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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20001103

Título: San Martin de Porres: un espejo del Corazon de Jesucristo

Original en audio: 28 min. 32 seg.


Este es un día que significa mucho para nuestra familia dominicana. Estamos gozosos celebrando la obra de Cristo en San Martín de Porres, contemplativo y místico como ninguno, apostólico y servicial como pocos.

Penitente, humilde, manso, vestido de caridad, alegre, fraterno, hospitalario, con una pizca de picardía, cercano a las enfermedades físicas, a las necesidades materiales, pronto para ayudar a los pobres, útil para dar consejos, muy buen catequista, enamorado de las almas, intercesor continuo, adorador de la Eucaristía.

Son tantas las obras que Dios hizo en San Martín de Porres, pero especialmente las hizo con tanto decoro, con tanta delicadeza que toda esa santidad empapada en una vida tan humilde, no asusta, sino que atrae.

La vida de San Martín fue la primera vida de santo que yo leí, y resulta que el librito todavía existe y ahora está despedazado, pero lo pude recuperar, y esos pedazos están en este momento en mi habitación.

Martín de Porres, "Martín de la caridad", como le llamaba la gente, podemos decir, un espejo del Corazón de Jesucristo en estas tierras de América. Uno no sabe qué admirar más en el caso de San Martín de Porres, porque la vida de él estaba diseñada exactamente para que nos sirviera para el Evangelio.

De niño tuvo tres grandes dificultades: primera, se trataba de un hijo ilegítimo, con todos los traumas que esto conlleva: un papá ausente, un hogar escondido, ese sentir una y otra vez, "mi papá no está conmigo, porque nosotros somos los segundos, nosotros somos los de la sobras, nosotros somos para lo que quede, nosotros somos el sobrado". Hijo ilegítimo, con todos los traumas que esto tenía, más en ese tiempo que en el nuestro.

En segundo lugar, se trata de un hombre de piel bien obscura, que por el color de su piel más parecía esclavo que hijo de Dios; despreciado por el color de su piel, marginado, rechazado, insultado, humillado, con todo lo que esto trae de amargura en el alma. "¡Marginado! ¡Tú no cuentas! ¡Tú no vales! ¡Tú no importas!".

En tercer lugar, un hombre pobre, otra marginación más, las limitaciones de la pobreza. "La pobreza no sólo es un mal, -decía alguna vez un filósofo de la calle-, sino que es lo que agrava todos los males".

Estar enfermo es un problema, pero estar enfermo y pobre es más grave. Llegar a la ancianidad puede ser un problema, pero ser un viejito pobre es más grave. Ser un extranjero nos pone en situación de indigencia, pero el extranjero pobre sufre más.

La pobreza es el es el "plus", es el contínuo agravante que hace que todo se vuelva más complicado y más difícil. Martín tuvo esos tres ingredientes: ilegítimo, mulato y pobre.

Yo me imagino que el diablo dijo: "Este plato está como para mí, voy a envenenarle el corazón a este negro desgraciado, y por pobre, y por ilegítimo, y por esclavo, lo voy a llenar de amargura y voy a saciarme con él".

Pero la mamá de Martín era mujer recta y piadosa, y el Espíritu Santo piensa más rápido que el espíritu del mal, eso nunca se nos debe olvidar, nunca sobreestimemos lo que puede hacer Satanás.

El Espíritu Santo es muchísimo más rápido y para un problema tiene centenares de soluciones, y para una herida tiene tantos remedios, y para una dificultad tiene tantas oportunidades. El niño Martín obró con sabiduría.

El himno que tiene nuestra Orden Dominicana para la oración de la mañana, el himno de Laudes, habla de la sabiduría de San Martín de Porres, yo no le había puesto cuidado a ese himno, hoy llegué un poco casualmente a él. Es un himno muy bonito, porque habla de la sabiduría.

