Sman004a
Fecha: 19990908
Título: Adoptar a la Santisima Virgen Maria
Original en audio: 27 min. 28 seg.
Esta fiesta litúrgica se parece mucho a la celebración de un cumpleaños. No tenemos datos históricos, concluyentes, sobre el día del nacimiento de la Santísima Virgen, y tal vez algunos de nosotros nos estemos preguntando: "¿Por qué resultó esta fecha, ocho de septiembre, para esta celebración?"
De pronto, algún perspicaz puede decir: "Está relacionada con otra fecha de la Virgen, la Inmaculada Concepción", que es el día ocho de diciembre.
Eso podría ser, pero la realidad histórica es lo contrario: el ocho de diciembre se escogió como fiesta de la Inmaculada Concepción, en razón de que existía esta fiesta del ocho de septiembre, la Natividad de la Virgen María.
La fiesta de la Inmaculada Concepción para la Iglesia entera es relativamente reciente porque, como sabemos, el dogma de fe de la Inmaculada Concepción fue declarado solemnemente el siglo antepasado, a mediados del siglo XIX. En cambio, esta fiesta del nacimiento de la Virgen es muy antigua.
Esta fecha de hoy está ligada a la dedicación de una iglesia al nombre de María, hacia el siglo IV o V, en Jerusalén, dedicación que sucedió el ocho de septiembre del año correspondiente.
La verdad es que más de una de las fiestas de la Virgen tiene que ver con dedicaciones de iglesias. Cuando se han querido celebrar misterios de la vida de María, sin que haya evidencia histórica sobre cuál día del calendario debería corresponderles, se ha apelado a este recurso: tomar fechas de dedicación de iglesias.
Es lo mismo que sucede con el cinco de agosto, que hay un fiesta también de la Virgen, por la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor.
Lo importante en estos casos no es el número ni el mes en el año; lo importante es que el misterio, como tal, no se quede sin celebrar. De hecho, lo mismo sucede con el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo: no tenemos constancia última, rigurosa, incontestable, de que Jesús haya nacido en la noche entre el veinticuatro y el veinticinco de diciembre.
Pero eso no nos priva de celebrar ese misterio escogiendo la fecha en el calendario del año, de acuerdo con ciertas conveniencias, o con cierto provecho pastoral, o de acuerdo con los recuerdos y la historia del pueblo cristiano.
Insisto: lo importante es que el misterio no se quede sin celebrar. Y por eso ahora, con la ayuda del Señor, invocando el auxilio del Espíritu Santo, queremos acercarnos ya no a los datos históricos, porque no los hay, sino a ese misterio: ¿por qué celebramos esta fiesta?
Son pocos los nacimientos que celebra la Iglesia: celebramos el nacimiento de Jesucristo, celebramos el nacimiento de San Juan Bautista y celebramos el nacimiento de la Virgen.
¿Es solamente un expresión de cariño, de piedad, de devoción? No sería un motivo despreciable: todo lo que vaya en orden a aumentar el amor a la Santísima Virgen María redunda en bien del pueblo de Dios porque el amor es unitivo.
Y por eso, cuanto mayor sea el amor, -desde luego, en Dios, rectamente entendido, según nos enseña la Iglesia-, cuanto mayor sea el amor que tengamos por María, mayor va a ser la unión de nuestro corazón con su Corazón Inmaculado.
Y esto nos va a hacer mucho bien, porque Ella, como primera creyente, como primera discípula, se convertirá, entonces, en la Maestra de vida espiritual para nosotros, ¿y qué más quisiera uno que una Madre así?
Pero, además de esa razón de cariño, de devoción, de gratitud, podemos buscar en las lecturas que hemos compartido y en la fe que la Iglesia tiene entorno a los misterios de María, otros motivos y razones.
Es importante que la fe no sólo arda sino que ilumine. Necesitamos cristianos fervorosos, cristianos ardientes, pero necesitamos también cristianos llenos de luz. El Apóstol San Pedro en su Primera Carta dice que, "estemos prontos a dar razón de nuestra esperanza" 1 Pedro 3,15.
Yo comparo el ardor con un motor, y comparo la claridad de la inteligencia con las luces en un carro. Hay que tener no sólo motor sino dirección y luz.
Hay cristianos muy fervorosos que lo darían todo por la Santísima Virgen, que aman entrañablemente a la Santísima Virgen, pero que, tal vez, no tienen manera de dar razón, ni aun la más elemental, sobre su fe y sobre sus misterios. A veces esta fe sin ilustración, esta fe sin luz, se presta, incluso, para burlas.
Yo propongo que al que le falte amor en el corazón, que lo busque en la piedad, en la devoción, en la adoración, en el arrepentimiento de sus pecados, en la contemplación de los misterios que nos han dado vida. El que no tenga ese motor, que lo busque; que lo busque, porque sin amor nada se hace.
