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Fecha: 20011227
Título: La fuente de la alegria del Evangelista San Juan
Original en audio: 16 min. 21 seg.
En la primera lectura que escuchábamos, San Juan nos cuenta por qué escribe esa Carta. Pero este motivo que él da, no es solamente por la Carta, sino realmente es por todo lo que él escribió, y si digo más, por todo lo que él enseñó, por todo lo que dijo, por todo lo que predicó, por lo que llegó a ser su vida entera.
A veces una sola palabra es como una llave que le abre a uno la puerta de una casa muy grande. Por ejemplo, el otro día caía yo en cuenta de esta Palabra. Dice aquí: "Os escribimos esto para que nuestra alegría sea completa" (véase 1 Juan 1,4).
La perfección de la alegría está en compartir la Noticia. Es decir que Juan, todo lo que escribió, todo lo que dijo, todo lo que se convirtió en su razón de ser, es una búsqueda de la perfecta alegría.
Y Juan encontró la perfecta alegría en recibir, en vivir y en comunicar la Noticia de Cristo. Él sintió que se encontraba con la Palabra, se encontraba con el gran mensaje que Dios tiene para el mundo, esa clave de comprensión que permite desembrollar la existencia humana, esa pieza que está faltando, y que mientras no la encontremos, seguirá faltando en lo profundo del corazón humano.
Primer pensamiento que quiero compartirles: La evangelización es una obra de la alegría, y debe evangelizarse desde la alegría.
El Papa Pablo Sexto escribió una carta sobre la alegría. La traducción al español lleva ese título: "La alegría cristiana". Porque toda nuestra vida cristiana es una vida sellada por la alegría.
Nada grande se hace sin alegría, nada sano se hace sin alegría, nada duradero se hace sin alegría. Necesitamos encontrar las claves de la alegría, las fuentes de la alegría en el corazón. Porque hasta cierto punto, nuestra vida será una peregrinación, será una búsqueda incansable hasta que lleguemos a la fuente de la alegría.
Y buscamos la alegría. Podríamos expresar, que estamos programados como dicen los ingenieros de sistemas, para buscar la alegría. Y por buscarla, hacemos lo bueno y lo malo.
Meditando en esto, decía Santo Tomás de Aquino, que en nuestra vida hay muchos actos que son voluntarios: puedo escoger ser médico, comerciante, abogado, sacerdote, político. Tengo muchas cosas que puedo escoger en mi vida. Pero hay una, dice Santo Tomás, que no puedo escoger; hay una, que por decirlo así, ya ha sido escogida para mí, y es la búsqueda de la alegría, la búsqueda de la felicidad.
Cada uno le da un nombre distinto. Pregúntele a la gente por qué hace lo que hace, y usted encontrará que siempre hay una búsqueda de eso que hoy llamamos alegría, pero que en otra predicación podríamos llamar la realización personal, estar bien, estar en paz, no tener problemas con nadie, ser feliz, que "nadie me moleste". Todo eso expresa la misma idea.
Y hoy estamos celebrando a un Santo que encontró la alegría, y la encontró en la Palabra, porque la Palabra se hizo visible. Sabemos bien, que fue como una característica de este Apóstol San Juan, hablar de Cristo como la Palabra. De él precisamente viene esa expresión: "La Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros" (véase San Juan 1,14).
De modo que en San Juan encontramos una alegría que se difunde, que se desborda a través de la evangelización, y encontramos a un hombre que dice haberse encontrado con la Palabra.
¿Por qué él llama a Cristo la Palabra? ¿Qué significa este nombre? De pronto uno no llamaría a Cristo fácilmente así. Eso parece como lejano, como abstracto. Si a uno le dicen: "Mire, Cristo es tu amigo", eso se ve cerquita. "Cristo es tu médico; Cristo es tu consuelo, tu fuerza", todo eso se siente cerca. Pero si a uno le dicen: "Cristo es la Palabra", eso se percibe muy lejos.