Nosotros estamos acostumbrados a pensar: "El humilde es el que no tuvo fuerzas para dejar de ser humilde; el humilde es el que no le alcanzó la plata o la fuerza para ser orgulloso". Por lo menos esa es la versión de nuestro filósofo Nietzche: "Si eres humilde es porque eres cobarde, porque si no fueras cobarde no serías tompoco humilde".

Así habla en realidad el mensaje del príncipe de este mundo, ser humilde es no tener fuerza, ser humilde es no tener razones, ser humilde es no tener dinero; pero Martín de Porres es una humildad vestida de sabiduría.

Hay un ejemplo que precisamente lo compartía en otra Eucaristía que celebraba hoy: si yo soy una persona tranquila y llega alguien cargado de odio y yo empiezo a odiar, yo le di la victoria al odio; cuando el odio de mi enemigo se me entra a mí, le estoy diciendo a mi enemigo: "Me enseñaste a odiar y me volví discípulo de tu odio".

Cuando yo repito lo que me hacen, estoy diciendo que lo que me hacen es más fuerte que lo que yo tenía.

¿De quién quieres tu ser discípulo? Si tú entras en la dinámica del odio y de la venganza, le estás diciendo al malvado, al criminal, al abusivo le estás diciendo: "Tus armas son mejores que las mías, prefiero tus armas a las mías" ¿Es sabio eso? ¿Es sabio volverse discípulo de tu enemigo? El que aprende a odiar se vuelve discípulo de su enemigo.

Martín tuvo una respuesta distinta, él no quiso aprender del que le odia, quiso aprender del que le ama, inteligencia, sabiduría, se puso a aprender del que lo ama.

Si viene el demonio a ti y tu le dices: "Señor demonio, déme unas clases para aprender a odiar con fuerza", te estás volviendo discípulo del que te odia. Hay que aprender a ser discípulo del que te ama, y eso es lo que nos ha recordado el evangelio del día de hoy.

Jesús ha dicho: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso" Mateo 11,19.

El Señor Jesús nos propone: "Aprended de mí, aprende de mí que te amo", ¿O vas a escoger a aprender del que te odia? Habrá estupidez más grande, habrá insensatez mayor de tomar por maestro al que te destruye? La humildad es sabia, porque sólo el humilde, pero el humilde que no es cobarde, sólo el humilde escoge el mejor maestro, el maestro que ama, el maestro que le ama.

Martín aprendió eso, ya hemos escuchado cuál era el insulto predilecto que el diablo ponía en la boca de los niños, de los ricos, de los blancos, de los legítimos. El insulto preferido del diablo en contra de Martin era: "¡Perro mulato!"

Un día Martín hizo este descubrimiento: "Yo puedo aprender del que me ama, es estúpido aprender del que me odia". Cuando descubrió esto se fue donde Jesús y le dijo: "Ya no me voy a poner bravo cuando me digan perro mulato".

Y muchos de los que se conviertieron al Evangelio, se conviertieron, desde el amante de un líder, desde la humildad que Martín aprendió siendo niño: aprende del que te ama.

Martín llegó a la Comunidad Dominicana. Nuestra Orden tenía varios conventos en Lima. Martín fue contemporáneo de una gran Santa; Rosa de Lima, que era discípula espiritual de Santa Catalina de Siena. Rosa de Lima tomó camino de santidad a Catalina, fueron contemporáneos. Rosa no fue religiosa, ella era laica, vivía con su familia.

Martín llegó al convento de los Padres Dominicos, era un hijo ilegítimo, ¿qué se presume de ahí? "Hombre traumatizado", en nuestro lenguaje de hoy. Le quedaba muy difícil aspirar a ser un religioso.

La Comunidad no lo iba a recibir como un religioso, vea las cosas de la vida, no lo iban a recibir, entonces Martin dijo: "Bueno, pues entonces, yo me regalo", eso es lo que se llama un donado, un regalado. Martin dijo: "Pues hagan de cuenta que les llegó un empleado gratis y déjenme estar aquí". "-¿Y usted qué sabe hacer?" "-Soy barbero".

