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Fecha: 20080101
Título: En la Madre de Dios encontramos el verdadero modelo y referencia de la vida en Cristo
Original en audio: 11 min. 6 seg.
Son tantas las emociones que uno suele vivir por estas fechas, porque se reúne la familia, porque ve uno amigos o piensa en amigos en los que usualmente no pensaba o no veía, porque es el tiempo en el que uno recuerda también a los que ya se fueron, quiénes estaban, quiénes no estaban por estos días en otros años.
En fin, hay tantas emociones que se juntan y tantas celebraciones, que la fiesta de hoy, que es tan importante, puede pasar desapercibida. Incluso les cuento a quienes no lo sepan, que ésta es la fiesta más importante del calendario mariano, ésta es la fiesta de la Virgen que va primero, ésta es la que le da su lugar a todas las demás, y no lo parece.
Tal vez estamos un poco cansados, tal vez un poco cortos de sueño. Mucha gente está seguramente bien acomodada delante de la pantalla del televisor, o tratando de tomar algo que le mejore sus procesos digestivos. Quizás ellos podrían perderse esta fiesta, quizás se la están perdiendo, la fiesta de la Santísima Virgen María, Madre de Dios.
Porque, a poco que lo analicemos, descubrimos que es esta causa, esta vocación de esa Mujer, María de Nazareth, la que explica el lugar que Ella ocupa en el conjunto de los designios del Padre Celestial.
Si María es importante en la historia de la Redención, es por una sóla razón: porque es la Madre de Jesucristo. Si Ella interesa a nosotros, si es tan importante para nosotros, es fundamentalmente porque en Ella, a través de Ella y con su consentimiento, sucedió aquel milagro maravilloso de la Encarnación.
Y precisamente, ejerciendo su tarea de verdadera mamá, María vistió de humanidad al Verbo de Dios. Porque, no pensemos que la Encarnación consiste simplemente en darle unas células humanas al Hijo Eterno de Dios. El milagro de la Encarnación supone que Ella realizó verdaderamente todo lo que una buena y amorosa madre realiza en un hijo.
Y uno se estremece de pensar que María tuvo que enseñar a hablar al Hijo de Dios, aún más, tuvo que enseñarlo a rezar. Él aprendió de los labios de María y de José aquellas plegarias que el mismo Dios había inspirado en boca de los Profetas y de los Salmistas.
María recibió, no el encargo de darle unos tejidos a Cristo, sino de darle lo que una madre hace por un hijo, y esto significa introducirlo en la sociedad humana, introducirlo en la relación con Dios, hacer de Él una persona, un ciudadano, un miembro de familia, un vecino, todo aquello que realiza una mamá.
Se trata de formar al Hijo de Dios. Precisamente, cuando uno medita en esto, cuando uno piensa que en el Hijo de Dios no cabe pecado y que no obstante, como nos dice el Evangelista Lucas en otro pasaje: "Estaba sujeto a María y a José" San Lucas 2,51, cuando uno medita esto, siente vértigo de pensar la altura de la santidad de San José y de la Virgen.
¿Cómo sería aquella santidad para que ellos, obrando como verdaderos papás, enseñando como verdaderos papás, guiando como verdaderos papás, sin embargo en nada contradijeran la perfecta realización de la voluntad de Dios en su Hijo?
Tiene que ser muy grande, muy, muy grande la santidad de aquella Mujer que le enseña a orar a Jesús. Tiene que ser muy grande la santidad de Aquella que tiene que educarlo en las cosas básicas, enseñarlo a hablar, a tratar a las demás personas, a acogerlas y a recibirlas.
El Evangelista Lucas nos dice también, que, "Jesús iba creciendo, que Él crecía en edad, en sabiduría, en gracia delante de Dios y de los hombres" San Lucas 2,52.
Y ese crecimiento no fue solo ni automático; fue un crecimiento guiado, acompañado por el amor, por la devoción, por el cuidado de María.
Es hermosísimo pensar que esta Mujer fue el instrumento de la Divinidad, instrumento libre, consciente y voluntario de la Divinidad, para formar al Hijo mismo de Dios y para llevarlo a esa plenitud, a esa plena estatura en la que Él después desarrollaría su ministerio público, con el fin de que todos nosotros fuéramos salvos.
Con toda razón los cristianos ya desde los primeros siglos dedujeron que tenía que haber una tremenda santidad en esta Mujer. Ellos entendieron que nadie puede conocer mejor a Jesús que María. ¡Nadie!
