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Fecha: 19980101

Título: "Cuando llego la plenitud del tiempo, Dios envio a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley"

Original en audio: 9 min. 47 seg.


Queridos Hermanos:

la Iglesia Católica tiene algunas celebraciones nocturnas en las que llama a todos los fieles bautizados a permanecer vigilantes.

Especialmente importantes son: la Eucaristía de la Pascua del Señor -la celebración por excelencia de nuestra fe como culminación de la Semana Santa y de todo el camino de Cuaresma-, la Eucaristía de medianoche, en la solemnidad de la Natividad del Señor, hace ocho días precisamente.

Estas celebraciones nocturnas tienen una belleza especial, así como tienen una dificultad especial por el cansancio que se acumula, por la dificultad de concentrarnos, en fin, porque hacia le medianoche, cuando el sueño o la fiesta embriagan a otras personas, el cristiano se convierte como en un testigo de una luz distinta.

Cuando nosotros permanecemos despiertos, renunciando al descanso del sueño, pero estamos despiertos no para la parranda sino para la oración, estamos diciendo con esa sola actitud cuál es la luz, la alegría, el amor que está llegando o que ha llegado a nuestras vidas.

Y eso precisamente somos nosotros en esta noche, con una anotación: la Liturgia de la Iglesia no tiene prevista ninguna celebración particular para la noche que está entre el treinta y uno de diciembre y el primero de enero. La celebración que estamos haciendo es la del primero de enero, la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios.

De modo que en este caso no es la liturgia, sino el amor el que nos llama a velar. Amor a Dios, gratitud a Dios y también conciencia de que el mundo necesita de embajadores que permanezcan, como nosotros queremos hacerlo hoy, tercamente, podríamos decir, perseverantemente en la oración, porque tenemos conciencia de que solamente la oración puede darle una nueva luz a las tinieblas en que a veces se mueve el mundo.

Y por eso, unidos por el amor, movidos por la fe, estamos aquí reunidos velando en el día en que se completa la Octava de Navidad y entregando a Cristo Nuestro Señor nuestros días y nuestros años. Para eso estamos.

Por la hora de la celebración, yo quisiera que volviéramos hoy nuestra atención un poco a lo que significa eso de los días y de los años que van pasando. Con el hecho de estar aquí, estamos dando testimonio de que reconocemos a Cristo como el Señor de los tiempos. El número del año está diciendo ya eso: 1998 de proclamación de los años de la gracia del Señor.

Esto se nota bien en inglés y en latín. No suele decirse después de Cristo, en inglés, sino se escribe con frecuencia la sigla A.D., tomada del latín, que quiere decir: "en el Año del Señor".

Porque desde que Cristo, el Eterno, vino a nuestro tiempo, el tiempo es de Cristo, desde que el día eterno de Jesucristo llegó a nuestros días, los días son de Cristo, y por eso, el sólo hecho de pronunciar el año, el número del año, es una proclamación muy implícita de que el tiempo es de Cristo.

Y eso es lo que nosotros hacemos aquí, recordamos que los días y las noches y que los años son de Cristo. En una celebración de este género uno siente como su pequeñez, su finitud. A mí personalmente me sobrecoge un poco la impresión y la grandeza de los misterios que celebramos.

La Eucaristía que está antes de nosotros, que la celebramos nosotros y que sigue después de nosotros; la Palabra que está antes de nosotros, que nos alimenta a nosotros y que está después de nosotros.

¡Que hermosos pensar el tiempo así! La Palabra y la gracia que están antes de nosotros, que están en nosotros y que están después de nosotros. O si queremos mirarlo más gráficamente: Cristo que está antes de nosotros, Cristo que acompaña nuestros días y Cristo que nos aguarda el final del camino.

¡Qué bello sentirse uno escoltado por Cristo a las espaldas, acompañado por Cristo a nuestro lado, esperado por Cristo al frente!, ¡qué hermoso pensar que nuestra vida está gobernada por la Palabra de Cristo desde que empezamos a existir, por la gracia de Cristo en nuestro presente, por el amor y la llamada de Cristo en nuestro futuro!

Finalmente, hermanos, esta noche y esta celebración son para darle a Dios lo que es de Dios. Cristo nos dijo: "Hay que dar a Dios lo que es de Dios, así como se le da al César lo que es del César" San Mateo 22,21; los años son de Dios, el tiempo es de Dios, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestros pensamientos son de Él.

Con esta celebración le queremos entregar, a nombre propio y a nombre de todas las personas que representamos, nuestra vida al Señor, queremos decirle: "Mira, este año que pasó está gobernado por ti"; es un acto de fe con tantos absurdos que tiene el mundo, nuestras familias y con tantos absurdos que tiene nuestro país.

Pero nosotros estamos diciendo: "El poder sobre todo poder, la mano que gobierna por encima de todas las manos, la providencia que está por encima de todas las disposiciones, es la tuya; y el que gobierna por encima de todo eres tú, y tú eres el Rey"; eso lo decimos también del año que comienza.

Hay presagios, no sabemos qué va a suceder con el clima, los fenómenos meteorológicos bien complicados y las hambres que se anuncian, graves; no sabemos lo que va a suceder en el plano político.

En nuestro país nos aguardan unas elecciones presidenciales, pero cada vez hay más dudas sobre quién tiene realmente el poder. Y en la Iglesia, pues, tenemos el dolor de ver muy enfermo, muy decaído al Papa y hay incluso la opinión en algunos, que tal vez esté próxima su partida.

Hay anuncios difíciles, tenebrosos, pesados para el año 98. No nos asustamos, esas cosas pueden suceder, pero nosotros creemos que la mano que gobierna por encima de todas las manos, el pensamiento que rige por encima de todas las ideas, y el sentimiento que reina por encima de todos los sentimientos, están en Dios.

Que Dios imprima esta certeza en nuestros corazones, y que nosotros podamos ser serenos y alegres testigos de estas verdades ante los demás, que hemos apreciado, que hemos recibido la gracia de Dios en esta Navidad.

Si sabemos que Dios reina también en medio de esa humildad y de esa humillación, creemos que Dios seguirá reinando y que Dios es el Rey, aunque a veces asomen los nubarrones, aunque a veces el mundo esté tan oscuro como esta noche.

Sí, en esta noche reina Dios, y aunque parezca extraño, en la noche del mundo, en la noche del pecado, en la noche de la contradicción, Él es el único Rey, el único Dios, a Él la alabanza por los siglos.

Amén.