V015007a
Fecha: 20091204
Título: "¡Cuanto me ha dado el Dios que me ha amado!"
Original en audio: 17 min. 49 seg.
Para los que creemos en Nuestro Señor Jesucristo, no es extraña la escena del Evangelio de hoy: ver a Jesús curando a los enfermos, a todos los aquejados por alguna dolencia. No es una escena extraña. Nos resulta familiar.
En cambio, ver que el Hijo de Dios derrama a manos llenas salud para los enfermos, pan para los hambrientos, perdón para los pecadores, luz para los ciegos, enseñanza para los extraviados, nueva vida para los que estaban en sombra de muerte.
Podemos decir que esa es la vida, ese es el trabajo, ese es el quehacer del Señor: sanar, llevar la luz, hacer renacer la esperanza, aliviar al que se siente tronchado, cansado, mal herido. Este es Nuestro Señor Jesucristo: una fuente inagotable de bondad y de verdad.
Este es Nuestro Señor Jesucristo, del cual escuchamos elogios tan hermosos en la Escritura, por ejemplo: “Éste es el que tenía que venir” San Juan 6,14. Y Él tenía que venir porque en Él, en su mirada, y en sus palabras, en sus obras y en sus oraciones, resplandece esa misericordia que tanta falta nos hacía.
Porque lo más admirable en toda esta obra de sanación que realiza Cristo, es que es un regalo. Cristo, con esa manera de amar, servir y ayudar nos permite palpar la bondad de Dios, descubrir que Dios es genuinamente bueno, increíblemente paciente, bondadoso hasta el extremo.
Obrando de esta manera Jesús nos ha revelado quién es Dios, cómo es bueno, piadoso y santo. Cristo nos ha revelado el verdadero rostro de Dios.
Y esto es muy importante, porque el pecado siempre tiene su suelo, su raíz en una mentira, y así fue desde el principio, según cuenta el Génesis. Hay una gran mentira, hay una terrible calumnia que está a la base de todos nuestros pecados, y esa gran mentira se resume en aquello que conversó la serpiente con Eva, según el hermoso relato del Génesis.
¿Qué es lo que le dice la serpiente a Eva? Le dice que Dios es un envidioso, le dice que Dios es mezquino. La serpiente lo primero que hace en el relato del Génesis es calumniar a Dios.
Lo primero que necesita la serpiente es que Eva no tenga una imagen buena de Dios, lo primero que necesita la serpiente es crear una distancia entre Dios y el hombre, y para crear esa distancia tiene que sembrar una mentira.
La mentira que siembra la serpiente es: “Dios es mezquino, Dios es envidioso, Dios lo que tiene es miedo de que ustedes sean como Él”. Con esa calumnia, ya se crea una distancia entre Dios y el hombre, y esa distancia es la que luego nos lleva al pecado.
¿Por qué? Porque esa distancia es la misma que luego encontramos entre aquello que yo debería hacer y aquello que yo quisiera hacer. Lo que debo y lo que quiero. Lo que me corresponde según el orden de la razón y según la voluntad del Señor, eso es una cosa, pero eso aparece en oposición a mi deseo, lo que yo quisiera.
De este drama nos habló muy bien el Apóstol San Pablo en el capítulo séptimo de la Carta a los Romanos: “Dejo de hacer el bien que quiero, y hago el mal que no quiero” Carta a los Romanos 7,19, dice San Pablo. Fíjate que ahí se da una separación entre lo que debo y lo que quiero; lo que tendría que hacer y lo que quiero hacer.
Si miramos con más cuidado esa separación, no es otra cosa sino la separación entre la voluntad de Dios y mi voluntad, y esa separación se produce porque en el fondo del corazón hay un temor, y ese temor es: "Si me pongo hacerle caso a Dios no voy a gozar la vida; si me pongo hacerle caso a Dios no voy a disfrutar lo que yo me merezco; si me pongo hacerle caso a Dios no podré ser plenamente yo mismo". Entonces Dios aparece como un enemigo.
