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Fecha: 20000101
Título: ¿Que implica para nosotros como cristianos el cambio de siglo y de milenio?
Original en audio: 8 min. 18 seg.
Muy Queridos Hermanos:
Llega un momento en que la mentalidad colectiva se impone sobre las matemáticas.
El siglo y el milenio, terminan dentro de un año exactamente; pero anímicamente, psicológicamente, el cambio de esa cifra, la de los tres nueves, 1999, a esa cifra como redonda y perfecta, 2000, ha ocasionado que en todas partes del mundo se salude, con alegría y con las más diversas expresiones de entusiasmo, la llegada de este año 2000.
Nosotros como cristianos por una parte, no podemos ser indiferentes a las ocasiones de gracia que esto trae para la humanidad, ver una fiesta que va atravesando la superficie de la tierra, ver a tantos seres humanos unidos entorno a un acontecimiento, le dice algo a nuestro corazón.
Cuando veíamos por las cámaras de la televisión tantos rostros sonrientes en todas las razas y culturas, indudablemente sentíamos cuán absurda es la guerra, qué ridículo es que los seres humanos empleemos nuestras fuerzas en hacernos daño unos a otros.
Viendo cómo esa frontera hipotética de la medianoche iba atravesando implacable todos los meridianos, también descubríamos qué artificiales son las fronteras.
Esta fecha, particularmente, nos invita a recorrer el mundo y a sentir que la humanidad es prodigiosamente una sola, incluso en las diferencias todavía subsistentes de credo, de raza, de política, incluso más allá de esas diferencias, sentimos que nos une un mismo designio, una misma historia, un mismo planeta.
Y esa es una ocasión maravillosa para que nosotros los cristianos vayamos recorriendo, así como lo va haciendo el meridiano de la medianoche, así como lo va haciendo el sol, recorramos con nuestro amor, con nuestra oración y con el anhelo de la bendición divina, esos predios.
Podemos tomar, por ejemplo, como instrumento de bendición, el texto del Libro de los Números en el capítulo sexto, la hermosa oración que ese gran Santo, Francisco de Asís, tomó para sí: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz" Números 6,24-26.
Ante cada uno de los rostros que aparecían, gracias a la televisión y a la comunicación satelital, ante cada uno de esos rostros nosotros tenemos hoy una palabra de bendición, tenemos un deseo de amor, quisiéramos en esta noche abrazar este planeta tierra, maltrecho por los desastres ecológicos, destrozado por las divisiones internas, entristecido por las enfermedades físicas y psicológicas, dividido por el odio, ridiculizado por nuestros egoísmos.
Este es un día, o mejor, esta es una noche para sentir ternura por el mundo, ternura por la humanidad y para extender nuestro cariño a todo hombre y a toda mujer más allá de toda raza, y para bendecir, desde el corazón de Dios, a cada uno y a cada una, con esta palabra: "Que el Señor vuelva a ti sus ojos y te conceda la paz" Números 6,24-26.
Ahora bien, nosotros sabemos que esa bendición no es solamente un deseo nuestro. La Carne de Jesucristo, el cuerpecito de Jesucristo, Cristo bebé, es la expresión del deseo eficaz de bendición que Dios ha traído a nuestra tierra.
Precisamente porque Jesús existe en nuestra historia, nosotros sabemos que nuestros mejores anhelos no son puras ideas, no son hipótesis, no son utopías de un mundo imposible.
La Carne de Jesucristo, Jesús bebé, abierto a todos, amoroso para con todos, capaz de ser recibido y de recibir a todos; Jesús el Salvador del mundo, Él es la expresión de nuestra bendición, Él es la prueba de que los anhelos más profundos del corazón no caen en el abismo de la duda, no caen en el abismo del escepticismo, sino caen en el regazo de Dios y en el regazo de María.
Y por eso, en esta fiesta, que implícitamente es la fiesta de María como Madre de Dios, le pido al Señor que abra nuestros ojos, y desde todos los pueblos, dirija nuestra mirada a ese regazo de la Virgen, para que nosotros y todos nuestros hermanos y todos los pueblos podamos encontrar ahí, en ese regazo, la bendición real, eficaz, transformadora de Dios, esa bendición que tiene nombre propio: Jesús.
Mis hermanos, vamos a ir nosotros también como estos pastores al pesebre, como embajadores de la humanidad y allí, a los pies del pesebre, en el regazo de María, presentemos nuestros anhelos por un mundo verdaderamente hermano, verdaderamente sano, verdaderamente santo.
Sabemos que ahí, sólo ahí puede empezar una nueva era, no es la fuerza de nuestros propósitos, es la potencia de la bendición divina, eso es lo que ha cambiado nuestras vidas y creemos que eso, ese regalo que Dios nos dio por María, es el que puede transformar realmente la historia de la humanidad.
Amén..