Sjne003a
Fecha: 19971227
Título: El evangelio de Juan es el evangelio de la gracia
Original en audio: 35 min. 34 seg.
Puede decirse que la Sagrada Escritura es como una especie de drama, mejor aún, es el drama por excelencia, porque en ella se cuenta la historia del amor más grande, del amor de Dios; y la historia de la tragedia más grande, perder a Dios; y la historia del camino más grande, volver a Dios; y la historia de la gesta más grande, la salvación de Dios, la salvación que Dios ofrece al hombre.
La Biblia es dramática, y cualquier persona que lea con fe, con tiempo, con amor la Sagrada Escritura, más tarde o más temprano tendrá que llegar a la conclusión a la que llegó ese autor: "Este libro me lee a mí, es un libro vivo, y es un libro que me lee a mí".
O llegar a la conclusión a la que llegó aquel otro: "Mi vida está ahí". ¡Qué impresión causa encontrarse de pronto con que las angustias, las preguntas, los desconciertos, las faltas mismas de uno, están afuera de uno, ahí en una palabra escrita, una palabra que estaba antes de mí y que seguirá después de mí".
Cuando estos descubrimientos se hacen, cuando uno descubre así a la Palabra de Dios, descubre que es una Palabra viva, que no es algo, que es alguien.
Dichoso, dichosa, quien haga este descubrimiento, porque como le dijo Jesús al Apóstol Pedro: “Eso no te lo habrá revelado ni la carne ni la sangre, sino el Padre que está en los cielos” San Mateo 16,17.
Cuando descubrimos así a la Biblia, descubrimos que es un libro que palpita, que es un libro vivo, que es entonces diferente, distinto de cualquier otro libro.
Sin embargo, dentro de la misma Escritura hay también matices y diferencias, porque hay personajes, hay historias, especialmente dramáticas. Cuando uno piensa, por ejemplo, en el sacrificio de Abraham, cuando Abraham va a sacrificar a su hijo, es un momento de una tensión profunda.
O cuando se mira al airado Macabeo que se lanza a las montañas como guerrillero para luchar contra el poder opresor, es un momento vigoroso y dramático. Dentro de los mismos Evangelistas algo así nos encontramos, todos los dramas de la humanidad se traducen en un solo drama en los Evangelios: la conversión.
Si lo miramos bien, en el Evangelio no importa tanto si se gana o se pierde una guerra, lo que importa es si se gana o se pierde la guerra de la conversión.
No importa tanto si se logra una gran obra, que sé yo, de arquitectura, o un libro; no importa conseguir una teoría fantástica, no importa llegar a un edificio hermoso, lo que hay que construir es lo que se cimienta en la conversión; y la verdad que hay que encontrar, es la verdad que nos lleva a la conversión.
En los Evangelios no importa tanto si se logra o no conquistar el amor de cierta doncella, o si tal o cual príncipe finalmente heredará el trono, lo que importa es que Jesús, el heredero de David, sea el Rey del universo, y lo que importa es que esa doncella esquiva, difícil, caprichosa, que es el alma humana, al fin se rinda ante ese Rey.
Por eso los Evangelios tienen, por decirlo así, como un único tema dicho de muchas maneras, una declaración gigantesca, clarísima, inmensa como el cielo, una declaración de amor así; y la urgencia del cielo y del amor del cielo para que nosotros respondamos así a ese amor, para que le creamos primero a ese amor antes que a cualquier otra cosa.
Antes que a cualquier miedo nuestro, cualquier ansia de poder, cualquier hambre de placer, que nosotros le creamos, en primer lugar, a ese amor grande como el cielo y más grande que el cielo que vemos.
Por eso, todo el drama de los Evangelios está en la conversión, pero dentro de los Evangelios también hay diferencias. Mateo es como un maestro, como un maestro rabino. Mateo muestra en Jesús la plenitud de Israel, el verdadero Israel, como el desenlace de todo lo que venía del Antiguo Testamento, como la respuesta a todas las historias de patriarcas y profetas.
Lucas, en cambio, nos presenta esa conversión como oferta dolorosamente rechazada por quienes se sienten seguros y ricos; y alegremente acogida por quienes se saben pobres, y aprenden a creer en el don de Dios, en el don del Espíritu.