Pero esa manera de pensar, que es como un susurro frío, tenebroso que se pasea por el corazón humano, ese es el silbido de la culebra repitiéndoos una y otra vez: “No le hagas caso a Dios, porque si le haces caso a Dios, no vas a ser feliz”; no le hagas caso a Dios, porque si le haces caso a Dios, no vas a lograr todo lo que tú quieras".
"Deshecha a Dios, déjalo de tu lado, quítalo de tu vista, no pienses en Él, olvídate de Él y dedícate a ser tú mismo. Construye tu propio imperio, disfruta de esta vida”. Ese es el silbido de la serpiente. Esa es la mentira fundamental, la primera y básica calumnia del demonio.
Y en esa calumnia adquiere poder la tentación, porque gracias a esa calumnia uno empieza a pensar: "Pues sí, yo debería hacer esto, pero es que me atrae tanto esto otro".
Efectivamente, mis hermanos, para seguir los mandamientos de Dios hay que tener una gran confianza en que lo que Él pide, sobre todo las renuncias que Él pide, tienen sentido. Le cuesta trabajo al corazón humano renunciar a lo inmediato, lo que produce ya una utilidad o un placer.
Renunciar a eso inmediato, para quedarse uno como colgando de un mandato de Dios, requiere que uno tenga una gran, grande confianza en Dios.
Y si uno no tiene una inmensa confianza en Dios, que Dios realmente quiere lo mejor para uno, entonces uno dice: “Pues si, que se quede Dios con sus mandatos, yo voy a gozar la vida, yo voy a gozar este tiempo que tengo, este día que tengo, esta vida efímera que tengo”.
También, San Pablo lo sintetizó maravillosamente: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos” 1 Corintios 15,32. Ese es el lema de aquellos que han escuchado el silbido de la culebra.
“Concentrémonos en los placeres de esta tierra, dejemos los mandamientos de Dios; allá Dios con sus mandamientos. Al fin y al cabo, no se sabe qué es lo que quiere Dios: si de veras nos quiere bien, si de veras nos quiere felices”. Esa es la calumnia de la serpiente.
Y cuando uno se deja llevar por ese miedo, ¿cuál miedo? El miedo que consiste en desconfiar de Dios, ¿y qué es desconfiar de Dios? Sentir: “Quién sabe, si me pongo a obedecerle a Dios, tal vez no voy a ser feliz, tal vez eso no va a ser lo mejor para mí”. Ahí está el silbido de la culebra.
Hermanos, este silbido que he dicho, esa tentación, esa calumnia de la culebra, tiene un gran poder en el corazón humano. Por esa calumnia fundamental, por esa calumnia primera, nosotros nos aferramos a los placeres inmediatos, al provecho inmediato, al aplauso que se puede ver, al respaldo que yo puedo ver.
Por eso, el corazón humano se vuelve indiferente ante la Palabra del Señor. Pero hay remedio, sí que hay remedio, y el remedio nos ha llegado en Aquel que se llama Jesús de Nazaret.
Ahora ya podemos volver al principio de esta reflexión: ¿qué es lo que nos muestran los milagros de Cristo? ¿Qué es lo que nos muestran los exorcismos de Cristo? ¿Qué es lo que nos muestran las oraciones de Cristo y sus palabras? Nos muestran el verdadero rostro de Dios.
Se levanta Jesucristo, y cae la calumnia; se levanta Jesucristo, y la mentira desaparece. Esa mentira, esa poderosa mentira, ese silbido de la culebra que nos decía: “No le hagas caso a Dios porque vivirás amargado; no le hagas caso a Dios porque Dios no quiere tu felicidad”, esa calumnia muere apenas aparece Jesús.
Porque en Jesús brilla la bondad misma de Dios, porque en Jesús aparece un Dios que ha entregado todo, Como nos dice el Apóstol San Pablo: “El que nos ha dado a su propio Hijo, ¿cómo no nos va a dar con Él todas las cosas?” Carta a los Romanos 8,32.
