Suma Conversación 023

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Predicación original en video o audio

Santo Tomás y la Sagrada Escritura

Bienvenidos, amigos, al capítulo número veintitrés de nuestra SUMA Conversación. Este capítulo pertenece al volumen número cinco y en este volumen quinto, nuestro centro de atención es la presencia del Misterio Trinitario en la Biblia.

Sucede que en la época de Santo Tomás, la Biblia estaba integrada, por supuesto, en el camino de formación de los teólogos, como es el caso del mismo Tomás. Pero, según vimos en nuestro capítulo anterior, no solamente estaba la Biblia en el estudio o en la vida académica, sino que impregnaba verdaderamente la cultura; y con esto queremos decir, el arte, la vida cotidiana, las expresiones de la vida pública también.

Así, pues, se da un fenómeno muy curioso. Quien abre hoy la Suma Teológica, encuentra, claro está, un gran número de citas bíblicas. No obstante, lo más probable es que ese lector o lectora sienta que la Biblia está un poco lejana del modo de argumentar de la Suma Teológica, y sin embargo ese efecto se debe a la razón exactamente opuesta.

Tomás vive en un mundo en el que la Palabra de Dios está tan próxima, es tan cotidiana, es tan cercana, que precisamente por eso las alusiones a la Escritura se hacen de un modo tan breve, como indicando algo que es muy conocido por todos, tanto por el que enseña como por el que aprende.

Yo creo que todos tenemos algunos pasajes bíblicos con los que estamos extraordinariamente familiarizados. Si yo hablo, por ejemplo, de la Parábola del Sembrador, lo más probable es que tú ya sepas a qué me estoy refiriendo. No tengo que decirte: “En el Evangelio según San Mateo, capítulo tal, versículo tal, ahí está el texto al que me voy a referir”. Basta una simple alusión, porque es tan grande la familiaridad que todos tenemos con la Parábola del Sembrador, que casi podríamos recitarla de memoria.

Pues, eso que nos pasa a nosotros con esa porción del Evangelio, le sucedía a Tomás, a sus oyentes, a sus estudiantes, con muy amplias porciones de la Sagrada Escritura. Recordemos que al llegar a los estudios superiores, al llegar al estudio propio de la teología, un clérigo tenía por lo menos dos años de estar simplemente leyendo y comentando la Sagrada Escritura; es decir, era el “pan de cada día” durante dos años de lectura y estudio intenso.

Esta extraordinaria familiaridad es la que hace que el universo de pensamiento en el que Tomás y sus oyentes se mueven, sea un universo ya impregnado por la Escritura. Y esto es lo que hace también que sea la base sobre la cual es posible construir, sin estar todo el tiempo recordando que está esa base.

Por decir algo, en este momento me encuentro en lo que es el equivalente a un tercero o cuarto piso dentro de una edificación. Por supuesto, yo sé que este edificio tiene sus columnas y tiene sus cimientos, y yo espero que estén muy bien puestos. Pero, salvo una ocasión como ésta, yo no me paso la vida pensando en cuál es la disposición exacta de esos fundamentos.

Entonces, la Biblia tiene un impacto en la teología de Tomás, pero no es exactamente el impacto que uno esperaría. Porque, está tan asimilado ese mensaje bíblico, es tan próximo, que muchas veces tanto él como sus discípulos o sus oyentes, hacen referencias, casi diríamos, inconscientes a esos textos bíblicos.

Por otro lado, hay una buena porción de textos de los cuales se conserva el comentario de Tomás. Se dice que Tomás en cierto momento fue elegido para obispo. Y este fraile, después de discernimiento y oración, seguramente después de consultar con alguien más, llegó a la conclusión de que ése no era su camino, de que ésa no era su vocación. Pero, entonces, el Papa, aceptando la renuncia de Tomás, le puso una especie de penitencia, una especie de trabajo. Y ese trabajo era recoger los comentarios de los Padres de la Iglesia para los cuatro Evangelios.

Lo digo despacio y lo pronuncio bien, para que evaluemos la magnitud de esa tarea: es tomar cada versículo de cada capítulo de cada uno de los cuatro Evangelios, y es mirar cada versículo, cómo lo comentó San Ambrosio, cómo lo comentó San Juan Crisóstomo, cómo lo comentó San Agustín, qué dijo San Jerónimo sobre eso; y lo anterior para cada uno de los versículos de cada uno de los capítulos de los cuatro Evangelios. ¡Es una tarea monumental!

Por otra parte –y aquí sigo insistiendo en mi punto– ¡imagínate qué grado de compenetración con el texto evangélico, qué grado de compenetración con la Palabra de Dios adquirió Tomás con ese sólo ejercicio!

Ese ejercicio produjo una obra, una obra magna, que yo quisiera que fuera mucho más conocida, especialmente en el mundo hispanoparlante. Se le llama “La Catena Aurea”. “Catena” significa, por supuesto, “cadena”, La Cadena de Oro, y se le llama “catena” o “cadena”, porque va encadenando el comentario que hacen los Padres de la Iglesia sobre los textos evangélicos.