Marcos, por su parte, prefiere como dejar que sean los hechos los que hablen comparativamente, tiene muchas menos palabras o discursos de Jesús. Presenta hechos uno tras otro, hechos de salvación que están reclamando un hecho en nosotros, obras que piden obras, hechos que reclaman un hecho: nuestra conversión.
Y así llegamos al Evangelista que hoy nos mueve a celebración y a gratitud, a San Juan. Yo me atrevería a decir que en cierto modo es el menos dramático de los Evangelistas, basta leer la Pasión del Señor en cualquiera de los Evangelios Sinópticos, es decir, Mateo, Marcos o Lucas, y compararlo con la lectura de la Pasión en San Juan.
Yo creo que la Pasión de Lucas es tal vez es la más dramática, es Él el que habla de ese terror de Cristo que le lleva a derramar como sudor, gotas de sangre, y el Ángel, que en esos momentos de tribulación en el Huerto se acerca para consolar al Señor.
La Pasión en San Juan, en cambio, es menos dramática, es la misma Pasión, desde luego, pero es menos dramática, está vista, por decirlo así, con una luz distinta.
En la Pasión según San Juan queda como unida de una vez la glorificación, es de este Evangelista aquella frase: “Cuando yo sea levantado en alto, -dice Cristo-, atraeré a todos hacia mí” San Juan 12,32.
De manera que la Pasión en la Cruz y la glorificación de Cristo están unidas, la gloria y la Cruz están unidas, de manera que no es que el Evangelista desconozca los caminos tortuosos del dolor humano, no.
Sino que ve que todos esos caminos se dirigen en últimas a la Cruz de Cristo; y ve, en la Cruz de Cristo, la gloria de Cristo, y también la difusión de esa gloria para nosotros, por eso este evangelio lleva un sello de paz, un sello inequívoco de paz y de sabiduría.
Acercarse al Evangelista Juan es como otra lógica. Marcos es ágil, Marcos va como a las obras; Lucas, ¿Lucas a dónde va? Lucas va como al corazón, como a los sentimientos, no al sentimentalismo, al sentimiento profundo.
De Lucas es aquella imagen en la que vemos a Cristo recostado para cenar, y una pecadora que llora sus faltas y que lava los pies del Señor con sus lágrimas.
Pertenece a Lucas también esa alegría casi infantil de Zaqueo, que no sabe ya cómo responder al Señor y habla atropelladamente: “Voy a reponer, voy a dar el cuádruple, voy hacer y voy a cambiar” San Lucas 19,8. Uno no puede leer ese pasaje sin sentir como el gozo de Zaqueo.
Pertenece también a Lucas el texto inmortal del Hijo Pródigo ante ese papá que se asoma a ver cuándo vuelve su niño, ¿quién no se conmueve ante eso? ¿Quién no siente en su corazón: "Soy un estúpido si sigo lejos de Dios, es ridículo que deje aguardando a mi papá, así quevoy a ir"?.
¿Quién no repite con el evangelio: “Me levantaré y volveré a la casa de mi padre”? San Lucas 15,18, después de leer ese pasaje?
Mateo, ¿a dónde va Mateo? Mateo va como a la inteligencia, como a las palabras, a las palabras, discursos, cinco discursos, el más largo y más conocido, de los cuales “El Sermón de la Montaña”.
Jesús es el Maestro por excelencia, Aquel que tiene autoridad, el que no predica como los escribas ni los fariseos, Él sí tiene autoridad, y reclama de ellos que pongan en práctica lo que les está enseñando; ese es Cristo en Mateo.
Entonces para una persona que tenga afán, hay que empezar por Marcos, y ver: sanó al leproso, ¡huy! curó al ciego, y a distancia sanó al siervo del centurión.
La Pasión de Marcos está escrita con una sobriedad, que si uno lo mira bien, parece que no estuviera describiendo un asesinato, y todos sabemos que la muerte de Cristo fue un asesinato a traición, a sangre fría, y con extrema crueldad.
Pero no, él va contando las cosas así no más: "Lo desnudaron, lo azotaron, cogió la cruz, se encontró con el otro, lo crucificaron, dijo: “¿Por qué me has abandonado?”" San Marcos 15,34.
