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Fecha: 20091009
Título: La mision y la oracion van unidas
Original en audio: 17 min. 21 seg
A lo largo de sus años de religioso y de sacerdote, Fray Luis Bertrán tuvo sobre todo dos encargos: misionero y formador.
Sabemos que nuestra Provincia dominicana de Colombia lleva su nombre, porque sus pies recorrieron tierra colombiana, especialmente en la Costa Atlántica y en la zona que llamamos del Catatumbo, por norte de Santander.
Mi papá, que es de la Costa, cuenta de un cierto pozo, el cual nunca se ha secado; la tradición dice que ese pozo lo logró la oración de San Luis Bertrán, en una época de terrible sequía. Compadecido por la necesidad de la gente, oró, y Dios le indicó dónde había que cavar para encontrar ese manantial, esa agua que nunca se seca.
También en tierras del Catatumbo quedó el recuerdo suyo. Los indígenas, algunos de los cuales eran ya famosos por su agresividad, por su violencia, recordaban con extrañeza y con cariño a este personaje; también ahí hay una anécdota: los indios se extrañaban de ver que este hombre hablaba con un libro.
Terminada su jornada, él se encerraba en su pequeña cabaña, sin saber que algunos indios lo espiaban a ver qué era lo que hacía él allá encerrado.
El misionero santo sacaba su Liturgia de las Horas, su Oficio Divino, y se ponía a rezar a la luz, probablemente, de un pobre candil. Los indios desconocían competamente lo de la lectura y la escritura, y ellos veían que él rezaba en voz alta y decían: "Le está hablando a un libro".
Así pues, San Luis es el gran misionero, el gran taumaturgo, el hombre fuerte también frente a la injusticia social. Ese cuadro famoso de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, en donde aparece Luis Bertrán bendicienso una especie de arcabuz que se convierte en Crucifijo, pues muestra hasta dónde fue tensa la situación para él, precisamente por denunciar las injusticias que se cometían contra los indígenas.
Otra anécdota recordada en la vida del santo: estaban algunos españoles encomenderos explotadores,- no todos lo eran pero un buen número sí-, unos de estos españoles estaban comiendo algunas arepas de maíz, -producto típico y propio de aquí del Nuevo Continente-.
Y Luis Bertrán quería hacerles ver la gravedad del daño que causaban a los indígenas haciéndolos trabajar como máquinas, hasta matarlos en las minas o en los campos, aprovechándose también de sus mujeres.
Y entonces les dijo: "Voy a mostrarles de qué se están alimentando, y sangre humana, o lo que parecía sangre humana, una cosa roja salió de las arepas de maíz, no solamente impidiendo que siguieran comiendo, sino dejándoles un signo imborrable del daño que causaban.
¡Qué gran misionero! ¡Qué hombre generoso!¡Qué hombre penitente! Pero a la vez, ese otro oficio que también debemos considerar: Luis Berrtán el formador. Un hombre estricto, un hombre muy exigente con él mismo, extraordinariamente exigente con él mismo, y con una medida parecida pero menor, exigente con los novicios.
Realmente, Luis Bertrán tomó en serio aquello de buscar la santidad y de ayudar a los otros a buscarla. Los límites de su exigencia indudablemente nos parecen exagerados en nuestra época, quizás algo se equivocó él, quizás en algo nos equivocamos nosotros.
Lo cierto es que hay que descubrir, debajo de ese nivel de exigencencia hay que descubrir dos cosas: que la santidad existe y es alta y no es fácil, y en segundo lugar, un amor muy grande hacia esos mismos novicios, un amor para que cada uno llegara a ser lo que Dios quiso que fuera.
Luis Bertrán miraba a sus novicios como joyas que debían ser talladas, Dios tenía que obrar en ellas, porque una joya sin tratar no es preciosa, se vuelve material precioso sólo cuando es realmente tallada y cuidada.
