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Fecha: 19951227

Título: San Juan Apostol y Evangelista

Original en audio: 18 min. 1 seg.


"Vió y creyó" (véase Juan 20,8), ésta podría ser la síntesis del cuarto evangelio que la tradición, ya desde el siglo II, le atribuye a Juan Apóstol y Evangelista.

De lo que se trata, efectivamente, en este evangelio es de que nosotros veamos los signos que Dios hace, y que viendo esos signos, creamos.

De lo que se trata es de que nosotros descubramos en Cristo la Palabra que estaba desde el principio con Dios (véase Juan 1,1-2), porque se ha manifestado en nuestra misma carne, y para creer esto tan grande, esta Palabra encarnada ha realizado ante nosotros diferentes signos, de manera que nosotros contemplemos esos signos y lleguemos a la fe.

Aceptemos que Jesùs es el enviado del Padre, que ha salido de Él; que aceptándolo sepamos que el sacrificio de Cristo es su misma gloria, y acogiendo a ese Cristo Glorioso tengamos siempre con nosotros el Abogado, el otro Paráclito, aquel que Cristo nos envía, que es el Espíritu Santo, con ese Espíritu Santo llevemos una vida de acuerdo con Dios y habitemos para siempre en la casa que tiene muchas moradas.

Esta sería como una apretada síntesis de la oferta o propuesta que trae el cuarto evangelio. En este sentido la conversiòn para San Juan es algo, si se quiere, menos drámatico, pero más profundo de lo que se nos plantea en los otros evangelios.

Cuando se habla de conversión en el Evangelio de Marcos, o cuando se habla de conversión en el Evangelio de Lucas, se trata de ese cambio radical de vida, cambio radical de pensamiento, como en el que el pecado tiene como un relieve muy preponderante; en el evangelio de Juan ese paso se describe de una manera más simbólica y también más profunda, como el paso de las tinieblas a la luz.

En este sentido, el cuarto evangelio tiene una especial misericordia, porque en cierto modo trata al pecador como un ignorante, y por lo mismo, tiene una humildad especial, porque trata al virtuoso sobre todo como un conocedor de Dios, el que sabe el camino. Si Dios abre nuestro entendimiento descubriremos con alegría que así es que hay una misericordia profunda en este evangelista y que hay una humildad profunda en tratar al pecador como un ignorante, y la humildad de tratar la virtud como un conocimiento.

Si nosotros nos apropiamos esta enseñanza descubrimos, en la perspectiva del Apóstol Juan, lo que significa amar al prójimo. A mí me parece que los cuatro evangelios, que pueden distinguirse por muchos aspectos, también pueden diferenciarse el uno del otro por la manera de hablar de amor al prójimo, y singularmente, al prójimo que es pecador.

La nota característica de este evangelista es tratar al pecador como alguien que está en la tiniebla, y por consiguiente, cómo la tiniebla puede ser siempre iluminada. Entonces fíjate cómo el esfuerzo de la conversión y el esfuerzo por adquirir la virtud e inclusos el camino mismo hacia la santidad, todo ello queda hasta cierto punto como en segundo plano, tal es el relieve que adquiere el recibir la luz de Dios.

Para este evangelista la obra de Dios es sencilla, y si se quiere, como instantánea; basta con ver y creer, basta con aceptar lo que Dios da, no toca ir a buscarlo lejos; basta con ver la señal que Dios nos ha ofrecido, que es Jesús; ver a este Cristo, reconocer en esos signos las señales de Dios y creer en Él, ahí está la obra de Dios en nosotros.

Y precisamente, por ser una obra tan completa, tan absolutamente de Dios, por subrayar tanto este aspecto, la vida de santidad se convierte por una parte, como ya dije, en una obra en la cual la gloria es sólo de Dios y que por tanto reclama humildad en nuestros corazones, pero por otra parte se convierte en algo tan sencillo, en algo tan connatural.

Puede decirse que toda la lucha contra el vicio y toda la guerra contra el pecado y todo el esfuerzo de llevar una vida nueva, como puede aparecer, que sé yo, en el sermón de la montaña, o en los otros discursos de Mateo, o todo ese drama existencial que aparece en las parábolas de Lucas, o ese lenguaje brusco y seco que aparece en Marcos, todo eso queda como suavizado, como sublimado en la perspectiva de Juan; basta con ver y creer.

