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Fecha: 19970827

Título: La principal obra de misericordia es suplicar a Dios la conversion de los pecadores

Original en audio: 6 min. 45 seg.


Veintisiete de agosto, fiesta de Santa Mónica, la madre de San agustín. El papá de Agustín era un pagano que sólo recibió el bautismo, según parece, al final de su vida. Mónica, en cambio, era cristiana. Por esta razón, ellos no bautizaron a sus hijos cuando pequeños. Ya aquí hay una primera enseñanza.

Agustín creció fascinado por las grandezas y por las bellezas de la cultura de su tiempo, es decir, la cultura del Imperio Romano. Mónica vivió a finales del siglo IV y principios del siglo V. Y en esa época el Imperio Romano dominaba en todo el Mediterráneo, incluyendo el norte de África, a donde vivían Mónica, Agustín y el resto de la familia.

Agustín pues, creció sin bautismo. Nada de raro tiene que este muchacho inteligente, perspicaz y con grandes facilidades para la palabra creciera en muchas cualidades, pero no ciertamente en el amor de Dios. Más bien, los impulsos y las pasiones propias de la juventud sirvieron para que él se desviara en poco o en mucho de las costumbres y de las enseñanzas del Evangelio.

La mamá, Mónica, que lo había dado a luz para esta tierra, consideraba que no sería verdaderamente madre mientras no lo diera a luz para el cielo. Y esta es una segunda enseñanza.

Porque ser mamá sólo para esta tierra es poco, dado que la condena de muerte y la sentencia del final, está decretada para todos los que nacemos; y nacer para esta tierra simplemente es hacerse merecedor de esa sentencia de muerte.

Mónica entonces, viendo que la eternidad de su hijo estaba verdaderamente en peligro, por las ideas equivocadas y por las costumbres erradas, acudió con consejos y con palabras a convencer a su hijo, y habló de muchas maneras, pero obtuvo poco fruto.

El muchacho, pagado de sí mismo, de sus estudios; seguro de sus fuerzas y de su inteligencia, rechazaba más bien con presunción las palabras de su piadosa madre.

Un día, cansada de tratar de convencerlo a él, fue donde un sacerdote y este le dio el siguiente consejo: "Ya le has hablado mucho a Agustín sobre Dios, ahora háblale a Dios sobre Agustín". Y Mónica siguió puntualmente este consejo. Empezó a orar, a hablarle mucho a Dios sobre su hijo.

El mismo Agustín, que se convirtió gracias a estas oraciones y lágrimas, recuerda emocionadamente en sus escritos ese corazón orante, ese corazón intercesor, ese amor grande de madre con el que Mónica fue labrando poco a poco el camino del Evangelio en su hijo.

Agustín había estudiado sobre todo retórica, oratoria; tenía, podríamos decir, la capacidad de discutir y la había desarrollado en grado sumo; hasta cierto punto era invencible en las discusiones, no se dejaba convencer de nadie. Pero el poder de Dios, la misericordia de Dios y las lágrimas de su madre, lograron lo que las solas palabras y los argumentos no podían logar.

La Iglesia recuerda hoy a santa Mónica, y prácticamente la gran obra de su vida es precisamente esta que acabamos de recordar brevemente, es decir, la súplica de la conversión y el logro de la conversión de su hijo, el gran Agustín de Hipona, obispo de la Iglesia.

Esto también nos enseña que para Dios la conversión de una sola persona, de una sola, es mérito suficiente para la gloria. Así lo dice, efectivamente, la Carta del Apóstol Santiago, dice: "El que logre convertir a un pecador de su mala vida, cubrirá sus muchos pecados" Carta de Santiago 5,20.

Fíjese que la mayor parte de los que estamos aquí tenemos pecados que nos asechan, que nos acusan de nuestra vida pasada. Bien está que nos arrepintamos y que hagamos confesión de ellos, pero si queremos resarcir el mal que hemos hecho, ya no es tiempo de que simplemente nos castiguemos a nosotros mismos: "Yo he sido malo", "yo he sido muy malo".

Si ya te has confesado y Dios te ha perdonado, ya no hay que insistir en eso; más bien, hay que llenar nuestras manos, nuestro corazón de buenas obras y saber, sobre todo, que la primera de las buenas obras, la gran obra de misericordia, la gran obra de caridad es suplicar la conversión de los pecadores y lograrla, primero con lágrimas, y si el Señor nos lo concede, con palabras que Él inspire.

El ejemplo de Santa Mónica condujo a San Agustín no sólo a la fe cristiana, sino incluso hasta el don del sacerdocio y del episcopado. Agustín fue y es obispo de la Iglesia.

Pues que también este corazón amoroso de esta mujer llena de fe, nos conduzca a nosotros hacia la Eucaristía, a reconocer a Cristo presente en medio de nosotros y a adorarlo como nuestro Señor y Salvador.