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Fecha: 20091204

Título: Siguiendo a Jesus dentro de la comunidad no se pierde la fe

Original en audio: 26 min. 41 seg.


Amados Hermanos:

Dos ciegos seguían a Jesús, ¿cómo podían seguirlo si no lo veían? Pues no lo veían, pero sí lo oían, esa es una parte de la respuesta; y la otra parte es: no veían a Jesús, pero estaban con los discípulos de Jesús; en medio de la muchedumbre, siguiendo a los que acompañan a Jesús, seguían a Jesús.

Así que ya tenemos dos enseñanzas en este evangelio: primera, seguir a Jesús, no es tanto ver sino oír, uno siempre quiere ver porque quiere estar seguro, el ver nos da una sensación de posesión; pero como estos ciegos, la mayor parte de la vida cristiana, digo, consiste en oír más que en ver.

Por ejemplo nuestro amigo Santo Tomás de Aquino decía que en este sacramento de la Eucaristía todos los sentidos engañan.

Estamos celebrando el sacramento de la Eucaristía, pero la vista no ve a Jesús, el olfato, el paladar no distinguen a Jesús, el tacto no encuentra a Jesús, y dice Santo Tomás: "Solo hay un sentido, de los cinco que tenemos los seres humanos según la clasificación clásica, la de Aristóteles, de los cinco sentidos que tenemos, cuatro se engañan".

El olfato, la vista, el paladar, el tacto, estos cuatro se engañan, sólo hay uno que no se engaña, ese sentido que nos permite discernir a Cristo, encontrar a Cristo y seguir a Cristo aunque no lo veamos, aunque no lo sintamos, aunque no lo gustemos, ese sentido que no se engaña es el oído. Estos ciegos, aunque no veían, sí oían, y por el oído pudieron seguir a Jesús.

Nosotros tampoco vemos a Jesús, pero sí podemos oírle. Cuando el Apóstol Tomás, -antes hablé de Santo Tomas de Aquino que fue un dominico sacerdote que vivió en el siglo XIII, pero ahora me voy a referir a otro Tomás, Tomás el apóstol del grupo de los doce-.

Cuando el Apóstol Tomás oyó que los otros once o los otros diez porque ya no estaba Judas, se habían encontrado con el Resucitado, él quiso ver: "Tengo que ver el agujero en las manos y tengo que meter mi mano en su costado" San Juan 20,25.

Ocho días después de la resurrección, Nuestro Señor Jesucristo vuelve a aparecerse al grupo de los Apóstoles reunidos, y esta vez estaba Tomás, y entonces le dice Jesús a Tomás lo que ustedes saben, le muestra las manos y le dice: "Aquí está el agujero de las manos, mete tus dedos; aquí está la herida del costado, mete tu mano" San Juan 20,27.

Y el Apóstol Tomás se postró ante Cristo y dijo: "Señor mío y Dios mío" San Juan 20,28, y Jesús añadió: "Porque me has visto, Tomás, has creído: dichosos los que sin ver creen" San Juan 20,29.

¿Y quiénes son esos que sin ver creemos? Somos nosotros, Jesús nos llama felices a nosotros. El Apóstol San Pedro también en su carta alude a lo mismo, se refiere a cómo nosotros amamos al que no vemos, creemos en Aquel a quien no hemos visto, y dice San Pedro: "Y así vuestra fe resulta más preciosa que el oro, el cual a pesar de ser purificado en el fuego, es perecedero" 1 Pedro 1,7.

Así que aquí hay toda una línea de enseñanza para nosotros. No debe resultarnos tan difícil identificarnos con estos hombres, que aunque eran ciegos seguían a Jesús, porque todos de alguna manera estamos en la misma condición, no podemos verle, pero Él nos llama felices, puesto que aun sin verle le oímos, y oyéndole le amamos, y amándole le seguimos.

Pero los ciegos seguían a Jesús no solamente por el oído; sin duda había una gran muchedumbre que estaba con Jesucristo, varias veces los Evangelios nos cuentan cómo Jesús atraía ingentes, multitudes, sobre todo personas necesitadas: hambrientos, cojos, sordos, leprosos.

La miseria humana siguiendo a la misericordia divina, ese es el evangelio. La gente seguía a Jesús porque necesitaba de Jesús, y como son tantos los necesitados, son muchos los seguidores.

