V015006a
Fecha: 20021206
Título: Aprendamos a orar en confianza y a obrar en obediencia
Original en audio: 19 min. 6 seg.
Vamos a mirar, hermanos, con la ayuda del Espíritu Santo, un poco más de cerca el texto del evangelio que acabamos de oír. Se trata de un milagro, de una sanación. Jesucristo vence la ceguera, devuelve la vista a estos dos hombres que le rogaban insistentemente.
Y empecemos por preguntarnos por qué ese ruego insistente, ¿es que Jesús no podía curarlos desde el primer momento, desde el primer pedido de auxilio? Desde luego que sí. Y por eso observemos, no dejemos pasar ese detalle: Jesús, que prolonga la petición, Jesús es compasivo, Jesús es misericordioso.
Y, sin embargo, parece que tardara en oír. Es muy difícil responder a esa pregunta, ¿por qué Jesús tarda, si hubiera podido darles la sanación desde el primer momento? Pero observemos lo que sigue: “Al llegar a la casa, se le acercaron, y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacerlo?"" San Mateo 9,28.
Ese tiempo en que ellos rogaban y no fueron escuchados, no fue un tiempo perdido, fue el tiempo en el que la fe se fortaleció.
Ellos llegaron donde Jesús, cuando ya lo alcanzaron en la casa, llegaron maduros en la fe. La tardanza, mis hermanos, la tardanza en la respuesta de Dios, a veces es un camino para madurar en la fe. Y esta es la primera enseñanza para el día de hoy.
"¿Por qué Dios no me responde?" El tiempo entre tu primera petición, y la respuesta que Dios te dé, no es un tiempo perdido; es un tiempo en el que la fe madura. La fe madura cuando es escuchada, la fe madura cuando le pedimos a Dios un milagro, y sucede; pero la fe también madura cuando tenemos que insistir en la oración.
El salmo 119 dice; “Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos” Salmo 119,70. El sufrimiento porque Dios no responde, no es un tiempo perdido; es el tiempo en el que el corazón madura; es el tiempo en el que nosotros purificamos nuestras intenciones; es el tiempo en el que nos desprendemos de muchos ídolos; es el tiempo en el que aprendemos a confiar en Él, y hacerle caso a Él.
Primera enseñanza de hoy: cuando Dios tarda en respondernos, esa tardanza es una magnífica oportunidad para madurar en la fe. Fíjate que un niño no soporta la tardanza; los niños se impacientan con la tardanza: “Quiero ese juguete, ¡ya, ya, mamá; dame ese juguete, ¡pero, ya!”. El niño es “¡ya!”. A través de la tardanza, el niño madura.
Nosotros somos niños ante Dios, y muchas veces necesitamos que Dios nos diga como dicen las mamás: “Un momento, después, mijito, después”. Si nosotros examinamos nuestra vida, son las tardanzas las que nos han hecho madurar.
Y eso es muy fácil de demostrar, porque cuando uno mira a una persona a la que le han dado todo, y le han dado todo cuando quiere, ¿cómo hace una persona así? Es un niñito o es una niñita mimada, es una persona inmadura, caprichosa, inconstante, egoísta; no se le ocurre compartir con nadie, no sabe el precio de las cosas, es un gran inmaduro.
A nosotros nos enseñaron a madurar a través de la tardanza; desde las cosas más simples de nuestro cuerpo, como aprender a usar el baño; hasta las cosas más grandes de la vida, como la persona con la que alguien se va a casar, o como la profesión que alguien va a tener.
¿Cuál es esa universidad donde llega la gente y dice: -“Oiga, yo quiero un título de esos que dicen “médico”? Me gusta, me gusta ese título; deme dos títulos de esos: uno de médico y otro de ingeniero”. –“Señor, usted tiene que hacer un proceso, tiene que estudiar unas materias, tiene que pagar un dinero, tiene que demostrar unos logros, después miraremos su título”.
¿Qué pasaría en el país, si todos los títulos los empezaran a dar así? Uno no volvería creer en los médicos, porque, "¡yo qué voy a saber si el médico que me atiende es uno que consiguió el título en una tarde! O si es un médico que realmente estudió. La tardanza nos hace crecer. Primera enseñanza de hoy.
¿Qué sigue? La súplica de ellos era: “Ten compasión de nosotros, hijo de David” San Mateo 9,27. Hoy, hermanos, no podemos dejar pasar esta oración, porque, así como es de pequeña, así es de eficaz.
