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Fecha: 19971107
Título: No debemos perdernos el dia de la gracia de Dios
Original en audio: 18 min. 55 seg.
En una oración que hacíamos al principio de esta Eucaristía, estábamos rogando a Dios casi exactamente lo que dijo San Pablo en la lectura: "Les exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque Él dice: "En el tiempo de la gracia te escucho, en el día de la salvación te ayudo"" 2 Corintios 6,1-2.
Dios tiene días de salvación, días marcados, en el calendario de los cielos Él ha señalado con rojo de sangre y de amor ciertos días, para que en esos días, su presencia, su amor, su Espíritu hagan una obra fantástica en ti; son días de gracia, días de amor.
Y resulta que cada uno de nosotros tiene su propio calendario; la mayoría de nosotros utilizamos algún género de agenda, con pilas, con luces, con sonidos, radio, bíper; o una agenda pequeña, sencilla, papel, cuero. Nosotros tenemos nuestros calendarios, nosotros tenemos nuestras agendas, y Dios tiene su calendario y tiene su agenda.
El problema está cuando Dios tiene señalado un día de gracia, y resulta que ese día yo tengo señalado: "Compromiso con X, Y, Z, W", y no compromiso con Cristo; lo grave es que mi calendario no coincida con el calendario de Dios. Y esto, amigos míos, esto no es un invento.
Los textos del evangelio nos muestran que hubo personas que tenían en su calendario señaladas otras cosas, y que no se encontraron con el Señor; pero hubo personas también que se dejaron encontrar por Él.
Y yo quiero dar ejemplos de ambas cosas, para que valoremos el día de la gracia y el día de la salvación y aprendamos a reconocer en nuestro calendario el calendario de Dios, y no nos vuelva a pasar eso.
Empezemos por un ejemplo triste: personas que dejaron pasar el dia de la gracia, el día de la salvación. Dos ejemplos muy conocidos: primero, recordamos a aquel muchacho que se encontró con Jesucristo y le preguntó: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para tener vida eterna?" San Lucas 18,20, y Jesús le dijo: "Cumple los mandamientos" San Lucas 18,20.
Respondió el muchacho: "Todo eso lo he cumplido" San Lucas 18,21. Jesús le hizo una invitación a él, con nombre propio, era una invitación a ese corazón, tal vez eso no era para ti, pero sí era para él.
Hay que tener en cuenta que no todo lo que dice el Evangelio es para todo el mundo, ¿eh? Porque el Evangelio no es una especie de ley impersonal, es una conversación de un Espíritu de amor con unas voluntades libres.
En el Evangelio no todo es mandamiento, hay mucho que es consejo, sugerencia, y Cristo le hizo una sugerencia a ese muchacho: "Oye, ¿y qué tal si tú dejaras todas esas cosas y te vienes y nos vamos a predicar, y recorremos, nos vamos? ¿Qué hubo? ¿Qué dice? Y el hombre se quedó dudando, se quedó pensando y dijo: "Tal vez no", y dice el evangelio: "Y se fue triste, porque era rico" San Lucas 18,23.
En el calendario de Dios estaba marcado ese día con amor; Dios había señalado ese día con una gracia, con un regalo, con un amor inmenso, y este muchacho ¡no se dio cuenta! ¡No se pilló lo que estaba pasando! ¡No vio la grandeza que estaba en ese momento! Se distrajo, lo distrajeron sus riquezas, sus ocupaciones, su agenda, su bíper, su celular lo distrajo.
Alguien llamó a su corazón y la llamada que le entró le hizo apartar los ojos de los ojos de Cristo, y se distrajo y perdió ese momento.
Otro ejemplo, un ejemplo extraño, porque parece que estas sí eran personas que habían recibido el amor y no lo recibieron: diez leprosos, estos diez leprosos se encuentran con Cristo y Cristo les dice: "Id y presentaos a los sacerdotes" San Lucas 17,14. Una orden absurda, porque resulta que un leproso no podía acercarse a nadie y mucho menos a un sacerdote.
De manera que estos hombres tuvieron que creer en Cristo para ponerse en camino, porque era absurdo ponerse en camino siendo como eran leprosos; pero le creyeron a Jesús, hasta ahí iban bien, le creyeron a Jesús y se fueron a hacer el "oso" de la vida, porque iban a llegar donde unos sacerdotes que no los iban a recibir.
Y la Ley de Moisés prohibía a todos, pero especialmente a los sacerdotes, acercarse a los leprosos. Se fueron en fe, y mientras iban en el camino, quedaron sanos para Dios.