Para Juan es posible que Dios haga un santo en un día, para Juan Dios no tiene egoísmos, envidias ni mezquindades; desde luego que para los otros evangelistas tampoco, pero para Juan es como tan clara, tan manifiesta la misericordia y tan evidente la luz, el poder, la sabiduría de Dios, que da la impresión que Dios puede hacer toda su obra en un instante, y efectivamente, así debemos creerlo con él, así debemos creerlo con la Iglesia.

Podemos preguntarnos ¿por qué esta fiesta cerca de Navidad? Antiguos calendarios litúrgicos tenían la costumbre de celebrar a los Apóstoles cerca de la Navidad. Cuando se celebraba al Nacimiento de Cristo venían las fiestas de los Apóstoles Pedro, Pablo, Esteban, Juan, se celebraban muy cerca, el primer mártir y los primeros Apóstoles; luego la fiesta de Pedro se pasó para junio junto con Pablo. Esa es una razón, se acostumbraba celebrar a los Apóstoles muy cerca de la Navidad, cerca del advenimiento de Jesús.

Pero hay otra razón, tal vez más profunda y es que, como lo recuerdan las oraciones de este día, éste es el evangelista que principalmente nos ha revelado el misterio de la Encarnación del Verbo.

En el momento en que celebramos el Nacimiento de este Verbo encarnado, y en la Octava de Navidad, en que nos encontramos, qué mejor que dirigir nuestra mirada a este maestro de vida divina que es Juan evangelista, para que él nos enseñe a descubrir a la Palabra que se hizo carne para nosotros y para nuestra salvación.

Nos falta terminar haciendo una explicación, pues no todo está en ver y creer, pero ¿qué fue lo que vio y qué fue lo que creyó este evangelista allá en el sepulcro? ¿no les llama a ustedes la atención que entró Pedro de primero, vio pero no creyó, y luego entró Juan, vio y creyó?

¿Cuál es la diferencia? Que el uno creyó y que el otro no creyó, obviamente, ¿por qué pasó esto? Porque el uno vio la Cruz y vio el sepulcro y el otro no; en el momento de la Cruz Pedro estaba lejos, por allá llorando sus tristezas; Juan estaba llorando su tristeza, pero al pie de la Cruz, ambos tristes, pero Pedro lejos y Juan cerca; ambos llorosos, pero Juan cerca y Pedro lejos.

Entonces no es que sea un ángel Juan y el otro sí un hombre de carne y hueso; ambos humanos muy humanos, ambos carne y hueso y sangre como nosotros, pero yo no tuve la inteligencia de de ver entre sus lágrimas al Crucificado, mientras que el otro, faltándole esa sabiduría y aplastado por la vergüenza de sus culpas, entre sus lágrimas no veía sino su propia culpa y su propia negación.

Entonces las lágrimas de Juan, cerca de María y de Jesús, sirvieron como de lentes para describrir el amor que estaba sucediendo ahí.

Y Juan no estaba gimiendo, no estaba gritando tan fuerte como para dejar de oír aquellas palabras de Jesús. Fíjate que en Juan el evangelista y en el evangelio hay dolor, pero un dolor vivido de otra manera, ¿se puede dudar del dolor de la Virgen ante Cristo Crucificado? Desde luego que no; ¿se puede dudar del dolor del Apóstol frente a su Maestro allí expuesto y escarnecido? Desde luego que no.

Pero es un dolor distinto, y tiene unas lágrimas que dejan ver; tiene unos sonidos que deja escuchar. Creo que esta enseñanza hondísima de la misericordia y de la humildad del evangelista y del evangelio es de inmenso provecho para nosotros .

Porque también nosotros tenemos nuestros dolores, y Juan el evangelista nos enseña que no hay que llorar tan fuerte que dejemos de oír la Palabra de misericordia que Dios nos ofrece, y que no hay que derramar tantas lágrimas que nos vuelvan ciegos al amor, que Dios en esos momentos otorga.

