de mí pensaba: "¿Qué le puedo decir a un enfermo?

Yo, ¿saben qué pensaba? Cualquier cosa que le diga a este enfermo, él me va a decir: “Ah, qué rico para usted que está sano; pero yo que estoy enfermo, porque me duele aquí, me han operado no se dónde, me han hecho, me han desecho, me han contrahecho”.

Y yo estaba como un poquito tímido, y yo no sabía qué decirle, porque se le veía tanto sufrimiento en este hombre.

Entonces, mientras él hablaba yo me puse a orar en mi corazón y a decirle al Señor que me mostrara qué se le podría decir a un hombre tan enfermo, es que yo creo que ya no le entraba otra enfermedad porque tenía que salirse alguna, ¡qué caso tan serio, oiga! "¿Qué le puedo decir ya a este hombre?"

Y este hombre, que era lo más grave, oraba, no estábamos hablando de un ateo, era un hombre de oración, ¿Y sabe qué sentía el en el fondo del corazón y no se atrevía a expresarlo? "Dios me está torturando, Dios es malo conmigo, porque Él me podría curar y no me cura".

Él en el fondo estaba sintiendo eso, como muchas personas sienten: "Si yo estoy triste y rezo y no se me quita la tristeza, Dios es malo", claro, esa es una blasfemia y eso es lo que sienten muchos corazones.

Entonces le digo a este hombre, ese no es mérito mío, eso es bondad de Dios y eso es Isaías, cuando usted no tenga nada que hacer lea Isaías, si está ocupado, vuelva a leer Isaías.

Resulta que le digo a este señor: "¿Usted ha hecho el experimento de alabar, de bendecir a Dios?" Mire, eso parece que sí no se lo habían dicho, ¿por qué? Porque todos los que iban a verlo, incluyendo religiosas, sacerdotes, todo el mundo iba a verlo un poquito, se quedaban como aplastados frente al alud de males de este señor.

La gente se quedaba como aplastados: "¿Y yo qué le digo a este hombre?" Así como yo me he estado sintiendo: "¿Qué le digo a este hombre?" Entonces todos estábamos tomando una actitud de... ¿ven? Pues ahí un poco de resignación, "y permiso, permiso, y chao", porque eso es más rebeldía.

Pero yo no sé, yo me acordé de esto de los protestantes, me acordé de Isaías, me acordé de otras experiencias de alabanza y le dije, me armé de valor y le dije: "¿Usted ha bendecido a Dios? ¿Usted se ha dedicado a bendecir a Dios? Eso calma mucho, eso sosiega mucho, eso le hace mucho bien, eso es un buen negocio para usted".

Y yo, yendo de culebrero, proponiéndole el negocio de la alabanza: "¡Alabe a Dios! ¡Bendiga a Dios! Mire, usted no tiene nada que perder, dedíquese a decirle cosas hermosas a Dios, dígale cosas bellas a Dios que son verdad". Desde luego eso elimina el espíritu de blasfemia, que estaba a punto de apoderarse de ese pobre corazón.

Y este hombre, empieza a recuperar la paz, yo había ido a esa confesión, había ido acompañado de un amigo, cuando nos fuimos de esa casa me dice el amigo: “A ese señor le cambió la cara en un instante”, y efectivamente, tenía otra cara y volvió la paz, a ese hombre le volvió la paz como no se imagina, lo que es después de años y años ver a una persona en paz.

Días después, partía para la eternidad en santa paz, yo tengo la sensación, que Dios estaba esperando que este hombre mirara su dolor no como una maldición sino como una bendición, y en ese momento, ya reconciliado y en paz, se lo llevó para la casa, ahí sí se lo llevó para la casa.

Entonces fíjese, la alabanza y la admiración tienen un gran poder, a veces estamos tan encorvados mirando nuestro trabajo, que se nos olvida mirar a cielo por el que trabajamos, se nos olvida mirar al Señor, que con tanto amor, con tanta mansedumbre, con tanta misericordia nos aguarda, nos espera, nos acompaña.

Pienso que de los tiempos, tal vez el mejor empleado, es el tiempo en la alabanza, en darle gracias, en bendecirlo, pero no sólo darle gracias, darle gracias es mucho y es grande, es mucho más que eso, es decirle cosas lindas.

Yo le decía a este enfermo: "Póngase a decirle cosas lindas a Dios, cosas bellas a Dios, dígale cosas bellas, ¿o cuando va a esperar a decírselas?" Y le digo también estas palabras que ahora repito a ustedes: cuando uno va a viajar a un país uno se pone a aprender el idioma del país: "Voy para Italia, me toca aprender italiano; voy para Francia, tengo que aprender francés; voy para el cielo, tengo que aprender alabanza" ese es el idioma del cielo.

¿Y usted qué hace que todavía no aprende ese idioma? Se sabe muchos otros idiomas, se sabe el idioma de la organización, de la piramidación, usted sabe el idioma de la evaluación, sabe el idioma de las debilidades, las fortalezas, las amenazas, las oportunidades, usted sabe muchos idiomas, pero tiene que aprender el idioma de la alabanza, porque ese es el idioma del lugar donde usted va.

Y eso le sentó tan bien a este viejito, que nada más me miraba de arriba abajo; eso le sentó tan bien y le cayó tan bien eso: “Oiga, sí, yo voy a aprender el idioma, sí, yo voy para allá".

Y aprendió, Dios le ayudó, le dio un curso extra rápido y en el curso de unos poquitos días estaba experto en alabanza. Ya cuando Dios lo vio experto en alabanza, dijo: "Bueno, este es el momento; ahora sí, venga mi querido hermano".

La alabanza une rápidamente a Dios, la alabanza es un ascensor magnífico, la admiración hace que lo que uno creía imposible se realice.

La admiración hace que a uno no le destruyan la fe, porque tengo alabanza en mi corazón, no la destruye; en cambio, la escalera, si uno se queda sólo con la escalera, a veces puede flaquear la fe, como decía una religiosa de otra comunidad, claro que ya tenía unos cuantos años, decía: "Mire, Padrecito, usted hasta bien predica, porque yo ya no me cuezo en dos aguas".

La alabanza es una escuela maravillosa. Vamos, pues, a unirnos con los Ángeles y con los santos, como dicen los prefacios, a bendecir a Dios y entrar en esa actitud de admiración y de alabanza, para darle a Dios una primavera de santidad.