V016001a
Fecha: 19951209
Título: Hemos nacido del Corazon de Cristo
Original en audio: 12 min. 7 seg.
Este sencillo texto del Evangelio, tiene un movimiento vigoroso que va desde el corazón de Dios hasta las necesidades de la gente en su sencillez; este texto nos está mostrando la fuente de toda la obra evangelizadora de Cristo y la fuente de toda la obra de la Iglesia.
Nos encontramos con un Jesús en plena actividad: recorre ciudades y aldeas, sana toda clase de enfermedades y dolencias. Jesús como médico solícito ni siquiera espera a que los enfermos vayan adonde Él se encuentra, sino que sale a su encuentro con presteza, y no contento con atender a muchos y con sanar a muchísimos, todavía se preocupa por esos otros a los que no alcanza a llegar su cuidado, su diligencia, su compasión.
Y por eso expresa su profunda misericordia, que no es otra que la misericordia de Dios, y entonces prolonga sus manos para poder tocar a más enfermos, para poder hablar a más desconsolados, para poder limpiar a más leprosos.
Jesús prolonga sus manos en las manos de sus discípulos y a ellos los constituye con autoridad para que ellos sean como una prolongación de Él.
Estos discípulos van entonces como un eco del Verbo de Dios, como una prolongación de su amor van difundiendo el mismo mensaje y haciendo las mismas obras de Él y por eso les dice con algo que es al mismo tiempo una orden, un encargo y una súplica "que vayan, que curen a los enfermos, que resuciten a los muertos, que limpien a los leprosos" San Mateo 10,8. Varias enseñanzas podemos sacar de este Jesús y de su compasivo corazón.
En primer lugar precisamente esto: que toda la obra de Cristo está marcada por la misericordia, está signada por la compasión. Jesús todo lo que hace, todo su caminar y su hablar, todo su cansarse y finalmente su morir en la Cruz y su resucitar, todo absolutamente todo, es como nos lo dice el Credo de la Santa Iglesia: "Por nosotros y por nuestra salvación", y la fuente de esa actividad intensa, de esa misión diligente está en un corazón compasivo, en la misericordia de Dios.
Por lo pronto y por lo tanto, tengamos entonces claro que el que se acerca a Jesús no va a econtrar en Él otra cosa que compasión, misericordia.
Jesús es un Hombre que no tiene nada para reservarse, que nada reserva para sí, es un Hombre perdido para sí mismo, que no hace nada por sí mismo porque está demasiado ocupado haciendo por otros, dando vida a otros, los teólogos llaman a esa actitud profunda de Jesús la "proexistencia" de Jesús, es decir, el contínuo ser en favor de los otros.
Esto es muy consolador para nosotros, porque esto significa que Jesús no viene a establecer ningún negocio conmigo, Jesús viene fundamentalmente a dar, a otorgar, pero como nosotros vivimos en un mundo en el que todo tiene precio, pues uno se sorprende de encontrar a alguien que da, es que ni siquiera en las relaciones en las que se supone que hay mucho amor hay de esta misma generosidad.
En una pareja de novios, por ejemplo, pues se supone que hay muchísimo amor y vamos a suponer que es una pareja que vive su noviazgo con mucha ternura, pero también con mucha pureza y con mucho respeto, cualquiera diría que esa es la manifestación del amor y que ese es el amor eterno, pero ¿y qué pasaría si ella deja de contestarle las llamadas telefónicas? ¿Y qué pasa si él deja de darle detalles y palabras y regalos a ella? Pues pasa que al amor se enfría.
Incluso en esa relación tan hermosa, tan linda y tan querida por Dios como es la relación de noviazgo, incluso en ella hay una especie de pacto, incluso en el matrimonio hay una especie de pacto y se supone que yo doy, pero se supone que tú tendrás que dar también algo.
El amor de Cristo es una cosa enteramente distinta, es algo maravilloso, es el dar por tu bien, es dar para tí, por tí y ese amor precisamente, ese modo de amar es el que abre el corazón y es el que hace que uno pueda como recostarse en Cristo y sentir lo que decía Catalina de Siena: "Eres dulce y no hay mezcla de amargura en Tí".
Por otra parte, una segunda enseñanza es de tipo vocacional: ¿quiénes son estos discípulos? No son simples colaboradores, Jesús no está buscando gente para montar una microempresa ni tampoco una multinacional, no son socios de un negocio porque aquí no hay negocios precisamente.