Pero el que tenga amor, que no se contente sólo con tener gran entusiasmo, o entrañable devoción: procure también iluminar su caridad, iluminar su inteligencia.
Con este presupuesto, meditemos en lo que significa el nacimiento de la Virgen María.
Si nosotros pensamos en nuestro propio nacimiento, lo primero que descubrimos es que cada cumpleaños que celebramos nos aleja de ese momento del nacimiento y nos acerca a la muerte.
Un profesor que tuve en la universidad nos hacía esta pregunta: "¿Usted cuántos años tiene?" y, claro, uno respondía con el número de años que habían pasado desde el nacimiento, y él iba diciendo: "Usted no tiene esos años", o decía: "Usted no sabe si tiene esos años".
Nosotros pensamos que se trataba como de una especie de juego, dado que uno no tiene certeza inmediata del momento en el que nació, uno no tiene recuerdos de eso. Le preguntaba a un compañero mío: "-¿Usted cuántos años tiene?" "-Tengo veintiséis años". Y el profesor le respondía: "-Yo creo que usted tiene muchos más años que esos", y uno se extrañaba.
A un hombre de veintiséis años se le ven sus veintiséis años: ¡se le ven en la cara, en el cuerpo! Después que nos hizo esa dinámica, nos explicó: "Si a usted le dieron, por ejemplo, cien mil pesos y ha gastado cincuenta y un mil, cuántos pesos tiene? Pues cuarenta y nueve mil. Los años que usted tiene son los años que le quedan, esos son los que tiene, los otros ya no los tiene, los otros ya los entregó". Por eso le decía al amigo de los veintiséis años: "usted, seguramente, no tiene veintiséis años,-porque lo más probable es que esa persona viva mucho más que otros veintiséis años-.
Los años que uno tiene no son lo años que ha vivido, sino los años que le faltan por vivir. Eso nos enseñaba ese profesor.
De acuerdo con lo anterior, uno cada vez tiene menos años, -cosa que puede ser un descanso para muchos y muchas de nuestros oyentes: ¡Ahí está como esa justificación científica de ese quitarse la edad de algunas personas! ¡Cada vez tienen menos años, porque cada vez se aproximan más a la muerte, y cada vez se distancian más del nacimiento! Pero esa distancia no es sólo en el número de años que uno ya no tiene porque ya los ha vivido. Nosotros nos distanciamos de nuestro nacimiento, también, por todo lo que ya no seremos, por todo lo que hubiéramos podido ser.
Podemos decir que el nacimiento es como el árbol en semilla, y a lo largo de toda nuestra vida esa semilla tiene que germinar, crecer y volverse robusta y grande.
Lo que quiero decir, en fin, y esta es la primera aplicación para nuestra vida en esta fiesta, es que todo nacimiento es una promesa. Mas no todas las promesas se cumplen, y lo que nosotros vemos en la vida de la Virgen María es una promesa cumplida. Es hermoso meditar en el nacimiento de la Virgen para descubrir que todo lo que estaba prometido ahí, todo se ha cumplido.
Podemos decir que María es una promesa cumplida y podemos decir, en ese sentido, que, aunque nuestra vida tiene muchas promesas que se han cumplido, tiene también muchas otras que no se han cumplido.
Volver a nuestro propio origen, volver a nuestro nacimiento, es volver a meditar en todo lo que Dios quería de nosotros cuando nos trajo a este mundo. Mucho más que el papá, mucho más que la mamá, fue Dios el que quiso que yo existiera.
Dios es mi Padre, Dios es el que ha querido que yo exista, y Dios me envía a esta tierra y quiere que esté en esta tierra con un plan. Ese plan es lo que está como en forma de promesa en un niño que nace.
Nosotros sabemos que esta Bebita, a la que hoy recordamos con amor, creció, se hizo niña, se hizo adolescente, mujer, esposa, madre. Sabemos también que su camino en esta tierra terminó: sabemos que está en la gloria de los cielos. Sí: ha crecido.
Si nosotros hoy volvemos nuestros ojos al comienzo de esa historia, es decir, el nacimiento, lo que descubrimos es que todo lo que estaba prometido en el nacimiento de Ella, todo se ha cumplido; podemos decir que es una persona en la que Dios ha podido realizar plenamente su plan: plan de amor, plan de sabiduría y, por consiguiente, es una ocasión preciosa para que cada uno de nosotros se haga una pregunta: "¿Y Dios qué estaba pensando cuando me creó?"