En medio de esa multitud estos ciegos, apoyados, aconsejados, agarrados de la mano de otras personas, van siguiendo a Jesucristo, no logran verle pero sí están con los que le acompañan y eso basta.

Esto también vale para nosotros. ¿Cuál es la muchedumbre que está con Jesucristo? Tiene un nombre, se llama la Iglesia, y nosotros aunque a veces no vemos con claridad a Cristo, si permanecemos en la comunidad, si permanecemos con los hermanos, si permanecemos en la fe de la Iglesia, ahí estamos siguiendo a Jesús.

A veces, uno no logra verlo; a veces, las tentaciones nos nublan la vista; las crisis, las contradicciones, los problemas nos confunden, y en esos momentos no sabemos cómo actuar ni qué decir, no encontramos a Cristo.

Cuando nos llega una noticia terriblemente mala nos preguntamos: "¿Dónde está Dios?" Esa pregunta la hacemos porque no lo vemos, porque no lo encontramos.

El papá que sufre con el corazón en la mano viendo a su hijo enfermo, el hombre que se queda sin empleo y tiene una familia por alimentar, la mamá que queda descorazonada al descubrir que un hijo consume droga, el amigo que se sabe traicionado por otro amigo, los ejemplos son muchos, en todos estos casos fácilmente el corazón se nos va al piso, nos sentimos tristes y preguntamos: "¿Qué se hizo Dios? ¿Dónde está Dios? ¿Por qué me abandona?" ¡No lo vemos!

La tentación en esas circunstancias es apartarse de todo, darle la espalda al Evangelio, darle la espalda a Jesús, la tentación es aislarse. ¿Qué significa esa palabra “aislarse”? Significa volverse una isla, una isla solitaria que terminará muriendo en su desesperación y en su amargura.

Cuando tenemos dificultades, serias dificultades, y no vemos a Cristo, entonces la tentación es abandonarlo todo.

Pero hay una cosa que podemos aprender de estos ciegos, ellos no veían a Cristo, pero sí estaban con los demás creyentes, estaban con los hermanos, estaban con la comunidad, nosotros podemos decir estaban con la Iglesia. Y así, aunque ellos personalmente no veían, de alguna manera se apoyaban en los que tenían las cosas más claras, en los que sí podían ver.

Esa es también la vida cristiana, muchas veces uno no ve las cosas con claridad, pero en vez de caer en la tentación de aislarse, en vez de caer en la tentación de separarse del grupo y volverse una isla de amargura y desesperación como hacen algunos, la verdadera respuesta es: aunque tú no puedas ver, no te apartes de los que algo ven.

Yo estoy pensando, como una imagen que ilustra esta enseñanza, estoy pensando en las procesiones que hacemos aquí en Chiquinquirá.

Hace un par de meses tuvimos una hermosa procesión, el primer domingo de octubre, cuando celebrábamos a Nuestra Señora del Rosario.

Es una procesión que convoca a mucha gente, la fila es larga, a veces la imagen no se ve, ¿cuál es la manera de no perderse uno? Uno sigue con los demás y así no se pierde, porque uno no alcanza a ver todo, pero uno sigue con el grupo, uno sigue con el rebaño de Cristo, uno sigue con la porción de Cristo, con el pueblo de Cristo, con el Cuerpo de Cristo.

Y si uno sigue con el Cuerpo de Cristo, uno encuentra a Cristo que es la Cabeza. Ese día de la procesión dimos un recorrido por las calles de Chiquinquirá y llegamos después felizmente a esta casa de oración, a esta Basílica.

Que yo sepa nadie se perdió, ¿por qué nadie se perdió? Porque íbamos juntos, porque no nos apartamos del grupo, porque permanecemos en la comunidad, por eso dice la Carta a los Hebreos en el capitulo diez: “No abandonéis vuestras asambleas, como algunos tienen por costumbre” Carta a los Hebreos 10,25, "no abandonéis las asambleas” Carta a los Hebreos 10,25.

Aquellas personas que pasan por un momento malo y lo primero que desechan es la Misa, pasan por una dificultad y ya se separan de los demás creyentes, esas pobres gentes se están convirtiendo en islas, en islas de amargura, islas de desesperación.