Los Apóstoles de Cristo han nacido del Corazón de Cristo y cada una de las vocaciones de servicio en la Iglesia ha nacido así, por eso a cada una de estas vocaciones Cristo le recuerda en este día:"Mira que lo que has recibido, lo has recibido gratis" San Mateo 10,8, porque nada en ti podría merecer un llamamiento de este género y porque nada tuyo pueda pagar una llamada de esta clase.
De modo que nosotros, religiosos, sacerdotes, todos los que tenemos alguna vocación de servicio en la Iglesia, somos una prolongación, un eco de ese Corazón misericordioso de Cristo; somos la extensión de las manos de Jesús para tocar los enfermos; la extensión de la boca de Jesús para enseñar al ignorante; la extensión de la mirada de Jesús para animar, consolar, fortalecer.
El apóstol ha nacido de Cristo, es un invento del Corazón amadísimo de Cristo para poder hacerle el bien a muchas más personas.
Este evangelio viene a ser como la respuesta. El texto que escuchábamos del profeta Isaías, que es consciente del dolor y del azote que ha sufrido el pueblo, y por eso seguro de la fidelidad y de la compasión de Dios, promete un tiempo nuevo en el cual haya una voz que vaya diciendo el camino y en la cual Dios pueda por fin sanar las heridas, pueda curar tantos corazones que han sido maltratados por el pecado, la opresión o la injusticia.
Acerquémonos entonces a este Cristo para dos cosas: primera, para ser sanados cada uno de sus propias heridas; acerquémonos al altar de Jesús para recibir de Él lo que nadie más nos puede dar y lo que Él sabe dar gratis, es decir, esa intensa misericordia, única, que puede cambiar lo que nadie más puede cambiar en nosotros.
En segundo lugar, acerquémonos para que Él nos dé nuestro propio encargo, para que su voz nos indique que nos estamos desviando a la derecha o a la izquierda; acerquémonos para convertirnos en prolongaciones de su Corazón, para darle nuestras manos y hacer de ellas instrumentos de bendición entre las demás personas.
Estas no son sólo palabras bonitas, las manos que no le des a Cristo se quedarán podridas en la tumba, esas no resucitarán; los ojos que no le des a Cristo se quedarán podridos en la tumba, no resucitarán; el corazón que no le des a Cristo se quedará podrido en la tumba, y peor que la tumba, es lo que Jesús llama la "gehena, donde arde el fuego y hay crujir de dientes" San Mateo 5,22.
Todo aquello que no le demos a Cristo se pudrirá, todo lo que no le des a Jesús se va a perder y por eso Jesús quiere repartirse en todo nuestro cuerpo y quiere llenarlo. Ahora recuerdo este texto del capítulo 6 de San Juan donde Jesús dice: "El que no come mi Cuerpo y bebe mi Sangre, no tiene vida eterna" San Juan 6,53.
Las manos que no le diste a Jesús, ¿para qué sirvieron? Las palabras, la boca que no le diste a Jesús, ¿para qué sirvió? Para decir tonterías, en el mejor de los casos, tú, tus bobadas, tus mentiras, tus engaños van a morir contigo, esos no resucitarán.
Por eso es urgente que comamos en la Palabra de Dios, que comamos la Eucaristía, el Cuerpo de Cristo y que ese Cuerpo a la manera del alimento material, se riegue en todo nuestro cuerpo de manera que todo en nosotros pueda resucitar para gloria del Padre.
Aquello que no le demos a Dios, se pierde para siempre; aquel dinero que no esté consagrado a su servicio, aquel trabajo que no esté ofrecido a su mayor honra, aquellas palabras que no sirvan para edificar en favor de su Reino, eso se perderá para siempre.
Ese es el dolor que tiene Cristo: sentir que la obra preciosa del Padre Creador se pierde, se desperdicia y por eso su sanación, la que Él hace en los enfermos no es simplemente para que la gente tenga salud en esta tierra, es para que tengan vida abundante, tengan vida eterna.
Vamos a acercarnos a este Cristo para que así nos sane, vamos a comer de su Cuerpo y de su Sangre, vamos a dejar que su vida se riegue en todo nuestro cuerpo, y así transformados, Cristo-transformados, Cristificados, vamos a convertirnos en voz y palabra suya para muchas otras personas.
Así lo conceda Dios para su gloria.
Amén.