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Fecha: 20091101

Título: "El que tiene esperanza en Dios, se purifica a si mismo"

Original en audio: 6 min. 46 seg.


Compartamos alguna palabra de reflexión sobre la segunda lectura, que en esta solemnidad de Todos los Santos, suele recibir muy poca atención.

Es una lectura preciosa de la primera Carta de Juan. En ella se nos declara nuestra filiación divina. Pero, hay una frase que es un poco misteriosa y que tiene bastante enjundia, bastante sustancia: "Cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es" 1 Juan 3,2.

Ese "Él" es Dios. "Ahora somos hijos de Dios. No se ha manifestado lo que seremos. Cuando se manifieste, cuando Dios se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es" 1 Juan 3,2.

Esto es muy interesante: éso de volverse semejantes a Dios porque podemos ver a Dios. La explicación que da la teología clásica, es que cuando nosotros vemos o entendemos, entendemos a través de lo que se llaman las especies, es decir, la impresión que nos formamos de las cosas inteligibles en nuestra mente.

Tenemos una idea de las cosas, y eso nos sirve de mediación para trabajar con ellas, para gustarlas, para comprenderlas, para utilizarlas. Esa es la especie inteligible que tenemos en nuestra mente.

Pero, sucede que cuando Dios se manifieste, cuando llegue el final de la historia, cuando seamos invitados a esa revelación definitiva, cuando no haya más que preguntar, en ese momento, entonces, ya no va a haber una especie inteligible que sirve de mediación entre la mente que conoce y la realidad conocida.

En las palabras de Santo Tomás, "la especie inteligible va a ser Dios mismo"; es decir, nosotros vamos a conocer a Dios a través de Dios mismo.

Y por supuesto, éso significa que nuestro propio ser tiene que ser transformado; porque, ya no es el tipo de conocimiento que es adecuado a nuestra naturaleza, sino que es el conocimiento infuso.

Algo de esto gustan aquellos que tienen el don de la ciencia infusa, uno de los dones del Espíritu Santo. La ciencia infusa es como una anticipación de la visión beatífica. En la ciencia infusa, el Espíritu Santo reemplaza a la especie inteligible para un caso particular, brindando así un conocimiento que de suyo sería inaccesible.

En cambio, lo que va a suceder en la visión beatífica, en esa visión final de Dios, es que el conocimiento que tengamos de Dios mismo, lo va a dar Dios mismo. Es como ciencia infusa, pero ciencia infusa de Dios hasta donde es posible recibirla para la creatura.

Para que eso suceda, tiene Dios que vertirse completamente en nosotros. En las palabras del teólogo Karl Rahner, "es la autocomunicación definitiva de Dios, es la consumación de la obra toda de la gracia que ha empezado mientras vamos caminando en esta tierra".

La gracia es anticipación, es como un saborear la muestra, es "las arras", dice San Pablo: "La gracia es las arras de la gloria" 2 Corintios 1,22; Carta a los Efesios 1,14.

Entonces, en la experiencia de la gracia y en la experiencia de los dones del Espíritu Santo, tenemos un principio de lo que va a ser esta visión. Los teólogos de oriente la describen en términos de una deificación: a ser transformados en Él.

Por supuesto, este es un destino maravilloso, hermoso, glorioso. Significa ser colmados más allá de todo lo que podemos imaginar y de todo lo que podemos imaginar pedir; significa ser llenos de la misma alegría que Dios tiene y es.

Y entonces, el Apóstol nos dice: "Todo el que tiene esperanza en Él, se purifica a sí mismo como Él es puro" 1 Juan 3,3.

Es decir, el objetivo de esta grandeza de nuestra vocación, el objetivo de Dios al dejarnos conocer esta grandeza de nuestra vocación, es que nosotros tomemos en serio que ésa es nuestra casa, que ése es nuestro camino, que para allá vamos, que todo lo demás es secundario, que todo lo demás termina.

Esa fascinación por lo eterno, esa fascinación por lo infinito, acompañó sin duda el corazón de San Agustín cuando hacía esa pregunta que también nos la dijeron en nuestros años de formación: "¿Quid hoc ad aeternitatem?"

Esa frase es la que permite darle el valor justo a todo lo que nos sucede: lo bueno, para que no nos seduzca, lo malo, para que no nos asuste.

Que Dios, el Señor, en este día tan hermoso, renueve en nosotros lo mejor de nuestra vocación, renueve en nosotros lo mejor de nuestro entusiasmo.

Decía alguno de ustedes en la reunión que acabamos de tener: "A veces parece que no nos creemos lo que somos". Estamos como agachados, como acomplejados, y no ha de ser así.

Que esta fiesta bellísima nos renueve nuestra vocación, nos renueve la alegría de emprender ese camino que es el camino de los santos, y que nos aliente en esperanza para hacer realidad lo que dice la lectura: "El que tiene esperanza en Dios, se purifica a sí mismo" 1 Juan 3,3.

Es muy difícil renunciar a seducciones e ídolos, que todos tenemos. Es muy difícil renunciar porque sí. Pero, si existe la virtud de la esperanza, si ella ha anidado en el corazón, entonces sí que es posible.

Porque, la esperanza es hermana de la fortaleza: nos da ese vigor para dejar de lado lo que estorba y para asumir pronto lo que hace falta.