Stom003a
Fecha: 19980703
Título: "Deja de ser incredulo, hazte creyente”
Original en audio: 22 min. 23 seg.
Este Apóstol de Jesucristo es conocido sobretodo por la escena que acabamos de escuchar en el evangelio, no sabemos mucho más de él, aunque una tradición que se difundió mucho en la Edad Media nos lo presenta evangelizando por la región de lo que hoy son Pakistán y la India.
Efectivamente, los Hechos de los Apóstoles nos cuentan la predicación del Evangelio, pero casi todo hacia occidente, hacia Europa, ¿pero qué sucedía hacia lo que ahora es Grecia y luego Pakistán y la India? ¿No ha habido también misioneros hacia allá?
Una tradición medieval nos presenta este Apóstol Tomás evangelizando en esas regiones, pero no tenemos muchas pruebas al respecto y debe quedar como simple conjetura. En cualquier caso, la rápida difusión del islam y luego la firme tradición budista de todos esto pueblos orientales, sigue siendo un reto para el Evangelio de Jesucristo.
Estamos muy lejos todavía de pensar en el Oriente cristiano, sin embargo, ese Espíritu que pudo vencer la interioridad de Tomás, también puede conceder el don de la fe cuando quiera y como quiera a todos estos pueblos, aunque sea sólo por esa razón, es importante recordar a todas esas regiones y pueblos en este día, que aunque la leyenda fuera sólo leyenda, que nuestra oración sea realidad por ellos.
Lo que destaca en el episodio de Tomás, indudablemente es esa frase que le dice el Señor: "Deja de ser incrédulo, hazte creyente" San Juan 20,29. La fe es el gran vínculo que nos une con las realidades divinas y la fe es también el gran vínculo que nos une con la Iglesia, las razas, las lenguas.
Y en otro sentido, los intereses, las preocupaciones, las tradiciones, los gustos, todo eso puede ser distinto en los creyentes.
Pero lo que nos une no sólo a lo ancho de la geografía, sino también a lo largo de la historia, es el mismo acto de fe, nosotros creemos con un acto que proviene del mismo Dios, con un regalo de fe que es semejante al que tuvieron los Apóstoles, al que tuvieron los Santos que nos han precedido y el que tendrán también aquellos que el Señor llame en los años o siglos venideros.
La fe que nos une a Jesucristo. Este Apóstol quería una experiencia directa, tan directa y tan gráfica como meter su dedo en el agujero de los clavos, tan directa como tocar la llaga del costado, cuando se le presenta Jesucristo y le dice: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos, trae tu mano y métela en mi costado", Tomás responde: "Señor mío y Dios mío" San Juan 20,27-28.
Aunque él había dicho que quería hacer eso y aunque Jesús lo invita a hacer eso, a tocar, a palpar, la experiencia de la fe es más inmediata que el mismo palpar.
El Evangelista que relata con tanto detalle esta escena, no nos dice que Tomás, ante la invitación de Jesús, hubiera efectivamente metido su dedo en el agujero de los clavos y la mano en el costado, ¿por qué? Porque en ese momento el don de la fe que Cristo glorioso le estaba participando, le daba una experiencia más inmediata, más convincente, más profunda que el mismo palpar.
En esta tierra lo que parece más convincente es precisamente lo que pudo Tomás, ver para creer, tocar, comprobar por mí mismo; entonces, lo que se nos está enseñando es, que el acto maravilloso de la fe, da una certeza mayor que la certeza del que ha comprobado, da una certeza más alta, mas firme que la de aquel que ha tocado, visto, palpado, y así Tomás no tiene necesidad de palpar con sus manos, porque su corazón fue tocado por Dios.
Sus manos no tuvieron que tocar a Jesús, porque el Espíritu de Jesús estaba tocando a Tomás, y es más perfecto el toque del Espíritu en el corazón, que el toque de la mano de Tomás en el Cuerpo de Cristo.
Es más perfecta esa obra del Espíritu, porque ella deja una convicción a la manera de Dios, mientras que lo que quería Tomás, en el mejor de los casos, hubiera dejado una convicción a la manera humana, y ¿cuál es la diferencia entre estas dos convicciones? "Señor mío y Dios mío" San juan 20,28, dice Tomás.