"El centurión dijo: “Este era el Hijo de Dios”" San Marcos 15,39. "Murió, lo sepultaron", parece que estuviera haciendo un reporte noticioso.
Para nosotros, que vivimos en la era de la información y de las noticias, ese Marcos, que va contando hechos, es como una ráfaga, es como una metralleta de noticias, uno tiene que empezar por Marcos hasta descubrir que Marcos le enseña a uno a detener la lectura, uno empieza al ritmo que va leyendo él, al ritmo que él va contando.
Pero llega el punto en el que uno empieza a detenerse, porque son tantas cosas las que está diciendo, -las dice todas con una sencillez-, pero son tantas cosas las que está diciendo, que a uno le toca detenerse.
En cambio Juan, Juan es otra lógica, Juan es difícil en cierto modo, o es sencillo en cierto otro. A ver, ¿qué diremos? ¿Que va a los hechos? No. Selecciona exquisitamente siete señales, siete, señales que dio Jesucristo y solamente siete, desde las bodas de Caná hasta la gran señal, que es la Cruz, donde también está la gloria de Cristo.
No presenta simplemente hechos, no; presenta señales, diríamos nosotros, quizá señales sacramentales, señales que hacen pensar. Diremos que trae palabras que se dirigen a nuestra inteligencia, pues en cierto modo sí.
Pero la prosa de San Juan no es tan fácil para una persona que sea ávida de teoría, ávida de comprensión, de oír muchas respuestas a sus preguntas; San Juan no, porque San Juan como que lo pone a uno a dar vueltas, uno siente como que le están dando vueltas.
Esos pasajes de San Juan con unas frases largotototas y repitiendo las mismas palabras, uno siente: "Bueno, pero saquemos aquí en claro qué es lo que hay. Juan no es un teórico a la manera de un filósofo, no lo es.
¿Cómo es la prosa de San Juan? Él va haciendo como una especie de espirales: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, como el Padre me amó así os he amado yo".
"Y si permanecéis en mi daréis fruto y en esto reside gloria mi Padre en que vosotros déis fruto y daréis fruto si permanecéis en mí, permanecéis en mí si cumplís mi palabra y mi palabra es que os améis los unos a los otros” San juan 15,1-17.
Entonces son como unas espirales, como unas volutas, según dicen en la escultura, en la arquitectura, como unas volutas, unas vueltas que hacen que la inteligencia también se quede como perdida.
Si se puede, si uno hace el ejercicio, y yo he intentado hacerlo, si uno hace el ejercicio y dice: “Bueno, ahora voy a coger este capitulo 15 de San Juan y vamos a pasarlo, vamos a traducirlo”.
¿Pero ve que toca traducirlo? "Vamos a traducirlo a teoría, entonces uno empieza, y ahí va sacando algunas ideas, pero uno se da cuenta de que el Evangelista no pretende simplemente comunicar unas ideas; si vamos a hablar de sentimientos, tampoco parece que ese no sea ese el caso de San Juan.
Jesús a veces parece demasiado seco con los sentimientos. Mi mamá me decía que a ella, como madre, le impresionaba tanto ese Jesús de San Juan, cuando en las bodas de Caná se acerca la mamá a decirle: “Mira, no tienen vino" San juan 2,3, y Jesús le contesta: "Mujer, ¿qué hay entre tú y yo en este negocio? Esto que tiene que ver con nosotros” San juan 2,4.
Empezando porque le dice a la mamá: “Mujer” San juan 2,4, eso no suena a sentimiento, algo falta ahí, es un Jesús majestuoso, ciertamente, cautiva, ciertamente; pero no es un Jesús que le hable en primer lugar a los sentimientos y es más, cada vez que alguien viene como con mucho sentimiento, Jesús, discreta pero firmemente, lo para.
Así por ejemplo, llegan los judíos, -que es de los pasajes que a uno le impresiona-. Después de la multiplicación de los panes está Jesús al otro lado del lago, donde, por cierto, se ha ido caminando por el agua, llegan allá los judíos, llegaron todos, ¿qué les dice Jesús?