Esta oración, en cierto modo, es como una escuela espiritual condensada en una sola frase. Y hay una obra muy conocida: “El Peregrino Ruso”, se llama, que es una obra para invitarnos a la oración, a la oración continua, y toda la espiritualidad de esa obra está basa en esta frase: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”.
La súplica insistente, la súplica continua, a las puertas de la misericordia de Cristo, es todo un ejercicio de oración. ¿Por qué será tan grande esa oración? Y esta es la segunda enseñanza, ¿Por qué es tan grande esa oración que dice: “Ten misericordia, Señor”?
Esa oración es tan grande, y es tan eficaz, porque esa oración me ayuda a mirar quién soy yo, y me ayuda a mirar quién es Dios; aunque es sólo una frasecita, me ayuda a mirar quién soy yo. Yo soy el necesitado. Y me ayuda a mirar quién es Dios, Dios es el compasivo, el generoso; Él es el rico, y yo soy el mendigo.
Con esa sola frase, con esa sola oración, yo puedo profundizar en la verdad más profunda de mi vida, en la verdad más honda de mi vida, y a la vez, puedo profundizar en la verdad más honda de Dios.
Porque, Dios en su entraña misma, Dios en su recinto más íntimo, es compasión, es amor, es misericordia. Con esa frase, yo entro en el corazón de Dios, y con esa misma frase, yo entro en mi propio corazón; con esa frase aprendo a reconocerme como una persona necesitada, y con esa frase aprendo a reconocer a Dios como un Padre amoroso, generoso, compasivo.
Por eso, no dejemos perder esa frase; “Jesús, ten compasión de mi”; “Jesús, ten misericordia de mí”. Una frase que es llave para dos puertas: llave para la puerta del corazón de Dios, y llave para la puerta de mi propio corazón. Segunda enseñanza de hoy.
Y vamos con la tercera enseñanza. ¿Qué tal la frase que Jesús dice a estos hombres? “-¿Creéis que puedo hacerlo? Responden: -“Sí, Señor” San Mateo 9,28. Y mira lo que dice Jesús: “Que te suceda de acuerdo con tu fe” San Mateo 9,29.
Que le suceda conforme a su fe; esa frase, por una parte, nos evalúa; y por otra parte, nos invita a crecer. ¿Será que obtenemos poco de Dios, porque pedimos con poca fe? Yo creo que esa conclusión se puede sacar de ese evangelio, porque Jesús dice: “Que te suceda de acuerdo con tu fe” San Mateo 9,29.
Una fe pequeña, produce pocas cosas; una fe grande, produce grandes cosas. Hay otra comparación que es bonita: en Colombia es famosa la expresión cuando hay una multitud, y uno no sabe por qué se están reuniendo; por ejemplo, en la calle, uno dice: “¿Será que están regalando leche?”
Pues vamos a suponer que de veras algún potentado, algún ricachón se dedica a regalar leche, leche de buena calidad, leche fría, deliciosa, de excelente calidad, y desde luego se forma una fila inmensa; eso se parece a lo que dice el profeta Isaías, y a lo que aparece en el libro de la Sabiduría, cuando Dios invita a un banquete.
Bueno, este hombre rico está regalando leche, ¿tú con qué vas a ese acontecimiento? Si vas con un vasito pequeñito, pues, sí, te salió gratis un vaso de leche; pero si tu ves que están regalando leche, y hay unos camiones inmensos con leche limpia, sana, fría, deliciosa, ¡ah! Pues, seguramente, tú buscas el recipiente más grande de la casa para llenarlo!
Así pasa con Jesús, y Jesús regala algo mejor que leche; Jesús regala todos sus bienes, todo su amor, su mismo Espíritu. ¿Con qué vasija vamos donde Jesús? ¿Con un vasito a pedirle algo pequeño?
Hay gente que va con un vasito a pedirle algo pequeño, pero de pronto hay otros que ,movidos por el testimonio de la Escritura, dicen: “Yo quiero llevar algo más grande", y entonces, le sacan mayor provecho al regalo.
El tamaño de tu fe, es el tamaño de tu vaso; si vas con un vaso pequeñito, tú dirás: “No fue gran regalo”; si tú vas con una cantina inmensa, si tú vas con un tanque grandísimo, tú dices: “¡Qué regalo tan grande!” En parte depende de ti, ¿qué vasija estás llevando donde Dios? Esa es la tercera enseñanza.
Y vamos con la última enseñanza de hoy. Jesús les dice a estos hombres ya curados: “Ten cuidado de que nadie lo sepa” San Mateo 9,30. Esa advertencia de Jesús, suena un poco rara, casi diríamos, absurda.
