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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20020731

Título: San Ignacio y la audacia espiritual

Original en audio: 9 min. 16 seg.


A veces es buena idea buscar en cada santo que la Iglesia nos propone, como una palabra, como una característica que se convierta en un mensaje para nosotros, porque en realidad, cuando la Iglesia reconoce la santidad de sus hijos y de sus hijas, en parte está haciendo eso, nos está diciendo: "Atentos, Dios habla, Dios nos acompaña, Dios está con nosotros".

Y por eso, los santos son como un discurso, como una palabra que el Señor va dando a lo largo de la historia. No como una palabra que reemplaza ni una palabra que completa la revelación pública, sino una palabra que ilumina, que subraya eso que viene desde el tiempo de los apóstoles.

En el caso presente estamos recordando con alegría a San Ignacio de Loyola. Yo busco en la biografía de este hombre y busco en la historia de su magnífica obra, y encuentro que hay una palabra que por todas partes resuena y es la palabra “audacia”, yo propongo, en San Ignacio de Loyola, que contemplemos la audacia.

La santificación de la audacia. Este es un hombre que por su formación guerrera está acostumbrado a ser audaz, porque un soldado, forzosamente, si quiere tener alguna suerte con las armas, tiene que ser audaz. La audacia que recoge todos los recursos en un esfuerzo interno, de pronto inesperado, y logra un objetivo difícil

La audacia combina la fortaleza, la inteligencia y la percepción de las circunstancias. No basta con ser inteligente, no basta con darse cuenta de las circunstancias, no basta con la sola fortaleza, es la combinación de las tres cosas: las circunstancias, la inteligencia y el esfuerzo.

Y esas tres cosas se combinan en el corazón de Ignacio cuando es un guerrero para los intereses de este mundo, pero sobre todo se confunden cuando él descubre la unidad de su vida en un proyecto maravilloso, un proyecto que surgió cuando durante su convalecencia, se hace una pregunta que es audaz: ¿Y qué tal que yo hiciera lo mismo de Santo Domingo o San Francisco?

Eso es una pregunta audaz, es una pregunta que no se detiene frente a lo grande, mientras que muchas almas mediocres dicen: "Bueno, allá el tiempo de los santos fue el tiempo de los santos, por allá debe haber unas regiones en las que hay gente santa; otras regiones, otras personas, otros tiempos".

El que es audaz, en cambio, con esa audacia santificada por el Espíritu, como la de Ignacio, es capaz de decir eso: "¡Y por qué no yo?"

En nuestra espiritualidad dominicana, hay un testimonio interesante de este llamado a la audacia.

Hablando sobre los santos, le decía Dios a Santa Catalina de Siena: "Ni el sol alumbraba más en esa época ni los alimentos tenían más vigor", es decir, santos fueron ellos con ese sol y esos alimentos y ese soy, y esos alimentos los tienes tú, y no tienes más.

Santo Tomás no tuvo acceso a los computadores que yo utilizo, San Alberto Magno jamás pudo enviar un e-mail. ¿Qué hubieran hecho estos portentos de inteligencia si hubieran contado con recursos como los que tienen los estudiantes, o nosotros mismos hoy?

De modo, que casi lo que hay que decir es, no que nosotros tenemos los mismos recursos que ellos, sino tenemos mejores recursos que ellos, y por eso la palabra que Dios le dio a Santa Catalina es una invitación a la audacia: ¿Por qué no tú? ¿por qué tiene que ser otra persona? ¿por qué no tú? ¿Qué hay de distinto en ti para que esa historia no se pueda hacer realidad en ti?"

Pero la audacia no abandonó a Ignacio después que se recuperó de su convalecencia. Si nosotros miramos tanto la dimensión mística como la dimensión apostólica de este hombre, encontramos audacia.

Su manera de explorar el alma humana es una manera audaz, y los Ejercicios Espirituales realmente son como un ejercicio bélico también, por eso él habla de las dos banderas.

Finalmente de lo que se trata es de plantear un campo de batalla y de ofrecer con audacia al que hace los Ejercicios: "Ahora te toca a ti". De manera que ahí también hay audacia, y ese don que el Espíritu Santo le dio a Ignacio, por el que sobresale él y tantos miembros de su Compañía, ese don de discernimiento, es una especie de audacia; es un modo de arrojarse, de penetrar como lo hacían los soldados en la época en que tuvo que luchar Ignacio.

No se logra victoria manteniéndose todo el tiempo detrás de las barracas, la victoria requiere alguna vez romper filas, hacer un lance, atravesar, dar una estocada, desaparecer. Algo así es el discernimiento que tienen los jesuitas.

Contemplan, ven, descubren lo que hay, y con una palabra certera y con un diagnóstico certero, van como al centro del problema. Es un don del Espíritu Santo que no se agota en ellos, pero que muchos de ellos tienen en grado muy alto. Un don de discernimiento, que es el atreverse a entrar buscando la presa, pero la presa en este caso no es ni un león, ni un oso, ni un enemigo de esta tierra, sino la presa es en dónde quiero conquistar, qué plaza quiero conquistar para Cristo.

Así es un buen jesuita, es un hombre que es inteligente y fuerte a la vez, y que ve las circunstancias, descubre el terreno y ve, dentro del alma de su interlocutor, una plaza que le pertenece a Cristo y se lanza, con una palabra certera, con una palabra precisa, a ganar ese lugar para Jesús.

Es la audacia del Espíritu, es la audacia de la mística. Por algo tantos de estos hombres han brillado como directores espirituales.

Apostólicamente no tenemos mucho qué decir porque la historia lo dice todo. Ya la primera generación de la Compañía de Jesús está marcada por la audacia, no hay límites para ellos.

Francisco Javier, en un viaje que hoy sería difícil, pues atraviesa medio mundo, la India y hasta el extremo Oriente. Es la audacia, es lanzarse, es el apostar por Dios. Una cualidad que tiene mucho qué decir en la Iglesia de todos los tiempos.

Desde luego, la audacia misma no puede ser canonizada ella sola. La audacia vale de acuerdo con la luz que le guíe, de acuerdo con la sabiduría que le gobierne, y por eso, pues, lamentablemente no todo han sido luces en la Compañía de Jesús.

Cuando no está clara la luz, cuando no está claro a quién y cómo servir a la Iglesia, pues también la Compañía ha causado grandes heridas a la Iglesia y no por algo, pues, ha tenido que ser clausurada, ha tenido que ser cerrada.

¿Qué nos queda a nosotros? Pues, aprender de este don de la audacia, pedirle a Dios que nos dé la audacia espiritual, audacia para ser místicos y apóstoles, y también intercesión para que esta obra grande, que empezó con Ignacio, rinda muchos frutos a la mayor gloria de Dios.