Ésta es sólo una de las obras de Tomás en cuanto a la Biblia; pero, hay otras. Cuando él fue profesor de Sagrada Escritura –porque todo profesor de teología empezaba por enseñar Biblia después de tener su curso, sus dos años o a veces más, de lectura, en que era alumno– pues, terminada su formación, el primer ejercicio docente que tenía que hacer, era servir como lector de Biblia, lector de Sagrada Escritura.

Por cierto, se le llamaba “lector”, porque lo que se esperaba que hicieran estos profesores, profesores jóvenes en teología, era precisamente leer el texto bíblico y leer los comentarios que venían con ese texto bíblico.

Las Biblias que utilizaban ellos solían tener este esquema: hay un cuadrado que va a representar la hoja. En el centro de ese rectángulo o de ese cuadrado, se halla un rectángulo más pequeño que es el que contiene el texto bíblico como tal. Y luego, alrededor de él, en el marco, se van poniendo las anotaciones, las cuales eran llamadas “las glosas”.

Entonces, lo que hacía un joven profesor de teología cuando tenía que empezar a enseñar –y siempre empezaba por la Biblia– era tomar uno de esos libros enormes, por supuesto escritos a mano, muy pesados, en pergamino, y leía el texto e iba leyendo los comentarios.

Tomás hizo este ejercicio, el ejercicio de ser lector de la Sagrada Escritura. Y por tanto, tenía que leer el texto bíblico y tenía que leer los comentarios, es decir, las glosas. Pero, estas glosas muchas veces eran ampliadas por el mismo profesor. O sea que era un proceso en tres partes.

Para que te imagines cómo era la docencia en aquella época: se lee el texto bíblico que es el rectángulo pequeño que está en el centro de la hoja. Luego, se lee la glosa que está alrededor como un marco muy amplio, y después, el profesor añade, si le parece bien, algunos comentarios; y así, para cada texto de la Escritura.

Se sabe que había algunos profesores relativamente mediocres que se limitaban solamente a leer el texto bíblico, leer la glosa, pasar a la siguiente página, leer el texto bíblico, leer la glosa; es decir, prácticamente hacían sólo el ejercicio de leer en voz alta.

No fue el caso de Tomás. Tomás agregaba esos comentarios, y así encontramos, por ejemplo, una obra: el “Comentario de Tomás a los Salmos”. Ya no es la glosa, sino que es el aporte que da el mismo Tomás. Por cierto, ¿esa glosa de dónde salía? Pues, esa glosa salía de la recopilación, de la recuperación de antiguos comentarios de estos que ya hemos mencionado varias veces, los Padres de la Iglesia.

Por eso, yo creo que estás de acuerdo conmigo: esta gente vivía verdaderamente sumergida en el texto bíblico. Se aprendían además de memoria muy largos pasajes. Los libros eran extraordinariamente costosos, porque cada libro tenía que ser hecho literalmente a mano. ¡Imagínate cuántas horas de trabajo implicaba llegar a tener una Biblia completa!

Estos copistas necesitaban meses, probablemente, para completar una sola Biblia. De ahí que los textos fueran escasos y la memoria se valorara muchísimo. Los métodos mnemotécnicos en la Edad Media dan ciertamente para mucha reflexión. Se podría aprender más de una cosa, pienso yo, de la manera como ellos utilizaban la memoria.

A veces en nuestra época se cree que la memoria ya no tiene mayor importancia: “No necesito mucha memoria, porque lo importante es entender, comprender, opinar, juzgar”. O tal vez otro dirá: “No necesito mucha memoria, porque para eso están los discos duros, para eso están los enormes depósitos de memoria que tenemos en nuestros computadores”.

Hoy, de manera rutinaria, muchos estudiantes tienen computadores a los que les cabe un Tera-byte, eso son mil Gigas, eso es muchísima memoria. ¡Muchísima! Las obras completas de Santo Tomás ocupan una minúscula parte de un disco duro. Entonces, hay gente que dice: “Ya no necesitamos memoria, porque ya tenemos toda la memoria que queramos en los discos duros”. Y otros dirán: “Ya no necesitamos memoria, porque Internet lo sabe todo, Google lo sabe todo”.

Pero, ¿de qué sirve que el disco duro tenga toda la información si lo que yo necesito, precisamente –y esto vale en particular para la meditación, para la predicación– es conectar? Y esa conexión tengo que hacerla yo como creyente. Así que este tema de la memoria da para mucho.