"Ustedes no vienen porque hayan entendido las señales, sino porque se llenaron el buche, comieron hasta hartarse y a eso es que vienen". Hombre, un recibimiento un poquito más cariñoso: "Que más? ¿Qué han hecho?" No. Como cortante, seco.
Luego María Magdalena: “-Resucitó el Señor”, se postra, abraza los pies de Cristo; "-suéltame, tengo que subir a mi Padre y a vuestro Padre; a mi Dios y a vuestro Dios” San Juan 20,16-18.
Claro, lo que le dice Jesús es mejor que tocar a Jesús, claro. “Mi Padre y vuestro Padre” San Juan 20,17. Esas son las palabras de la Alianza nueva y eterna: “Mi Padre y vuestro Padre” San Juan 20,17, esas son las palabras de la Alianza nueva y eterna.
Sí, lo que le dice es mejor que lo que le hace o lo que ella quería hacer, sí, pero ante el sentimiento, ante la carne, ¡duro! Y también dijo en otro lugar precisamente Él: “El Espíritu es que da vida, la carne no sirve de nada” San Juan 20,17.
Esa afirmación tan dramática en el mismo evangelio que ha proclamado solemnemente: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” San Juan 1,14, el mismo Evangelista que dice eso, dice también: "La carne no sirve de nada" San Juan 3,5, como quien dice, se hizo Carne para que descubriéramos la nada de nuestra carne; pero para que no nos hundiéramos en el abismo de esa nada.
Entonces, ¿qué diremos de San Juan, si no va propiamente a los sentimientos, ni va a la teoría, ni va a los hechos? Sobre eso de los hechos es tan simpático recordar cuando los judíos le dicen: “Bueno, ¿entonces cuál es la obra que tenemos que hacer?
Y les responde Jesús: "La obra es que creáis" San Juan 6,29. "¿Y ahora què hago? Entonces me voy a creer, me voy a sentar y creo".
Es un Jesús desconcertante, es un Jesús que desconcierta, es un Jesús que está como un paso más allá, un paso más. Mientras que Lucas intenta presentar todo el tiempo a Jesús como un paso más acá.
Y por eso no duda en presentarlo cansado, lloroso, miedoso, dormido, con frío, bueno, mientras que Lucas trata de presentarlo un pasito más acá, San Juan parece que quisiera presentarlo todo el tiempo un paso más allá.
Y por eso todo esfuerzo humano, no sólo de la carne sino de la teoría o del sentimiento o de nuestras obras, cualquier esfuerzo humano por alcanzar al Verbo falla, y yo creo que esa es la clave, ésa.
La clave para entender a San Juan, me parece a mí, quizá estoy exagerando y uno se entusiasma, pero a mí me parece que la clave para entender a San Juan es ésa: cualquier intento humano, como las manos de María Magdalena, cualquier intento humano de agarrar al Verbo, falla, no es así.
Pero no me estoy refiriendo sólo al sentimiento. Los escribas, los fariseos los principales judíos también querían agarrar al Verbo, agarrarlo, incluso utiliza el verbo ese, querían “agarrarlo” con sus preguntas y siempre se les escabullía.
Fíjate que ya hemos destacado en otras ocasiones, en el evangelio de San Juan, Cristo prácticamente nunca responde a lo que se le pregunta, esta es una característica única de San Juan.
Allá le pregunta un Apóstol: ¿Y por qué te has manifestado a nosotros y no al mundo?" San Juan 14,22, y Jesús se arranca con otro tema, y llegan y le dicen: "Mira, allá hay unos griegos que te están buscando" San juan 12,20-22.
Y Jesús sigue con su discurso: “Ahora va a ser glorificado el Hijo del hombre” San Juan 12,23.
Pilato le pregunta “¿Qué es la verdad?" San Juan 18,38 Y Jesús no responde, y Pilato se va, o al revés, Pilato se va y Jesús no responde. De manera que Jesús no es agarrable ni por las preguntas de la mente humana, ni por las manos del cariño humano, no es agarrable, no se puede agarrar con nuestras manos, nuestros esfuerzos son insuficientes.