Uno se volvió a dar las gracias, hubo uno al que no le bastó ser curado, quería a Jesús, no sólo su sanación, ¿ves la diferencia? Los otros nueve no querían a Cristo, querían ser liberados de su enfermedad, querían salud, no les interesaba Jesús, y no se daban cuenta de que, en Jesús, está la salud de todo mal de cuerpo y de alma.
Aparentemente, estos hombres respondieron al día de la gracia, aparentemente; pero no fue así, no fue así, porque encontraron la salud, pero perdieron a Jesús.
Si nosotros pensamos bien, estas personas recibieron un bien grande, pero lo que perdieron fue infinitamente mayor. Si hubieran vuelto... Oiga, ¿no será que ese Jesús que me curó de mi enfermedad tiene algo más, una palabra más? Jesús tiene una palabra más para ti; si tú te quedas con que te sanó y basta, te pierdes lo mejor; si tú te quedas con que aprendiste algo y basta, te pierdes lo mejor.
Jesús es un manantial, Jesús es una fuente. En el momento en el que te vas, no importa cuánta agua haya sacado de la fuente, en el momento en el que te vas eres un pobre otra vez, un pobre de nuevo, de nuevo un pobre y de nuevo un mendigo.
Dios tiene marcados días de gracia, días de amor. Hay personas que acogieron el día de la gracia, hay personas que recibieron el día del amor, y eso lo encontramos también en la Sagrada Escritura.
El ejemplo más claro es la vocación de los Apóstoles, unos pescadores, que mal que bien tenían un sustento, ahí sus pecesitos, y en el lago, como en esa época no había problemas ecológicos tan severos como los actuales, se podía esperar que el lago iba a estar en cosecha de peces, buena o mala, ahí hay alimento.
Y aparece Jesús con esa carita, con esa carita de yo no fui, con esa carita de: "Qué hubo? ¿Qué más? ¿Qué han hecho?" Esa carita que uno después le va cogiendo como miedito, esa carita. Aparece Jesús: "Sígueme, sígueme, deja las redes", dejar las redes era dejar no sólo el pescado, era dejar la yuca y la manyuca, era dejarlo todo.
Por eso Pedro dice en el evangelio que hemos escuchado: "Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido" San Lucas 18,28. Feliz Pedro que pudo decir eso, "nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido" San Lucas 18,28.
Ellos le creyeron, ¿y cómo se portó Jesús con los que le creyeron? Vamos a imaginarnos lo contrario, ¿qué tal que Pedro no le hubiera hecho caso a la llamada de Jesús? En este momento no existiría en la historia.
A ver, ¿qué hubiera podido hacer Pedro? Una procesadora de pescado la cosa más expectacular, una enlatadora increíble con exportaciones en todo el Mediterráneo. Supongamos que lo hubiera hecho,¿qué? ¿Qué, por Dios, qué es eso? ¿Qué es eso en comparación de la fantástica aventura de Jesús? ¿Qué es eso en comparación de los torrentes de amor, de los milagros, de las palabras de luz que tiene este hombre? ¿Qué es eso?
Uno sigue leyendo la vida de Pedro y luego se encuentra a Pedro cuando entra un día, a eso de la oración de la tarde, por ahí tres de la tarde o algo así, entra con Juan al templo, y un paralítico pide limosna a la puerta del templo, y le pide limosna a Pedro y a Juan.
Y Pedro se queda mirándolo y viendo en él fe y le dice: "Oro ni plata no tengo" -ya no los tenía, los había dejado-, pero lo que ahora tengo, eso te lo doy; en el nombre de Jesús, levántate y anda" Hechos de los Apóstoles 3,6, y se ha levantado..
Eso estaba mejor que la más fantástica pesca de Galilea, eso estuvo mucho mejor. Dios tenía un día de gracia para esa persona, Dios tenía un día de amor para esa persona.
El otro ejemplo que quiero comentar, pertenece a esos pasajes amados, esos pasajes predilectos de la Escritura, yo creo que todos nosotros tenemos pasajes a los que amamos especialmente, a mí me encanta la imagen de la pecadora pública que se acerca a llorar en los pies de Cristo, porque yo también soy pecador y porque también mis faltas y mis miserias están a la vista de muchas personas y yo proclamo, si puedo proclamar algo, que Dios ha sido bueno conmigo.
Esta pecadora, ve a Cristo, lo cual es mucho decir, porque a Cristo casi nunca se le veía, se encuentra a Cristo, sabe dónde está Cristo, y a Cristo casi nunca se le veía, casi nunca se podía hablar con Él, ni soñar en acercarse a tocarlo San Lucas 7,39.
Resulta que Jesús se había vuelto el personaje, un personaje supremamente popular y supremamente ocupado, ni riesgo de acercarse a Él. Y esta mujer quería acercarse a Jesús, aunque sea sólo para decirle que ella sí amaba, que ella sí amaba a Dios, aunque sea para decirle que en un rincón de su corazón de prostituta quedaba algo limpio, algo donde se podía edificar todavía.