Sigamos, propongo yo, sigamos en cambio el ejemplo de estos ciegos: aunque ellos no veían a Jesús, ellos estaban con los que sí veían a Jesús, con los que veían un poquito mejor, ¿y quiénes son los que ven un poquito mejor en el caso de la Iglesia? Pues recordemos lo que le dijo Dios al profeta Ezequiel: “Te he puesto como atalaya para la casa de Israel” Ezequiel 3,17.

y el papel del celador, el papel del que está como atalaya es mirar a lo lejos; los profetas, los apóstoles ven a lo lejos, ellos ven mejor que nosotros.

¿Y cuáles son esos profetas y apóstoles en nuestro tiempo? Pues yo pensaría que los verdaderos profetas son los santos, porque esos son, como lo dijo Santa Teresa de Jesús, "los amigos fuertes de Dios", los santos.

Los santos ven lo que nosotros no vemos; hay que estar cerquita de ellos, conocer sus vidas, volvernos amigos suyos, porque nosotros somos como ciegos, mientras que estos otros parece que ven un poquito más, ¿y cuáles son los sucesores de los Apóstoles? Son nuestros obispos y entre ellos sobre todo aquel que tiene en la Iglesia el mismo encargo que recibió San Pedro.

¿Qué le dijo Cristo a San Pedro?: “Yo he orado por ti para que tu fe no decaiga, y tú, cuando seas confirmado, confirma a tus hermanos” San Lucas 22,32.

De modo que en la Iglesia nosotros debemos mantenernos cerca de los que ven un poquito más y los que ven un poquito más son los santos y son los pastores, en especial nuestros obispos, y dentro del grupo santo de los obispos, especialmente el Obispo de Roma, el Santo Padre.

Nosotros no vemos muchas cosas que nuestros pastores sí ven, nosotros no encontramos muchas esperanzas y razones para esperar que nuestros santos sí encuentran; como los ciegos de este evangelio, nosotros no podemos ni debemos apartarnos de esta multitud donde hay otros que ven mejor, que si nos quedamos en el rebaño de Cristo, encontraremos al Pastor que es Jesucristo.

Los ciegos no podían ver a Jesucristo, les tocaba guiarse por el oído y les tocaba guiarse por la compañía de los demás discípulos; los ciegos no veían a Jesucristo, pero sí querían ser vistos por Jesucristo; ellos no podían ver a Cristo, pero sabían que Cristo sí podía verlos a ellos, y aunque ellos no pudiendo ver tenían que contentarse con escuchar, eso no les impedía querer ser vistos por Aquel a quien oían.

¿Y qué hacían para ser vistos y para ser oídos? Gritaban, clamaban, y esta es otra enseñanza para nosotros. En la Iglesia tenemos que oír la voz de nuestro Pastor que es Jesucristo y oírlo en la voz de sus pastores, particularmente los obispos y el Papa.

Pero tenemos que ser también vistos por Jesucristo, y ser visto por Cristo ¿qué es? Mostrarle nuestra necesidad, mostrarle nuestra indigencia, acudir a su poder, pedirle que nos sane, que nos limpie, que nos salve, eso es ser vistos por Cristo, no esconderle nuestras llagas a Cristo.

¿Cuáles son las llagas que tenemos? Pues hay llagas en el cuerpo y Cristo es poderoso para sanarlas, pero hay otras más serias, son las llagas en el alma: la incredulidad, la desesperanza, el desamor y toda la larga serie de pecados que vejan a nuestra raza.

Pues nosotros, siguiendo el ejemplo de estos hombres del evangelio, queremos ser vistos por Cristo, para que Él vea nuestras llagas, pero si queremos ser vistos quiere decir que no las vamos a esconder, no le vamos a esconder nuestras llagas a Jesucristo, no le vamos a ocultar lo que somos, no tiene sentido que ocultemos lo que somos.

Qué tontería tan grande seria una persona que fuera al médico y el médico le preguntara: "-¿Y usted qué necesita?" "-Yo, nada". "-¿Pero no tiene ningún dolor, ningún problema?" Y la persona, que está muy enferma, sin embargo dice: "-No, yo no tengo nada".

"-¿No le aqueja ninguna dolencia? ¿No hay algo que pueda hacer por usted?" "-No, no, yo estoy bien". ¿Qué pensamos de esa persona? Que es un tonto, está desaprovechando la oportunidad de ser sanado y salvado.