Cuando uno lee a Marcos, uno dice: "¡Listos! Entonces quiere decir que lo que tengo que hacer es esto, esto y esto"; cuando uno lee a Mateo, uno dice: "Ahora encontré, mi manual de vida va a ser este"; cuando uno lee a Lucas, uno dice: "Amo a Jesús, puedo envolverlo, puedo abrazarlo, puedo acogerlo".
Cuando uno lee a Juan, en el fondo lo que se siente es que: "mi esfuerzo, que mi intento, ya sea con una pregunta o con un abrazo, al fin y al cabo las preguntas son las manos de la mente, si yo intento agarrar a Cristo, no puedo".
Aquí hemos llegado a una clave fundamental, me parece, para la comprensión del evangelio y de los escritos según San Juan.
¿Esto qué quiere decir puesto en positivo? Porque hasta ahí lo que hemos dicho es que los esfuerzos humanos no alcanzan la meta, pero eso en positivo ¿qué quiere decir? Que desde la primera hasta la última letra, San Juan nos sitúa en el ámbito de la gracia; no serán tus esfuerzos.
¿Qué es lo que tengo que hacer? Que creas. No pretendas agarrar a Dios con tus manos, deja que las manos de Dios sean las que te agarren.
"-Yo voy a querer mucho a Jesús, mi Jesús lindo, mi Jesús hermoso, voy a quererlo mucho". "-Suéltame, mi Padre es tu Padre, soy yo el que tengo el amor hermoso para ti, no tu modo de amarme".
"Tengo una pregunta inteligente, con esta pregunta sí voy a comprender", incluso en este Evangelista están las declaraciones más abiertas que Jesús hace: "¿Por qué tratáis de cazarme con preguntas? ¿De qué pecado podéis acusarme?" San Juan 8,43-46.
De modo, pues, que en San Juan nos encontramos el ámbito de la gracia, es el evangelio de la gracia; si Marcos era el de las obras, Mateo el de las enseñanzas, Lucas el del corazón, Juan es el evangelista de la gracia.
Esta palabra no aparece muchas veces, pero aparece las veces exactas, precisas, por ejemplo, en el prólogo de San Juan dice: “Porque la Ley nos fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo” San Juan 1,17.
Juan es el Evangelista de la gracia y de la verdad, como quien dice, Juan es el Evangelista no para que yo haga sino para que yo me deje hacer, y esto es lo extraño que causa la palabra de San Juan.
Cuando uno la lee, cuando uno lee a los otros Sinópticos, aunque todo es Palabra de Dios, cuando uno lee a los otros Evangelistas, uno siente que de alguna manera uno puede hacer; el Evangelista Juan es distinto: ahora vamos a ver qué es lo que Dios te va a hacer.
De manera que estas palabras de San Juan son para que Dios obre en mí, para que Dios me haga, me cree, me reforme, me transforme.
Cuando uno busca, por ejemplo, ideas, uno es dueño de sus ideas, pero en cambio, cuando uno se encuentra con San Juan, uno no se puede apoderar de esa Palabra, y esa Palabra es majestuosa, esa Palabra es soberana, esa Palabra es única y nosotros quedamos en el poder de esa Palabra.
San Juan es el Evangelista para que yo quede en el poder de la Palabra. Aquí sucede más o menos lo mismo que en una de esas terapias, como decir en un sauna o algo parecido; podemos decir que los otros Evangelistas son como el gimnasio, el gimnasio de las obras, o el gimnasio de las palabras, o el gimnasio de los sentimientos.
Juan es como el sauna, como el baño turco, o como algunas cosas de estas que hace la gente en un sauna, se echan, pero toca quedarse en el sauna, eso es lo único que hay que hacer, permanecer, hay que quedarse. La única obra la única palabra, el único sentimiento, todo en San Juan está en eso, simplemente quédate, quédate en el sauna.
"¡Ay, ¿pero entonces? ¿Ahí qué hago?" "Quédate. Tu ejercicio es quédate, que el sauna hará su obra". "-Pero es que no entiendo nada". "-¿Y quién te ha dicho que tus ideas valen gran cosa? Ideas has tenido toda la vida y la vida no es que ande muy bien".
