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Fecha: 19960709

Título: ¡Quebranta y rompe, Senor!

Original en audio: 11 min. 3 seg.


Al comienzo de nuestro retiro, este evangelio drástico, sin contemplaciones, sin concesiones, este evangelio que no permite negociar con él, este evangelio que no permite componendas.

"¡Ay de vosotros los ricos ... ! ¡Ay de vosotros los que ahora reís ... ! ¡Ay, si todo el mundo habla bien de vosotros ... !" San Lucas 6,24-26.

Quiera el Señor volver proféticas esas palabras en estos días de retiro espiritual. Porque, así como ellas revelan la profunda ruptura que tiene el Evangelio de Cristo con muchos de los valores de este mundo, así también, que estos días sirvan para hacer una ruptura.

"No hay que tener miedo", nos decía San Agustín no hace mucho en el oficio de lectura: "No hay que tener miedo de que se rompa el corazón, si Dios promete un corazón nuevo".

No hay que tener miedo de que se rompa la vida, si Dios promete una vida nueva. No hay que tener miedo de que lleguen las lágrimas, si con ellas se riega la tierra que da fruto de eternidad.

Nos acercamos a Jesús, y muchas veces hemos dicho: "Voy a pedir sanación". Pues, este evangelio como que dice lo contrario. Este evangelio y la radicalidad de los mártires que hoy celebramos, como que manifiestan lo contrario.

Como que nos recuerdan, que no siempre se debe acercar uno a Jesús para decirle: "¡Sáname!". Hay veces que hay que acercarse a Jesús para decirle: "¡Hiéreme!" No siempre hay que rogarle: "¡Repárame!" Hay veces que hay que rogar: "¡Fractúrame!" No siempre hay que decirle: "¡Constrúyeme!" A veces hay que decirle: "¡Destrúyeme!"

Y cuando Dios envía al Profeta Jeremías, al darle las palabras que definen su misión, le explica: "Para arrancar y derribar, para destruir y plantar" Jeremías 1,10.

Si uno mira el texto completo, Dios utiliza seis verbos: cuatro de destrucción y dos de construcción; cuatro de derribar, de arrasar, de arrancar, y dos de construir y de plantar.

Casi siempre uno se acerca a Dios para suplicarle: "¡Repárame! ¡Constrúyeme!" Pero, no se puede edificar la casa, no se puede hacer un arreglo sin hacer un poco de mugre, sin levantar un poco de polvo.

Imagínate que fuéramos a hacer una reparación en esta casa; llegan los albañiles, llegan los constructores y dicen: "-Bueno, pues, toca quitar esta pared". "-¡No! ¡No! Esta pared no la toca". "-Tenemos que levantar esta parte del piso". "-Éso tampoco lo haga". "-Hay que quitar esa ventana". "-No la mueva". Entonces, el albañil diría: "Mire, mejor no toco nada, no miro nada y no cambio nada. Permiso, me voy".

Y eso ha tenido que decirlo Cristo muchas veces en nuestra vida. Llega Cristo y afirma: "-Voy a mover esta pared". "-¡No,éso no! Esa pared está bien ahí. A mí me enseñaron que esa pared estaba bien, y a mí me gusta donde está esa pared!" "-Tengo que levantar esta parte de piso de tu piso". "-¡No!"

Jesús, por tanto, como el albañil, tiene que decir: "Entonces, permiso, me voy". Y Cristo se va.

¡Cristo se va! Cristo se va de las vidas, y Cristo se va de las casas. Cristo se va de las iglesias, y Cristo se va de los monasterios.

Nada despertaba tanto orgullo en el pueblo judío como su templo, reconstruido, hermoso. Y Jesús expresa: "Pues, aquí no va a quedar piedra sobre piedra" San Mateo 24,2.

