Sjer003a

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Fecha: 19980930

Título: Dar a conocer la Palabra Divina

Original en audio: 19 min. 56 seg.


San Jerónimo vivió en la segunda mitad del siglo IV, nació hacia el año 340 y murió comenzando el siglo V, alrededor del 420, hace muchos años, más de 1500 años separan el tiempo de Jerónimo del tiempo de nosotros, sin embargo, aquella palabra de la Escritura se cumple perfectamente: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” Carta a los Hebreos 13,8.

Y de veras encontramos en Jesucristo la razón de ser de la vida de Jerónimo, así como encontramos en Jesucristo la razón de ser de la vida de Jerónimo, así como encontramos en Jesucristo la alegría, la conversión, la sanación la vida, de nuestra vida.

Cuando Jerónimo vivió, el mundo conocido, el mundo civilizado estaba en grave crisis, se trataba de los estertores finales del Imperio Romano. En el año 416 cayó el Imperio Romano en Occidente y vino a darse entonces la paradoja de que el Imperio Romano tuvo su capital, no en Roma, sino en lo que en aquella época era Constantinopla, después Bizancio y hoy Estambul.

El mundo estaba en crisis, un orden de cosas se derrumbaba, la civilización, como había sido conocida, desaparecía amenazada por las hordas de los bárbaros que invadían desde el norte de Europa, sobre todo invadían los terrenos que antes habían sido de Roma.

En medio de ese caos, un hombre que busca luz, un hombre que busca verdad y que las encuentra en la Palabra divina. Apasionado, fascinado por la Palabra de Dios, San Jerónimo predica y construye; cuando todo parecía estarse derrumbando, Jerónimo construye.

He aquí un elemento en el que yo encuentro una gran semejanza entre Jerónimo y nosotros, porque nosotros también a veces sentimos que el mundo como que se estuviera desencuadernando, sentimos que nuestra patria como que se estuviera desarmando, sentimos como que la Iglesia se quedara sin fuerzas, sentimos que nuestras iniciativas en los grupos de oración, en las comunidades, en la asociación en la que estamos, se desarmara, se desarticulara.

Sentimos que las fuerzas humanas son insuficientes, y de pronto un cierto temor se adueña de nosotros: "¿Qué va a pasar aquí?" "¿Qué va a pasar con el mundo?" "¿Qué va a pasar con Colombia?" "Qué va a pasar con la Iglesia?" "¿Qué va a pasar con mi grupo?" "¿Qué va a pasar con mi familia?" "¿Qué va a pasar con el orden que yo he conocido, que ahora se está convirtiendo en un desorden?"

En medio de ese desorden, Jerónimo tomó la Cruz de Jesucristo, a la que aprendió a amar por la Palabra divina, y en medio de esas olas tempestuosas, él supo encontrar orden a través de la Palabra divina.

Una de las cosas que hizo Jerónimo fue predicar haciendo cursos, yo lo siento tan cercano a mí en este aspecto, tan cercano porque yo quisiera imitarle en eso, en vez de ponerse a criticar el mundo, a maldecir el mundo, en vez de ponerse a decir que el mundo se está acabando y que esto es una peste y es una porquería, en vez de anunciar las peores catástrofes, organizó cursos, reunió a la gente para que escuchara la Palabra de Dios, eso se llama sabiduría.

Reunió a la gente para que escuchara la Palabra de Dios. Es que a veces me parece que miramos el curso de los acontecimientos, el curso de la historia, de la sociedad y no encontramos como una herramienta suficientemente fuerte, como un arma suficientemente poderosa para contrarrestar las armas de la iniquidad, de la impunidad, de lamentar el desaliento que nos causa, en fin, tantas cosas que se ven, tantos escándalos que se ven.