Pues eso es lo mismo que les pasa a muchos católicos, porque Cristo ha querido que haya una sala especial, un lugar especial donde nuestras llagas son tratadas, nuestras llagas espirituales, ese lugar especial lo nombró Jesucristo en el capítulo veinte del evangelio según San Juan, cuando dijo a sus Apóstoles: "A quienes les perdones los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" San Juan 20,23.

Cristo dio esa potestad medicinal a sus Apóstoles, pero seguramente Cristo no estaba pensando solamente en la gente del siglo primero, Cristo estaba pensando en los discípulos de todos los tiempos, y por eso los Apóstoles han transmitido ese mandato y esa potestad de Cristo a sus sucesores, que son ¿quiénes? Que son cabeza en nuestras iglesias, nuestros obispos.

A su vez los obispos buscan colaboradores en los sacerdotes, y por eso el sacerdote tiene potestad que proviene de Cristo para perdonar los pecados.

Los ciegos querían ser vistos por Cristo. Yo te invito hoy, hermano, a que tú te dejes ver de Cristo y dejarte ver de Cristo es mostrar tus llagas, mostrar tus pecados, mostrar tus heridas al que tiene el encargo de parte de Cristo para sanarte, aconsejarte, guiarte,

Aquí no se trata como algunos dicen de: "¡Por qué le voy a contar yo mis pecados a un hombre que es más pecador que yo?" Pues eso no me lo preguntes a mí, pregúntaselo a Jesucristo, ¿no ves que Cristo fue el que le dijo a los Apóstoles: “A los que perdonéis los pecados, les quedan perdonados”? San Juan 20,23.

Fue Cristo el que dijo eso a los Apóstoles, ese no es un invento del Papa, ese no es un invento de ningún obispo ni de ningún sacerdote, ese es un invento del Corazón compasivo de Jesús, que ha querido que haya remedio y medicina para todo el mundo, cuando se trata de las llagas del alma.

Los ciegos le decían a Jesús: “Ten compasión de nosotros” San Mateo 9, 27. Esa es la actitud con la que tenemos que llegar al sacramento de la Confesión, con la actitud humilde de aquel que se sabe herido por los golpes de la vida y los verdaderos golpes no son los que nos dan otras personas sino los golpes que nosotros le autorizamos al diablo que nos dé con nuestros pecados, esos son los golpes terribles, porque esos son los golpes que nos destruyen.

Decía Santa Catalina de Siena, dominica del siglo XIV: "Ni el demonio ni criatura alguna puede moverte a pecar si tú no quieres". De manera que los golpes graves no son los que nos han propinado otras personas con sus indiferencias, maltratos, palabras, insultos, los golpes graves son los que nos ocasionamos nosotros mismos cuando le autorizamos al poder de las tinieblas que nos hiera.

Esas son las llagas serias, y esas llagas serias hay que ponerlas ante el que es un verdadero y muy serio y santo Médico, Jesucristo. Eso es lo que hacemos, entre otras cosas, en el sacramento de la Confesión. Estos ciegos querían ser vistos por Cristo, ¡qué hermoso este sentimiento, no solamente querer ver a Cristo, sino que Cristo me vea!

Por eso dice uno de los salmos: “Examíname, Señor, y ponme a prueba, mira si se desvía mi camino, conóceme, Señor” Salmo 26,2, y el Señor responderá: “Te conozco cuando entras y cuando sales, cuando te sientas y cuando te levantas, en lo profundo escruto tus pensamientos” Salmo 139,2, como dice el salmo 139.

¡Cuantas enseñanzas podemos aprender de estos ciegos y de esta escena! Yo personalmente me identifico con ellos, pienso que hay demasiadas cosas en mi vida que requieren de la luz de Cristo, pienso que sólo Jesucristo puede iluminarme, pienso que sólo Jesús puede ser una verdadera luz en el camino de nuestras familias, en el camino de nuestra ciudad, en el camino de nuestro país.

Y por eso, mi consuelo es saber que tantos corazones creen en Jesús y como estos ciegos le dicen: "Ten compasión de mí", para después recibir, de las manos compasivas del Salvador los milagros, la sanación y el perdón que estaban esperando.

¡Qué hermoso es Nuestro Señor! ¡Qué santo, qué bello, qué manso, qué dulce, qué grande ser discípulos de tan gran Señor!

A Él la gloria por los siglos.

Amén.