Pues bien, Juan estuvo ahí, y por esa gracia de Dios, de pie junto a la Virgen escuchó palabras de salvación y vio el costado abierto de Cristo, pues aquel que ve a Cristo en la Cruz, después ve en la Cruz a Cristo; si uno ve a Cristo en la Cruz sin desesperarse por la injusticia del mundo, sin desesperarse, "¿por qué Dios permite esto?"; si uno ve sin desesperarse, pues uno puede después esperar viendo, y si uno ve a ese Cristo en la Cruz, luego, cuando llega la cruz a la vida, también se puede en ella ver a Cristo.

Y entonces ¿hay dolor? Claro que hay dolor, y entonces ¿hay tristeza y lágrimas? Desde luego que sí, pero entonces también hay esperanza y hay amor y hay fe.

Este Juan acompañó todo el proceso hasta el final, y Juan vio también cómo había sido puesto en el sepulcro, esto sucedía el viernes por la tarde, el sábado no se puede trabajar, es el día del descanso; el primer día de la semana sucede el acontecer del descubrimiento de la Resurrección.

¿Qué fue lo que vio? Pues aquí dice, mira: las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, (véase San Juan 20,5); la ropa con que lo habían enterrado, y Juan sabía cómo habían puesto las cosas, porque no había estado tan desesperado ni tan gritón, porque no había estado tan trastornado ni tan "chilletas" como para dejar de ver lo que estaba pasando ahí, entonces él vio cómo había quedado y cómo lo habían envuelto.

¿Y qué fue lo que se encontró en el primer día de la semana? (véase San Juan 20,1ss) Que estaba todo menos el cuerpo, todo como lo habían dejado menos el cuerpo, obviamente, la conclusión se sigue, si se hubieran robado el cadáver, nadie se roba un cadáver desnudo, ¿quién hubiera tenido el cuidado y la perfección de dejar todo absolutamente como lo habían puesto el viernes? Lo que Juan había visto el Viernes Santo, vio el domingo de Pascua.

Esa es la diferencia entre Pedro y Juan; Pedro vio sólo el domingo de Pascua y por eso no entendió; Juan había visto antes, el viernes, y ahora vio de nuevo el domingo de Pascua. Fíjate hay que ver al Crucificado, para ver en la fe al Resucitado; hay que ver la Carne martirizada de Cristo, para ver la Carne glorificada de Cristo; y aquel que prefiere no ver al Crucificado, se queda también sin entender al Resucitado.

Pues bien, Juan había visto esa carne Crucificada y no había estado tan desesperado como para dejar de seguir viendo, pues ese mismo Juan ahora contempla todo como lo habían dejado menos el cuerpo y por eso entendió que efectivamente se lo habían robado; se lo había robado Dios.

Porque ese Crucificado era de Dios, porque ese Crucificado, desde el principio, había sido de Dios; y desde ahí, desde ese acontecimiento, desde saber que Dios era el que se había robado ese cuerpo, desde ahí, Juan empieza a entender y a remontarse y a levantarse a la altura, y por eso como águila, segùn la imagen de la tradiciòn, podrá fijar su mirada plenamente en el sol.

Dícese que la mayoría de las creaturas que tenemos el don de la visión, animales y hombres, no podemos mirar al sol fijamente porque se nos quema la retina, pero se cuenta que la excepción, será leyenda quizá, es el águila; pues bien, así como nuestros ojos no soportan mirar mucho dolor sin desesperarse, tampoco soportan mirar mucho amor sin caer en incredulidad.

Este Juan recibió de Dios la gracia de poder mirar de lleno el dolor y por eso pudo mirar de lleno el amor.

Que su predicación, que su corazón orante, que su conocimiento del Verbo Encarnado nos lleve a descubrir a Cristo en la Cruz y a descubrir en nuestras cruces a Cristo; que este amor de Juan nos enseñe tambièn a comulgar, nos enseñe a comer esa Carne martirizada y glorificada y a entender que esa Carne de Dios y de la humanidad está dada y ofrecida por nuestra salvación, para que alimentados con ella y ungidos por el Paráclito, podamos llegar a la Casa de la eternidad a donde Dios nos aguarda.

Amén.