Smam021a
Fecha: 20090101
Título: Que el rostro y el corazon de la Santisima Virgen queden grabados en nosotros
Original en audio: 30 min. 6 seg.
Hermanas y Hermanos:
Hay una riqueza muy grande en las lecturas que acabamos de escuchar, además, una fecha como esta, ayuda a que los recuerdos, las emociones, los proyectos, se agolpen en la mente y en el corazón.
Con el auxilio que nos conceda el Espíritu Santo, quisiera yo compartir algunos pensamientos, sobre todo destacando lo que la misma Escritura acaba de darnos: el Nombre de Jesús.
Estamos recordando que, según la usanza judía, el Hijo de Dios en nuestra carne fue circuncidado, y ese era el momento de recibir propiamente su nombre, un poco como nosotros, en el bautismo, recibimos nuestro nombre.
Y el nombre de Jesús ya es un Evangelio, el nombre de Jesús ya es el Evangelio, sabemos que este nombre significa “El Señor Salva”.
Esta fiesta, entonces, es ocasión para recordar que en el centro del Evangelio está la salvación, y que Cristo mismo es regalo de salvación para nosotros, regalo compasivo del Padre, regalo caritativo del mismo Cristo, regalo que se vuelve caridad en el don del Espíritu Santo.
Ese, pues, es un tema que está presente hoy, está presente el tema de la bendición, como aparece en la primera lectura y en el Salmo.
La hermosa bendición que se encuentra en el capítulo sexto del libro de los Números, donde también hay un toque de ternura, es Dios enseñando a bendecir, y esto no es un ejercicio de sólo palabras, aprender a bendecir es educar el corazón para que descubra los bienes y para que engendre bienes.
Bendecir literalmente quiere decir eso, "decir bien", pero bendecir es educar el corazón, así como maldecir es mal educar el corazón; bendecir es preparar la mirada para encontrar lo bueno; bendecir es preparar el corazón para alegrarse con lo bueno; bendecir es preparar el pensamiento para recibir la verdad de lo bueno y lo bueno de la verdad.
Podemos decir que una bendición es un estilo de vida, ¿no conocemos todos personas que siempre tienen algo que criticar? Pues esas personas son víctimas de una especie de enfermedad espiritual, aunque no estén blasfemando, aunque no estén técnicamente maldiciendo sí están diciendo mal, a todas horas están diciendo mal: "Esto salió mal", "esto falló", "esto no estuvo bien".
Y por supuesto que es necesario percibir los errores y las fallas para corregirlas, pero cuando una persona está tan atenta a lo que anda mal, priva a su corazón y priva el corazón de los demás de la alegría que está en todo lo que Dios ha creado.
Santo Tomás nos dice que todo aquello que existe, en cuanto existe, participa de la bondad de Dios. Parece que un corazón que ha sido educado por el Espíritu, es un corazón que es capaz de sentir dicha por el sólo hecho de que alguien exista, por el sólo hecho de que algo exista.
Decía Santo Tomás también que la existencia, es decir, el que algo exista es la primera victoria de de Dios, la victoria sobre la nada.
Aprender a bendecir, ese podría ser el primer propósito para el año que va a empezar: "Voy a aprender a bendecir", aprender a bendecir es también aprender a animar. ¡Cuánta gente a nuestro alrededor necesita una palabra de ánimo!
Mucha gente que conocemos necesita esa especie de riego bendito, el riego de la palabra de ánimo, el riego de la palabra incluso de elogio.
¿A quiénes elogiamos? Somos de pronto, quizá somos fáciles, rápidos para la crítica, se nos traban las palabras en la boca para decir: "Esto estuvo bien", se nos atascan en la garganta para decir: “Oye, lo hiciste bien”, se nos atascan, es un pesar, es una pena, esas palabras deberían fluir en nuestra boca, fluir desde nuestro corazón para tocar también el corazón de la otra persona.
Mucha gente necesita una palabra de bendición, y Dios, en su ternura, enseñó a Moisés y enseñó al pueblo de Dios a bendecir, y ese tema también está en las lecturas de hoy, también hoy podemos reflexionar y debemos reflexionar sobre la figura que preside el año que empieza.
El primero de enero es la solemnidad de María, Madre de Dios, el año civil se abre bajo la guía, bajo la presidencia de María. María, que hizo posible con ese "Sí" la presencia de Cristo, es también María, es también la mujer que hace posible ese Cristo en nosotros, esta verdad tan sencilla ha sido fuente de inspiración y de santidad para muchos.
A ver, la decimos con otras palabras, Dios escogió a María como instrumento precioso, voluntario y amado para darnos a su Hijo, esa elección Dios no la ha revocado, María una vez elegida no ha sido desechada, María, amada y escogida, llamada para una misión particular, no ha sido relevada de esa misión.