Vamos a plantearlo así: ¿A cuáles de las expectativas, a cuáles de los anhelos de Dios, mi vida ha respondido? ¿Cuántas cosas están sin responder? ¿Cuánto de lo que prometía mi nacimiento está sin responder? ¿Cuánto falta por completar, por vivir esa promesa que fui yo mismo cuando nací?
Decía un pensador: cada niño que nace es una prueba de que Dios no ha perdido la esperanza en la Humanidad. Cada niño que nace es como una nueva apuesta de Dios para este mundo. Es una manera un poco literaria de describir las cosas.
Nosotros como creyentes, como cristianos, podemos aprovechar esa reflexión y decir: "¿Y de mi vida qué? De lo que Dios quiso para mí cuando yo llegué a esta tierra, cuando yo también fui un bebé pequeñito, como hoy contemplamos a María, como una Bebita, cuando yo estaba así, había muchas promesas y había muchos anhelos de Dios... ¿Qué pasó conmigo? ¿Cuáles de esos anhelos, cuáles de esos planes se quedaron en promesa?" Esa es una reflexión que cabe hacernos.
Una segunda reflexión para el nacimiento de la Virgen, proviene de la condición en la que sabemos que están los bebés: a la inmensa mayoría de los seres humanos los bebés nos inspiran cariño, ternura, deseo de protegerlos. Desde luego, esto es mucho más acentuado en el sexo femenino, pero yo creo que todos lo sentimos. ¿Cómo no conmoverse, cómo no sentir cariño, ternura y deseo de cuidar?
Este nacimiento de la Virgen María nos invita a enriquecer nuestra manera de ver a la Virgen con una nueva actitud. Fíjese usted que todos los misterios de la Virgen la presentan fuerte, la presentan grande, la presentan santa. El único misterio, me atrevo yo a decir, en el que Ella aparece, como más pequeñita que nosotros, es éste.
En el misterio de su nacimiento, María aparece como más pequeñita que nosotros. Y hay que saber aprovechar para Dios todo lo que bulle en nuestro corazón. Si nos inspira ternura esta bebé, no nos quedemos sólo en el aspecto humano, por así decirlo, en el aspecto casi carnal de este cariño, de esta ternura. Pensemos, desde Dios, lo que significa esto: una bebita.
Todavía hay otro misterio, el de la Inmaculada Concepción, en que Ella estaba más pequeñita, mucho más pequeñita. Pero allá, en la Inmaculada Concepción, nosotros no podíamos ni verla ni abrazarla; no estaba todavía para nosotros, pues uno empieza a existir para la historia humana sólo cuando nace. Por eso se dice: "dar a luz", "venir al mundo."
La primera vez que podemos contemplar a María más pequeña que nosotros, es en esta fiesta. En este sentido, esta fiesta es única: es la fiesta del nacimiento, y esto nos inspira sentimientos particulares.
Estamos acostumbrados, por ejemplo, a imaginar que la Virgen nos cargue a nosotros: "Somos tus niños pequeñitos, María: cárganos." Pero, resulta, que hoy es una Bebé y no nos puede cargar, hoy nos toca cargarla a nosotros. ¡Está muy pequeñita! ¡Hoy no nos puede cargar!
Estamos acostumbrados a pedirle a la Virgen que nos guarde, que nos arrope con su manto. Hoy está muy pequeñito ese manto: no nos puede arropar. Nos toca arroparla a nosotros.
Estamos acostumbrados a pedirle a María que nos mire: "Míranos con esos tus ojos misericordiosos". Pero, hoy, está muy pequeña, duerme mucho (todos los recién nacidos duermen bastante). No nos puede mirar mucho. Nos toca a nosotros mirarla.
Y casi siempre le pedimos que nos cuide, que nos auxilie. Hoy está muy pequeñita; hoy nos toca, más bien, cuidarla a nosotros.
Por eso digo que esta fiesta es particular. Pero dije también que hay que sacar un provecho en Dios de estos sentimientos tiernos. Imagínese lo que sería ir allá, a la casa de Joaquín y Ana, y decirles: ¿Me la prestan un momentico? ¡Y cargarla un momentico! La niña pequeña, María. ¿Qué trae esto para nosotros? Trae una bendición inmensa: adoptar a la Virgen.
Es cierto que por gracia que Dios le ha dado, y cooperación de la voluntad de María con esa gracia, Ella excede en santidad no sólo a cuanto conocemos, sino a cuanto sabemos que existe en los cielos. Eso es cierto. Pero no son desperdiciados nuestros sentimientos de amor y ternura hacia esta pequeña bebé, y no es desperdiciado que nosotros queramos adoptarla: ¡adoptar a la Virgen!
¿Por qué esto es grande, y es importante? Pensemos en un matrimonio, una familia. Si una pareja adopta espiritualmente a la Santísima Virgen--y para eso el único misterio que tenemos en la liturgia católica es el del día de hoy--los sentimientos que inspira esta Niña purifican el corazón.