¿Por qué este hombre, este hombre que se mueve por la alegría, habla de Cristo como la Palabra? Y la Primera Carta, cuyo comienzo hemos oído en la Primera Lectura, va en paralelo con el Evangelio, es casi lo mismo del Evangelio.
"Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que palparon nuestras manos, la Palabra de la vida, nosotros la hemos visto. Os damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna" (véase 1 Juan 1,1-2). Pues ahí está la clave; es que es la Palabra de la vida: "Yo me he encontrado con la Palabra de la vida".
Es que de una palabra depende a veces la vida. Eso lo saben bien los que se han enamorado, porque todo el que se ha enamorado, finalmente tiene que traducir todo lo que lleva por dentro, tiene que traducirlo a una palabra.
En mis tiempos, allá otrora, a eso se le llamaba declararse. Típicamente, el hombre tenía que declarársele a la mujer. Y declarársele, ¿qué es? Es finalmente condensar en una palabra todo lo que se lleva por dentro.
Las maneras de declararse a una mujer, han cambiado a lo largo de los siglos y de las culturas, pero finalmente tiene que ser una palabra la que se dice ahí, algo que traza esa sutil pero profunda diferencia entre un amigo y algo más que un amigo.
Y el hombre, típicamente el hombre, insisto, tiene que pasar esa frontera, y tiene que arriesgarse, tiene que apostar. Porque si estaban bien, llamémoslo así, de conocidos, de simpatizantes, o de amigos, y el hombre se arriesga y falla, ya la cosa nunca va a volver a ser igual.
Y ese riesgo que se corre al decir: "Llevo por dentro esto, y siento esto por ti", supone como una tensión interior, como un nerviosismo; la persona se lanza, a veces gana, y a veces pierde. Porque de pronto la respuesta que recibe es: "Mejores propuestas me han hecho", y ahí queda el hombre fracasado.
La vida puesta en una palabra, y también es una palabra, típicamente una palabra de la mujer, la que abre un universo.
Pero ahí entendemos, en esa comparación entendemos, que una palabra no es un trozo de información. De pronto, porque estamos en una era cibernética, uno piensa que un "sí", o un "no", es como un bit de los computadores, que puede estar como un switch, prendido o apagado.
Pero una palabra no es eso. Una palabra es ese punto de condensación, es ese lugar de verdad, es ese canal de comunicación de vida, y San Juan nos dice: "Es la Palabra de la vida" ( véase 1 Juan 1,1 ).
Por esa comparación humana, entendemos lo que significa que Cristo sea "la Palabra de la vida". Podemos decir que en Cristo, Dios se arriesgó como el hombre que declara su amor. No que no hubiera hablado de amor Dios en el Antiguo Testamento.
Pero así como hay una barrera que se pasa entre el hombre y la mujer, y el hombre sabe que cuando dice: "Mire, es que mejor dicho, yo a usted la quiero mucho, y quisiéramos que fuéramos algo más", o yo no sé cómo se dirá eso, pero hagamos de cuenta; cuando el hombre ya se arriesga y suelta su embuchado, en ese momento ya sabe él, que no hay marcha atrás, que ya la cosa estuvo dicha.
Algo parecido podemos decir que ha sucedido con Nuestro Señor Jesucristo. Dios nos había mostrado de muchas maneras: "Hombre, que sí los quiero". Nos sacó de Egipto: "Que sí los quiero". Nos liberó del destierro: "Que sí los quiero". Mandó sabios, profetas: "Que sí, que sí los quiero".
Pero nosotros, como una mujer difícil que no se deja conquistar, y que no se deja conquistar por mala razón, porque está ocupada en amores torcidos; nosotros, como esa mujer de amores torcidos, no terminábamos de convencernos del amor de Dios. Esto es lo que nos dice el pasaje extenso aquel de finales del profeta Ezequiel, donde se compara al pueblo con una mujer liviana que anda jugando al amor con distintos amantes.
