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Fecha: 20081227

Titulo: Aprender del Evangelista San Juan a ser contemplativos

Original en audio: 15 min. 27 seg.


La Eucaristía, mis amigos, es siempre cena de familia; es Cristo el primogénito, es Cristo el hermano mayor, quien preside esta cena, esta comida sagrada, este banquete en que el alimento es Él mismo; Él es quien dirige, quien invita, y Él es también el alimento que recibimos.

Recibimos a Jesucristo como alimento cuando escuchamos con atención la Palabra de Dios; recibimos a Cristo como alimento, sobre todo, cuando acogemos, cuando comulgamos en su Cuerpo y en su Sangre, esa es la Eucaristía, cena de familia.

Pero hay lugares donde se siente más intensamente ese espíritu de hogar, en la Iglesia no podía faltar la mamá; y allí en aquellas iglesias como esta Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, allí donde la presencia, la dulce, amorosa y perfumada presencia de María se siente con más fuerza, allí también se siente más que somos la familia de Dios.

Cuando Jesús ordenó a sus Apóstoles que oraran para pedir el Espíritu Santo, no los dejó abandonados; en esa suplica fueron acompañados por las lágrimas, el cariño y la oración de María Santísima. La virgen María acompañó a los Apóstoles, y como bien dice un prefacio del misal, se convirtió en el modelo más perfecto de la Iglesia en la oración.

María con su oración nos acompaña en cada Eucaristía, Ella peregrina con nosotros y el propósito de su compañía no es que nosotros nos quedemos con Ella, sino que lleguemos a Jesús, aprendamos de Jesús, sirvamos a Jesús, adoremos a Jesús y vivamos de Jesús, así como ella misma vivió completamente el misterio de Cristo.

Ella es la verdadera discípula, Ella es también la quien nos puede enseñar a ser discípulos de Cristo.

Con estas palabras, mis hermanos, estoy entonces alegrándome como un peregrino mas; soy un peregrino que viene, como tantos de ustedes, de distintas partes de Colombia, incluso de distintas partes del mundo. He nacido en este hermoso país castigado por la violencia y por algunos males, pero hermoso y bendecido país de Colombia.

Pero hace años no vivo aquí, vivo en el norte de Europa, en Irlanda, en su capital Dublín, y el recorrido desde Dublín hasta Chiquinquirá es mi pequeña peregrinación para llegar a los pies de esta Señora a decirle que la amo, a decirle que ha hecho inmenso bien a mi fe cristiana y a entregarle una vez más mi vocación religiosa y mi vocación sacerdotal.

Con este impulso de mi amor agradecido, les estoy invitando también a ustedes a que arrojen a los pies de María sus cuitas, necesidades, problemas y también sus alegrías, los proyectos que traen en su corazón.

Hogares nuevos, hogares en crisis, hogares felices, todos son bienvenidos en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá; vidas florecientes, vidas cargadas de enfermedad, vidas lastimadas por el pecado, vidas ungidas con el Espíritu de santidad, todas son bienvenidas en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá.

Ella como verdadera Madre nos está recibiendo a todos y quiere que aquel que se siente enfermo, decaído, triste, pueda encontrar el bálsamo del Espíritu Santo; y aquel que se siente animoso, feliz o agradecido, descubra que lo que ha recibido de Dios tiene también el encargo, tiene también el deber de transmitirlo a otros.

En este día tan hermoso, lleno de luz, lleno de color y lleno de la presencia de María, estamos celebrando la Eucaristía con unas lecturas y con una fiesta que es muy bella, se trata de unos de los Apóstoles, el Apóstol contemplativo por excelencia, y la palabra contemplativo lo que quiere decir es: aquel que ha fijado su mirada, su corazón, su ser entero, ¿en quién? en Cristo Jesús.

Contemplar es mirar con especialísima atención, es mirar con total amor. Una vida contemplativa es una vida centrada completamente en el misterio de Dios.

Entre los Apóstoles hubo por supuesto diferencias; Cristo mismo quiso llamarlos de distintas extracciones, distintos niveles sociales, distintos niveles también de conocimiento y de preparación. Eran diferentes entre sí y así quiso Dios significar que también nosotros, que somos diferentes unos de otros, tenemos cada uno un encargo particular.

Juan no era lo mismo que Pedro, Santiago no era lo mismo que Mateo y, sin embargo, todos ellos eran de alguna manera necesarios para esparcir la semilla del Evangelio.

Así también tu vida y mi vida: somos diferentes, tenemos quizás distintas costumbres, tenemos distintas preguntas, tenemos distinto nivel, qué sé yo, cultural, o lo que sea, poco importa eso delante de Dios, lo que importa es que cada uno, con el bien que ha recibido, se apreste para servir con alegría, con empeño, con perseverancia a Cristo que es el Señor de todos.

San Juan recibió gracias especialísimas, los talentos, los dones que Dios le dio son completamente singulares.

En la tradición de la Iglesia a este Apóstol que estamos recordando hoy se le llama o se le identifica con la figura del águila, el águila que ama la altura, que fija su mirada en el sol, el águila que en su majestad como que hereda algo de la luz que bebe, que recibe del sol.

