Smam023a
Fecha: 20100101
Título: Del Cristianismo viene la conciencia de la dignidad de la persona humana: ser hija de Dios
Original en audio: 30 min. 52 seg.
Amados Hermanos,
Invocando el auxilio del Espíritu Santo, el Espíritu que hizo fecundas las entrañas de la Santísima Virgen María, el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos, el Espíritu que inició la predicación de los Apóstoles, invocando ese Espíritu, meditemos en los tesoros que nos ofrece la Iglesia con las lecturas de hoy.
Estas lecturas corresponden a la solemne conclusión de la Octava de Navidad. En el presente calendario litúrgico de nuestra Iglesia hay solamente dos Octavas: la Octava de Pascua y la Octava de Navidad.
Una Octava como su nombre lo indica son ocho días, ocho días que son una sola fiesta, porque hay fiestas que son tan grandes, que no caben en un solo día; y así, la alegría de la Navidad se desborda, se derrama de un día al siguiente y al siguiente.
Y por eso necesitamos de toda una semana, por lo menos, para regocijarnos debidamente en este acontecimiento, del cual dijo un Ángel; “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo” San Lucas 2,10. Conocer esa gran alegría, recibirla hasta que sea nuestra, vivirla hasta que se nos note. Esa es la tarea de la Octava de Navidad.
Como dijimos al principio de la Eucaristía, la Octava de Navidad comienza con la mirada puesta en Jesús, el Hijo de María; y la Octava de Navidad termina con la mirada puesta en María, la Madre de Jesús.
Es maravilloso contemplar esa imagen no solamente por la ternura que tiene todo bebé cuando lo vemos en los brazos de la mamá, sino porque entre este Niño y esta Mamá hay un secreto de amor, un secreto que nos envuelve también a nosotros.
De ese secreto de amor nos habla especialmente la segunda lectura de hoy, tomada de la Carta de San Pablo a los Gálatas, ahí se utiliza la Palabra “Hijo” dos veces: la primera vez referida a Jesucristo, la segunda vez referida a nosotros los cristianos.
Con respecto de Cristo como Hijo, se dice lo siguiente: “Envío Dios a su Hijo, que nació de una mujer, y se sometió a la Ley” Carta a los Gálatas 4,4. Ese nacimiento de una mujer es el nacimiento en nuestra carne y es la razón de la Navidad.
María con toda propiedad puede llamar Hijo suyo” a Jesús, porque el Hijo de Dios, eterno como el Padre, quiso nacer en nuestros días, es decir, el Hijo se hizo Hijo, el Hijo de Dios se hizo Hijo de María.
Como dicen los Santos Padres de la Iglesia: “Sin dejar de ser lo que era, asumió lo que no era”. Cristo, siendo desde siempre el Hijo Eterno de Dios, asumió en un día determinado, en un momento de nuestra historia, asumió una condición nueva que no tenía, pero sin perder la que tenía.
Y así el Hijo Eterno de Dios empezó a ser también Hijo de María, o como Él quiso llamarse a sí mismo en los Evangelios: “El Hijo del hombre” San Mateo 8,20,San Mateo 9,6, San Mateo 10,23.
Uno de los nuestros, uno que comparte nuestra naturaleza, según aquello que dice la Carta a los Hebreos: “Tenía que parecerse en todo a sus hermanos” Carta a los Hebreos 2,17.
Ahí aparece la Palabra “Hijo”, “Hijo”, referido al nacimiento de Cristo en esta tierra. Pero luego San Pablo vuelve a utilizar la palabra “Hijo”, y esta vez lo hace en referencia a nosotros. El texto correspondiente es este: “Nació de una mujer”, -ése es Cristo-, para rescatar a los que vivíamos sometidos a la Ley, y para que fuéramos hijos adoptivos de Dios” Carta a los Gálatas 4,4-5.
Es decir, Cristo quiso nacer como nosotros para que nosotros pudiéramos participar de lo que Él es. Él abrazó, asumió lo que nosotros somos para que nosotros asumiéramos, recibiéramos lo que Él es. Lo que Él era y es, es ser Hijo de Dios. Eso no lo teníamos.
Lo que Él no tenía era ser hijo de Adán, “Hijo de María, uno en nuestra carne. Él no tenía ser Hijo del hombre, y nosotros no teníamos ser hijos de Dios. Y Entonces Cristo quiso ser Hijo de hombre para que nosotros pudiéramos ser hijos de Dios.