Lo que podían verificar las manos, es que ese Jesús estaba vivo, pero que ahí estuviera de modo singular y total la presencia de Dios, que Dios mismo se estuviera manifestando en el Cristo glorioso, es que no lo podían dar las manos de Tomás, pero sí lo pueden dar las manos de Dios.
Tomás quería tocar a Dios y Dios quería tocar a Tomás; Tomás quería tocar a Jesús para comprobar su pregunta, Dios quiere tocar a Tomás para darle respuesta a esa pregunta y a todas sus preguntas, para abrirle, al fin, una verdad sin límites.
Nosotros hemos recibido, por la gracia de Dios, un acto de fe semejante; Jesús termina en este pasaje diciendo, “Dichosos los que crean sin haber visto” San Juan 20,27-29.
Bueno, como nuestra metodología es preguntarle a la Escritura, preguntarle con fe, con humildad y con amor, entonces hagámosle esa pregunta: ¿Qué quiere decir esa frase? ¿Por qué llama dichosos a los que creen sin haber visto? -Entre otras cosas, somos nosotros-, ¿por qué nosotros somos dichosos? ¿Por qué?
Si estoy entendiendo bien, nos pone en una condición mejor que la de Tomás, ¿por qué parece que es más perfecto el acto de fe sin haber visto, que el acto de fe habiendo visto?
Cuando nosotros nos apoyamos solamente en el acto de fe, como dice por allá el Apóstol Pedro: "A Él no lo habéis visto y le amáis" 1 Pedro 1,8, cuando nosotros nos apoyamos en ese acto de fe sin haber podido lo que pudo Tomás, estamos en una condición mejor, porque las manos de Dios nos han tocado y esa es nuestra única certeza.
Pues esa certeza que en sí no es perfecta, se le añaden otras pruebas, como por ejemplo lo que pudo Tomás, esas pruebas no vienen a perfeccionar lo que ya es perfecto, sino más bien puede ser ocasión posterior de duda, como parecen sugerir algunos textos de la Escritura.
Me explico, cuando Jesús, por ejemplo, iba a ascender a los cielos, dice el Evangelista: "Se postraron y lo adoraron" San Mateo 28,16, pero algunos todavía dudaban; no siempre ver más ayuda a creer más.
Otro ejemplo, cuando Pedro fue liberado de la cárcel, ¿que nos dice Lucas? Él salió creyendo que lo que hacía el Ángel era un sueño, era una visión, le estaba viendo, lo estaba viviendo.
Pero precisamente, por ser un género de experiencia lo que tuvo Tomás en este pasaje, lo que tuvo Pedro al ser liberado de la cárcel, lo que tuvieron aquellos Apóstoles cuando Jesús fue ascendido al cielo, por ser experiencias que contrastan tan dramáticamente con nuestras experiencias sociales, a veces se convierten en ocasión de duda que en ocasión de creer.
Si Tomás creyó aquí no fue por el agujero de los clavos, ni fue por la herida del costado, creyó aquí, porque este Jesús glorioso infundió en él la fe, le reconoció como Dios.
De manera que la certeza del acto de fe es en esta tierra tan perfecto como puede ser, y superior a esa certeza y a ese conocimiento.
Sólo está la visión de los cielos, si se añaden otras experiencias a ese acto de fe, no necesariamente colaboran a él, porque pueden ser experiencias tan dramáticamente distintas de nuestras experiencias normales, que más bien lleguen a dudar, que más bien engendren duda o que cause la impresión de que el acto de fe depende de ellas, y el acto de la fe no depende de nada de esto, y así sucede también en la vida personal.
Cuando Dios regala el acto de fe acompañado de algo sensible, por ejemplo, la dulzura de sentirse amado, para uno en principio eso es más deleitable, pero a largo plazo eso puede engendrar confusión.
Pero cuando haya que ejercer la fe sin esa dulzura, sin ese consuelo, entonces la persona va a dudar; es más perfecto el acto desnudo de la fe sin nada sensible, es mucho más perfecto, porque eso es indestructible, porque eso no puede ser derrumbado por ninguna experiencia, contradicción, persecución, desierto, tentación, imaginación.
Es más perfecto que el acto de la fe este desnudo, porque si nosotros estamos acostumbrados a dudarlo con experiencias sensibles, puede pasar, o que dudemos por el tamaño de la experiencia sensible o que nos agarremos más a esa experiencia sensible que al mismo acto de la fe.