San Juan ha sido comparado con esta águila, San Juan ha sido comparado con el águila, porque los escritos de este apóstol tienen una profundidad, tienen una anchura, nos abren un horizonte que solo podemos decir: "Tuvo que ser un don de Dios".

Por decirlo de alguna manera, Dios lo levantó para que pudiera ver mucho más lejos, mucho más alto, mucho más profundo. Este es el Evangelista del tomamos texto para la Fiesta de Navidad.

Hace un par de días estábamos escuchábamos el comienzo del evangelio de Juan, es como una sinfonía de amor y de teología, este es el Evangelista que le regaló a la Iglesia y al mundo esas palabras, que si uno las medita, lo hacen llorar de devoción y de gratitud: “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios” San Juan 1,1.

Este es el Evangelista que nos regaló también este texto: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que aquel que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” San Juan 3,16.

Este es el Evangelista que nos regaló también este otro artículo “Jesús, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo” San Juan 13,1.

Este es el Evangelista que nos regaló también este otro texto “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que recibí de mi Padre” San Juan 15,15.

Este es el Evangelista que también nos dio este otro texto, en palabras de Cristo: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. Fuera de mi, apartados de mí, nada podéis hacer” San Juan 15,5,6.

En fin, para hacer la homilía en el día de San Juan, uno tendría que leer entero y de rodillas el evangelio de San Juan, para darle gracias a Dios. ¿Como fue posible que Dios regalara palabras tan altas, tan bellas a labios humanos?

Se dice que Isaías, cuando contemplo en el templo de Jerusalén la majestad de Dios, quedó abrumado y dijo: “Soy hombre de labios impuros" Isaías 6,5; pero entonces un Ángel con un ascua encendida quemó los labios de Isaías, purificó esos labios para que pudiera predicar.

Algo parecido tuvo que suceder en el corazón y en los labios de San Juan, son palabras demasiado altas, son palabras demasiado profundas, si tengo que decirlas todas juntas, quedémonos con el capítulo primero, versículo catorce del evangelio de Juan: "Kai ho Logos sarx Eguéneto, kai eskenosen en hemin", “y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” San Juan 1,14.

Esas palabras también se las dio el Espíritu Santo a este Apóstol, el que estamos celebrando hoy. ¿Cómo sería el corazón de este hombre, un hombre que pudo conocer así a Jesucristo? Cuando estaban celebrando la Última Cena, Pedro, que sabía que había una especial confianza entre Jesús y este Evangelista Juan, le hizo señas a Juan para que le preguntara a Jesús quién era el traidor.

Y con ocasión de esta pregunta, Juan recostó su cabeza en el pecho de Jesucristo. Yo quiero que te quedes con esta imagen, quiero que mires a ese hombre iluminado por el Espíritu, adoctrinado por el Verbo mismo de Dios, con su cabeza recostada sobre el pecho de Cristo.

Eso somos invitados a ser nosotros hoy. El que quiera descanso, que se recueste en el pecho de Jesucristo; el que quiera encontrar luz, que la busque en el Corazón de Cristo; el que quiera aprender o recibir misericordia, que la reciba y que la aprenda del pecho de Jesucristo.

En ese pecho, en ese costado, ahora abierto en la Cruz, ahí está el manantial de la vida, ahí está la fuente de la sabiduría, ahí está la luz que no engaña, ahí se hizo santo, ahí se hizo discípulo, ahí se hizo teólogo, ahí se hizo maestro el Apóstol san Juan al que recordamos hoy.

Hermanos, en este día santísimo del Apóstol San Juan, pidamos a Dios la gracia de enamorarnos de Cristo, de mirarlo fijamente, amorosamente, contemplativamente, pidamos la gracia de llegar hasta ese costado abierto y beber las dulzuras del amor de Dios, el amor que transforma, el amor que nos levanta como levantó a San Juan, para que contemplemos cuánto ha hecho Dios por nosotros.

Al seguir esta celebración no podemos olvidar un encargo que tenemos. En la primera lectura de hoy, tomada también de San Juan, oímos estas palabras: “Eso que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros. Y para que nuestra alegría sea completa” 1 Juan 1,3-4.

Esas palabras dijo San Juan, él dice que anuncia el Evangelio, ese Evangelio del cual él ha tenido experiencia, diría yo, única; él anuncia ese Evangelio para que su alegría sea completa.

La perfecta alegría cristiana no está sólo en recibir y llenarse uno, la perfecta alegría cristiana sólo está cuando uno anuncia, comparte, transmite lo que ha visto, lo que ha oído, sólo ahí está la alegría; la alegría no está únicamente en acoger, la alegría está principalmente en saber entregar los tesoros que Dios nos da.

Durante estos minutos tenemos la gracia de reunirnos aquí en la casa de María, en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, son unos minutos, hemos venido de muy diversos lugares, y después de que demos la bendición final, ustedes partirán por su propio camino y yo seguiré el mío, y sólo Dios sabe si volveremos a encontrarnos.

Hemos departido un momento precioso aquí junto a María, pero sabemos, porque Juan nos lo enseña, que salimos de esta Basílica, atravesamos esas puertas con un encargo: llevarle la alegría al mundo, llevar la alegría de la Buena Noticia, llevar la convicción de que Dios nos ha amado hasta el extremo y que aquel que cree en Él jamás quedará defraudado.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Amén.