Ese es el misterio hermosísimo, ese es el intercambio sublime que celebramos en la Navidad. Cristo era Hijo de Dios, no era Hijo de hombre; nosotros éramos hijo de hombre, pero no éramos hijos de Dios”.
Entonces, por su dignación de misericordia, por una compasión sin límites y por un decreto inescrutable del Padre celestial, el Hijo Eterno de Dios vino a nuestra tierra, acampó entre nosotros, dejó ver su gloria en la humildad del pesebre, en la humildad de la Cruz, en la sabiduría de sus palabras, en el esplendor de sus milagros, en el poder de sus exorcismos, y, sobre todo, en el despliegue incalculable de su amor por nosotros en la cruz.
El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre, y así nosotros, los hijos de hombre, podemos llegar a ser hijos de Dios.
El mismo Espíritu que hizo posible que el Hijo de Dios se volviera Hijo del hombre, ese mismo Espíritu en nosotros hace la obra, digamos, complementaria; ese mismo Espíritu es el que a nosotros que somos hijos de hombre nos hace hijos de Dios.
Lo dice San Pablo de la siguiente manera: “La prueba de que somos hijos es que Dios nos envió el Espíritu de su Hijo para que viva en nuestro corazón. Ese Espíritu es el que nos hace clamar: "¡Abbá!", "¡Padre!” Carta a los Gálatas 4,6.
El mismo Espíritu que rodeó, bendijo, consagró, santificó, hizo fecundas las entrañas de María, ese mismo Espíritu rodea, penetra, consagra, santifica nuestro interior, nuestro ser, para que nosotros lleguemos a ser hijos de Dios.
Aquí hay algo maravilloso, porque cuando vemos esa acción del Espíritu, vemos que el Espíritu obra en María, y así Ella queda facultada para ser Madre de Dios. El Espíritu es el que hace posible en Ella que dé algo más de lo que la naturaleza de Ella podía dar. El Espíritu hace esa obra en Ella.
El punto de partida es María, el punto de llegada es Jesús; el punto de partida es la disponibilidad de aquella que se llamó a sí misma “esclava del Señor”, el punto de llegada es el Hijo del Altísimo, el Rey de reyes, el Señor de señores, Jesucristo.
En el caso nuestro ¿cómo sucede eso? ¿Cuál es el punto de partida en nuestro caso? El punto de partida en nuestro caso es el mismo que el de Jesús. No cabe pensar que María haya engendrado una parte de Cristo, y no todo Cristo. "Nosotros mismos, nos dice de manera velada San Agustín, nosotros mismos hemos nacido cuando Cristo ha nacido”.
Así como dice San Pablo en el capítulo quinto de la Carta a los Romanos: “En Adán todos murieron" Carta a los Romanos 5,12, así también la Iglesia cree que en Cristo todos hemos nacido y en Cristo todos hemos renacido”.
Es decir que la acción del Espíritu que nos hace hijos toma como punto de partida en nosotros el mismo amor y la misma presencia de María, y por eso con toda razón nosotros volvemos nuestros ojos hacia Ella reconociéndola como Madre nuestra en el orden la gracia.
El Espíritu Santo, al hacernos hijos de Dios, no parte de la nada, porque ya estamos creados, fuimos hechos por Dios. La tarea no es crearnos, la tarea es volvernos a crear, re-crearnos.
El punto de partida es el sí de María. Desde el sí de María empieza el misterio de Cristo, que siendo Hijo de Dios, se vuelve Hijo de hombre; y de nosotros, que siendo hijos de hombre, nos volvemos hijos de Dios.
Todo acontece en el vientre de Ella, todo acontece en el corazón de Ella, todo acontece en el sí de Ella. ¡Es algo muy grande que nos declara el tamaño de la deuda y de la gratitud que tenemos con María Santísima.
Así como es verdad que el Hijo de Dios no hubiera podido ser Hijo de hombre sin el concurso voluntario, amoroso y obediente de María, así también es verdad que nosotros, hijos de hombre, no hubiéramos podido llegar a ser hijos de Dios sin el concurso y la voluntad amorosa de María.
Por el sí de Ella, por la fe de Ella, por las purísimas entrañas de Ella, el misterio de Cristo acontece en nosotros, el Espíritu Santo llega a nosotros y llegamos así a ser hijos de Dios.
Nos dice el Apóstol San Pablo: “De manera que ya no eres esclavo, sino hijo, y por ser hijo, Dios te hace heredero” Carta a los Gálatas 4,7.
Busquemos comprender un poco estas palabras: “Ya no eres esclavo” Carta a los Gálatas 4,7.
