Sjer002a
Fecha: 19980930
Título: Un Santo formador del pueblo de Dios
Original en audio: 5 min. 29 seg.
San Jerónimo, lo mismo que San Agustín, brilla con luz propia en el ocaso del Imperio Romano de occidente. Especialmente, estos dos Santos, con su enseñanza, con su testimonio y originalidad de Vida Consagrada, marcaron en cierto sentido el ritmo de la Edad Media, que tuvo su comienzo con la caída del Imperio Romano.
¡Jerónimo, traductor y difusor de la Biblia, Jerónimo, propagador de la Vida Consagrada, -ya sea para los seglares como para los religiosos en nuestra nomenclatura de hoy-, Jerónimo, celoso de la unidad y de la autoridad moral de la Iglesia, Jerónimo, en fin, formador del pueblo de Dios, formador del pueblo cristiano, monje, un asceta, un hombre controvertido, que tuvo la primera de sus batallas consigo mismo, con su difícil temperamento, con su difícil modo de ser!
Pero, a partir de ahí, movido por el amor a Cristo, encontró en Jesús la unidad de su lucha, la unidad de su batalla, el orden de su pensamiento y el camino de su santificación.
Para la Edad Media, la traducción de Jerónimo y sus cartas, vinieron a ser algo así como el camino espiritual de cientos y cientos de bautizados. A través de “La Vulgata”, debida ante todo a él, y a través de su testimonio sobre la Vida Consagrada, muchísimos cristianos en occidente buscaron a Dios y le encontraron, le sirvieron, le amaron.
Hay que destacar este papel de formadores, tanto de Jerónimo como de Agustín, que eran contemporáneos, porque en esos momentos todo parecía derrumbarse. Aquí veo yo un parecido entre este Santo y nuestro tiempo. ¿Será por aquello de la cercanía del año dos mil? ¿Será porque la nostalgia de los tiempos pasados ha estado siempre en la humanidad? ¿O será por otras razones?
Es fácil escuchar expresiones sobre el mal estado de la niñez, de la juventud, sobre la decadencia de tantas cosas, sobre el final del mundo. Jerónimo miró, contempló con serenidad la posibilidad del fin del mundo, no como algo aterrador, sino como la última y decisiva victoria de Jesucristo.
Afianzado en esta convicción, dedicó buena parte de su tiempo a formar cristianos. En Roma organizó cursos. En Roma hizo sitios de predicación con cristianos de todo género, incluso cuando era criticado.
Un grupo amplio de señoras de la clase social alta en Roma, tenía como maestro a Jerónimo y esto suscitaba desconfianza, burla. Impávido, él da razón de su trabajo, de su esperanza. Él da razón de su esfuerzo y muestra a todos, que aunque se derrumbara el Imperio Romano o mil imperios, la Palabra de Cristo tiene poder para construir.
Podríamos decir, que más que quejarse o lamentarse de lo que estaba destruyéndose, confiado en la Palabra de Dios, construyó. Y efectivamente, eso que dejó Jerónimo, con sus imperfecciones, evidentemente, sirvió, -como ya he dicho-, de referencia durante muchos siglos a muchísimos cristianos.
Este espíritu de Jerónimo, que supo sobreponerse a sus propias dificultades, a su propio carácter por amor a Jesucristo, este espíritu indómito, esta pasión por Cristo y la Escritura, esta convicción de que vale más sembrar un poco que declarar la muerte de todo, este espíritu lo necesitamos nosotros, esto lo requiere nuestro tiempo.
La bondad del Señor por su Espíritu y la gracia de este Alimento Eucarístico que lo hizo fuerte a él y que nos puede hacer fuertes a nosotros, nos dé también esa robustez, para de la misma forma realizar nuestro trabajo, nuestra predicación y nuestra vocación en nuestro propio tiempo.
Amén.