Sino003a

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Fecha: 19981228

Título: La dureza de la infancia del Nino Jesus

Original en audio: 10 min. 38 seg.


San Pablo comenta y enseña más de una vez que nosotros reinaremos con Cristo. Este es un aspecto del mensaje del Evangelio que yo creo que está casi olvidado en la predicación.

Gracias a Dios se predica sobre Cristo como Rey del Universo, y cuando le llamamos “Señor”, nos reconocemos siervos suyos, y por tanto, pertenecientes a ese Reino.

Pero la audacia de los primeros predicadores iba más allá: se trata de reinar con Cristo, de juzgar con Cristo. No sólo de que Él sea nuestro Rey, sino de nosotros reinar con Él, por ejemplo, en la perspectiva de la Primera Carta a los Tesalonicenses, San pablo lo que dice es: que cuando Cristo venga hay unos que serán juzgados, y hay otros que juzgaremos con Él.

Y para que se vea que esta no es una expresión accidental, recordemos que a los ocrintios les dice que cómo se atreven someterse al juicio de las autoridades civiles, paganas, si ellos, es decir, si nosotros los cristianos, juzgaremos incluso a los Ángeles.

Y sabemos que en la mentalidad judía el oficio de juzgar pertenece, en último término, en última instancia, al rey; el rey es también el juez supremo.

Estas reflexiones sobre reinar con Cristo, las dice San Pablo, aludiendo al hecho de la participación en el destino con Cristo: "Si nosotros sufrimos con Él, reinaremos con Él. Si nosotros morimos con Él, resucitaremos con Ël. Si nosotros participamos en lo que Cristo nos ofrece, Cristo nos hará partícipes en todo lo que Él es" 2 Timoteo 2,11-12.

incluso el nombre más querido, el nombre más íntimo a la persona del Verbo, que es el nombre de “Hijo del Padre”, es un nombre que Cristo participa a nosotros, de hecho ese es el gran misterio de la Navidad: que el Nombre único, en cierto modo incomunicable del Unigénito, a través de la misericordia y de la humillación de Jesucristo, se hace participable por todos nosotros, y todos nosotros participamos hasta de ese Nombre, el más íntimo.

Si esto vale para el nombre de “Hijo”, con mayor razón vale con cualquier otro nombre que se diga de Cristo, ya se le llame Rey, ya se le llame Sacerdote, ya se le llame Pastor. Porque en el fondo, cuando nos hacemos solidarios con Jesucristo, formamos eso que San Agustín llamaba "el Cristo Total”.

Y en ese Cristo Total, Dios mira restaurado a Adán, podríamos decir. De modo que todo ese plan que había originalmente para Adán, ese reinar sobre la creación, ese darle el nombre a la creación, ese ser tratado como hijo, todo eso se cumple en el Cristo Total.

Con esto en mente, acerquémonos al texto de los Evangelios, y acerquémonos a la celebración de hoy: unos niños que mueren.

Pero esos niños mueren por el terror y al mismo tiempo la ira de Herodes que intenta destruir al Mesías, pero al matarlos, lo que hace es unirlos al destino de Jesucristo. También Jesucristo iba a ser asesinado, y también iba a ser asesinado como consecuencia de la ira y del miedo.

El terror y el rencor, el odio y el pánico, rodean la Cruz de Jesucristo, como poblaron la campiña de Belén en esa noche trágica de los Santos Inocentes.

De este modo, Herodes, que le tenía miedo a un Mesías, hizo entre "muchos mesías", hizo "muchos reyes". Él, que se sentía celoso y asustado de perder su condición de rey, hizo que muchos se hicieran solidarios del destino de Jesucristo, y en ese sentido, que reinaran con Cristo.

Así lo entendieron los Padres de la Iglesia, aunque hay muchos niños que son asesinados, aunque hay muchos niños que son utilizados y explotados y muchos mueren también por el descuido culpable de los mayores, estos niños son particularmente solidarios con Cristo, porque matando a cada uno de ellos se quería matar al Mesías.

Y porque están unidos así con Cristo en la muerte, estamos seguros, de acuerdo con la teología de San Pablo,de que Cristo los ha hecho solidarios con su triunfo y con su resurrección, y por eso los llamamos Santos, porque estamos seguros que están unidos al destino del Santo.