Tomás, ciertamente, tenía una memoria privilegiada. Hay unos testimonios de cómo en ocasiones prácticamente con leer atentamente una página, la memorizaba y ya no la perdía. Y esto fue un talento que él puso al servicio de la teología, porque entonces podía relacionar cientos de obras. En esa cabeza prodigiosa podía relacionar autores griegos, antiguos, Padres de la Iglesia Latina, Padres de la Iglesia Griega, textos bíblicos, legislación de la Iglesia, es decir, tenía mucha ocasión de conectar unas cosas con otras. Así nace la Suma Teológica.

Uno se maravilla en las objeciones y en las respuestas a las objeciones, la cantidad de fuentes que cita Tomás. ¡Es impresionante! La mayor parte de esas fuentes de acuerdo con los biógrafos, él las recordaba simplemente en su memoria. Y no es sólo saber que San Jerónimo dijo esto, o en “Las Sentencias” de Pedro Lombardo está esto; es saber en qué parte está. Es un talento mnemotécnico que realmente nos deja asombrados.

Entonces, ya vemos cómo funcionaba el proceso de la enseñanza. Se trataba básicamente de leer: leer los comentarios y hacer nuevos comentarios. Pero, Tomás muchas veces fue más allá. Si miramos, por ejemplo, el comentario que él hizo a la Carta a los Romanos, el comentario que él hizo a la Primera y a la Segunda Carta a los Corintios, los comentarios que hizo sobre todo al Evangelio según San Mateo, y muy especialísimamente, su comentario al Evangelio según San Juan, ¡es una joya!

Esos comentarios que ya fueron diseñados como obras específicas, resultaron ser cursos especiales que él dio. Y esos cursos ya no se limitaban simplemente a tomar el texto bíblico, ver la glosa y agregar algún punto más; ya eran un esfuerzo de sistematización, un esfuerzo que nos parece casi excesivo.

Porque, en ese esfuerzo Tomás intenta –por poner el caso, en la primera Carta a los Corintios se nota muy bien– tomar un escrito; y hoy dicen los exégetas: “No era un único escrito sino casi una colección de escritos”. Tomás asume ese escrito, -la Primera de Corintios-, como él la ha recibido, e intenta ponerla dentro de un sistema; es decir, intenta buscar cuál será finalmente la idea central de toda esa Carta y cómo se puede poner esa Carta dentro de un gigantesco cuadro sinóptico en el que se diga: “Primero va esto, luego va esto, luego va esto; pero, el segundo punto se divide en esto, esto y esto, y estos puntos a su vez se dividen en estos otros”.

¡Es un enorme talento sistematizador! Quizás algunos exégetas, desde el punto de vista moderno, desde el punto de vista más reciente, gente que conoce muy bien de la lengua griega y que conoce muy bien del proceso de elaboración de estos escritos del Nuevo Testamento, quizás alguien así podría decir: “Se le va la mano a Tomás en su intento de sistematizar la Escritura”. Pero, por lo menos estaremos todos de acuerdo en que eso denota un profundo amor, una exquisita familiaridad, una cercanía total con la Palabra de Dios.

Y de ese modo comentó Tomás muchísimas páginas de la Sagrada Escritura. Tenemos el “Comentario al Libro de Job”, los comentarios a Cartas de San Pablo, la Primera y Segunda Carta a los Tesalonicenses, la Primera y Segunda a los Corintios, la Carta a los Romanos. En los Evangelios, sus comentarios a Mateo y a Juan, en el Antiguo Testamento hay uno que está apenas como “Notas de Clase”, que es el comentario al Libro de Isaías. Están también los que ya dijimos: el “Comentario a los Salmos”, el “Comentario al Libro de Job”. Hay un comentario extenso, muy erudito, a la Carta a los Hebreos.

Ése es el tipo de cercanía que Tomás tuvo con la Biblia. Ésa es la manera como Tomás asume la Escritura. Ése es el suelo vital del que surgen las preguntas y en donde él quiere encontrar las respuestas. Por eso mismo, mira a los grandes santos del pasado, a los grandes Padres de la Iglesia Latina y de la Iglesia Griega, es decir, a los que escribieron en latín, a los que escribieron en griego, como interlocutores que se han alimentado de los mismos textos que él ahora tiene en sus manos.

Pero, ampliando todavía más su horizonte, Tomás considera que toda persona que honestamente ha buscado la Verdad, la verdad sobre las cosas, la verdad sobre el mundo, la verdad sobre la vida, cada uno de esos, cada uno de los que ha tratado de pensar honesta y profundamente, es un interlocutor suyo.

Y por eso en sus artículos pone a conversar a Aristóteles con Maimónides, pone a conversar a Averroes con Platón, pone a conversar a Juan Damasceno con Agustín de Hipona. Porque, él siente que todos se han sentado a la mesa del Banquete de la Verdad, y que él es un invitado más.

Ciertamente, la porción más generosa, la más sustanciosa, la más preciosa, es la Escritura. Sin embargo, en la búsqueda de la Verdad, ninguna voz debe ser callada, porque la Verdad, dígala quien la diga, viene finalmente del Espíritu Santo.