"-“Ah, pero es que yo quiero sentir”. "-No son los sentimientos el camino, porque hay sentimientos que llevan a ser mejor y hay sentimientos que llevan al pecado, de manera que eso es tampoco gran cosa".
"-Pero, ¡ah, es que yo quiero obrar!” "-Mi Padre obra todo el tiempo y yo sigo obrando, dice Cristo, tú no eres indispensable por tus obras".
San Juan es el Evangelista del permanecer, el Evangelista de la gracia y de la verdad, el Evangelista del poder de la Palabra, este es San Juan, y yo me quedo en el poder de la Palabra, me quedo en el sauna, me quedo a que Dios me haga el tratamiento; no es el gimnasio.
Fíjese que todos los gimnasios están llenos de espejos, ahí en el convento pusieron también un gimnasio, entonces tiene espejos, ¿cuál es papel de los espejos?
Que la persona vaya viendo: “Voy mejorando”, “ya casi no tengo barriga”, “voy mejorando día a día”, “estoy cada vez mejor”, “tengo estilo”, “me parezco a tal artista o tal actriz”, “estoy bien”; ese es el gimnasio. El gimnasio es para que yo me mire y para que yo sea el dueño de mi proceso.
San Juan lo saca a uno del gimnasio, no es que los otros Evangelistas no prediquen la gracia, sino que uno suele interpretarlos así como gimnasios, en cambio, llega uno a San Juan y más o menos el recibimiento es: “-Ya llegó, ahora, ¡quédese!” "-¿Y ahora qué tengo que hacer? "-Quédese"- "-¿Pero y esto sí me va a cambiar?" "-mejor dicho, ¡quédese y cállese!" Entonces ya la persona se queda y se calla.
Y resulta que en el gimnasio uno se convierte en el escultor de su cuerpo, toda persona que va a gimnasio suele tener problemas de autoestima, la gran mayoría de las personas que van al gimnasio tienen problemas de autoestima.
Eso no quiere decir que eso sea pecado ni nada, sino que yo simplemente cuento que la gran mayoría de las personas que yo se que van al gimnasio tienen problemas de autoestima, y se levanta la autoestima viendo las piernotas: “Ahora sí tengo fuerza”, “Y ahora sí ya levanté”, “Y ahora sí, con esto puedo levantar un becerro”.
El gimnasio sirve para levantarse el autoestima, ¿y qué es autoestima? Amor de mí para yo, mientras que el sauna es amor, calor de Dios para mí, en el gimnasio yo soy el escultor de mi cuerpo: "-A ver, ¿cómo quiero que sea este brazo? Quiero que sea un brazo que parezca una pierna de cerdo.
"-¿Pero no ve que entonces usted va a parecer un cerdo?" "-No me importa, pero quiero que sea..."
Entonces la persona esculpe su brazo hasta que ya el brazo le queda como quería: "Ahora sí me quedó el brazo", ahí la persona es la que da la medida. Pero en San Juan es Dios el que da la medida, y por eso Dios lo tiene ahí a fuego lento, ahí lo tiene cocinadito, cocinadito, hasta que dé punto, como dicen las señoras, "todavía no da punto".
Entonces, cuando a usted le toque la cocina, usted pueda acordarse de San Juan, por ejemplo la persona que está preparando una natilla o algo parecido, se acostumbra en estas épocas, si nosotros le preguntamos a la natilla va a decir: “No, ya sáquenme de esto”, pero la señora ¿qué dice? “todavía no da punto, todavía le hace falta".
¿O què tal una natilla que se acostumbre al calor y que diga: “-Ay, sí, déjenme aquí, qué rico”. "-No. Ya está bien, ¡se quita!" “-Ay pero es que yo quisiera...” "¡No. ¡se quita!"
San Juan nos recuerda que el proceso lo maneja Dios, que Dios es el dueño del proceso y que mi trabajo es permanecer en Él para que Él me haga como Él quiera, y las obras que salen son belleza, son grandes, son hermosas.
Que Dios nuestro Padre haga su obra, permanecer. A nosotros nos toca permanecer, El hará su obra y bellísima, bellísima obra, como no pudo esculpirla nadie, como ningún gimnasio podría proponerla, bellísima obra saldrá de sus manos y saldrá del poder de su Palabra.,