Alguna vez, disputando Nuestro Señor Jesucristo con algunas autoridades judías, les decía: “Si el Hijo os libera, seréis libres” San Juan 8,36, y ellos decían: “Nunca hemos sido esclavos” San Juan 8,33, respondió Jesucristo: “El que comete pecado, es esclavo del pecado” San Juan 8,34.
Y por eso tenemos que preguntarnos hoy, cerca de esta preciosa imagen recordatorio de la presencia de María en nosotros, y cerca, sobre todo, de la Palabra de salvación que estamos escuchando, y de la Divina presencia de Cristo en medio de esta asamblea, tenemos que preguntarnos: ¿de qué somos esclavos?
Yo te pregunto, hermano, ¿cuál es la esclavitud que tú quieres que se acabe hoy? Yo te pregunto, hermano, ¿cuál es la cadena que tiene que reventarse hoy? Yo te pregunto, ¿cuál es la cárcel que tiene que abrirse hoy?
Y te repito la palabra que nos dio el Espíritu Santo en esta noche: “ya no eres esclavo" Carta a los Gálatas 4,7, tienes los derechos del Hijo y tienes la herencia del Hijo” Si tienes los derechos del Hijo, entonces puedes reclamar para ti la herencia del Hijo, es decir, todo aquello que Cristo tiene por naturaleza.
Puedes reclamar para ti el amor abundantísimo de Papá Dios, puedes reclamar para ti legiones de Ángeles que te auxilien en la batalla, puedes reclamar para ti la dulce paz que sólo se encuentra en el santuario de Dios, puedes reclamar para ti el poder del Espíritu Santo, la fuerza de la redención, la alegría del Evangelio. ¡Eso es tuyo! ¡Esa es tu herencia! ¿Qué pasa que no la reclamas, hermano?
Esa es tu herencia, ese es el fruto del sí de María, ese es el fruto de la acción del Espíritu, ese es el fruto de la Sangre de Cristo, ese es el fruto del designio del Padre, esa es la herencia tuya.
¿Por qué sigues viviendo como esclavo, si eres libre? ¿Por qué sigues viviendo bajo cadenas, gimiendo bajo el peso de pecados que ya fueron rotos, que ya fueron vencidos por el poder de Jesucristo, por el poder del Espíritu, por el sí de María?
¿Qué razón hay para que nosotros sigamos viviendo como esclavos? Ninguna. Tú eres hijo, eres hija, tienes una dignidad infinita. Esto lo comprendieron muy bien los primeros cristianos, y del cristianismo viene, oigan esto, del cristianismo viene la conciencia de la dignidad de la persona humana”.
Revisa la geografía y la historia, por favor, y respóndeme esta pregunta: ¿no es verdad que aquellos pueblos que no han sido tocados profundamente por la gracia del Evangelio son los mismos pueblos que tratan al individuo, a la persona como un elemento más en una máquina de producción?
Cuando el comunista Mao Tsé-Tung estaba comandando la guerra de guerrillas que impuso el comunismo en China, la técnica de él era muy sencilla: hacer ataques prácticamente suicidas al ejército. Cada uno de esos ataques dejaba miles de muertos.
En uno de esos ataques Mao Tsé-Tung perdió cincuenta mil de los suyos en una noche, cincuenta mil personas. Alguien le hizo la pregunta: "¿No son demasiadas muertes? ¿No es demasiado perder cincuenta mil en una noche?" Y Mao Tsé-Tung respondió, sin parpadear: "En otra noche hacemos otros cincuenta mil".
Porque sabemos bien cuántos millones de personas viven en China, "en una noche hacemos cincuenta mil". Como su fueran conejos, como si fueran caballos, como si fueran champiñones, "en una noche hacemos cincuenta mil".
Las culturas que no han sido tocadas por esta noticia de la Carta a los Gálatas, las culturas que no han sido tocadas profundamente por esta noticia de la dignidad del individuo: “Eres hijo, tú, eres hijo, y tú, y tú, y tú, somos hijos, cada uno. Las culturas que no han sido tocadas por ese criterio tratan al ser humano como uno que puede eliminarse.
Lo mismo podríamos decir de tantos otros pueblos. Esa idea, por ejemplo, de la reencarnación que existe en el hinduismo y en el budismo: ¿qué significa eso? Imagínate por un instante que tú fueras un hinduista, imagínate que esa fuera tu religión, ¿qué significa eso?