Pero hay que decir que los barberos de la época eran gente que sabían muchas cosas, porque en esa época, aunque a usted le parezca extraño, la barbería, la pequeña cirugía y la odontología estaban unidas, de manera que los barberos trabajaban no sólo afuera del cachete, sino también adentro del cachete. Martín era un barbero de esos, pero era un barbero que tenía las manos entregadas a Dios.

Cuando yo era niño, leí la vida de San Martín, entonces miré el cuentecito ese, por eso hay que darles libros de santos a los niños, procuren ustedes quemar con kerosene los pokemones, no, mentira, no hay necesidad ser violentos.

Pero hoy mi sugerencia es: desestimulen todo lo que sean muñecos de esos, desestimulen todo eso, háganle ver rápidamente a los niños el aspecto cretino que eso tiene, de manera que el niño rápidamente se desencante de todo eso, procuren más bien que los niños se encanten de los santos.

Entonces yo era un niño y estaba leyendo a San Martín de Porres. San Martín era un barbero que trabajaba afuera del cachete y adentro del cachete. Una vez, uno de esos españoles, que resultó que era muy soberbio, tenía un dolor de muelas espantoso, él le indicaba que le iba a hacer el tratamiento de conductos, ¿o qué? ¿No podía haber tratamiento de conductos en la época o que?

Bueno, este señor llegó buscando quién le pudiera atender. En la época, como sabemos, no había anestesia, algunos doctores operaban con Anastasia, que era la enfermera levantapesas que sentaba al paciente.

Este señor, muerto de dolor, después de recorrer a la pequeña ciudad de Lima, el único que lo podía atender era el negro este, y con este racismo que traía el españolete, yo no sé si lo tenían todos, pero éste lo tenía exacerbado, con ese racismo dijo: -"¿Y ahora qué hago para dejarme tocar por este negro? El lema de este español, según las biografías, era: "Negro, ni el teléfono", y con ese racismo tan terrible, este señor decía: "¿Qué hago para dejarme tocar del negro?"

Pasaba por el frente del despacho del negro, el negro era el negro Martín, hasta que finalmente se resolvió a entrar: "¿Bueno, usted qué podrá hacer por esto?" Martín lo recibió con mucha humildad, con mucha caridad, tenía una sonrisa muy linda, muy acogedora, muy amorosa, eso es un privilegio de nuestra raza.

Bueno, el hecho es que entró el español al despacho este, y estaba que rezongaba: "¡Quién sabe qué me va hacer! ¡Quién sabe que va a suceder! ¿Y ahora, qué me va a pasar? ¿Y este sí sabrá de este asunto?" Abría la boca y seguía rezongando eso, cuenta la biografía. Entonces le dijo:-"-¿Bueno, cuándo va a empezar?...." y le dijo Martín: "-Ya, ya acabé..."

Ahí, en ese sencillo milagro, en ese milagro hecho en contra vía, en ese milagro, hecho frente a la persona que no sabía sino protestar, quejarse y rezongar, ahí aparece la fuerza de Martín y aparece esa especie de buen humor, esa picardía del santo: "Aquí está su diente".

Ustedes saben que hasta hace poco la solución odontológica para todo era extracción total. "-¿Cuándo va a empezar?" "-Aquí está, ya acabé, aquí tiene su diente". El hombre abre tamaños ojos. Cuentan que Martín dijo: "No me abra los ojos que no le voy a hechar gotas", eso si no lo dijo, pero el hombre este quedó asombrado.

Así llegó Martín al convento de los Padres Dominicos. Los Dominicos de la época no eran unos santos, o tal vez había algunos, pero miraban con recelo: "¡Eso, en medio de tanta negrura, quién sabe!" Lo recibieron como donado, como regalado al convento y así estuvo mucho tiempo.

Pero el prior del convento, que durante varios períodos fue un señor Fray Barragán, se fue dando cuenta de la virtud que había en este hombre y luego lo acogió como religioso, fiel hermano cooperador, religioso, no sacerdote de nuestra Comunidad.