Esto, en buena parte, lo hacen los bebés que conocemos. Por ejemplo, para llamar las cosas por su nombre, cuando uno como sacerdote habla con cercanía a las parejas, ellas dan fe que su vida íntima, sexual, cambia cuando llegan los hijos. Podríamos decir que del aspecto, en primer lugar, como más pasional, se pasa a una realidad más profunda, más entrañable, más cariñosa.
La presencia del niño, la presencia del bebé le da una dimensión nueva a la intimidad de la pareja, porque muestra que no es sólo el ejercicio de dos cuerpos que se aman, no es sólo elejercicio del placer, sino que es también el ejercicio y el camino de la vida.
Cuando la pareja siente que su intimidad fue tocada por el Dios creador y que eso dio origen a un bebé; cuando la pareja siente que su sexualidad es tocada por Dios, mira de un modo distinto esa sexualidad.
Desde luego, todo cristiano debería tener esto perfectamente claro, y nunca el hombre debería tratar a la mujer como un objeto, o la mujer al hombre como un objeto; pero, aunque esto es así, la mirada cambia cuando se piensa que en medio de esa intimidad, de ese gusto, de ese placer, estaba Dios: ¡estaba Dios obrando!
El niño no viene a estorbar la sexualidad de la pareja, como nos pretende hacer creer esta cultura del placer, esta cultura hedonista.
Dios no viene a la intimidad de la pareja a estorbar, viene a bendecir, y cuando la pareja se siente tocada y bendecida por ese amor creador de Dios, y esto lo ve concretado en el niño, su intimidad, su manera de ver el cuerpo, su manera de ver el placer, su manera de ver el afecto, cambia.
Los niños llegan no sólo como frutos de la sexualidad de los padres, sino como expresión de la bendición de Dios para la vida sexual de los papás. Esta es la bendición que traen los niños, y esto lo trae, en realidad, todo niño. Pero lo trae no solamente para los papás.
Son los mismos sentimientos que nos inspiran los niños pequeños. Fíjate que una persona que tiene sentimientos de compasión, de cariño, de amistad, de alegría con los niños, usualmente, es una persona que puede guardar la pureza propia de su estado de vida.
Si esto es así, pensemos lo que significa adoptar a esta Niña, a la Virgen María. Ella llega a nuestra vida como la santificación de nuestros afectos, como la sanación, desde la raíz misma, de nuestro modo de ver al hombre, a la mujer, al cuerpo, al corazón, a la historia, a los sentimientos.
Por todo eso desde hace algún tiempo estoy en la campaña de que adoptemos a la Virgen. No sólo hay que sentir que Ella es nuestra Madre--y lo es: Madre, en el orden de la gracia.
No podemos callar esa verdad, pero hoy, en la fiesta del nacimiento de la Virgen, tenemos que añadir algo más: no sólo que Ella nos adopte como Madre: ¡nosotros vamos a adoptarla como Hija! Vamos a recibirla en nuestro corazón, porque estoy seguro que, así como donde hay niños se siente que el paso de Dios estuvo cerca del cuerpo humano, así también donde está esta Niña, el corazón se limpia, se purifica.
Y por otra parte, tenerla así cerca y verla crecer en nosotros, en nuestros hogares, en nuestras vidas, en nuestros pensamientos, es una invitación perpetua a crecer como Ella creció: bella ante los ojos de Dios.
Lo que se dice en la Escritura de su Divino Hijo, nosotros proporcionalmente lo podemos aplicar a Ella misma: "creció en edad, en sabiduría y en gracia" San Lucas 2,40.
Pensemos en cómo este corazón que hoy, siendo tan pequeño, es tan bello, se hará luego Sagrario de los misterios de Dios, porque en ese corazón están los misterios, especialmente, de la infancia de Cristo. "María meditaba estas cosas en su corazón" San Lucas 2,51, nos dice San Lucas.
Pensemos que esa pequeña "bodeguita", que es el Corazón Inmaculado de la Virgen, en esta fiesta del nacimiento, se llenará de Jesucristo, y pensemos que esa es la vocación de nuestro propio corazón.
¡LLenarse de Jesucristo, meditar en los misterios de Cristo, colmarse de Jesucristo! Así como María, a quien hoy vemos Niña, se va llenando de Jesús y va haciendo de su corazón una maravillosa "biblioteca" del amor divino.
Que estos misterios, mis queridos amigos, nos lleven a amar más a la Virgen, a tenerla mucho más cerca de nuestro corazón y de nuestros hogares, y a celebrar con Ella la grandeza de las misericordias de Dios.
Amén.