Entonces, a través de Ella, es decir, a través de su intercesión, a través de su carácter modélico, porque es referencia y modelo para toda la Iglesia.
A través del esplendor de la gracia de que en Ella brilla, a través de su presencia misma en la creación, que es lo que celebramos en los últimos dos misterios gloriosos del Rosario, María sigue siendo instrumento predilecto para que venga a nosotros Jesucristo, María revela el esplendor del Evangelio y de esta manera sirve a la evangelización.
La belleza es un tema fundamental en la evangelización, la belleza está echando a perder a muchos corazones, pero la belleza puede levantar y redimir a muchos corazones también.
La belleza que echa a perder a los corazones es aquella belleza cargada de sensualidad, de engaño, de codicia, de lujuria, esa belleza arruina el alma, esa belleza echa a perder la vida, esa es la belleza que quizá, yo creo, es la que estamos encontrando tan a menudo en los medios de comunicación, en los revisteros, en todos los supermercados hay una colección de caras bonitas ahí cerca de la caja registradora, caras bonitas, cuerpos bonitos.
Pero el mensaje que hay detrás de esas caras bonitas y cuerpos bonitos es un estilo de vida que no es compatible con Jesucristo, en la inmensa mayoría de los casos, por lo menos.
Detrás de una portada y de una cara bonita vienen una cantidad de consejos llenos de egoísmo, de vanidad, llenos de lujuria, y entonces esa belleza y esa cantidad de caras de niñas bonitas está al servicio de una empresa de pecado.
Podemos decir que ese es como el mal uso de la belleza, pero hay una persona que nos puede enseñar el buen uso de la belleza, y para evangelizar necesitamos de la belleza, necesitamos vidas bellas, necesitamos mentes claras, necesitamos rostros pacificados por la gracia, necesitamos corazones perfumados por el Espíritu.
María revela, en su rostro, en su sonrisa, en sus ojos, en su corazón, revela las riquezas de Cristo; María es un canto permanente que tiene un estribillo: "El evangelio es posible".
María es como una declaración perpetua de la verdad del Evangelio, de la posibilidad de la gracia, de la misericordia que no termina, del poder del amor que no sabe detenerse ni quiere detenerse, hasta encontrar a la oveja perdida.
En el rostro de María, en el rostro resucitado, en el rostro glorificado, en esta Santa Señora aparece todo el esplendor, toda la belleza de lo que Cristo predicó.
La belleza de María, entonces, es la preciosa verificación del Evangelio; sin esa gloria que brilla en Ella, el Evangelio podría parecer sólo una fantasía, una utopía más.
Y el mundo está lleno de utopías; pero la palabra utopía lo que quiere decir es: “Lo que no tiene lugar”, esa letra “u” es una partícula negativa y “topos” es lugar. La utopía es lo que no existe en ninguna parte, un puro ejercicio mental, o como decía el Cardenal Pironio: “Ideología”.
Pero el Evangelio cesa de ser ideología y se convierte en una preciosa, cercana y amable realidad en el rostro de la Virgen. Cuando una persona así visita nuestra vida, se siente no sólo el encanto del Evangelio, la dulce atracción del Evangelio, sino la certeza de que ese Evangelio es posible.
Una comparación infantil podría ser: cuando vemos un gran artista realizar algo que parecería imposible, o un buen deportista, un gran atleta. Hay gente que tiene una capacidad física, o artística, o plástica, y uno se queda como colmado de admiración, uno dice: "Yo no creía que eso se pudiera hacer".
La gran diferencia está en que aquello que se manifiesta en la Virgen no es solamente una belleza que quede para nuestros sentidos ni para esta tierra, sino es la belleza de ese amor que es capaz de llevarnos de la tierra al cielo.
María, Madre de Dios, la figura de María presidiendo nuestro caminar, presidiendo nuestra vocación, presidiendo nuestra comprensión del Evangelio, conservando en nosotros la frescura, la hermosura, la realidad de la Carne de Cristo.
La Iglesia, en su sabiduría, ha querido que la festividad de Navidad se prolongue durante esto que llamamos una Octava. una Octava, como su nombre lo indica, son ocho días, y hay toda una espiritualidad del octavo día. La semana tiene siete días y vuelve empezar, el octavo día, en la espiritualidad monástica, es el día más allá de todos los días, es el día que no acaba.
Una Octava es un saludo a la eternidad, una Octava es la toma de conciencia que la Iglesia hace de que su alegría va más allá del ciclo, de la repetición.
Los pensadores antiguos y menos antiguos han hablado del eterno retorno, para los romanos, para los griegos el tiempo es repetición, para nosotros el tiempo es una flecha disparada por el amor, y una Octava lo que hacemos es recordar que las semanas, la repetición de la repetidera no es toda la historia.