Termino contándoles otra anécdota de San Martín de Porres, porque es bueno que descubramos la alegría que hay en estos santos.

En alguna ocasión un par de muchachitos se robaron alguna cosa en el mercado, los muchachitos parece que no era por golosina, sino por física hambre, los muchachitos, no recuerdo si eran hermanitos, o primitos, el hecho es que se robaron alguna cosa en el mercado.

Y emprendieron la carrera desesperada, porque el dueño, vamos a suponer que fueran unas frutas, se dio cuenta y empezó a perseguirlos y a gritar y a vocearlos por todas partes, y entonces salió la policía a agarrar a esos ladrones, ladrones famélicos, ladrones con hambre.

Y estos muchachos que corrían y corrían, y en medio de su carrera encontraron abierta una de las puertas del convento y les salió una vocación impresionante, y entraron al convento a toda carrera y les salió una vocación repentina, y encontraron su salvación en el convento, y entrando a toda carrera, y llegaron por un corredor, y llegaron a la pieza de Fray Martín de Porres, porque el santo estaba ahí y estaba orando.

Y el Santo les pregunta, y ya casi se oian los pasos de los policías, porque también a los policías les salió vocación, y entraron al convento, y primero les pregunta Fray Martín, y estos, más con los ojos y con el sabor que con las palabras, le explican que habían hecho algo malo, que no lo iban a volver a repetir, pero que tenían demasiada hambre y que no habian sabido que más hacer.

Entonces los niños desesperados, los van a meter a la cárcel, qué problema, ¿qué hacemos entonces? Y entonces les dice San Martín: "Ustedes no se preocupen, quédense aquí callados y yo voy a hacer oración", y los niños se quedaron allá en la pieza de San Martín callados; llegó la policía y se dicen: "Tienen que estar allí, porque es la única pieza abierta".

Y estaba San Martín arrodillado, estaba en un reclinatorio, allí arrodilladito haciendo oración, y preguntan los policías: "-¿Y qué se hicieron?" Y Fray Martín pregunta: "-¿A quién buscan? Que unos ladrones, que no se qué, entonces les dice San Martín, fíjense lo pícaro: "Ustedes pueden mirar", y ellos abrieron los ojos más, abrieron los ojos y no vieron a nadie, y ahí estaban, pero no los vieron.

San Martín estaba orando en ese momento, "ustedes pueden mirar", fíjense y no estaba diciendo mentiras, él no decía mentiras; "pueden mirar", y miraron y miraron y no los vieron... "-Disculpe, siga su oración, ruegue por nosotros, permiso, adiós..."

Los niños temblaban de alegría, temblaban de llanto, les escurrían las lágrimas, y se preguntaban: "-¿Pero por qué no nos vieron si estábamos ahí? ¿Si nos daba el sol en la cara? ¿Por qué no nos vieron?"

Como de costumbre, porque esa fue costumbre que tenía San Martín, él no explicaba nada, además, ¿quién puede explicar eso? Simplemente les dio una pequeña catequesis sobre cómo Dios podía socorrer las necesidades de ellos de otra manera. Y dicho eso, con mucha discreción, los sacó del convento por otra puerta. Una oración que volvió invisibles a unos niños, un momento de conversión.

La vida de San Martín de Porres está llena de anécdotas hermosísimas, está llena de ternura y de humanidad; podemos decir que Cristo le dio de su Corazón a San Martín de Porres; podemos decir que Cristo hizo palpitar su corazón en Martín de Porres; podemos decir que en la oración de Martín y en las palabras de Martín, muchas veces, estaba Cristo ahí obrando.

Es una bendición para nosotros que existan los Santos, los Santos hacen el Evangelio cercano a nuestras vidas, los Santos nos hacen descubrir cómo, todo eso que cuenta el Evangelio, es vivo, actual, eficaz.

Los Santos son como una homilía viva. Dice la Carta a los Hebreos: "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre". Carta a los Hebreos 13,7-8. Jesucristo, el que vive, el que reina, el que merece la alabanza y el honor por los siglos.


Amén.