A los fariseos y escribas que se sentían muy seguros de su camino para darle gloria a Dios, les dice el Señor: "Ustedes se van a quedar con su casa vacía" San Lucas 13,35. Se fue y se quedaron con la casa vacía.

De manera que Cristo sí se va. Cristo propone: "Necesito arrancar, necesito derribar". Y uno responde: "¡No! Éso no, éso tampoco y lo de más allá, tampoco". Entonces, Cristo se va.

Cuando uno piensa en lo que significa que Cristo se vaya, uno reflexiona: "Prefiero perder lo que sea, pero no perderlo a Él".

Y por eso resulta que ese rico, que no quiere disminuir ni un centavo de riqueza, sólo merece lamentaciones: "¡Ay de vosotros ... !" San Lucas 6,24.

Y ése que no quiere sino risas, sólo merece lamentaciones: "¡Ay de vosotros ... !" San Lucas 6,25. Y el que quiere estar bien con todo el mundo, sólo merece lamentaciones: "¡Ay de vosotros ... !" San Lucas 6,26.

Y cuando Cristo empieza a decir: "¡Ay de vosotros los que estáis saciados ... !" San Lucas 6,25, ahí se está despidiendo. Cuando Cristo empieza a llorar en un corazón, se está despidiendo de ese corazón. Todavía no se ha ido, pero ya se está despidiendo.

Necesitamos el Espíritu Santo, necesitamos el amor de los mártires, necesitamos estar dispuestos a sacrificarlo todo. ¡Todo!

Él es el que tiene el plano de la casa. Él es el que sabe dónde quedan bien las paredes y dónde quedan bien las puertas. Y Él es el que sabe en qué momento tiene que decir: "Aunque esto haya estado aquí mucho tiempo, es enemigo mío y se quita, o me voy yo".

Esa radicalidad del Señor cuesta un poquito de dolor, causa un poquito de lágrimas, pero, después, esas lágrimas y ese dolor se convierten en gozo, se convierten en alegría.

"Cuando la mujer va a dar a luz, grita y llora porque le ha llegado su hora" San Juan 16,21, dice Jesús en otra parte. "Pero, cuando ya nace el niño, ni se acuerda del dolor, porque le ha llegado un hijo a este mundo" San Juan 16,21.

De alguna forma, cada quien tiene que ser como madre y partera de sí mismo. Y hay que dar a luz a esa criatura nueva, ésa que no ha podido nacer, seguramente. ¡Hay que dar a luz a esa criatura nueva! Pero, como todo parto, éste traerá lágrimas y traerá dolor.

Cuando iban a ser ahorcados Juan de Colonia y sus compañeros por defender la presencia de Cristo en la Eucaristía y por defender el primado del Papa, sentían al mismo tiempo, miedo, angustia, tristeza, alegría, alabanza y gratitud.

¡Ése es el cristiano en este mundo, como dando continuamente a luz a esa criatura nueva!

Cristo, Señor, si tú has empezado tu lamento en nuestros corazones, yo te pido con lo mejor de mi amor, no te vayas, Jesús. Prefiero que me derribes, prefiero que me arrases, prefiero que me destierres, que ningún lugar será destierro si estás tú, que eres el dueño de toda la tierra.

Pero, sin ti, lo habré perdido todo. Si tú te vas de aquí, lo hemos perdido todo, Señor. ¡Ten piedad de nosotros! ¡Quebranta y rompe!

Hoy te pido al revés que en otros días. Hoy no te pido, "sana", hoy te pido, "rompe". Hoy no te pido, "sutura", sino, "desgarra". Hoy no te pido, "levanta", sino, "derriba". Derriba, Señor, lo que no te guste. ¡Cambia! Haz como ese alfarero que deshace la obra que no le gusta y construye una nueva.

Danos la valentía del Evangelio, Señor. Danos el valor y el vigor de tu Palabra. Te lo pido porque tú vives, porque tú reinas. Tú eres el único que reina, por los siglos de los siglos.

Amén.