Si una persona es ciega, y empieza a ver, pues todo el mundo se va a dar cuenta; es un milagro tan evidente que todo el mundo se va a dar cuenta, ¿por qué dice Jesús: “Cuidado con que lo sepa alguien”? San Mateo 9,30. ¿Por qué habla así Jesús?
Pues Jesús lo dice, porque no se trata del milagro que necesariamente se va a ver; se trata de las palabras. Lo que sucede es esto: cuando Jesús a hecho un milagro en nuestra vida, cuando Jesús ha obrado en nuestra vida, lo primero no es empezar a hablar, sino empezar a vivir. Que sea nuestra vida, que sean nuestras obras las que hablen.
Cuando Jesús dijo: “Cuidado con que lo sepa alguien” San Mateo 9,30, evidentemente, se entiende: “¡Cuidado que lo sepa alguien por boca de ustedes!”.
Lo que les estaba diciendo Jesús no era: “Enciérrense para que nadie sepa que fueron curados”, sino que Jesús lo que les estaba diciendo era: “La gente no tiene que saber de este milagro por su boca; que los vean, que los vean, y que vean que ustedes están viendo; no son sus palabras, es la vida de ustedes lo primero que tiene que dar testimonio”.
Y yo creo que esa advertencia de Jesús es muy importante, porque yo conozco gente a la que Dios ha curado de cosas más graves que la ceguera del cuerpo; por ejemplo, cuando una persona ha salido de graves pecados, cuando una persona se ha convertido, lo primero que debe hacer, no es empezar a hablar.
Porque, yo he conocido esta historia: una persona que llevaba una vida de pecado, y se convierte, y empieza a hablar y hablar como una gallinita cacareando, y contándole a todo el mundo, pero en vez de profundizar en la obra que Dios hizo, y de buscar buenas raíces, se dedicó fue a hablar, y hablar; y el tiempo pasa, y de pronto la persona, precisamente por estar hablando, no está profundizando en lo que Dios ha hecho.
No le da continuidad al milagro, no le da continuidad a la obra de Dios, y cuando uno descuida la obra que Dios hizo en el pasado, la pierde en el presente, o en el futuro. Lo que Jesús nos está diciendo es: “Hay un tiempo para hablar, pero lo primero no es hablar, que hable tu vida, que hablen tus obras".
Lo primero no es dedicarse a hablar, lo primero es profundizar, adquirir buena raíz; cuando tú tengas una vida sólida, una vida que no se cae, una vida con buenas raíces, entonces, podrás hablar; pero si no tienes buenas raíces, y ocupas todo tu tiempo en hablar, te parecerías a un árbol que en vez de crecer las raíces, se dedicara sólo a echar más ramas, y más ramas.
¿Qué le pasaría a un árbol que no echara raíces, y que sin embargo siguiera creciendo, y echando, y echando ramas? Que después de cualquier empujoncito, cualquier viento, se cae. No tiene raíz, no está agarrado.
Así como quieres que crezcan las hojas de tus palabras, -esa expresión la utiliza Santa Catalina de Siena-, así como quieres que crezcan las hojas, primero tienen que crecer las raíces; cuando estén firme las raíces, podrás echar todas la ramas y todas la hojas que quieras. Es una enseñanza importante.
La predicación no es un asunto de cacareo; el testimonio no es un asunto de gente parlanchina; el testimonio y la predicación tienen que brotar de unas raíces muy bien metidas, y eso es lo que Jesús les está diciendo a estos hombres: “Cuidado con que lo sepa alguien” San Mateo 9,30.
Lamentablemente, ellos no hicieron caso; al salir, empezaron a hablar por toda la comarca. Pues no sigamos el ejemplo de ellos en eso; sigamos el ejemplo de ellos en la manera de orar, pero no sigamos el ejemplo de ellos en la manera de obrar.
Oraron bien, pero luego no obraron bien. Oraron con confianza, pero luego no obraron en obediencia. Aprendamos a orar en confianza, y a obrar en obediencia. En fin, que Dios Nuestro Señor, nos permita comprender el sentido de las tardanzas, cuando Dios se demora en responder.
Que Dios Nuestro Señor haga en nosotros un camino de oración con esa frasecita: “Ten compasión, hijo de David”. Que Dios Nuestro Señor nos aumente la fe, porque no hay que llevar una vasija pequeña, sino muy grande; y el tamaño de tu fe es el tamaño de tu vaso.
Y que Dios Nuestro Señor nos enseñe a ser prudentes, y a echar buenas raíces antes de estar hablando tanto.
Amén.