Esta celebración se tiene dentro de la Octava de la Navidad. Podría tenerse en otras fechas del año, pero es en la Octava de la Navidad, es decir, en este contexto de la infancia de Cristo. Y aquí quisiera yo tomar un último pensamiento para compartir con ustedes.

Pensemos, amigos, en que "José se levanta de noche, como dice expresamente el evangelio, toma el Niño y a la mamá y sale hacia Egipto" San Mateo 2,14.

Muchos de nosotros nos quedamos sólo ahí. Tal vez no hemos meditado en el hecho de que la primera infancia de Cristo sucedió en tierra extraña, en tierra pagana.

¿En dónde vivieron José y María en Egipto? Indudablemente en alguna de las colonias judías que había en Egipto.

Desde la época del destierro a Babilonia se habían ido formando colonias judías en distintas partes del mundo conocido, y en esas colonias, que en su conjunto se llamaban la “diáspora”, se sostenía la lectura de la Palabra de Dios, se sostenía la meditación, se sostenía la oración.

La infancia de Jesucristo estuvo marcada por la pobreza de un desterrado, por la pobreza de un desplazado. Eso es muy importante recordarlo, por ejemplo, en el contexto de violencia de nuestro país. ¿Cuánto se puede sacar en una noche, a toda carrera, de una casa? Una casa que ya era pobre.

Inevitable asociar esta huída a Egipto con lo que han tenido que vivir tantas familias, por ejemplo en nuestro país, que tienen que salir así, en carrera, casi sólo con la ropa que llevan puesta. La pobreza, el desplazamiento, una lengua extraña, una religión distinta, este fue el horno durísimo, inclemente, en el que fue formado Jesucristo. ¡Esta fue la infancia de Jesucristo!

Tal vez no tanto para nosotros, pero sí para algunas familias cristianas. A mí me gusta meditar en esto, porque hay muchas familias que, cuando ya se sienten como tomadas por el amor de Dios y por la piedad, quieren que a sus niños ningún mal los toque.

Y entonces los meten como en una especie de burbujas de piedad, en una especie de burbujas en las que no haya ninguna enfermedad, todos sean católicos, todos piensen lo mismo, todos sean...

Ese no fue el mundo de Jesucristo. Jesús se vio violentamente, si se quiere, violentamente arrojado a la realidad de un mundo en donde no había ni siquiera las autoridades que nosotros conocemos hoy, ni los acuerdos internacionales, o los derechos humanitarios que hoy podemos alegar. Esa fue la infancia de Cristo.

Y la dureza de esta infancia indudablemente marcó toda la vida del Señor. Jesús, cuando le encontramos en el Evangelio, está lleno de seriedad, no de amargura, no es amargo, no es resentido, pero nunca es trivial, jamás es superficial.

Jesús tiene esa extraña seriedad de la persona, que como dice el profeta Isaías, está acostumbrada a sufrimientos. De aquella persona que ha conocido desde el principio el revés de la vida, que ha conocido, lo que diría el pensador latinoamericano, "el revés de la historia", ha conocido la otra versión.

Desde esa infancia dolida, desde esa juventud en pobreza, de ese nacimiento en humillación, Jesús se prepara para tener una palabra para el pobre, una palabra para el que sufre.

Por eso, cuando Él se apropia de ese texto de Isaías y dice: "El Señor me ha enviado a dar una buena noticia a los pobres" San lucas 4,18, Él sabía lo qué estaba diciendo, porque conocía la historia desde el revés, porque se había metido en los sótanos del mundo, porque sabía a qué huele o a qué apesta la miseria de esta tierra en todos sus aspectos, y esto es maravilloso porque nos hace comprender hasta dónde llega el misterio de la Encarnación.

La Encarnación es, sobre todo, el asumir lo que la carne humana ha dejado, el rastro de sangre y de muerte que la carne humana ha dejado a lo largo de los siglos. Ahí, en ese pozo se hundió Jesucristo, para decir, desde el fondo de la miseria humana, que el amor de Dios es posible.

Con esa inmensa gratitud a Jesucristo por tanto amor, y con el deseo de participar en su destino, según nos lo conceda el Espíritu Santo, sigamos esta celebración Eucarística.