Jerónimo se puso a predicar y organizó cursos y predicaba la Palabra de Dios, tomaba textos de la Palabra de Dios y los enseñaba. Cuando Jerónimo estaba haciendo esto, faltaban unos pocos años, poquitos para que se derrumbara estrepitosamente el Imperio Romano, aunque eso fuera a suceder, Jerónimo predicaba la Palabra de Dios.

Yo creo que esta también es una enseñanza para nosotros: por favor, que nuestros grupos de oración sean grupos de edificación, no grupos de escándalo; que nuestros grupos de oración sean para que todos podamos crecer y construir, no reunamos a la gente para asustarla, no reunamos a la gente para deprimirla, para hundirla, para confundirla, reunamos a las personas en torno a la luz de Dios, en torno a la luz de su Palabra.

Cuánta falta hacen estos predicadores, predicadores llenos de luz y de amor por la verdad de Dios. Yo tengo la ilusión de que a través de iniciativas como esta, Palabra Viva, nosotros nos podamos ir instruyendo en esa ciencia, en ese arte, en ese conocimiento maravilloso de la Palabra para animar a otros; ¡qué bien tan grande podemos hacer!

Un religiosa amiga mía estuvo trabajando en Cuba evangelizando, en alguna Navidad reunió a un grupo de personas, entre las cuales estaba un muchacho de treinta años recién bautizado. Y esta religiosa, ciertamente muy bien preparada, llena de fe, llena de amor, les exponía sobre la Palabra de Dios y les hablaba de los Evangelios, les hablaba de Jesucristo, les exponía la Palabra.

Y este muchacho, el neófito recién bautizado lloraba y lloraba, a veces con sentimiento, a veces como con alegría, a veces como con rabia; de pronto le pregunta mi amiga misionera, mi amiga religiosa, le pregunta: "-¿Qué le sucede a este hombre que lloraba con tanto sentimiento?" Y el hombre apenas decía: “-Es que no es justo, aunque hubiera sido sólo por cultura general, tenían que habernos hablado de Jesucristo”.

Antes él sentía que habían pasado muchos años y había caído en muchos errores, pero sobre todo, había estado en grandes tinieblas, sin mayor esperanza, sin mayor ilusión. “No es justo”, decía, y seguía llorando. Nosotros tenemos que pensar también en eso.

Amigos, cada uno de ustedes tiene una responsabilidad, cada uno ha de buscar como persona, como cristiano, como miembro de un grupo o de una comunidad, cada uno tiene que pensar en el nombre de Dios y ante Dios.

¿A dónde va a dar fruto? No tiene que ser necesariamente aquí, junto a los frailes, junto al convento, junto a Kejaritomene, no; a mí me interesa que tú des fruto; lo que tú recibes, hermana, ¿qué pasa con eso? ¿Qué le haces? ¿Lo escondes? ¿Es que no te aprovecha? ¿Es que no te alimenta? ¿Qué es lo que te está pasando? ¿Donde lo estás dando? ¿Donde lo estás entregando?

Porque de pronto un día tendrás que ver el rostro de algún muchacho, de alguna niña, el rostro de un matrimonio que te diga: “No es justo que usted haya recibido, que usted haya sabido de Jesús, y no me lo haya mostrado antes, y no me lo haya comunicado antes”.

A nosotros nos puede parecer excesivo, nos puede parecer exagerado lo que ha hecho el comunismo, llegar prácticamente a marginar y a prohibir la predicación del nombre de Jesús, nos parece un crímen terrible, nos parece un pecado muy grave, ¿pero será menor nuestro pecado? ¿Cuántos matrimonios pueden salvarse? ¿Cuántos pecados pueden evitarse en las otras personas? ¿Nosotros aconsejamos, yo vuelvo a preguntar, aconsejamos según la Palabra de Dios?

Esta es una pregunta que yo quiero que nos quede muy profundamente en el alma, ¿nosotros aconsejamos según la Palabra de Dios? ¿Es que en tu trabajo, en tu colegio, en tu universidad, no hay nadie que necesite una palabrita? ¿No hay nadie en tu vecindario, entre tus amigos, entre tus amigas, no hay nadie que necesite una palabra?