Nos dice el texto de hoy, capítulo dos de San Lucas: "María consevaba todas estas cosas en el Corazón" (véase San Lucas 2,19). Si yo quiero conocer a Jesucristo, ¿a cuál tesoro puedo ir si no es al Corazón de María? ¿Quién puede conocerlo mejor?
¿Quién puede adivinar sus pensamientos como sólo una madre adivina los pensamientos o los sentimientos de un hijo? ¿No es verdad que cuando el hijo vuelve de la escuela y la mamá lo recibe, en treinta segundos sabe si el muchacho está enfermo, si está de buen genio, si le recibieron el trabajo que debía entregar, si está satisfecho, si peleó con alguien, si resolvió el problema que tenía?
Una mamá, con dos miradas, lee el rostro del hijo, lee su actitud; en cierto sentido puede predecir cómo se encuentra. ¡Es increíble la compenetración que se da entre una madre amorosa y su hijo! ¡Es impresionante!
Y también es impresionante el poder que tiene la voz de una madre. Yo lo he experimentado con mi propia mamá. Una recomendación de ella, aunque sea sólo un simple consejo, tiene un peso increíble en mi corazón. Y un favor que ella me pida, es para mí casi imposible negarme.
Muchas veces ella me hace acordar del pasaje de las Bodas de Caná, cuando Jesús parecía no estar muy dispuesto a hacer nada en especial porque faltaba aquel vino. Un sólo acento de la voz de la Virgen cambia la actitud de Cristo, y en cierta forma le arrancó el primer milagro. ¡Ese es el grado de unión que hay entre la Virgen y Jesús! ¡Ese es el grado de unión!
Yo no puedo entender cómo alguien dice que ama a Jesús y no gasta su tiempo, buena parte de su tiempo, ahondando en estas riquezas, en estos tesoros que están en el Corazón de la Virgen.
Por supuesto, me estoy refiriendo a aquellos protestantes que tienen tanto temor en acercarse a María, como si Ella fuera a hacerles daño.
Claro que no es una diosa, pero sí es la Madre de Cristo Dios. Claro que no es un ídolo, pero sí es aquella Criatura en la que vemos realizado de un modo tan perfecto el plan de Dios, que es modelo para cada uno de nosotros.
Ese grado de unión, especialmente éso, el grado de unión entre la Virgen y Jesús, es un criterio, es una referencia y modelo para todos nosotros.
¿Qué es ser cristiano? Estar unido a Jesús, aceptarlo como Señor, como Salvador, caminar tras sus huellas, imitar su ejemplo. Bueno, por Dios, ¿quién ha realizado esto mejor que María? Si voy a buscar en dónde se realiza el Evangelio, ¿en dónde si no es en María?
Se realiza en Ella con esa perfección, con esa hermosura y al mismo tiempo con esa gran sencillez. No hay aspaviento, no hay ostentación; lo único que hay es humildad, silencio, alegría, alabanza, amor, deseo de que brille la gloria de Dios. ¡Ésta es María!
Hacemos muy bien nosotros en celebrarla, en venerarla, en darle gracias a Dios que quiso crearla y darla a nuestra historia. También hacemos bien en pedir su intercesión.
Algunos protestantes tienen temor de pedir intercesión de la Virgen. Me parece una objeción casi ridícula. Si yo estoy en un grupo de oración y tengo una gran necesidad, ¿no es verdad que le digo a las personas del grupo: "¡Hermanos, por favor oren por mí!"?
Bueno, resulta que en nuestro grupo de oración que se llama la Iglesia Católica, hay una persona que nos ama entrañablemente hasta dar a su propio Hijo, lo más precioso que tenía, por nosotros.
Esa Mujer, llena de amor, de pureza y de oración que se llama María, está cerca de nosotros, ha mostrado de mil maneras que quiere, puede y sabe ayudarnos.
¿No es necedad renunciar a ese auxilio? ¿No es necedad y casi soberbia pretender uno: "¡No, yo puedo lograr por mis propios medios, yo solo, leyendo la Biblia, yo solo puedo conocer a Jesús, porque aquí está todo!"?
¿Y dónde están las palabras del Corazón de la Virgen? ¿Dónde están? Esas palabras no se aprenden simplemente removiendo páginas de los libros. Esas páginas se aprenden únicamente acercándose, sintiendo la calidez, aspirando el perfume virginal de Nuestra Señora. Ahí se aprende lo que significa ser discípulo de Cristo.
Que esta fiesta, mis amados hermanos, nos haga convencidos católicos, fervorosos en proclamar las grandezas de la Virgen María, sabiendo que en Ella se encuentra el verdadero modelo y referencia de la vida en Cristo Jesús.