De modo que cuanto más contempla uno a Jesucristo, cuanto más escucha uno a Jesucristo, cuanto más recibe uno a Jesucristo, más se convence de la bondad de Dios.
Pero no una bondad como decir: “Dios es bueno y vive en el Polo Norte o en la otra galaxia”, sino: "Dios es lo bueno para mi, Dios es lo que a mí me conviene, Dios es lo que puede traerle la verdadera luz a mi vida, Dios es bueno para mí”.
Haz la prueba de decir esa palabra. Haz la prueba de decir, en este momento: “Dios es bueno para mí”. Dilo ahí en tu corazón: “Dios es bueno para mí”.
Cada vez que tú dices esa frase, cada vez que tú dices: “Dios es bueno para mí, porque así se ha mostrado en Jesucristo”, cada vez que tú dices esa proclamación de fe, el enemigo malo va en retirada, tiene que huir.
La calumnia se destruye, se agrieta ese engaño del enemigo y se derrumba, y lo que subsiste es: la bondad del que nos ha amado.
En resumen, en la vida humana hay una calumnia espantosa contra Dios, esa calumnia espantosa es: “Dios pide demasiado y da muy poquito”. Esa es la calumnia. Y esa calumnia queda destruida, queda desarmada en la presencia de Jesucristo.
Ante la mirada de Jesucristo, ante sus palabras, ante estos milagros hermosos de sus manos, esa calumnia queda destruida; y al contrario, la frase que nace del alma es: “¡Cuánto me ha dado el Dios que me ha amado! ¡Dios es bueno para mí!”
Hay que contarle esto al mundo. “¡Cuánto me ha dado el Dios que me ha amado! ¡Cuánto me ha dado el Dios que me ha amado! ¡Dios es bueno para mí! ¡Dios es lo que yo necesito! ¡Lo que mi vida necesita es Dios! ¡La pieza que faltaba en mi rompecabezas es Dios!"
¡Dios puesto en el centro, Dios reinando, Dios como fundamento y como cúpula y como corona de mi vida! ¡Dios! ¡Él es el que le hacía falta a mi vida! ¡Que venga Dios a mi vida, que venga Él, que santifique todo en mi vida: mi trabajo, mis amigos, mis distracciones, mi aprendizaje, mi estudio.''
¡Que venga Dios! ¡Dios es bueno para mí! ¡Cuánto me ha dado Aquel que me ha amado! ¡Qué bueno es Dios para mí!" "Qué bueno es Dios para el justo” Salmo 72,1, dice el salmo.
Yo te invito, querido hermano, querida hermana, yo te invito a que hoy tú digas estas frases: “¡Cuánto me ha dado Aquel que me ha amado!”
Vamos a decirla todos. Pongámonos de pie, por favor, y vamos a decir eso, porque esto no es simplemente una conferencia, no, esto, mis hermanos, es la Palabra viva de Dios, la Palabra que puede redimir tu existencia, la Palabra que puede iluminar tu corazón, la Palabra que te puede conceder aquella paz que nadie te la va a quitar.
Vamos a decir: “¡Cuánto me ha dado Aquel que me ha amado!” Pero vamos a decirlo con convicción. Acuérdate que no es sólo para decirlo aquí en la iglesia, es para que lo lleves impreso en tu corazón, y para que con ese amor y esa convicción tú evangelices a otros.
"¡Cuánto me ha dado Aquel que me ha amado! ¡Dios es bueno para mí! Dios es bueno para mí! ¡Dios es bueno para mí! ¡Dios es bueno para mí. Amén".
Ahora pueden sentarse. Vamos a preparar el pan y el vino, y cuando vayamos a comulgar sacramentalmente, si podemos hacerlo así, o por lo menos espiritualmente, uniéndonos al sacrificio de Cristo con fe, cuando vayamos a comulgar, al recibir a Jesús, le vamos a decir eso: “¡Cuánto me ha dado Aquel que me ha amado! ¡Tú, Jesús, tú, Dios bendito, eres bueno para mí!"
Amén.,