Así que tenemos a un gran misionero y tenemos a un gran maestro de vida espiritual, un gran formador en la terminología que utilizamos hoy. Y hasta donde yo recuerdo no hay muchos ejemplos de frailes que hayan destacado tanto en esos dos campos que parecen casi contrarios.
La vida del noviciado por definición es una vida de cierto recogimiento, es lo propio del noviciado; claro, es necesaria también la ejercitación apostólica y todo aquello, pero en el corazón del noviciado está esa llamada hacia el interior, conocernos delante de Dios, aprender a desnudar el corazón ante Dios, es un llamado a la interioridad.
Y mientras tanto, por contraste, el llamado a la misión es un llamado hacia afuera, como lo dice el evangelio de hoy: "Id y proclamad el Evangelio" San Marcos 16,15, es asunto de salir.
No parece tan fácil tener esas dos vocaciones y tenerlas en grado tan alto, como Luis Bertrán. La vocación del que sale, ardoroso, a predicar; y la vocación del que se queda, y profundiza, y cultiva la observancia regular y los principios y pilares de nuestra Orden.
¿Cuál es el secreto de él? Pues a mí me gusta pensar que cuando vemos a este hombre, misionero y formador, es porque él miraba la formación como una misión, y él miraba la misión como una formación.
No se trata de un caso de doble personalidad, no se trata de un esquizofrénico, se trata de una persona qiue tiene una concepción muy profunda de la vida dominicana.
Ha entendido que el objetivo de la formación es que el Reino de Cristo nos pueble por dentro, que el poder de Cristo se adueñe de nosotros, que Jesús como Rey victorioso colme todo lo que somos: nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestra memoria, nuestro comportamiento; que todo quede dueño de Cristo.
Y eso es lo mismo que se quiere en la misión, que todo quede lleno de Cristo, que cada poblado, que cada vereda que cada barrio quede lleno de Cristo.
Entonces la unidad en la vocación de San Luis es la unidad en Cristo, es un anhelo insaciable de ver reinar a Cristo, de ver avanzar el Evangelio de Cristo. Ese deseo del triunfo de Cristo, en todo y en todos, le da una unidad preciosa a la vida de San Luis.
Y esto tien aplicaciones muy prácticas; yo les voy a contar una. Siendo estudiante me enviaron a una misión, una misión en el Catatumbo precisamente, me correspondió ir a un lugaren el Catatumbo que se lama "Campo Giles".
Bueno, allá estuve; éramos como dos religiosos, tres religiosas, algunos laicos, era un equipo así múltiple, pero hasta donde recuerdo éramos sobre todo religiosos y religiosas.
Obviamente, había muchas cosas que organizar en esa sencilla misión, era una misión de unos días, has de cuenta una semana, o algo parecido. Y en todo lo que había que oraganizar pues también había que organizar la vida nuestra: cuestiones de hospedaje, cuestiones de aseo, era un lugar pobre, además un lugar, como tantos en Colombia, castigado por la violencia.
A nosotros nos correspondió hospedarnos en lo que había sido el puesto de policía. Pero la guerrilla había sacado corriendo a los policías, y el lugar donde nosotros dormiamos tenía una cantidad de señales de disparos, cuando los guerrilleros atacaron ese lugar. Ahí era en donde nos estábamos quedando.
Por supuesto, las condiciones eran de bastante incomodidad, sin ser ni lejanamente parecidas a lo que tuvo que haber padecido un misionero como Luis Bertrán. Pero en todo caso, pues para la vida que uno suele llevar era bastamte incómodo, había muchas cosas que arreglar, el alimento teníamos que prepararlo nosotros mismos, había que hacer visita casa por casa, todo lo que implica una misión.
Y una cosa que me di cuenta es que a medida que iban creciendo todas esas actividades exteriores, las actividades interiores, por ejemplo la oración, iban disminuyendo casi a cero. Y los que organizaron la misión la organizaron muy bien, porque a cada uno de los equipos de misioneros nos daban un material que era no solamente para el trabajo sino también para la oración.
