V015003a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha:19991203

Título: Ponerse en camino

Original en audio: 9 min. 18 seg.


Hermanos Muy Amados:

He tenido ocasión de practicar en este viaje, aunque sea de una manera muy pequeñita, esa dimensión de nuestra vida comunitaria, de nuestra vida dominicana que es la itinerancia, y lo que he descubierto es que ponernos en camino, salir de nosotros mismos es una manera de descubrir la firmeza de Dios.

Cuando todo cambia, descubrimos que solo Dios permanece. Nuestro compromiso, nuestro amor por el Señor, se ve fortalecido cuando descubrimos que Él está, que Él siempre está.

Es maravillosos celebrar aquí, igual que el Estados Unidos, en Tailandia o en Mongolia, celebrar aquí el Nombre de Jesús, saber que Él está y poner en Él toda nuestra esperanza.

Por eso yo pienso que la itinerancia dominicana es al mismo tiempo un fruto de esta confianza en Dios y una manera de fortalecer la confianza en Dios. Cuando en una comunidad es imposible mover a las personas de su sitio, es señal de que falta confianza en Dios.

Cuando estamos demasiado apegados a lugares, a personas, a apostolados, quiere decir que estamos dependiendo más de esas cosas que de Dios mismo.

Por eso, nuestro Padre Santo Domingo, cuando quiso una comunidad de itinerantes, quiso una comunidad de creyentes. El que va por el camino, el que se pone en camino, el que vive en el camino, es porque está creyendo hasta el fondo que Cristo es el camino, que Cristo no va a faltar y que Cristo no va a fallar, pero la itinerancia no se refiere solamente a cambiar de un lugar hacia otro.

Itinerancia es también el riesgo de convertirse, es el riesgo de cambiar nuestra manera de ser, el riesgo de dejar lo que nos parece estable, y seguro y por eso esa itinerancia interior o espiritual que es tan necesaria y que en cierto modo es condición para la otra, esa itinerancia interior, digo, comienza por un profundo cuestionamiento que nos hace la Palabra de Dios.

Cuando la Palabra de Dios cuestiona, remueve, sacude los cimientos de nuestra vida, nos obliga a ponernos en camino.

Hay una pregunta que compartíamos en algún momento de aquél congreso en Santa Cruz, una pregunta inocente, una pregunta pequeña: ¿por qué no eres santo, qué falta, qué te detiene, o has perdido la ilusión de la santidad, o consideras que la santidad ya no tiene sentido hoy, o consideras que la santidad consiste en declarar que la vida es como ya tenía que ser?

Esa pregunta u otras semejantes nos ponen en camino: ¿qué pasa con tu vida espiritual, con tu vida de amor a Dios, ardes de amor a Dios, te preocupa la conversión de las personas?

Cuando llegan momentos gratos de cierta prosperidad material y de cierta comodidad, es fácil que nos olvidemos del ardor por la conversión de los pecadores.

Domingo de Guzmán sentía que el fuego de Dios le quemaba. Sus frailes recuerdan que hasta altas horas de la noche, rogando, entraba como en una especie de agonía y llegaba a gritar: "¡Qué será de los pecadores!"

Es, no la desesperación, pero sí la angustia de un corazón que ama demasiado, ¡que será de los pecadores! Puso a Domingo en camino de parecerse cada vez más a Jesucristo y precisamente por que tenía esa itinerancia interior, espiritual, por eso también tuvo la otra itinerancia.

Él sale a recorrer los caminos de Dios porque antes ha tenido el llamado profundo de ponerse en camino hacia Jesús. Decía Santo Tomás de Aquino que hay una diferencia entre el estado de vida del obispo y el estado de vida del religioso.

Decía él: ambos son estados de perfección, pero se espera que el obispo, en cierto modo haya alcanzado ese estado, mientras que se espera que el religioso está en camino continuo, en avance hacia esa perfección. No se le pide que la haya conseguido sino que nunca se detenga.

Santo Tomás miraba la vida religiosa como un estado de permanente conversión, es un hecho poco conocido de la enseñanza de Tomás.

Pues bien, la vida comunitaria, la vida consagrada nos puede ayudar a estar en camino de conversión pero a veces también nos lo puede dificultar. A veces tenemos ya una imagen demasiado fija de nosotros mismos o demasiado fija de las otras personas.

Ya sabemos que fulano de tal es el místico, el otro es el apóstol, este brilla por su predicación y el otro es un perezoso, y este no hace nada, y este se sabe que es carismático, y este se sabe que eso no le importa.

Esos estereotipos pueden llegar a convertirse como en cárceles de nuestro proceso vocacional. Yo quiero invitarlos, no por que sea nadie, nadie distinto de un fraile de la Orden, quiero invitarlos con todo el amor de mi corazón a que redescubramos la belleza, la fuerza, la pureza de esa vocación nuestra que es maravillosa.

Una vez me preguntó el Padre Provincial, -me causa casi gracia-, viendo que sucedían tantas obras de apostolado en Colombia, me preguntó él así directo como es él, me dijo: "¿Tú estás pensando en retirarte de la Orden? ¿Quieres hacer alguna obra distinta? ¿Te vas a ir a otra parte? ¿Vas a fundar otra cosa?"

Y me hizo acordar mi querido Padre Provincial, a la pregunta que le hacían a Enrique Lacordaire en este mismo sentido, y yo puedo hacer mía la respuesta de Lacordaire: "Si yo fuera a fundar algo distinto, si yo fuera a fundar una comunidad, terminaría fundando exactamente lo que ya existe", ¡es tan completo, es tan perfecto, tan bello!"

Nuestro ideal dominicano, nuestro maravilloso camino en la Orden de Predicadores, nos invita a estar en itinerancia, a estar en continuo cambio, sobre todo, a vencer las barreras mentales y los estereotipos que hemos hecho de nosotros o que han hecho otras personas de nosotros.

Mis hermanos, vamos a dar pasos, pasos hacia Jesucristo, pasos hacia la conversión de los pecadores; que el fuego de Dios, ese fuego del Espíritu, que fue tan abundante en nuestro Padre Santo Domingo, se apodere de esta casa.

Que llene este lugar, sobre todo mi pensamiento a los jóvenes, los amados jóvenes, en cada uno de ustedes esa semilla de la Palabra y ese fuego del Espíritu quiere encender para que ustedes sean distintos y mejores que todo lo que hayan conocido.

Mis hermanos, sobre todo los más jóvenes, ustedes no están hechos para fotocopiar o para repetir a nadie, están hechos para crear una historia maravillosa, no por obra de ustedes, sino por obra del Espíritu con ustedes y en ustedes.

Una obra que le abra caminos tal vez inesperados, fantásticos al Evangelio. Que eso se realice en esta cas, que se realice en el estudiantado, que se realice en cada lugar, y que nuestros conventos, convertidos en hogueras de amor y de predicación, atraigan a muchos hacia la luz verdadera que es Cristo, única Roca firme en que puede apoyarse la vida del hombre.