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Fecha: 19960814

Título: Maximiliano Kolbe

Original en audio: 7 min. 17 seg.


Este santo mártir que recuerda la Iglesia el día de hoy, Maximiliano María Kolbe, es conocido especialmente por el último acto de su vida.

El heroico y sencillo ofrecerse para reemplazar a un condenado a muerte. Esto sucedió en los campos de concentración de los nazis, a donde había ido a parar este sacerdote católico, fundamentalmente por su obra proselitista.

El nazismo llegó a detectar cualquier proselitismo que no fuera en favor del régimen, que no fuera a favor del sistema, y por eso se fue oponiendo progresivamente a todo sistema de pensamiento, y no sólo el judaísmo, a toda raza, a toda cultura, a todo lo que no fuera el mismo.

En ese orden de ideas, Maximiliano María fue llevado a un campo de concentración donde la mayor parte de los allí reclusos, eran judíos. Compartió, pues, esta triste suerte del judaísmo y allí es condenado a muerte, a una muerte además terrible, uno de los presentes.

Maximiliano, con sencillez y con audacia, señales de un amor profundo y firme, dice al encargado de semejante espectáculo: “Yo soy sacerdote católico, este hombre tiene esposa y tiene hijos, permita que yo lo reemplace”.

Y por una rareza en medio de semejante extremos de crueldad, este argumento, que era un argumento de misericordia, caló hasta los encargados, hasta los esbirros del sistema nazi.

Entonces Maximiliano pasa a reemplazar al condenado y no para ser fusilado ni para ser electrocutado, sino para una muerte espantosa en medio de la soledad y del hambre. Fueron los últimos días de su vida unos días de extinguirse de hambre junto con otro número de presos.

Sin embargo, la resistencia física pero también la contextura espiritual de Maximiliano llevaron a que, mientras todos sus compañeros del que se llamaba el “bunker de la muerte” o el “bunker del hambre”, donde estaban padeciendo este tormento, se murieron, Maximiliano seguía vivo, aunque sumamente débil. Por eso los nazis pusieron fin a su vida con una última inyección letal.

Bueno, esta historia es suficientemente ilustrativa, porque lo que hizo Maximiliano realmente es demasiado semejante de lo que hizo Cristo; también Cristo ofreció su vida por condenados a muerte, y ciertamente, una muerte eterna, como somos nosotros.

Ya esto sería argumento suficiente para una predicación, pero es que además hay en toda la vida de Maximiliano, y no sólo a la hora de su muerte, un mensaje que es un mensaje para nuestro tiempo.

Él estaba ahí en el campo de concentración por predicar una sociedad nueva fundada en el amor y fundada en el conocimiento y veneración a la Virgen Inmaculada.

Inició la obra que en Polaco entiendo que se dice Niepokalanouw, estas son las Ciudadelas de la Inmaculada; favoreció la renovación en fervor, en celo por el Evangelio de su Comunidad, de los Frailes Menores. Estuvo en Japón, desde sus primeros años de sacerdocio quiso ofrecerse enteramente por Cristo y él creyó que encontraría el martirio en las tierras del lejano oriente.

En realidad Dios se lo tenía reservado así, pero más cerca de su tierra natal. Era un hombre preparado, conocedor se la ciencia y doctor en filosofía, había renunciado, en cierto modo, a los sabores de esta tierra, para poder decir con San Pablo: “Yo sólo sé de Cristo, y Cristo Crucificado” 1 Corintios 2,2.

Esta rápida y desordenada enumeración es para decir que Maximiliano murió como vivió, dándose por completo al servicio de Dios y al amor a la Virgen María.

Me impresiona su figura, me impresiona su deseo de que María sea realmente conocida y que creamos, que en Ella, Dios inauguró un universo nuevo, el universo querido por Él, el universo en el que se cumple su voluntad, el universo en el que se adora su gloria.

Y también me impresiona que tal como están las cosas en la liturgia, esta solemnidad, esta memoria de San Maximiliano María viene a fundirse con la solemnidad de la Asunción de la Virgen María.

La memoria de San Maximiliano, el su oficio litúrgico, tiene la parte correspondiente a la mañana, pero no hay unas vísperas de la memoria de San Maximiliano, porque las vísperas de él son las primeras vísperas de la Asunción.

A un hombre que conoció y amó tantísimo a la Santísima Virgen María, especialmente como Inmaculada, creo que este hecho de fundir su celebración litúrgica con la de la Virgen, debe tenerlo bastante contento.