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Fecha: 20061227
Título: Nuestra fe depende de los Apostoles
Original en audio: 8 min. 52 seg.
Casi siempre se considera a la fe como una apuesta a ciegas, pero en la Biblia no es así. Y creo que el pasaje que mejor lo ilustra es el que hemos oído en el día de hoy.
Dice que este discípulo amado, a quien la tradición identifica unánimemente con San Juan, "vio y creyó" (véase San Juan 20,8). No se oponen estos dos. A veces uno dice que hay que evitar ver, pero hay ocasiones como en esta, en que el ver y el creer van juntos.
Y de hecho, este discípulo llegó a la fe a través de ver, ¿pero qué fue lo que vio? Recordemos quién fue este discípulo. Este fue el único que estuvo junto a la cruz, fue el único discípulo que acompañó el proceso del sepulcro, de poner a Jesús en el sepulcro.
¿Cómo eran los sepulcros de la época? No escomo nosotros estamos acostumbrados a meter la gente en tierra. Estos sepulcros eran como unos pequeños cuarticos, y entonces usualmente tenían como dos secciones, la de más adentro era donde se ponía el cadáver. El cadáver se envolvía en un sudario, en una tela larga, se amarraba la mandíbula para que no se abriera la boca, se le amarraba la mandíbula, se envolvía todo el cadáver.
Y todo eso se untaba con una gran cantidad de esencias y de aromas penetrantes, pues precisamente para cubrir el mal olor de un cuerpo que se corrompe. La gran cantidad podía ser a veces hasta de cincuenta, sesenta kilos de esos perfumes. Entonces se envolvía en un sudario y se le echaba abundantísimamente esas esencias y perfumes, mirra y otras cosas muy penetrantes para cubrir el mal olor. Eso era lo que quedaba en la parte de adentro.
Esa recámara interior estaba unida, estaba conectada con un pequeño cuartico donde la gente se podía sentar, por ejemplo, para orar. Entonces en ciertas circunstancias, a nosotros eso nos puede parecer macabro porque el cadáver quedaba allá como expuesto, pero lo que hacían era tener allá el cuartico ese donde estaba el cadáver, quedaba una pequeña como abertura, no puerta pero abertura, que iba allá y los parientes del difunto, en ciertas circunstancias, podían incluso reunirse, unos pocos, en esa otra recámara que quedaba ahí.
Después de esa segunda recámara, quedaba la entrada al sepulcro, que en el caso de Jesús, había sido cerrada con una gran piedra. Por eso las mujeres cuando iban al sepulcro, el primer día de la semana, decían: "Bueno, ¿y ahora quién nos va a mover esa piedra tan grande? Porque había sido cerrada. Obviamente, pues no era una puerta que cerrara herméticamente, era simplemente una piedra que impedía la entrada de otras persona ahí.
Toda esta disposición de cosas era muy familiar para los judíos, por lo menos, era el entierro que tenía un judío rico de aquella época. Los pobres tenían que optar por soluciones más sencillas, las cuales desconozco cómo eran. Lo que sí sabemos, es que Jesús fue puesto en el sepulcro de un hombre rico, ese hombre rico se llamaba José de Arimatea.
Entonces el cadáver de Jesús quedó en ese sepulcro nuevo que José de Arimatea había preparado para él mismo. Ahí fue donde él dispuso que se pusiera el cadáver de Cristo.
¿Quién vio todos esos arreglos? ¿Quién estuvo ahí? Pues varias personas estuvieron. María Magdalena estuvo, seguramente la Santísima Virgen, la Madre de Jesús, estuvo en ese proceso del sepulcro y este, Juan, estuvo.
Entonces Juan sabía cómo habían quedado las cosas, él sabía dónde estaban, en qué parte habían quedado, dónde había quedado el cuerpo de Jesús, todo eso o conocía él. Ese primer día de la semana, cuando llegaron al sepulcro, Pedro y Juan, Juan no se adelantó a entrar, dejó que entrara primero Pedro, una señal evidente de respeto a la misión que tenía Pedro y al lugar que Pedro tenía en el grupo de los Apóstoles.
Entró Pedro, dice aquí: "Pedro vio las vendas en el suelo, vio las demás cosas, y sólo cuando Pedro vio todo eso, entró este discípulo" (véase San Juan 20,6-8). ¿Entonces qué fue lo que vio este discípulo? Lo que este discípulo vio fue el sudario las vendas. Dice aquí que "el discípulo vio las vendas en el suelo y el sudario, o el trapo, o en fin, con que le habían envuelto la cabeza como enrollado en un sitio aparte.
¿Qué es lo que llama la atención de eso? ¿Y por qué Juan creyó? Porque si no está Jesús, ¿qué se hizo el cuerpo? La posibilidad es que se lo hayan robado, pero Juan había visto cómo habían quedado las cosas, y se da cuenta que todo está en su sitio, menos el cuerpo de Jesús.
Entonces Juan llega, ve que están las vendas, ve que está el sudario, ve que todo está como lo habían dejado porque él sabía cómo lo habían dejado; todo está en el lugar, menos Jesús. En ese momento él entiende: "Esto no es un robo, no se han robado el cadáver". Partamos de la base de que robarse un cadáver desnudo, no sería fácil; pero es que estaba todo igual.
Entonces cuando ve esa señal, no ve la Resurrección sino ve esa señal, y él que había visto el proceso del sepulcro, entiende, descubre "aquí ha sucedido algo"; ahí se da el acto de la fe. Juan ve y cree, o como dice aquí: "Vio y creyó" (véase San Juan 20,8).
¿Qué podemos recibir nosotros de este pasaje y de esta fiesta? En primer lugar que son fiables los testimonios de los Apóstoles. Tenemos a uno que vio cómo quedaba el cuerpo de Cristo y que vio todo igual sin el cuerpo de Cristo.
Nuestra fe en la Resurrección del Señor se basa en el testimonio de estos Apóstoles, se basa en el testimonio de ellos; y una de las condiciones para ser apóstol precisamente era esa. "Una persona, eso lo sabemos cuando hubo que elegir el reemplazo de Judas Iscariote, necesitamos uno que haya estado con nosotros, uno que pueda dar testimonio de dos cosas: de que Jesús existió y murió y de que ese mismo Jesús resucitó" (véase Hechos de los Apóstoles 1,21-22).
Entonces este es un día muy bello para saber que tenemos un fundamento sólido a nuestra fe. Finalmente, toda la fe cristiana que existe en el mundo, depende de estos hombres, de los Apóstoles, de los que convivieron con Cristo, de los que lo vieron padecer, de los que supieron que estaba muerto y los que tuvieron la certeza de la Resurrección.
Continuemos con nuestra celebración sabiendo sobre qué Roca estamos parados, sabiendo lo que significa que nuestra fe depende de estos primeros testigos y sabiendo que este mensaje de alegría no se extingue, porque el Dios que ha vencido el extremo de la traición, el odio y la muerte, con la gloria de la Resurrección, ese mismo Dios se ha puesto de nuestro lado, se ha declarado de nuestro lado, y si nosotros nos fiamos de Él y nos aferramos a Él, somos también vencedores del dolor, del odio y de la muerte.