Porque es que esa es la belleza de la vida dominicana, que tiene oración, tiene estudio, tiene vida comuntaria, tiene predicación.
Entonces, buen material nos habían dado, pero el tiempo no nos alcanzaba, o algo sucedía, y muy pronto la oración se volvió pobre, remendada, mediocre.
Sin que yo sea ningún santo ni parecido, pues estaba un poco incómodo con eso, y me parece que una religiosa lo resumió muy bien.
Cada vez que no lográbamos hacer algo, y lo que fallaba casi siempre era la oración, entonces ella decía: "Bueno, pero es que esto es misión". Es decir, en la mente de esa religiosa, -que espero que Dios haya bendecido mucho después-, "como esto es misión, aquí se reza mal, aquí se reza incompleto, aquí no hay tiempo para hacer vida comunitaria, aquí no se puede estudiar,porqueesto es misión".
Yo realmente no hice gran cosa ni en la predicación ni en la oración ni en nada, no me tomen como modelo, por favor, ni más faltaba; pero sí me di cuenta de eso. ¿y sabe que cuando salí de allá, aunque algo hicimos, me quedó un dolor en el alma? Sobre todo me quedó ese dolor de la disculpa: "Es que esto es misión".
No, la misión no es una disculpa, en la misión tiene que reinar el mismo Cristo que reina en la capilla; en la misión tiene que reinar el mismo Cristo que reina en la biblioteca; en la misión tiene que reinar el mismo Cristo que reina en una reunión fraterna; es uno y el mismo Cristo.
Claro, ese es el peligro del activismo: "Como esto es misión...", entonces nos volvemos unos mediocres en nuestro estudio, unos mediocres en nuestra oración.
Luis Bertrán no obró así. Después de hacer todos los milagros y penitencias y lo que fuera, a orar, los indios decían "hablar con un libro"; pero él no hablaba con un libro, él hablaba con Cristo.
Entonces fíjate cómo la oración y la misión van unidas; la misión va llena de ese espíritu, ese espíritu que no es otro sino el mismo de la capilla, el mismo de la adoración.
Pero luego existe el otro peligro, que es recluirnos tan cómodamente en nuestra vida de oración, que entonces no queremos que nada nos perturbe y sentimos que los pobres son un estorbo, que tanta gente pidiendo: "Bendígame, padre, bendígame, padre", es un estorbo; que tanta gente pidiendo confesión a todas horas es un estorbo, y entonces, bajo pretexto de una cierta observancia o de lo que sea, se vuelve uno un gran egoísta.
Que el ejemplo de San Luis Bertrán quite esa mentiras de nuestra vida. La vida dominicana es hermosa, es alta, es santa, muchas veces nos quedamos cortos, muy cortos; pero la solución no es bajar el ideal, la solución es humillarnos, pedir perdón, pedir fuerzas, hacer las cosas lo mejor que podamos, de modo que en la misión seamos formadores.
Luis Bertrán no esperaba menos de aquellos indígenas del catatumbo, de lo que esperaba de sus novicios en Valencia, en Torrente, o donde hubiera estado. De esos, a los que vamos a misionar, lo que queremos es que se forme Cristo en ellos, que sean santos, que se mueran por Cristo.
Y lo que esperamos de los novicios no es menos sino que sean apóstoles, que ean generosos, que ardan. El espíritu ardiente de San Luis Bertrán era como un fuego que no se extinguía, este es el hombre insaciable.
Dice Santa Catalina de Siena que esa es señal de la presencia de Cristo: sentir que uno no se sacia, que uno siempre necesita más de Cristo, es señal de que tiene a cristo.
Sigamos esta celebración pidiéndole a Dios misericordia por nosotros mismos, que no nos digamos mentiras, sino que avancemos con generoso corazón, dándole la gloria a Dios tras las huellas de San Luis Bertrán.