Significa que tú eres un punto más dentro de una secuencia prácticamente infinita de reencarnaciones. ¿Quién soy yo? Yo soy otro episodio de una novela que nunca se acaba. Para el hinduismo el individuo no vale, el individuo es un accidente al servicio de un proceso que empezó mucho antes de él, que terminara mucho después de él.
El individuo no cuenta, el individuo no vale, la persona no vale. Lo que tú hagas es solamente un zarcillo más dentro de un proceso infinito, un proceso que empezó muy atrás y que seguirá mucho después. ¿Qué valor puede tener la vida humana en esas circunstancias? ¿Para qué sirve vivir en esas circunstancias? ¿Qué puede esperar una persona?
"Bueno, yo trataré de vivir más o menos bien, más o menos mal, lo que sea. Y el que siga en la otra reencarnación, pues que haga lo que le parezca, que haga lo que piense". Eso es todo lo que ofrece el hinduismo.
La persona como tal no puede dirigirse a un “tú”, un Dios al cual uno llama “Papá”, “Abbá”, “Padre”, no puede hacerlo. El número de dioses en el hinduismo se cuenta por los miles de los miles, algunos dicen que llegan a ser cientos de miles.
Todo tiene divinidad, todo está coloreado de divinidad en el hinduismo. Y eso, que parece fascinante o exótico al principio, no es otra cosa sino una tragedia; porque si todo está untado de divinidad, entonces no hay un "tú" al cual yo pueda referirme, no hay un "tú" al cual pueda agradecerle genuinamente mi vida, no hay ningún "tú" hacia el cual pueda encaminarme.
Lo único que existe es: aromas sobrenaturales, incomprensibles, misteriosos que envuelven la naturaleza, que envuelven la historia, y en los cuales, finalmente, uno no puede sino marearse. Ese es el hinduismo.
¿Y qué te propone el budismo? El budismo te propone algo muy sencillo. El budismo dice: “El origen del sufrimiento está en el deseo. Hay que matar el deseo y desaparecerá el sufrimiento”.
El budismo es el suicidio progresivo de la psiquis, el suicidio progresivo de la emoción, el suicidio progresivo de toda aspiración. Hacia fuera tiene un rostro amable, porque por supuesto que, a medida que una persona se va anulando, hace poco estorbo a los demás.
Pero ¿dónde queda el valor de la persona ahí? ¿Dónde queda el valor del individuo? ¿A qué puede aspirar una persona en el budismo? ¿Puede aspirar a mirar algún día el rostro de su Creador? No. ¿Puede agradecerle a Dios lo que ha hecho por él? Tampoco.
¿Cuál es la gran propuesta del budismo? Que uno aprenda a anular el deseo, que uno aprenda a no desear nada, que uno aprenda a no necesitar nada hasta que uno mismo se disuelva en la nada. El budismo es el retroceso de la creación, el budismo es desarmar la creación, de volverla a la nada. Ese es el budismo. ¿Quieres esto? ¿Es eso lo que quieres? Creo que no.
Los que hemos conocido la fe cristiana, los que hemos orado, algunas veces, con lágrimas en los ojos el Padre Nuestro, los que podemos mirar a la cruz y podemos repetir lo que dijo San Pablo: “Cristo me amó y se entregó por mí” Carta a los Gálatas 2,20.
¡Por Dios!, ¿cuándo podrán los budistas decir eso? ¿Cuándo podrán los hinduistas decir eso? Por eso nosotros, admirando los valores que también esas culturas tienen en otro orden, tenemos el deber santísimo de proponer a Jesucristo como camino, verdad y vida.
Por eso nosotros tenemos una deuda con todos aquellos que no conocen quién los compró a tan alto precio, por eso nosotros tenemos que, como dice el documento de Aparecida, “pasar de discípulos a misioneros, sin dejar de ser discípulos”.
Por eso nosotros tenemos que dar testimonio, por eso nosotros podemos aplicarnos lo que dice el prólogo de la Primera Carta de Juan: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que tocaron nuestras manos con respecto a la Palabra de vida, porque la vida se manifestó y la hemos visto, eso os anunciamos para que estéis en comunión con nosotros” 1 Juan 1,3.
Mis hermanos, hay que salir a contarle a los budistas: “Sí hay un Dios, sí hay un rostro, sí hay unas manos, sí hay un abrazo que te espera, sí hay un corazón que palpitó por ti, sí hay uno que se alegró el día en que tú naciste. Sí es verdad, sí, sí lo es, sí es verdad que no habrá jamás otro como tú.