¿No es grave que teniendo tú por lo menos el mapa de navegación de la Escritura no te hayas metido en esos terrenos, no hayas recogido aguas de vida para darlas a otras personas? De pronto alguien pueda decirnos: “No es justo, no es justo que se pierdan tantas almas así, no es justo que se pierdan tantas vidas así".

El juicio de Jesucristo al final de los tiempos ha sido imaginado de muchas maneras, de muchas, y desde luego lo más importante en ese juicio no es lo que nosotros imaginemos, pero si fuera que ser juzgada nuestra vida en ese tribunal, qué grave sería que un condenado tuviera que decir: “A mí me faltó una palabra de ese hombre; otra hubiera sido mi suerte, otro hubiera sido mi camino, si yo hubiera recibido esa palabra, si yo hubiera recibido esa luz, otra hubiera sido mi suerte”.

Esa voz salida de las personas que ya nunca contemplarán a Dios, debe conmovernos, debe arremeternos en este momento, es que está en juego la vida de muchas personas y sería muy terrible para nosotros tener que escuchar el eco espantoso de una de esas voces diciendo: “Tú me hubieras podido hablar, tú hubieras podido decir algo”.

Nuestro silencio es cómplice muchas veces, y esa ignorancia y esa pereza de tomar el Libro Santo, ese también es un gravísimo pecado de omisión. ¿Quién de ustedes, ojalá muchos estén libres de ese pecado, y de los que están libres de ese pecado y de los que no están libres, ¿quiénes se han confesado de eso?

Especialísimamente los padres de familia, los educadores, ¿qué clase de consejos damos a las otras personas? ¿Con qué criterios dirigimos nosotros nuestra propia vida? ¿Qué digo yo de las otras personas?

Ustedes saben, amigos, que nosotros los sacerdotes contemplamos la humanidad, uno ve día tras día, horas tras horas, uno ve pasar la humanidad con sus grandezas y con sus miserias y más de una vez uno se encuentra con vidas francamente destrozadas, destruidas: un matrimonio o dos que no han dado frutos, un aborto, dos abortos que taladran la conciencia; dinero mal habido, vaciedad en las palabras, vanidad, ganas de muerte, se encuentra uno con unas vidas vueltas trizas.

Y se pone uno a conversar con esa persona: “-Bueno, en los momentos claves de su vida ¿usted invocó a Dios? ¿Cuando usted se iba a casar usted invocó a Dios? ¿Usted buscó luz en la Palabra? ¿Usted oró?" "-Yo no sabia que era eso, ni tampoco le voy a decir mentiras, padre, tampoco me importaba, simplemente ella me gustaba y punto, me casé con ella".

"-Ese señor me pareció que ese era y me casé con él", "-¿Pero le preguntaste a alguien? ¿Le preguntaste al Señor? ¿Buscaste luz en su Palabra? ¿Tomaste, por favor, tomaste con seriedad el amor? ¿Tomaste la posibilidad de estar equivocado? ¿Utilizaste las herramientas y los medios que te da Dios, por ejemplo, orar, leer la Biblia, pedir consejo, ayunar? ¿Hiciste eso? “-No, nunca lo hice”.

Entonces son vidas de veinte, veinticinco, treinta, cuarenmta o cincuenta años años de dar tumbos, como en esas películas en las que un carro se sale de subida y golpea aparatosamente y va explotando aquí y allá en el abismo, así hay vidas, preciosas vidas humanas que son así, que se han salido de la carretera y golpean y estallan en una y otra parte, mientras se van hundiendo aparatosamente, escandalosamente.

La Palabra de Dios, la bendita Palabra de Dios, esa Palabra que es alimento nuestro, esa Palabra que es luz nuestra.... Cuando ibas a escoger carrera ¿qué criterios empleaste? Esto es muy humillante para el pueblo católico.