Ella se acerca para ofrecerle a Jesús el último pedacito de su corazón, el único que no estaba sucio, se acerca para que Jesús lave su alma, se acerca porque no tiene adonde más ir, ¿a dónde habrá una mirada que no le humille o que no la utilice? Ella sabe que en los ojos de Cristo podrá encontrar eso, ¿pero cómo acercarse a Él?
Y entonces, ella sabe que está ahí, y no era fácil acercarse, porque todo el mundo sabía qué clase de mujerzuela era ella, todos lo sabían y Jesús tenía por qué saberlo.
Ella hubiera podido decir: "No, yo mejor espero como que en otro momento en que no esté como tan ocupado, en que yo no quede tan humillada, otro momento en que yo no quede tan mal, porque siempre pues tampoco tengo que quedar como un cuero viejo, no, tampoco. Yo espero otro momento y me encuentro a solitas con Él y le digo: "Jesús, entre tú y yo, todo bien, todo bien, vamos bien, tranquilo".
Ella hubiera podido hacer eso. ¿y qué tal que se me vaya? ¿Y qué tal que nunca vuelva? ¿Y qué tal que no vuelva a darse esta ocasión? Por un momento esta mujer duda entre su orgullo de persona y de mujer, y su amor por ese fantástico predicador, por ese profeta, por ese santo.
No sabe qué hacer, por un momento duda. Pero esta vez ganó el amor. Y ella se acercó, y sin mirar a nadie y sin que le importara nada, se postró, y lloró, y amó, y recibió perdón, y recibió vida. ¡Ganó!, era el día de la gracia, era el día de la salvación y esta mujer, ¡bendito Dios!, no perdió esa ocasión. Esta mujer supo comprender que ese era el día de Dios y ese era el momento de recibir la gracia.
Yo digo, cuántas veces mi respeto humano, mi orgullo estúpido me ha impedido besar a Cristo, cuántas veces mi orgullo, mi tratar de quedar bien, es que me estorba la gente, es que que pensarán de mí... cuántas veces he perdido tu amor, Jesús, por estar bobeando con esas cosas; pero a esta mujer no le importó eso, el amor ganó esta vez, la gracia fue más poderosa. Dios tiene ese poder, y Dios tiene ese día de gracia, Dios tiene ese día de amor.
Aquí nos dice el apóstol San Pablo con esa elocuencia que sólo tiene un predicador: "Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Mirad, ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación. Por eso no hagamos escándalo con nuestro ministerio 2 Corintios 6,1-3.
Queridos hermanos: yo quiero invitarlos de todo corazón a que nos volvamos sensibles al paso de Dios. Dios quizá está visitando tu corazón, quizá este es el día de la gracia, el día en que ciertas faltas, ciertos pecados, ciertas barreras pueden caer, el día en que eso puede caer.
Y todos tenemos nuestras barreras y nuestros propios orgullos: el uno porque qué dirán mis amigos, el otro porque qué dirá mi señora, el otro porque qué pensarán mis hijos.
¡Qué tontos! ¿Y qué pensará Dios de tu tontería? ¿Y qué pensará Dios de que se te van pasando los días, hombre? Se te está acabando la vida, mujer, ¿y cuándo vas a empezar en serio tu camino recto, amoroso, firme hacia Dios? ¿Cuándo vas a empezar? ¿Cuándo vas a empezar para que Dios realice en ti plenamente su obra? Hazte sensible al paso de la gracia.
¿Y cómo sé yo reconocer el paso de la gracia? ¿Cómo puedo saber que Dios está visitando mi alma? Hay dos señales, dice San Bernardo de Claraval, maestro como pocos en la vida espiritual, este monje y maestro de monjes nos enseña y dice: "Conoce la visita de Dios por dos señales.
Primera señal: una profunda conciencia de tu pecado, con confianza en la misericordia. Primera señal: reconocer que uno no es nada, pero con una gran confianza en la misericordia de Dios, contrición y dolor de pecado, pero amor al amor de Dios.
Segunda señal: una admiración incontenible por la grandeza, y por la belleza, y por la ciencia, y por poder de Dios. Admiración de Dios y contrición de mi alma.
Si tú sientes aunque sea un poquito de alguna de esas cosas, o quizá las dos, ahí está el Espíritu visitándote.
No te pierdas el paso del Señor, no te lo pierdas. Que ninguna barrera humana, que ningún pecado pasado, que ninguna angustia futura te separe de lo que Dios quería hacer contigo, de lo que Dios quiere hacer contigo.