Pues así hemos sido nosotros. Y Dios ha tenido que competir con otros amores, Dios ha tenido que entrar en competencia con otros amantes. Pero entonces Dios parece que se hubiera resuelto, como ése que arde de amor y que dice: "Yo sé cómo es ella; yo sé que ella tiene su historia, y tiene su pasado, pero yo así la quiero; así la quiero, y deseo que sea mía.". Se arriesga, y le declara su amor.
Así también Dios nos ha dado una Palabra de vida. Dios ha condensado todo su amor, Dios ha arriesgado su ternura en el Pesebre, y Dios se ha mostrado débil en Jesucristo.
El hombre que ha ido más horas al gimnasio en este mundo, y el hombre más cuajado que una cuajada, ese hombre, cuando se va a declarar a su novia, se vuelve débil. Tiene que sacar lo débil de su corazón, porque no puede llegar donde ella a mostrarle: "¿Si ve? ¿Si ve?"; no puede llegar a exhibirle músculo. Tiene que ser débil, y tiene que depender de la respuesta de ella.
Ahí no vale la fuerza; ahí vale otro lenguaje, el lenguaje de la ternura, el lenguaje del amor sin límites. y eso es lo que Dios nos ha dado en Jesucristo.
Nosotros miramos a Cristo en el Pesebre, y nos aterra la debilidad de Jesucristo. Nos aterra cómo ese Bebé es castigado por el frío, castigado por la pobreza, castigado por el olor de establo, castigado por el olvido.
Ese Niño tan despojado de todo, ese Niño que sin embargo lo buscan para matarlo, ese Niño que como dijo Isaías, es "Varón acostumbrado a dolores" (véase Isaías 53,3), ese Niño que no sabe sino dar amor, ese Niño que es valiente para defender los derechos de los pobres, y que es tierno para entender a los pecadores, ese Niño es la declaración del amor de Dios.
De manera que cuando volvamos a escuchar: "En el principio existía la Palabra" (véase San Juan 1,1), lo que tenemos que entender es que todo lo grande y grande, todo lo inmenso inimaginable que es Dios, se condensó en Jesús, y se convirtió en una propuesta de amor.
Eso es lo que nos muestra ese pasaje tan bello del comienzo del Evangelio de Juan, donde dice: "Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron" (véase San Juan 1,11). Es decir, la propuesta de amor parece que cayera en falso, por decir lo menos, y sin embargo agrega: "Pero a cuantos lo recibieron, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios" (véase San Juan 1,12).
Es decir, a los que queremos recibir a Jesús, a los que queremos acoger la ternura de Dios en Jesucristo, a los que queremos escucharle ese mensaje, esa declaración de amor, a nosotros, Dios nos da un principio, un germen de una vida nueva, y en nosotros nace una vida distinta, una vida que es vida de Dios.
Exactamente lo mismo que sucede en la declaración del amor humano: Esta mujer acepta la palabra que viene de fuera, y desde esa acogida, se descubre a sí misma de un modo nuevo. "Ya no soy solamente una niña, una joven. De alguna forma, soy de él". Y esto viene a transformar todo su universo interior; esto viene a transformarla, esto viene a crearla de alguna manera.
Por eso podemos entender cuál es la fuente de la alegría de Juan. En el fondo, lo que está diciendo Juan es: "Yo le oí a Dios que me propuso su amor. Yo se lo acepté, y estoy feliz. Estoy tan feliz, y tengo una fuente de vida por dentro, que por eso, porque estoy alegre, porque el Señor ha hecho esa obra en mí, les escribo; por eso predico, por eso hablo".
Que Dios bendiga nuestras vidas con la fuerza de su Espíritu, y que nos permita recibir este mensaje, que es la gran propuesta del amor de Dios.
Amén.