No tienes que anularte. El camino no es anular el sufrimiento, es redimir el sufrimiento. El camino no es cancelar la necesidad, sino satisfacer la necesidad. Es decir que el hambre más profunda del corazón humano sea saciada con el Pan del cielo que es Jesucristo". Esa es la respuesta.
Y nosotros, a los pies de María Santísima, cerca de su regazo, cerca de su “si”, hoy asumimos un compromiso: dar testimonio de lo que significa vivir como hijos de Dios. Si el Hijo de Dios se volvió hijo del hombre, si el Hijo de Dios quiso asumir nuestra naturaleza, nosotros, mis hermanos, tenemos el santísimo deber de llevar la vida de Cristo.
Así nos dice también el Apóstol San Juan en su Primera Carta: “El que dice que lo conoce tiene que vivir como Él vivió” 1 Juan 2,6. Déjate llevar por ese Espíritu Santo.
Recibe hoy el Espíritu de Dios, el Espíritu que santificó las entrañas de María, el Espíritu que desde el corazón de María se derrama en tu corazón para bendecir tu ser, para que nunca más seas esclavo, para que sepas cuánto vales ante Dios, para que tú puedas decir: “Dios se alegró el día que yo nací, Dios jamás va a repetirme”.
Dilo, dilo en tu corazón: “Dios jamás va a repetirme", “Dios jamás va a repetirme”, “Dios nunca hará a nadie como yo”, “soy absolutamente único en su presencia”, “tengo un lugar único en su plan de salvación”, “una gota preciosa de la sangre de Cristo fue derramada exactamente por mí”, “una lágrima de Cristo me sirvió de lente para que pudiera mirar mi corazón y orar por mi”.
Mira el amor que Dios te ha tenido, mi hermano. Mira lo que ha hecho por ti el Señor. Recibe en tu corazón esa bendición. Nosotros decimos siempre: “Año nuevo, vida nueva”. Esta vez va a ser verdad, esta vez va a ser verdad si tú aceptas el Espíritu que Dios te concede, esta vez va a ser verdad si tú recibes el regalo del amor de Cristo.
Esta vez va a ser verdad si hoy te matriculas en la escuela de María Santísima, esta vez va a ser verdad si tú aceptas el Evangelio y aceptas que Aquel que era Hijo de Dios se hizo Hijo de hombre para que tú que eres hijo de hombre llegaras a ser hijo de Dios.
Contempla junto conmigo la hermosura del Niño, contémplalo y dile desde el fondo de tu alma: “¡Gracias, gracias por venir! ¡Gracias por darme todo! ¡Gracias por amarme tanto! ¡Gracias por tu Sangre preciosa! ¡Gracias por las incomodidades del pesebre! ¡Gracias, Jesús, gracias!”
¡Gracias por tus años en la pobreza! ¡Gracias por tu vida oculta! ¡Gracias por tus manos encallecidas en el trabajo! ¡Gracias por el día bendito de tu bautismo en que hiciste fila entre los pecadores siendo inocente como el que más!
¡Gracias, Señor, por tus días de predicación! ¡Gracias, Señor, por tus noches de oración! ¡Gracias por los milagros de tus manos santísimas! ¡Gracias por la luz de tus ojos purísimos! ¡Gracias por tus pensamientos elevados al Padre! Pero sobre todo, sobre todo, ¡gracias, Jesús, por habernos amado hasta el extremo!”
"Gracias a ti María Santísima! ¡Gracias por haber tenido a Jesús en el centro de tu alma! ¡Gracias por declararte ser la esclava del Señor! ¡Gracias por ser el trono de la sabiduría, el sagrario del Espíritu Santo, La Madre del Verbo Encarnado! ¡Gracias por ser la figura más perfecta de la Iglesia.!
¡Gracias por ser la primera discípula, por ser la primera misionera! ¡Gracias, María Santísima! ¡Gracias por unirte a nuestra oración cuando clamamos el don del Espíritu Santo! ¡Gracias por habernos dado a tu Hijo! ¡Gracias por haberlo dado todo! ¡Gracias, María Santísima!!
Y con esa gratitud, y con esa alegría, y con esa conciencia de que sólo Dios nos renueva, recibamos el año que empieza. Ahora sí lo podemos mirar a la cara, ahora sí vamos a mirar el año 2010, y vamos a mirarlo de frente, y vamos a decir: “En el Nombre del Señor, en el nombre de Jesús doy un paso en firme, porque reconozco que hay un Dios que me ha amado, porque reconozco que hay un Evangelio que se ha apoderado de mí. ¡Bienvenido el nuevo año!
¡Feliz año para todos, queridos hermanos!