¿Ustedes creen que yo alguna vez me he encontrado, sí, tal vez alguna vez me he encontrado una persona que diga: “Voy a escoger carrera, ¿cuál es la que voy a escoger? Le voy a pedir luz a Dios, voy a buscar en la Palabra, voy a leer, por ejemplo, Sapienciales"?, como decíamos el otro día, ¿no?

¿Cuáles fueron los criterios que gobernaron en la elección de tu carrera? "La plata, esto es lo que produce plata, esto es lo que sirve, esto es lo que a mí me gusta", ¿y tú te hiciste solo? ¿No sabes que eres la hechura de Dios?

Estas palabras, sin embargo, no han de ser tomadas para desesperación nuestra, no han de ser tomadas en ese sentido sino más bien para caer en la cuenta de que somos sordos y ciegos, que hemos estado en nuestra propia vida, y de los sordos y ciegos que hemos sido para aconsejar a las otras personas. Con cuánto dolor, decía Jesús: “Son ciegos que guían a otros ciegos” San Mateo 15,14.

Pidamos al Señor, por intercesión de San Jerónimo, pidamos que nos dé amor a la Palabra divina, la lectura continua de los Santos Evangelios, la lectura amorosa y continua y la oración con los Salmos, la búsqueda y el vigor de los profetas, de la serenidad y prudencia de los sabios, el recoger las enseñanzas de los libros históricos, ¡cuánto se puede conocer del ser humano en esos libros históricos! ¡Cuánta luz para nuestras decisiones!

Qué ira tan terrible sentiríamos nosotros, si en un determinado país alguien se estuviera muriendo de hambre, y alguien con los alimentos bajo llave esperando que los precios subieran, ¡que ira sentiríamos por esa persona!

Hermanos, esa ira tenemos que sentirla con nosotros mismos si tenemos bajo llave la Palabra de Dios, ahí está el alimento que se necesita y es necesario convertirnos a la lectura amorosa de la Palabra de Dios, la lectura diaria de la Palabra de Dios, la adoración de Dios en su Palabra.

Jerónimo, aunque veía derrumbarse el Imperio Romano, se puso a construir y dejó para la Iglesia un tesoro que durante siglos enteros alimentó a cientos miles y millones de hombres y mujeres, la traducción llamada "Vulgata", la traducción al latín que durante tantísimos siglos fue la más importante, por no decir la única, en la Iglesia Católica, se debe en su mayor parte a este Santo.

Un hombre que tuvo la luz de saber que el mundo no es para maldecirlo, el mundo no es para criticarlo, que el mundo esté en tinieblas, es lo normal después del pecado, lo maravilloso, lo extraordinario, es que pueda haber luz para ese mundo y pueda haber gracia para ese mundo.

Y la hay y está ahí anunciada en las páginas de tu Biblia, pues toma esa Palabra, ama esa Palabra, realiza en este día un maravilloso desposorio con esa Palabra, una alianza irrompible con esa Palabra, y tu vas a decir: “Mi vida tendrá un nuevo sentido a partir de esta Palabra”.

No se te olvide que a la hora de nuestra muerte, que a la hora de nuestro juicio no es concebible que haya alguien que tenga que decirnos: "¿Por qué te callaste?" "¿Por qué no me ayudaste?" "¿Por qué encerraste bajo llave el alimento que a mí me hacia falta?" No, eso no puede sucedernos.

Y si hemos dejado a muchas personas en sus tinieblas, ya no puede pasar más, con nuestra oración, con nuestras lágrimas de arrepentimiento, con nuestro corazón hecho un altar vamos a pedirle a Dios que nos dé mucha, mucha luz, para hacer su santísima voluntad y para conducir a muchos al amor y obediencia de Jesucristo, nuestro Bendito Rey y Señor.

Amén