Hay días que se saltan, hay días que se desbordan sobre otros días. Entonces, oficialmente lo que estamos celebrando hoy es Navidad, y uno dice: "Pero si Navidad fue hace ocho días", y no, ese día era tan grande, es tan grande que se derramó sobre los otros días, ese día colmó los otros días, ese día se saltó el marco, reventó el marco de las veinticuatro horas, y estamos en ese mismo día.
Por supuesto, la Octava más importante es la Octava de Pascua. En un calendario litúrgico anterior había muchas otras Octavas, bueno, algunas otras, ahora la Iglesia ha quedado con dos Octavas: la de Pascua y la de Navidad.
Y en esta Octava de Navidad hay algo muy bello, el 25 de diciembre celebramos a Jesús como Hijo de María, ocho días después, el primero de enero, celebramos a María como Madre de Jesús.
Es el mismo misterio: Jesús que nace de María y María que es Madre de Jesús, es el mismo misterio, pero con una mirada ligeramente distinta, porque aquí pasa como los diamantes, que para apreciarlos bien hay que darles una pequeña vuelta y así descubrir los visos, los brillos que tienen.
¿Qué significa que María sea Madre? ¿Qué significa decir: "María, Madre de Dios"? Pues es una proclamación de la verdad de la encarnación; pero también tiene una consecuencia inmensa para el tratado teológico de la Santísima Virgen.
Si María es verdadera Madre, y si Jesucristo es verdadero Dios, porque esas son las dos frases que están en María, Madre de Dios; Jesucristo verdadero Dios y María verdadera Madre, entonces verdaderamente Cristo estuvo en manos, estuvo en el poder del corazón, en el poder de las manos, en el poder, podríamos decir, de María.
¿Y qué es esto de ver a Dios en el poder de la criatura, sino es porque esa misma criatura es perfecta transparencia del amor divino?
Con el Concilio de Éfeso, no se puede afirmar que María es Madre de Dios sin afirmar que María es transparencia del amor divino, y cuando afirmamos que María es transparencia del amor divino, estamos afirmando esencialmente todos los dogmas que nuestra Santa Iglesia proclama sobre esta bendita Señora, sobre esta hermosa doncella, María de Nazaret.
Ahí está todo, toda la enseñanza, toda la catequesis, toda la mariología se deriva de esta fiesta en la que estamos, todo nace de aquí, todo nace de esta elección, todo nace de esta respuesta, todo nace de esta vocación, todo nace de María, Madre de Dios, todo lo que podamos decir sobre Ella.
Jesucristo es verdadero Dios así como es verdadero hombre, Jesucristo es verdadero Dios, y María es verdadera Madre de Jesucristo; Madre de Jesucristo, no únicamente Madre de la Carne de Cristo.
Cuando afirmamos que en Jesucristo hay una sola persona, al decir Madre de Jesucristo estamos diciendo no únicamente productora de las células, tejidos, huesos, tendones y nervios del Hijo de Dios. Estamos diciendo: verdadera educadora, verdadera criadora, verdadera Madre, ninguna palabra lo describe mejor.
Y si es Madre de todo lo que es Cristo, y si ese Cristo es Dios, no hay otra posibilidad sino afirmar que en Ella y a través de Ella obraba el mismísimo amor del Padre con la misma intensidad que obra en el cielo.
Algo parecido, algo semejante habrá que decir de la santidad de José; pero ese sería otro tema, para eso tenemos que tener paciencia, espérenme el 19 de marzo, por ahora estamos con María. María, transparencia de Dios, a través de la cual el Padre ama al Hijo con la misma intensidad, con la misma calidad, con la misma fuerza de toda la eternidad.
Entonces lo que estamos diciendo es que allí donde no hay distancia, porque eso es lo que afirma la teología del Misterio Trinitario, no hay distancia entre el Padre y el Hijo. Santo Tomás nos dice: “Sólo se les puede distinguir porque el uno es el Padre y el otro es el Hijo”, es decir, su única diferencia es relacional.
Allí donde no hay distancia, allí se encuentra María. Yo no sé ustedes, yo siento escalofrío de pronunciar estas palabras, porque lo que estamos diciendo es que esta criatura, María, se encuentra de algún modo colocada en el centro mismo del Misterio Trinitario.
Y de aquí, por supuesto, esa certeza, esa firmeza inconcusa de la iglesia cuando proclama: "Esta Santa Señora, número uno, fue Inmaculada; número dos, Impecable; número tres, Asunta a los cielos".