Y en este caso, cuando llega la dificultad, fácilmente preferimos la experiencia sensible, deleitable, amable y dejamos de lado el acto de la fe. De manera que nosotros estamos en una condición mejor que estos Apóstoles, particularmente, que el Apóstol Tomás, porque el acto de fe nuestro, en cierto modo es más despojado, en cuanto más despojado es ese acto de fe, de alguna manera es más seguro para nosotros, es más firme, es más indestructible, si aquí no depende de ese tipo de experiencias.
Y así vemos que cuando Dios alimenta, educa, conduce con amor a las personas, de algún modo les va haciendo experimentar la desnudez de la fe.
Lo que pasa es que Dios es infinitamente misericordioso y Él sabe con qué pedagogía trata a cada persona; si el primer día de nuestra conversión Dios retirara de nosotros todo consuelo, si retirara de nosotros todo argumento, toda imaginación, toda compañía y todo apoyo humano, para dejarnos sólo colgando de la fe, probablemente no resistiríamos, aunque es más perfecto eso, por eso Dios nos va llevando con misericordia y con sabiduría, y además no nos quita todo al tiempo.
Entonces, a veces nos quita la dulzura del apoyo de alguna amistad, pero mientras tanto, nos sentimos bien de salud y nos sentimos coherentes en nuestra opción.
En otra ocasión nos caen las diez plagas de Egipto, sentimos que estamos enfermos de cuerpo y alma, deprimidos, estamos mal, pero en ese momento Él nos permite experimentar con fuerza y muy sensiblemente con algún sacramento, la Eucaristía, la Confesión, La Unción de los enfermos, y así sucesivamente.
Sin embargo, si el camino sigue avanzando, es posible que luego vengan experiencias más fuertes, de las cuales nos hablan los que han transitado esos senderos.
Entonces por ejemplo, nuestro amigo Juan de la Cruz dice que hay un cierto tiempo que es noche de los sentidos, que es casi como la desaparición, diríamos, de todo apoyo sensible al acto de fe; es una purificación fuerte para la cual Dios, desde luego, da generosamente su presencia y eficacia de su amor, y todavía eso no es lo último.
Porque es necesario también, que incluso aquellos argumentos que harían como razonable el creer, también esa parte imaginativa, intelectual, pero ya más propiamente intelectual, que como entre paréntesis, ya estos son llamados a una noche oscura del alma.
Esas personas despojadas y solas, que avanzan por una noche, con un solo lucero de fe, se convierten como imágenes del despojo de Cristo desnudo sobre la Cruz.
Así como Cristo, en el acto mismo de nuestra redención está despojado incluso de sus vestidos, y nos presenta entonces con toda su fuerza el drama de la miseria humana y también toda la bondad de la misericordia divina, así también estas personas, conducidas por el Espíritu, con un solo lucero, con una sola fe, con una esperanza en el último inocente, sin más luz interna que el fuego del amor que arde en sus corazones, estas personas, así no tengan estigmas en sus manos, así no tengan señales sensibles, como sangre que brote de heridas, son imágenes de Cristo Crucificado y van avanzando por esa noche oscura.
Y aunque nosotros sintamos lástima de ellos, aunque no los podamos comprender, esas personas son los verdaderos bienaventurados, son aquellos a los que se ajusta plenamente la Palabra del Señor.
Experiencia sublime, en la cual, la persona de algún modo, se siente sola de toda la creación, para estar a solas con el Creador, ¿y cómo se sabe que se trata de eso precisamente? Se sabe porque los actos propios de las otras virtudes no cesan.
Si la persona se vuelve intocable: "No se meta conmigo porque estoy en noche oscura", si se vuelve insoportable, neurótica, muerta de miedo, autocompasiva o cualquier otro tipo de cosas, eso no va por ahí, y seguramente lo que necesita es, entre otras cosas, un poco de comprensión, una palmadita en la espalda y que se le diga: "Sí, yo también he pasado por noches oscuras"; a veces con una llamada de mamá se corrige.
Pero si se trata verdaderamente de las noche oscura, es un don muy alto, es un don muy profundo, que deja de manera imborrable en el corazón, la certeza de la victoria de Dios.
Que el Señor, en este día de Tomás, acreciente nuestra fe; si Él nos pide que seamos creyentes, que Él mismo nos haga creyentes para gloria suya.