Ssyj002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19981028

Título: Nada podemos hacer tanto por el Evangelio, como dejar que el Evangelio suceda en nosotros

Original en audio: 7 min. 40 seg.


Conocemos de Simón y de Judas Tadeo, conocemos que fueron amados por Cristo, que fueron elegidos por Cristo, que fueron enviados por Cristo, que fueron ungidos por Cristo, pero no sabemos lo que ellos hicieron.

Conocemos un poco de las obras del Apóstol Pedro, conocemos un poco más de las obras del Apóstol Pablo, pero de estos Santos Apóstoles muy poco conocemos.

Tendremos que esperar al día último, al día de la redención. Sus obras no son visibles para la historia, están solamente ante los ojos de Dios.

Y aquí tenemos dos enseñanzas para nosotros. Primera, Cuando aparecen tan notoriamente las obras de las personas, nosotros podemos creer que Dios está más presente en esas personas cuyas obras vemos, que en otras personas cuyas obras no vemos.

Judas Tadeo y Simón nos ayudan a salir de ese error. Tan Apóstoles como los demás, aunque sus obras sólo aparecerán en el último día. ¿A quién hicieron bien? ¿Y cuánto bien hicieron con su palabra, con su ejemplo, con su intercesión, con su humildad y con su silencio? Eso sólo lo sabe Dios y nosotros lo sabremos en el último día.

Por otra parte, casi todo lo que podemos decir de ellos, hay que decirlo en voz pasiva: "Fueron elegidos", "fueron amados", "fueron perdonados".

Nuestra sociedad y nuestra cultura están acostumbradas a medir las personas en voz activa: "hizo", "dijo", "logró", "consiguió".

La discreta presencia de estos Apóstoles nos invita a recobrar el verdadero sentido de la grandeza humana. Lo grande en el ser humano no es tanto qué hice yo, sino qué me hicieron. Si no me hubieran hecho, si no fuera yo criatura, si no fuera hecho, yo tampoco podría hacer. Y lo mismo vale para los otros verbos.

Dijo, bueno, algo hubiera podido decir, si no lo hubiera podido aprender. ¿Si no hubiera escuchado podría decir? ¿Si no hubiera sido amado podría amar?

De manera que esta modesta presencia de estos Apóstoles nos ayuda a recordar dónde está la verdadera grandeza y dónde está el verdadero centro de nuestro ser. Somos grandes porque Dios obra en nosotros, porque somos obra suya. En eso está nuestra grandeza.

El mismo Pablo, con ser quien era, decían que obraba más que todos: "Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo" 1 Corintios 15,10.

Hay otra meditación que podemos hacer en el día de estos discretos Apóstoles Simón y Judas Tadeo. Y es que resulta que cuando nosotros pensamos en la evangelización, pensamos en que el Evangelio suceda en muchas personas, miles de personas, cientos de personas, decenas de personas.

Pero el Evangelio, la Palabra amorosa y ungida de Jesucristo quiere suceder en la historia humana, y resulta que la única voluntad, la única vida que nosotros realmente le podemos entregar a Dios es la vida de nosotros mismos. Como quien dice, nada podemos hacer tanto por el Evangelio, como dejar que el Evangelio suceda en nosotros.

Es una obra de evangelización darle permiso al Evangelio, dale autoridad y potestad al Evangelio de Dios para que acontezca en nosotros. Y de ese acontecer del Evangelio en nosotros se seguirán todos los otros frutos, algunos de los cuales se ven y otros no se ven.

Cuando los ojos nos impiden tropezar en una piedra, cuando con nuestras manos podemos, por ejemplo, llevar el alimento a la boca, unos órganos sirven a otros exteriormente. ¿Pero quién de nosotros piensa en las glándulas suprarrenales, o en la hipófisis, o en la tiroides? Están ahí soltando microgramos y miligramos de sustancias preciosas al torrente sanguíneo.

Uno puede morirse sin haber visto nunca la tiroides. Sin embargo esa tiroides está haciendo su obra al torrente sanguíneo, está haciéndole bien a todo el cuerpo. No tiene la vistosidad, ni la poesía, ni la nobleza de la mano, no tiene la altura, ni la majestad, ni la hermosura del rostro, y sin embargo está haciendo su obra.

Yo pienso que Cristo necesitaba no sólo apóstoles que fueran como las manos visibles, sino necesitaba también estos otros apóstoles que profundamente insertados en el Cuerpo de Jesucristo fueron soltando miligramos, microgramos al torrente de eso maravilloso que se llama la Comunión de los Santos y así, ya este 28 de octubre, va tomando cierto perfume de la fiesta de todos los Santos.

Ya la discreción de estos Santos, como que nos va preparando a nosotros para pensar en toda esa multitud que celebraremos en pocos días, con la bondad de Dios, en toda esa multitud que ha estado no a flor de piel, cuyas obras no se han visto tal vez demasiado, pero que sin embargo pertenecen con pleno derecho y con plena gracia al Cuerpo de Cristo.

Otra enseñanza que podemos tomar de estos Santos está muy bien expresada en aquella frase de San Francisco de Sales: "Tal vez Dios recibirá más gloria de otras personas que de nosotros".

Amar más a Dios significa muchas veces saber ocupar y saber recibir consciente y alegremente el puesto que a nosotros nos corresponde.

Saber integrarnos en el Cuerpo de Cristo, saber buscar nuestro lugar en el Cuerpo de Cristo es algo maravilloso, es una enseñanza preciosa aquí.