Cuando uno reflexiona, así sea poco y pobre lo que alcanza a reflexionar, cuando uno reflexiona en los volúmenes de amor santificante, el amor mismo del Papá, Papá Dios, pasando a través de María, no sólo para formar su cuerpo en la encarnación, sino para educar, para formar a Cristo en toda su integralidad.
Cuando uno reflexiona en lo que significa ese volumen de amor, ese alud de amor pasando a través de esta bendita María, a través de sus manos, a través de sus ojos, a través de sus labios, sobre todo a través de sus corazón, uno sólo puede llegar a una conclusión, que es la que ha afirmado la Iglesia: Ella es incomparable en santidad frente a cualquier otra criatura, incluyendo a los Ángeles.
Un amigo mío protestante, español él, entraba en un conflicto dramático con esto de María, Madre de Dios y la virginidad de María, y bueno, hemos oído de esto de estos conflictos protestantes con la Santísima Virgen.
Pero a medida que uno toma en serio la Palabra de Dios, como se supone que quieren hacerlo los protestantes, dime a qué otra conclusión llega uno, a qué otra conclusión si no es este volumen y calidad y hermosura de santidad que hay en Ella; y cuando se descubre esa santidad se descubre también la alegría del Evangelio.
Porque por supuesto está claro que ningún mérito de ninguna criatura podría situarla en el lugar en que Ella fue situada por el beneplácito del Padre, no hay mérito humano que lo lleve a uno allá.
Es decir, la existencia de Ella, y sobre todo su misión y su vocación, son el anuncio de la gracia, son la proclamación del regalo, uno no puede mirar a María sin sentir: "Nuestro Dios es generoso sobre toda medida, nuestro Dios es incalculable en su bondad".
Meditando sobre la Navidad decía San León Magno esa frase que me encanta repetir: “Mira que tienes mejor Dios de lo que pensabas”.
Este es el Dios nuestro, porque por supuesto la contemplación de María no se detiene en Ella, si es así transparente, transparencia de Dios, como hemos dicho, no se puede mirar a María sin vislumbrar esa bondad, esa inmensa bondad, esa gigantesca, colosal generosidad de Dios, y eso trae una alegría muy grande, eso trae una esperanza total.
Si uno mira así a María, ¿cómo no puede uno sentir un gozo inmenso? Cómo no puede uno sentir: "Yo lo puedo esperar todo, todo lo puedo esperar de Dios, todo"?
Eso que el Señor le dijo a Ella, en Ella lo sigue repitiendo para cada uno de nosotros; le dijo Dios por medio del Ángel: "Para Dios no hay nada imposible", pues eso que María escuchó, Ella misma lo dice, lo canta, lo repite, lo proclama con su ser entero.
María nos está diciendo en este día: “Miradme y descubrid, que para Dios no hay nada imposible, solamente miradme, y lo sabréis”.
Empieza el año bajo la presidencia de la Santísima Virgen María, bajo su guía. ¡Cómo necesitamos de la hermosura de Ella! ¡Todos necesitamos de la hermosura de Ella! Los consagrados, hombres y mujeres, ¡cómo necesitamos de la hermosura de Ella! Porque nuestra vida entera está puesta, está apostada a un "sí", está de cabeza sobre el milagro de la fe.
¡Cómo necesitamos de María nosotros! ¡Cuánto necesitan de María las familias! ¡Qué difícil educar, me parece a mí, qué difícil educar sin Ella! Sobre todo educar a la mujer. El desastre de la mujer está en el modelo que escoja, por supuesto, el desastre de cualquier ser humano.
¡Y cómo me duele a mí ver cuáles son los modelos de las niñas y las jóvenes! Si yo fuera papá, biológicamente, y tuviera una hija, en esta noche y en esta Eucaristía, nada rogaría tanto, nada pediría tanto a María sino solamente esto, “Por favor, sal al encuentro de mi hija, por favor, que ella te encuentre por algún camino, que ella se enamore de tu hermosura, que ella te tome como referencia”.
Porque la belleza tiene muchísimo poder y si una persona, particularmente si una niña, si una joven no se cautiva con la hermosura que brilla en María, serán otros espejismos, otras luces, que son engañosas, las que se adueñen de ese corazón. Necesitamos de esta Santa Señora necesitamos de esta bendita doncella.
Al continuar esta Eucaristía, pidamos al Espíritu Santo que el rostro y el corazón de la Virgen queden impresos en nosotros cada vez más, que nuestras acciones tengan algo de esa sencillez, ese dulce donaire, esa caridad simple, directa, perfecta que tuvieron los actos de Ella.
Que así nosotros seamos discípulos del Evangelio y espejos del Evangelio como Ella lo fue, y que así le demos la gloria al Padre Celestial durante el año 2009, y todos los años que Dios nos conceda.
Amén.